Guía del lector
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Esta vez les preguntamos a los escritores sobre aquellos libros que han hecho de la gastronomía o los alimentos un suculento festín literario. He aquí sus platos preferidos.
Sinar Alvarado
Uf, me dan ustedes en el mero centro del gusto. Son varios: Calor, de Bill Buford. Sin blanca en París y Londres, de George Orwell. Encuentros con sabor, de Alain Ducasse. Confesiones de un chef, de Anthony Bourdain. El vientre de París, de Emile Zola. Y la biblia: La cocina y los alimentos, de Harold McGee.
Rodrigo Blanco
Retrato de un caníbal, de Sinar Alvarado.
Luis Barrera Linares
Me limitaré exclusivamente a lo que la memoria inmediata me permite en este instante. Aunque soy reacio a citar clásicos porque no me gusta dármelas de leído (que no lo soy ni aspiro a), me permito recordar en primer lugar las comidas degustadas en algunos capítulos del Quijote. Tanto éxito han tenido que hasta libros se han escrito al respecto. También podría mencionar las recetas que se preparan en Como agua para chocolate (de la señora Esquivel), principalmente porque soy adicto a todo lo mexicano y muy especialmente a las rancheras y las comidas. En el caso venezolano, apenas puedo recordar, porque la manipulé durante varios meses, una novela de Javier Vidal: Todos eran de izquierda. Hay allí descripciones magníficas de platos catalanes. Pero, una vez saldada la deuda con esos tres, es imposible que no recuerde El festín de Babette, no la película que también es memorable, sino el cuento original que le dio origen, de la señora Isak Dinesen (hay una versión en español, que es la que alguna vez leí). Me parece que se lleva la batuta en esto de la gastronomía literaria. En ese cuento sí que se come completo, incluidos el postre y algunos vinos.
Carlos Noguera
Respondería la pregunta, dentro de la narrativa, con dos títulos: Los Buddenbrook, de Thomas Mann. Y, por supuesto, la saga de Maigret, de G. Simenon (por las cenas bimensuales, con invitados, de Madame Maigret).
Armando José Sequera
Hay dos libros de cocina que me han ayudado bastante a cocinar aceptablemente bien y a mejorar mi vida: uno es esa especie de biblia de la cocina venezolana que hizo mi tocayo Armando Scannone: Mi cocina. El otro es la Guía del buen comer, de un trío de autores: Carmen de Freites, Liria S. de Cifre y Frank Bracho. Soy vegetariano de por vida y la mayoría de recetarios de cocina de este tipo son muy deficientes, pues los platos que se proponen son, en su mayoría, incomibles, impresentables e insípidos. Todas las recetas de esta Guía, en cambio, son deliciosas y no muy difíciles de hacer.
Federico Pacanins
En materia de morosos banquetes y demás detalles de sabrosa vida aburguesada, nada mejor que la minuciosidad de Marcel Proust y sus inacabables volúmenes de En busca del tiempo perdido.

Andrés Boersner
Gargantúa y Pantagruel de Francois Rabelais, y París era una fiesta de Ernest Hemingway. El primero por sus excesos y el segundo por la maravilla de lo precario.
Joaquín Ortega
Hay varios libros conectados entre sí que logran despertarme la memoria del condimento, de las carnes y el aderezo. El primero, La Mafia se sienta a la mesa de Martine Bartolomei y Jacques Kermoal. Allí, se revisan los afanes de la Honorable Società y su evolución. En sus páginas, se desprende el sabor del parmesano, el ajo, el aceite de oliva y el pan recién horneado. 10 menús bien pensados, compilado del star system literario de los años ochenta, me lleva a mi primer intento culinario frente a las pailas: la paella cartesiana, cardinalmente analizada y reconstruida por Juan Nuño. En El nombre de la rosa, de Umberto Eco, el pasaje de la recolección de las trufas me permitió acercarme a nuevos mundos. Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, resume en cada juego de té, la locura de la más tierna infancia. Entre sus páginas, Carroll se empata inevitablemente con mi niñez de pan Holsum y mantequilla Lactuario Maracay. Cierro con Por quién doblan las campanas, de Hemingway, en donde se apalea el contento del pan y la cebolla cruda, rebanada y devorada contra la nariz y el paladar.
Ricardo Ramírez
Tratado de culinaria para mujeres tristes, de Héctor Abad Faciolince.
Karl Krispin
Precisamente saldrá dentro de muy poco un libro mío dedicado a ensayos sobre obras de gastronomía y lo publicará El Nacional. El nombre es Los cochinos voladores. Esta es mi lista: La cocina cristiana de Occidente, Álvaro Cunqueiro. La casa de Lúculo, Julio Camba. Viaje a Francia, Néstor Lujan. Clorofilia, Andoni Luiz Aduriz. La cocina al desnudo, Santi Santamaría. Un artículo de encargo, Miguel Sen. Serve it forth, M.F.K. Fisher. Boca hay una sola, Ben Ami Fihman. Permiso para pecar, Alberto Soria.
Luz Marina Rivas
Dos muy distintas. Primero, la grandiosa Paradiso, de Lezama Lima, cuyo banquete se repite en Fresa y chocolate, la película cubana. Por otro lado y de otra manera, Como agua para chocolate, de Laura Esquivel.
Mharía Vázquez Benarroch
Rapsodia gourmet, de Muriel Barbery. La elegancia del erizo, de Muriel Barbery. Recetas de cocina medieval, de Manuel Vázquez Montalbán. El festín de Babette, de Karen Blixen (Isak Dinesen). Chocolate ¡Qué pasión!, de Nicoletta Negri. Como agua para chocolate, de Laura Esquivel. De Re Coquinaria. Antología de recetas de la Roma imperial, de Marco Gavio Apicio
Juan Carlos Méndez Guédez
El Rodaballo de Gunter Grass. Sus anécdotas se han ido borrando en los veinte años que han transcurrido desde que lo leí, pero persiste la impresión humeante de sus comidas. También recuerdo un casabe casi dorado en una novela de José Balza (¿Setecientas palmeras...Medianoche en video: 1/5?), como una suerte de crujiente sol; y del mismo autor me viene el recuerdo de un dulce deltano hecho con maíz en D. Y claro, una novela maravillosa de Tabucchi: Requiem, un verdadero festín de comidas portuguesas que imagino pesadísimas, contundentes, irrepetibles, y que todavía hoy desconozco pero que siento haber paladeado cada vez que regreso a ese libro maravilloso.

Leopoldo Tablante
Aunque lo padecí más que lo gocé, creo que el pantagruélico Lezama Lima dejó en Paradiso muestras admirables de su propensión a los postres. Las descripciones de las cenas en casa de madame Arnoux con su marido y el expectante Frédéric Moreau, en La educación sentimental de Flaubert, son realmente maravillosas. Hay un capítulo de La piel, de Curzio Malaparte, que trata sobre la dignidad de la comida para napolitanos frente a la falta de cultura culinaria de los norteamericanos en Nápoles durante la Segunda Guerra Mundial. Las cenas de los jueves en casa de los Guermantes a las que Proust se refiere a lo largo de todos los tomos de En busca del tiempo perdido... Y la memorable escena de la pasta carbonara en La vida exagerada de Martín Romaña de Bryce Echenique.
Antonieta Madrid
Como agua para chocolate, de Laura Esquivel.
Oscar Medina
Historia de la cocina y de los cocineros, de E. Neirinck y J. P. Poulain. Confesiones de un chef y Viajes de un chef, de Anthony Bourdain. Boca hay una sola, de Ben Ami Fihman. Calor, de Bill Buford. Y, faltaba más, las historias del detective Pepe Carvalho.
Federico Vegas
Cuenta José Rafael Pocaterra en sus Memorias que cuando estuvo en La Rotunda trataba de sacarle provecho a lo poco que tenían. Una vez logró hacer seis tortillas con un solo huevo. Se pasó meses tratando de atrapar una paloma que se acostumbró a comer en la ventana de su celda. Apenas podía sacar la mano entre los barrotes, por lo que no fue fácil prepararle la trampa. Del tibio aletear pasé a la carne blanca con venitas azules. Con dientes y uñas seccioné las alas y los muslos, luego arranqué los intestinos y devoré crudo todo lo comestible. Al día siguiente estaba el viudo de la paloma esperando a su pareja en la cornisa. A la semana murió de amor y también lo devoré con mis compañeros.
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