Guía del lector
Reseñas y crítica
¡Socorro! Carlos Villaba: ¿demoledor de ilusiones?
Presentación del libro ¡Socorro! (Caracas: Bid & Co. editor, 2010)
Estar aquí en Kalathos, donde se está tan bien, entre libros y entre amigos, es siempre una alegría mayor, más todavía si la ocasión es la del bautizo de un libro de Carlos Villalba y me ha tocado la gracia de presentarlo. Así que, primero, demos gracias a todos los presentes por acompañarnos hoy y gracias una vez más a Kalathos por ser algo más que una librería, por ser la casa donde nacen los libros, y gracias a Bid & Co editor, es decir, a Bernardo Infante por sostener esta empresa con tanto empeño y enaltecerla con libros como éste. Y, finalmente, déjenme decir toda mi gratitud a Carlos por darme la oportunidad de rendirle en estas pocas líneas un pequeño tributo a nuestra vieja amistad.
Sé que este libro causará estupor y curiosidad entre nosotros. Estupor porque es un libro extraño y distinto a todos, ya veremos por qué, y curiosidad porque pocos conocen a Carlos como escritor. La mayoría sabe de él como profesor universitario y experto en criminología; otros, los de la afición, esa exquisita raza que tiende a desaparecer entre nosotros porque ya ni circo tenemos, recuerdan sus espléndidas crónicas y otros escritos taurinos. Pero muy pocos habrán leído aquel breve, fino y grave libro de cuentos que publicó Monte Ávila en los años 70: Mi habitación es un gran perro. Desde entonces nunca más se supo de él como escritor. Sin embargo, Carlos nunca dejó de escribir. Digamos que casi escribía.
Dejen que les cuente, y disculpen estas añoranzas mías porque no dejo de recordar el sabor de aquellos domingos cuando pasábamos el día junto a Doris y a Carlos, a Milena la Princesa, y a Socorro. Sí, porque yo conocí a la otra Socorro, la inspiradora, su lenta amabilidad, su gracia sencilla, reservada, antes de quedar atrapada con su nombre entre signos de admiración y convertirse en grito, en libro, en sombra, en polvo, en nada, como diría Sor Juana. Sí, ya entonces Carlos escribía y seguramente no lo sabía. Mejor dicho este ¡Socorro! de hoy se escribía ya en él, a sus expensas y las de aquel otro ¡Socorro! con que la llamábamos aquellos domingos.
Y es que no se empieza a escribir el día en que uno se lo propone, ni mucho menos el día en que se concibe el libro. Se comienza a escribir cuando, de repente, el mundo alrededor, lo más familiar, se vuelve extraño y se abre una pequeña grieta por donde las sombras comienzan a murmurar unas cosas que no entendemos: es el otro lado de las cosas, el doble fondo de la realidad donde todo, hasta de los propios sentimientos van conformando una realidad paralela y ésta va minando las buenas relaciones que hasta entonces creíamos mantener con el mundo saludable y positivo. Sí, creo, mejor dicho, apuesto a que a Carlos ya le había empezado a pasar esto, aunque todavía no podía contar esas sombras, quizá hasta las temía. Lleva tiempo acostumbrarse y entender su idioma. Seguramente Carlos todavía no tenía un tema, ni había sido alcanzado por la corriente fría que lo apartaría sin consideración de sí mismo, exilándolo de su propia humanidad. Creo que este libro es el resultado de la larga convivencia de Carlos con esa extraña sensación de haber sido desalojado o expulsado a medias de la vida, de su vida. Y en ese lugar a medias vacío, poco a poco, se fue haciendo presente esta voz que empezó a gritar ¡Socorro!
Es un libro raro, inclasificable, no es una novela, no son memorias ni confesiones, no es filosofía, carece de género, sólo tiene temáticas que se despliegan en diversas formas, reflexivas, aforísticas, epigramáticas, sentenciosas, digresivas. Pero la gran constante, el tema de fondo, es la lucha invisible que el escritor mantiene con la realidad.
Es decir, el libro nos hace creer que habla sobre muchas cosas, que cuenta y sobre todo opina y juzga. Pero todo eso no son sino las fintas, los simulacros con que se encubre ese único personaje: la voz que habla sin cesar y sólo grita ¡Socorro! De haberlo conocido, Clamence, el juez penitente de La Caída de Camus lo habría adoptado, y el dostoyevskiano hombre del subsuelo lo habría considerado su hermano, y yo sospecho que es un hijo de Cioran. Digámoslo de una vez, esta voz que grita ¡Socorro! y cuenta sombras pertenece a este equipo de demoledores. Es un demoledor de ilusiones empeñado en rehacer la vida colocándola bajo otra ley, carente de idealizaciones, es cierto, pero sujeta a una nueva y no menos tenaz trama de engaños, la de un mundo sin piedad y sin verdad.
Para el demoledor de ilusiones, escribir, afortunadamente, no supone optar por decir crueles verdades, sino al contrario, someterse al rigor de esa otra cara igualmente falsa, de la realidad. Porque sólo los filósofos y los jueces (y los lectores ingenuos) creen que las palabras sirven para decir la verdad y nada más que la verdad. El escritor, por el contrario, sabe que está condenado a mentir. Como aquel artista del hambre de un cuento de Kafka, que el público aplaudía por su infinita capacidad de ayuno, mientras él sabía que no tenía tal mérito porque su vocación se alimentaba de no haber hallado comida que le gustara.
No hay forma de escapar, la vida, esta pobre y noble grisalla humana que somos, termina por derrotar tanto a los que buscan la luz como a los que cuentan sombras, por eso el escritor siempre escribe desde una afortunada derrota. Nada expresa mejor esta doble condición que la magnífica imagen del suicida que aparece en estas páginas: No se mató al caer. Antes de estrellarse contra el suelo, chocó contra otro cuerpo que subía vertiginoso hacia la luz.
El lector que entra en este libro debe someterse primero a la doble violencia que le imponen sus dos registros discursivos: el de la paradoja y el de la sentencia. La primera nos quita el sentido, la segunda lo convierte en jaula. Pero ambos no son más que los instrumentos del verdadero demoledor que es el tiempo. En este libro, no se equivoquen, el tiempo no es lo que esa voz desconcertada y enjaulada quiere hacernos ver: ese tiempo no es memoria, porque las sombras no tienen memoria, nada añoran, son un puro presente en caída libre.
Este libro nos hace ver una sola cara del tiempo, su dentellada. Aquí el tiempo camina en dirección opuesta al de Proust. Nada de resurrecciones, nada recobrable. De allí que me parezca tan fascinante esta figura del suicida que la escritura ataja en pleno vuelo. ¿Vuelo? Dije mal, en pleno descenso, sin dejarlo llegar abajo. Una ficción articulada alrededor de esta imagen, necesitaba una voz autorial, un Carlos Villalba, capaz de entrar en esa visión del mundo y de un sí mismo, suspendida y en caída.
En efecto, los escritores todos, desde que los dioses nos abandonaron, se vaciaron los altares y los ángeles perdieron sus alas, han tenido que vivir en una perenne bronca con la realidad. Ya lo dijo Cioran: Con qué facilidad se cree uno el centro del mundo cuando se maneja una pluma. ¡Escribir y venerar son incompatibles! Pero lo que no dice Cioran al menos en esta temprana confesión es que ese trabajo de zapa, mientras más somete, deforma y corroe la realidad, más la necesita tal cual es. Y cuanto escriben termina siendo un homenaje a eso que creen o querrían destruir.
En conclusión, el desacuerdo entre el artista y la humanidad es tan viejo como el arte mismo porque la mirada con que éste la escruta y la mano que la escribe no son humanas. El escritor no escribe con su humanidad. Tanto la mirada que se dirige al exterior (la que describe, narra) como la que se dirige a las cosas interiores (sentimientos, valores) no es la misma con la cual vive ese hombre (el de carne y hueso más hueso que carne si se trata de Carlos). La mirada de eso que toma la pluma y escribe es más fría y más apasionada a la vez que la de un simple mortal. Si viviera con ella ya habría muerto. Pero el escritor debe alojarla, abrigarla, alimentarla, a costa de su propia humanidad. En este libro yo la siento allí, descolgándose en la figura de ese suicida, derramándose sobre nosotros.
Este libro comienza hoy una existencia distinta. Los lectores creerán, porque necesitan creer en la sinceridad de la voz que los interpela desde adentro, e ingenuamente comenzarán a destruir el trabajo de demolición. El público aplaudirá como confesiones verdaderas lo que tanto trabajo costó al pobre escritor de carne y hueso: la voz que lo desprendió de su vida, esa mirada inhumana y fría le será devuelta, lo tomarán por psicólogo, lo llamaran sincero, lo acusarán de cruel y despiadado, como en aquella ranchera, creerán que en verdad él es ese monstruo frío, esa figura sublime y egoísta. Pero él sabe que la realidad, que su pobre y enclenque humanidad nunca podrá alcanzar esa estatura negativa que consigue en la escritura; sabe que le atribuyen al hombre lo que sólo pertenece al lenguaje y se debe al artificio de la pluma y no de la experiencia. Pero este malentendido es la derrota indispensable para volver a empezar y seguir escribiendo. Porque si bien el protagonista es el suicida que grita en pleno descenso, hay otra figurita en el trasfondo de este libro, que para mí encarna el alma que nunca muere; una ridícula y frágil muchachita que burla toda demolición. Permítanme que sea ella quien les abra las páginas de este libro:
Me cuentan que una bailarina de ballet se lanzó con el tutú puesto, tutú que le hiciera el curioso efecto de un paracaídas, y que la obligó a posarse sobre el empedrado, suavemente, llena de mística gracia: así como se posan las gaviotas sobre el nivel del agua bamboleante.
El alma humana es así de indestructible, la dentellada no la alcanza y sobrevive todos los naufragios para que el pobre Sísifo tenga de nuevo que subir a la cima y rodar, creyéndose la piedra.
Por María Fernanda Palacios
Librería Kalathos
Caracas, 5 junio de 2010
| comentarios (2) >> |
escrito por marialeja, junio 22, 2010
Primera vez que leo un texto de esta señora que realmente me conmueve a mí, en lo personal. Parece que le perteneciera más a ella que al autor. Gracias.
escrito por Ernesto Cazal, julio 17, 2010
Eso nada más. Queremos tanto a Mafer.
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