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La destrucción de la cultura (Por Laura H. Castillo)

 
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luisyslas



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MensajePublicado: Lun Mar 30, 2009 6:46 am    Título del mensaje: La destrucción de la cultura (Por Laura H. Castillo) Responder citando

LA DESTRUCCIÓN DE LA CULTURA
Por Laura Helena Castillo / lcastillo@el-nacional.com
EL NACIONAL - Domingo 29 de Marzo de 2009 / Siete Días

Entre 2007 y 2008, 62.262 libros de las bibliotecas del estado Miranda fueron vendidos como pulpa de papel. La operación quebrantó las normas de descarte de material elaboradas por la Biblioteca Nacional


L os dos tomos tapa dura de las Obras Completas de Rómulo Gallegos, editadas por Aguilar en 1959, pesan 1,2 kilogramos. Eso, a 0,35 bolívares fuertes por kilo ¬que es lo que paga una fábrica que desmenuza libros para venderlos como pulpa¬ suma 0,42 bolívares: las piezas más emblemáticas de la memoria cultural venezolana no valen ni un bolívar en el mercado del reciclaje de papel. Por peso, como el queso paisa, se vendieron no sólo muchos ejemplares de la obra de Gallegos, sino los de miles de autores que entraron en la lista de descarte de material de las 36 bibliotecas del estado Miranda que, entre 2007 y 2008, elaboró el Instituto Autónomo de Bibliotecas e Información de Miranda, Iabim, mientras Diosdado Cabello era gobernador. En total, sumaban hasta mediados de esta semana 62.262 libros, pero las auditorías continúan.

"Al que llegue le compramos", es claro Carlos Montecristo, encargado de la Recuperadora 31-35 en El Tambor. El hombre describe su trabajo de disección: "Nos traen los libros y los rompemos para sacarles la pega y la portada. Seleccionamos el material, lo embalamos y lo mandamos al molino". A esa empresa devoradora de letras llevaron los textos que sacaron de las bibliotecas mirandinas. "Sí, los que venían eran de la gobernación, pero nosotros sólo los conocíamos de vista", advierte Montecristo. El destino final es la fábrica Repaveca, en Maracay, donde, entre otros productos, elaboran papel higiénico y servilletas reciclados.

La operación de destrucción de libros ¬un bien caro y escaso en este país¬ quedó registrada en actas de auditoría, todas apiladas en cajas de cartón en la oficina de la presidencia del instituto, a las que les anexaron los cheques y los comprobantes de los depósitos por el monto que la Recuperadora 31-35 pagó a la institución del Estado.

Desincorporar y descartar libros es un proceso natural en la renovación de cualquier biblioteca pública. Es, sobre todo, un asunto de criterio. Por eso es que, en ese tema, todo está normado, escrito y soportado por el Instituto Autónomo Biblioteca Nacional. Mientras el escritor Fernando Báez fue su director, en 2008, se actualizó el manual Descarte y Desincorporación de Materiales Bibliográficos en las Bibliotecas Públicas, a partir de uno ya existente. En el caso de Miranda, el problema está, precisamente, en el criterio irregular para desechar decenas de miles de obras y traer unas pocas a los estantes. No pertinente, excedente y mal estado fueron los tres juicios más comunes y muchas actas no especifican las razones del descarte.

En la lista hay de todo: religión, historia, literatura, política, material braille, textos infantiles. El número de ejemplares representa 15% de los 401.000 libros que, según el Iabim, quedan en el estado, aunque debería haber 2.000.000 para atender a la mayoría de la población. Si buena parte del lote desechado se encontraba en un estado irreparable, entonces los sistemas de conservación de las salas públicas están en situación de catástrofe.


Libros que sobran.
En San Diego de los Altos, a pocos metros de la casa donde nació el escritor Cecilio Acosta, está la Biblioteca Juana Margarita Revete, llamada así por la madre del humanista. El lugar sólo tiene una sala de recatadas dimensiones, con unos pocos mesones rodeados de niños con uniforme escolar, recién salidos de clases. Allá van a parar todos a hacer sus tareas porque en sus casas rurales el dinero se agota en la comida y no da para el alimento de la lectura.

Del modesto lugar descartaron 1.213 libros, en septiembre de 2007 y julio de 2008. El acta especifica el motivo: excedente de material. Aunque ése es uno de los criterios aceptados para descartar, Emilia Martínez, la jefa actual de la biblioteca, se pregunta: "¿Cómo puede sobrar un libro en un sitio como éste? Si aquí, cuando le mandan a hacer un trabajo a un niño, se lo piden a todos los del salón y más bien nos hacen falta".

El manual advierte que la transferencia o donación a otras salas de la red o el canje con otras instituciones en caso de que haya repetición excesiva de un ejemplar, son opciones que se evalúan antes del descarte definitivo, así como el retiro provisional a la unidad de preservación y conservación.

Pero, en la aniquilación mirandina las actas testifican que los 62.262 libros fueron a parar al molino, pabellón de la muerte de la cultura.

De San Diego se llevaron, por ejemplo, Doña Bárbara de Gallegos ¬del que quedaron tres ejemplares¬; El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez ¬sólo existen dos¬; El ingenioso Hidalgo de Cervantes ¬hay tres¬; y hasta Conceptos elementales del Materialismo Histórico ¬"un libro tan buscado", se lamenta Martínez¬, del que sólo dejaron uno. Aunque más de cien personas visitan a diario esta biblioteca, se consideró que todos estos títulos ¬y mucho más¬ sobraban.

Pero, además, descartaron La historia de Los Castores ¬una localidad mirandina¬ aunque el manual es específico sobre la materia: "Existen fondos que no deben ser descartados, tales como la colección estadal de la Biblioteca Pública Central o la sección de historia local de todas las bibliotecas".

Pero no sólo allí, montaña arriba, la brisa barrió al manual. En la Biblioteca Cecilio Acosta, la principal del estado, donde funciona la sede del Iabim, salieron de títulos de la Sala Estadal, donde se resguarda la memoria histórica de Miranda, tanto del hombre como de la entidad.

"La variedad de libros desincorporados es tan grande que uno pudiera imaginar que, en varias áreas, se hizo por ignorancia", dice María Elena Zapata, directora general del Iabim.

Virginia Betancourt, quien fue directora de la Biblioteca Nacional de 1977 a 1999, va más al fondo: "Esta es una práctica común de los gobiernos totalitarios para los que la biblioteca pública es peligrosa, porque el uso de sus recursos contribuye a formar ciudadanos capaces de llegar a juicios críticos y a tomar decisiones personales.

Es decir, a ser libres".

"Memoricidios". Fernando Báez sabe de libros maltratados. Se ha dedicado a documentar "bibliocaustos". Escribió, entre otros, el muy comentado Historia universal de la destrucción de los libros (Debate, 2004). En su condición de experto en "memoricidios", Báez viajó a Irak en 2003 y le impresionó cómo, durante la toma de Bagdad por tropas estadounidenses, comenzó un proceso de aniquilación por omisión, oscilante y superficial, que contravenía las cláusulas de la Convención de La Haya, de 1954 y de los Protocolos de 1972 y 1999. "Los soldados estadounidenses no quemaron los centros de intelectuales de Irak, pero tampoco los protegieron, y esta indiferencia dio carta blanca a los grupos criminales".

Pero aunque Báez fue director de la Biblioteca Nacional entre abril y diciembre de 2008 y esa casa es la gran normalizadora de la vida del libro público, afirma que nunca se enteró de lo que sucedía en el Iabim justamente en la época de su gestión. Ni el instituto envió los informes de gestión, ni el organismo a su cargo se los pidió.

Indiferencia, como en Bagdad.

"A mí me interesaría conocer de cerca el caso de los descartes de esos materiales. No tengo los informes a la mano, nunca se me reportó nada parecido.

El tema me interesa mucho y lo anoté dentro de mis apuntes", asegura. Dice que fue muy poca la relación entre la Biblioteca Nacional y el Iabim. Miriam Hermoso, presidenta del instituto, lo corrobora: "En los últimos años, el Iabim se divorció del ente rector. Por eso se presentaron debilidades en los fundamentos legales para la desincorporación de material".

Si esta desconexión se dio en otras regiones, puede ser que estos casos de pérdida masiva de libros tengan réplicas en el interior.

Teo en la recuperadora. Héctor Rangel tiene 12 años de edad, estudia en la escuela Creación Caucagua y creció leyendo en la Biblioteca Adolfo Castillo las salidas a pasear de un niño llamado Teo. Él, que es poco lo que ha paseado en la vida, viajaba con las historias de Teo en el parque, en el circo, en el tren. "Vengo desde que tengo 3 años al rincón infantil. Cuando no sabía leer, escuchaba los cuentos y me los aprendía de memoria", recuerda. Pero Teo hizo su viaje final a la recuperadora porque la colección estaba en mal estado y nunca fue repuesta.

"En cuatro años sólo trajeron seis libros para niños", dice la jefa del servicio. El sexteto lo integran: La fortaleza perdida, de Fidel Castro en faceta de autor infantil, La política explicada a los niños y jóvenes, La historia de un caballo que era bien bonito, de Aquiles Nazoa y tres guías que no son para leer, sino para hacer ejercicios escolares.

La Adolfo Castillo tiene otro problema: funciona desde 1988 en el edificio de la alcaldía y, aunque Cabello dio el lugar en comodato por 30 años al Iabim, el alcalde peseuvista de Acevedo, Juan Aponte, alega que el documento no es válido y que partidarios del actual gobernador, Henrique Capriles, convirtieron la sede en una casa de gobierno, por lo que pide el desalojo. "Estaban asesorando a asociaciones civiles, cuando la figura que promueve el Presidente son los consejos comunales. Eso no me conviene a mí políticamente", indica. Las cinco bibliotecas de Acevedo están en sedes en situación de comodato.

En Caucagua hay letreros que dicen "Caucagua, reacciona, también vas a permitir que se lleven nuestra biblioteca". "Venimos todo el tiempo a hacer los trabajos con tranquilidad", dice Linda Sillet, de 16 años de edad. "Mi hija de 10 años lloró ayer. Vivimos cerca de acá y ella me preguntaba dónde podía ir sola a hacer sus tareas. `Mamá, tienes que ir a defender la biblioteca’, me pidió", dice Carolina Galindo. Y los testimonios en defensa del libro se apiñan en la puerta de la Adolfo Castillo, que funciona desde hace 44 años, mucho antes de que se editara la revolución.

Por Laura Helena Castillo / lcastillo@el-nacional.com
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Luis Yslas
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