Guía del lector
Reseñas y crítica
Entrevistas malandras Entrevistas malandras, de Nelson Hippolyte Ortega
Caracas, Editorial Grijalbo, 2010. Palabras de presentación de Luis Yslas y Rodrigo Blanco I. Leer este libro es ingresar a un museo de cera con una antorcha en la mano. O entrar a una galería de espejos con una bolsa de piedras. Las entrevistas de Nelson Hippolyte son verdaderos asedios que no escatiman municiones cuando se trata de penetrar en las vidas de estas 40 figuras públicas del ámbito cultural, artístico, farandulero y político de los años 80 en Venezuela. Por aquí desfilan Aldemaro Romero en shores y chancletas, María Conchita fuera de sus cabales o Zhandra Rodríguez en plan belicoso. A Nelson no le tiembla el labio a la hora de preguntarle a Rafael Caldera si ha visto películas pornográficas, o a Popy si es verdad que maltrataba a los niños. En estas charlas hay desenfado pero también valentía. Audacia y hasta cierta malicia, pero siempre un trabajo de investigación serio. Son resultado del oficio, no de la improvisación. Buscan mostrar no lo que se sabe y se celebra del entrevistado, sino lo desconocido, el secreto celosamente guardado o también aquello que todo el mundo sospecha, pero que permanece en discreto silencio. La idea es rasgar en lo que se pretende intachable. Para ello, Nelson se vale de la pregunta arpón, de la frase incendiaria e inesperada, pero también de esa interrogante que acaso se aguarda con temor, con la mano en alto, con el deseo de esquivarla o descalificarla. Y casi siempre da donde es: en la médula del ego, poniéndolo a prueba, al descubierto o en entredicho, según la magnitud de la vanidad de quien responde. Razón tiene Nelson cuando afirma que sus entrevistas no pretenden faltar el respeto, sino más bien propiciar un diálogo que confronte al personaje con su propia leyenda y lo haga emerger más fuerte, más humano o en algún caso desmoronarse cuando se re-mira en el espejo de su verdad. Es cierto entonces lo que dice Daniel Centeno al final de este libro: estas entrevistas malandras pintan una sociedad y un país, al menos en apariencia, distinto al actual. Son el testimonio de la Venezuela de los años 80, que en algunos casos puede ser vista ahora con añoranza, y en otros, con el asombro que produce aquello que nos refleja de manera fragmentada y borrosa, ese azogue en el que distinguimos ciertos rasgos que nos son propios y, a la vez, extraños. Algunos respetables, otros, francamente vergonzosos. Pero también resulta interesante leer estas entrevistas no sólo como el registro de lo que muchas de estas personalidades llegaron a ser (o a creerse ser), y a escala nacional, de lo que Venezuela fue o pretendió ser durante buena parte de los años 80, sino más bien constatar ahora, a la luz de estos pugilatos verbales, en qué se convirtieron (o cómo se desvanecieron) esas leyendas con el paso del tiempo. En qué devinieron estos egos en la memoria de la Venezuela del siglo XXI. Comprobar si sus respuestas pueden aún sostenerse con los años, o más bien entrever en sus palabras mezquindades o virtudes, divismos o rencores que los años no harían sino subrayar, poniéndolos sobre una balanza ética y estética, y mostrando cómo muchas de estas celebridades fueron quizás sobrevaloradas, o, por el contrario, juzgadas con injusticia o desproporcionada envidia. Cito el siguiente ejemplo por elocuente. La respuesta que un muy conocido periodista entrevistado dio por aquellos años sobre su oficio y que puede leerse en este libro: Te voy a decir una teoría muy personal. A veces hay comunicadores que son o el juglar o el bufón. El juglar es parte de la tradición oral de los pueblos, canta para el pueblo, y puede morirse de hambre aunque sea muy popular. Al bufón no le importa agradar al pueblo, le importa agradar a su rey. Siempre hará el ridículo junto a la mesa del rey, pero siempre tendrá la barriga llena... Si tengo que elegir entre el juglar y el bufón, prefiero el juglar. Acá entre nosotros, yo no serviría para decir en política internacional lo que se le antoja al grupo Cisneros o al grupo Phelps
. Estas palabras pertenecen al Walter Martínez de los años 80. Palabras que ahora se nos revelan como un presagio al revés, como un boomerang moral. O malandro. De modo que este libro puede leerse además como un manual de periodismo, tan necesario en esta hora nacional en que dicho oficio se encuentra acosado por demonios externos e internos, por debilidades propias y ferocidades ajenas. Vale la pena entonces recordar la respuesta de otro periodista, también incluida en este libro, a la pregunta sobre el estado del periodismo en esos años. Habla Oscar Yánez: Las escuelas de periodismo no sirven porque aristocratizaron al reportero y a la noticia. Les han metido a los muchachos
que lo importante es lo que ellos piensan de las cosas y no la búsqueda de las cosas. Que el tubazo y la primicia son anti-sindicales porque ocasionan que a otro compañero le llamen la atención. Hoy en día muchos se avergüenzan de la noticia. Ven que viene por una acera y cogen por la otra para no topársela
Antes, editores y dueños ‒el periodismo fue una hermosa aventura romántica‒, se rifaban el pellejo con los reporteros y redactores. Hoy los grandes intereses van a la junta directiva, al editor o director, y entonces el reportero es aplastado. Queda totalmente desprotegido. El miedo detuvo el desarrollo del periodismo en Venezuela. Adviértase cómo Oscar Yánez ya por aquellos días supo distinguir los peligros, es decir, las taras y los miedos que tanto daño le han hecho a la práctica, pero sobre todo a la credibilidad del periodismo actual en Venezuela. Por eso pienso que leer a Nelson Hippolyte ahora es volver a hallar en ese estilo irreverente una forma de periodismo que merece rescatarse, con todos los riesgos, pero también, con toda la aventura y el coraje que implica. Porque en este libro lo que se respira desde la primera a la última página es un ejercicio de libertad creadora. Un gesto de inteligente rebeldía contra cualquier forma de censura y autocensura. Un desenmascaramiento del poder, bajo cualquiera de sus caretas. Detenerse en estas entrevistas es recuperar el entusiasmo y la dignidad por una profesión que sirve de aire y espejo en cualquier sociedad que se desee democrática. Recobrar ese espíritu buscón e insaciable, provocador pero culto. Siempre ameno, inconforme y perseguidor de la verdad. Porque, como bien señala Nelson, nunca hay una última pregunta. Por Luis Yslas Prado Nelson Hippolyte bautizando su libro acompañado de Carmen Victoria Pérez, Elizabeth Fuentes y Elisa Lerner II

La primera persona que me habló de Nelson Hippolyte Ortega fue Salvador Fleján. Recuerdo que utilizó palabras como ídolo y héroe para referirse a él. Cuando finalmente conocí a Nelson y vi que era una fotocopia de Salvador Fleján (o Fleján una fotocopia de él), moreno, calvo del tipo que cuida su calvicie como si fuera una frondosa cabellera invisible, y lentes que acentuaban la mirada, pensé que lo de Fleján era una fijación por el tema del doble. Incluso, llegué a pensar que la pinta de salseros que ambos se gastan permitía la hipótesis de que fuesen gemelos primerizos y no reconocidos de Oscar D León.
Tiempo después tuve la oportunidad de leer las Entrevistas malandras y también, junto a Luis Yslas, de entrevistar a Nelson Hippolyte en Relecturas, nuestro programa de radio que se transmite por la Emisora Cultural de Caracas 97.7 FM. La lectura y la conversación me permitieron entender que la admiración irredenta de Fleján tenía o tiene arraigo en todos los rasgos que un lector puede apreciar en un escritor serio: sentido del humor, manejo consciente del lenguaje, imaginación, valentía y un toque elegante de lactosa vencida, mejor conocida como mala leche.
Luis y yo leímos al mismo tiempo las Entrevistas malandras (cada uno con su ejemplar) y entre ataques de risa y estupor íbamos comentando por teléfono o abiertamente en Facebook nuestras impresiones. Risa por la incorrección corajuda que muestra Nelson en estas entrevistas, que lo hicieron famoso en su tiempo y que lo hacen volver al nuestro con el borde dorado de las leyendas. Nelson Hippolyte, como una forma de malandrearse a sí mismo, es lo menos polite que se pueda imaginar. Una incorrección absoluta pero que se presenta anclada en un sentido muy fuerte de la justicia. Una incorrección que nunca decae en la descortesía ni el insulto y que más bien hace surgir lo menos decoroso de la personalidad de sus entrevistados.
El estupor venía del contraste entre la imagen pública de los entrevistados y la esencia que estos parecían confesar, a pesar de sí mismos, gracias al magistral juego de sombras que define la práctica de la entrevista en Nelson: avanzar, golpear, retroceder, abrirse paso por un costado, retroceder, golpear otra vez y dejar, al mejor estilo Muhammed Alí, que el contrincante caiga por su propio peso.
El día de la entrevista, Luis y yo cedimos, o tratamos de ceder, a la tentación más simple: hacerle a Nelson una entrevista malandra. Pero Luis y yo no pasamos de la categoría chimba de malandros de edificio. Nelson es un malandro de calle, de experiencia, de muchos rounds acumulados, como para que un par de muchachos venga a sorprenderlo con la defensa baja. Cuando digo malandro, lo digo en el sentido socrático del término: aquel que vence y convence al otro con la pura fuerza de la palabra y los argumentos.
El resultado de esa entrevista fue un K. O. técnico por parte de Nelson, ya que Luis y yo nos limitamos a arrojar unas cuantas preguntas, presentar las pausas musicales y sobre todo a escuchar. Una hora de programa hipnotizados por las anécdotas, los intríngulis, las verdades aún no reveladas de la década más decisiva de nuestra extinta democracia: la de los años 80, en la que parece haberse concentrado una forma del ser nacional que ha hecho estragos. Fue inolvidable escuchar de la boca de uno de sus principales protagonistas la gesta ciudadana de un grupo de jóvenes periodistas que hicieron historia en nuestro país, en su búsqueda de la información veraz y de las formas verosímiles y logradas de transmitirla.
En una época en la que el oficio de periodista se ha transformado a veces en un mote o insulto (más periodista serás tú), conviene echar de vez en cuando una mirada hacia el pasado relativamente reciente del periodismo venezolano, tal y como se cristalizó alrededor de la revista Feriado entre 1982 y 1989, para encontrar ejemplos que permitan devolverle al periodismo su ética y su épica frente a una sociedad que tiende injustamente a menospreciar el oficio. Quizás convenga rescatar esa idea grupal en torno a un periódico que sí esté a la altura de sus periodistas y que sepa conjugar los talentos desperdigados que hacen vida en distintas publicaciones e instituciones nacionales. Hacer una coalición de periodistas valientes que nos hagan sentir la misma identificación que sentimos ante un grupo de rock favorito o ante el equipo de béisbol de nuestros corazones.
Y algo de esta nostalgia por lo no vivido quedó como un resto de la entrevista radial que realizamos a Nelson Hippolyte. En mi caso, que nací en 1981, debo ahora sumar la gesta de la revista Feriado a esos dos acontecimientos que me perdí por haber sido un niño en la década de los 80: el concierto de Queen en el Poliedro de Caracas y la edad de oro de los Tiburones de La Guaira. Esa mezcla de arte puro y guerrilla que define al buen periodista.
Por Rodrigo Blanco Calderón
Caracas, 2 de septiembre de 2010. Librería El Buscón
| comentarios (2) >> |
escrito por Ernesto Cazal, septiembre 03, 2010
Cuando leí por primera vez las entrevistas de Nelson Hippolyte Ortega tenía dos años menos que ahora y sentía curiosidad por el secreto arte de la entrevista. Mi padre me prestó un libro roído en el que el primer apellido se me extravió durante meses, no recordándolo luego de quedar varias veces maravillado por las posibilidades que el periodismo brinda y acopla. Recuerdo que cuando leí la entrevista a Simón Bolívar y a José Gregorio Hernández, no pude sino excitarme por haber encontrado al fin el verbo encarnadamente "real" de aquellos personajes míticos hasta entonces. Seguí la lectura del libro y me encontré felizmente con la célebre entrevista a Popy, que también se encuentra en Entrevistas malandras. Perplejo, y con una pizca de inocencia interrumpida, me dije que era imposible haber conocido al payaso ejecutivo y al Libertador en una misma época menor a 70 años, me decía con una razonable lógica. Por miedo a preguntar (fobia que atenué mediante pasaban los meses, la lectura de las entrevistas de Nelson y el a veces quehacer periodístico), me dije que sí fue posible tal cosa. Hasta que, rabiosamente, me dije a mí mismo que Hippolyte Ortega había inventado las primeras dos entrevistas que yo había leído.
Así, reconocí a alguien de genio. Busqué su biografía, la leí, otié alguna foto de su persona. Pero lo más importante fue que entendí que el periodismo es el encuentro con el Otro; que conlleva riesgos; que es necesario ser malandro, a lo Nelson Hippolyte Ortega.
Esta vez, adquirí el libro en cuestión. La lectura de este compendio de entrevistas malandras me hizo ver que aún nos queda mucho por aprender en este siglo de desdichado periodismo.
Salud.
P.D.1. Buenos textos de presentación los de Luis y Rodrigo.
P.D.2. Me hubiera gustado conocer a Nelson, tan sólo para observar cuál es el talante de un malandro de calidad.
escrito por reyna varela, septiembre 05, 2010
Pasé unas cuatro veces por la Redcción de El Nacional en los 80. Elegante, discreto, distante como un músico en Chicago en la época clasica del blues..me sorprende verlo ahora, porque entonces era, prácticamente un bebé...
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