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A la mesa con Simenon 

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Cuando a finales de 1981 Presses de la Cité publica las Memorias íntimas de Georges Simenon, los números de su contabilidad van a reportar un éxito con pocos precedentes en la historia de la industria editorial francesa: más de cien mil ejemplares vendidos en los primeros dos meses de circulación. Nada extraño para el libro de records de este escritor acostumbrado a protagonizar desmesuras y escándalos desde que, a los 17 años, abandonara el nicho paterno en su Lieja natal para dedicarse al oficio que lo transformaría en una leyenda viviente, celebrado y aborrecido por igual en los salones de la crítica académica.

Esta vez, sin embargo, se trata de una circunstancia singular. El libro de memorias, hermoso y terrible a un tiempo, será el último que escriba. Unos años antes, a raíz de la muerte de su madre, había decidido retirarse como novelista; pero ahora, a los 77, anciano, “lúcido y herido”, agobiado por el dolor y dado a la ternura, siente que debe retomar los ritos de su artesanía para conjurar los demonios y practicar un balance final de vida. Una tragedia lo obliga: Marie-Jo, de 25 años, la única niña de los cuatro hijos que tuvo, acaba de suicidarse disparándose una bala calibre 22 en el pecho. Los antecedentes y las circunstancias, por demás extraños, del suceso, dan qué chismear a los periodistas franceses y, detrás de ellos, a los millones de fogosos lectores de la ficción simenoniana esparcidos por el mundo.

Se habla del libro bochornoso que la madre de la víctima, Denyse, segunda esposa de Simenon, ayudada por dos equipos de negros y por una editorial ávida de los beneficios de la infidencia, ha escrito y publicado meses atrás. Se mencionan la droga y la promiscuidad, el maltrato y la psicosis e, incluso, se bate el cocktail con la posibilidad del incesto.

¿Quién era, en verdad, este hombre, perseguido por la noticia y el escándalo desde la adolescencia, con fama de payaso de circo, de monstruo de fecundidad literaria y desmesura sexual, creador del legendario detective Maigret y repetidas veces postulado al premio Nobel de Literatura?

Georges Simenon había nacido en Lieja, Bélgica, el 13 de abril de 1903. Su padre, Désiré, oriundo de la misma ciudad pero de origen francés, es discreto, tímido y moderado al expresar sentimientos. Contable de oficio, trabaja en el sector de seguros de incendios y carece totalmente de ambición. Henriette, la madre, de soltera Brull, también liejesa, proviene de holandeses y prusianos, y exhibe una personalidad tan tensa y autoritaria como serena es la de su esposo. El matrimonio concibe dos vástagos: Georges y Christian, tres años menor, el consentido.

El tramado de afectos, odios y suspicacias que se despliega en este temprano clima y que gravitará sobre las sucesivas edades de los protagonistas constituye un manjar servido para el apetito del psicoanálisis freudiano y, de cierto, ha sido una y otra vez saqueado a la hora de emprender una interpretación biográfica de la obra del escritor.

En efecto, el padre, humilde y cálido, que representa para el hijo mayor la materialización de las virtudes humanas, y que se constituirá en su paradigma y en el depositario de su amor filial, le jugará una mala pasada al morir, víctima de angina de pecho, a los 44 años, cuando el pequeño Georges, de 18, apenas comienza a practicar las primeras incursiones como articulista y reportero en los periódicos de la región, y como narrador de oficio.

Por contraste, Henriette, personificación de la frialdad y el autoritarismo, será siempre la madre distante ante cuya mirada el hijo intentará una y otra vez, con resultados de antemano fallidos, suscitar la anhelada admiración. A diferencia de su marido, tendrá una larga –y desdichada– vida que alcanzará los 90 años, no infrecuente en gestos insólitos. “¿Por qué has venido, hijo?”, le preguntará a Georges, mirándolo con seca perplejidad desde su lecho de muerte. Mucho antes, con motivo de la desaparición de Christian, el preferido, ya había alcanzado el límite siniestro al obsequiar al novelista con este saludo: “Qué lástima, Georges, que haya sido Christian quien muriera”.

Con el fallecimiento del padre y la vocación literaria en plena erupción, el futuro escritor tiene pocos cabos que le aten a Lieja. El rasero es alto: París y la gloria. Ata el morral y parte, pero antes experimenta el impulso de despedirse de su madre y de la infancia con un texto, mitad relato, mitad poema, que ya constituye una precoz celebración del vicio que lo acompañará, voraz, a todo lo largo del tiempo que vendrá: la gastronomía. Las páginas, de título por demás emblemático, “Le Compotier tiéde”, fusionaban la nostalgia de la despedida con el gusto primigenio por la confitura de ciruela y la memoria de la cocina, pivote de la casa desde el cual la madre ejercía un poder sin réplica.

De esta cocina de su infancia, mezcla de las tradiciones culinarias de las familias paterna (valona) y materna (flamenca), Simenon recordará con deleite los mejillones con papas fritas, la torta de arroz, los macarrones gratinados con queso, el flan, las crépes bouquettes (elaboradas con una harina muy fina y blanca) y la sémola con pasas de Corinto. 

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Georges Simenon y Federico Fellini  
 

Todas las mujeres del mundo

Es en París donde, sin darse reposo, comienza a entregarse a las dos desmesuras que serán el soporte tanto del par de leyendas que lo acompañarán a lo largo de la vida como de su vida misma: la portentosa producción narrativa y la insaciable actividad sexual. Ni una ni otra conocerán tregua, antes bien parecerán acentuarse, a medida que Simenon, viajero persistente, diversifique su paisaje (los canales de Francia, la costa mediterránea, el mar del Norte, África, Oriente, Latinoamérica) o cambie de residencia (Bélgica, Francia, Estados Unidos, Suiza).

Es cierto que en el terreno de las proezas sexuales, el mito exhibiría su mayor encumbramiento a raíz de la publicación de una divulgadísima entrevista que el autor, en rol de periodista, le haría a Federico Fellini, uno de sus grandes amigos, con motivo de la filmación de Casanova, en 1977. “Verá, Fellini, creo que en mi vida yo he sido más casanova que usted. –dice Simenon– He hecho el cálculo, desde los trece años y medio he tenido más de diez mil mujeres”. Una fanfarronada, se dirá. Pero están los testimonios de sus esposas y de sus compañeras. Denyse, por ejemplo, su segunda esposa, al parecer tan apasionada como el propio novelista. O Josephine Baker, a quien Simenon acompañó día y noche durante dos de los largos años que la cantante estadounidense brindó a París, a mediados de la década de los veinte. O Boule, la criada normanda que ostenta el record de permanencia como amante, habiendo estado a las órdenes de su “guapo señorito” desde 1924 –cuando ella contaba 18– hasta 1989, fecha de la muerte del novelista. ¡Una lealtad de 65 años! En 1954, no vacilará en confesar a los periodistas que su patrón y ella siempre habían sido idénticos, “parecidos a los animales”.

Como se ve, aunque con algunas de sus parejas el escritor celebraba la fugacidad, en otras prefería la fiel permanencia. Por ejemplo, su primera esposa fue Régine Renchon, alias Tigy, con quien se casó cuando aún residía en Lieja, a los 20 años. Tigy se reveló, desde los drásticos tiempos iniciales de París, como un ama de casa modelo, artífice por añadidura de “un cordon-bleu exquisito” que hacía las delicias del paladar en ciernes del pequeño Sim. Fue también la madre de Marc, el primogénito.

Al finalizar la ocupación alemana, para escapar a una incómoda ojeriza de la que lo hacen víctima “los resistentes”, ahora en el poder, Simenon decide sentar residencia en Norteamérica. Montreal en los comienzos, por el idioma. Y luego, en los Estados Unidos, y en rápida sucesión, New York, la costa este, Florida –refugio marítimo en el que permanece un año y desde donde emprende repetidas excursiones hacia “los burdeles de La Habana”–, Colorado, California y, finalmente y hasta su regreso a Europa, en 1955, el palacete de Lakeville, Connecticut. En un momento temprano de este periplo, en New York, 1945, conoce a Denyse Ouimet, la D de las memorias, con quien se casará en 1950, no sin antes procrear un niño con ella (Johnny). Denyse ejercerá desde el principio el variado rol que el novelista suele imponer a sus colaboradoras: secretaria, compañera, amante, además de, en su caso particular, agente y gerente de la empresa Simenon, un negocio que ya en 1955, fecha de su regreso a Europa, alcanza la estatura de un gigantesco emporio conectado con las ediciones, las traducciones, la prensa, el cine, la radio y la televisión.

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Sudor y letras

Para entonces el éxito de Simenon es total. Dashiell Hammet, el gran maestro de la novela negra, lo encumbra como el mejor del género y lo compara con Poe. Ici Paris lo coloca en 1947 como el autor más robado en las bibliotecas públicas de la ciudad. Bélgica lo ha hecho académico de la Lengua; Francia, caballero de la Legión de Honor. Es celebrado por el Index Traslatiorum de 1951 como el escritor francés contemporáneo “más traducido en el mundo”, por encima de Gide y de Sartre. Es, también, el novelista de lengua francesa más adaptado al cine en vida, con 55 películas hasta la década de los ochenta; y a la televisión, medio que no cesa de saquear sus historias. Su nombre figura de manera repetida para un eventual Nobel desde la década de los treinta, cuando André Gide lo declara “el mayor y tal vez el más verdaderamente novelista” en lengua francesa, Y, de acuerdo con el anuario de la UNESCO en 1989, será el décimo octavo autor más traducido, considerando todos los países y todas las lenguas.

¿A qué se debe esta asombrosa cadena de laureles y de records? Al trabajo obsesivo, responde el implicado. A la tenacidad puesta al servicio de la creación de un verdadero continente literario: “l92 novelas firmadas con su nombre, 190 con seudónimo, centenares de cuentos, novelas cortas y artículos, y una veintena de libros de carácter autobiográfico. Pese a lo animada que puede ser la polémica en la arena de la narrativa policial, con Simenon el género consigue la cúspide de la excelencia; y con el inspector Maigret, su personaje pivote, la menos olvidable y más humana de las opciones protagónicas en el oficio.

Pero Simenon puede también estimarse excepcional cuando consideramos la vasta producción de novelas a secas, como lo atestiguan títulos como Pedigree, Las persianas verdes o La nieve estaba sucia, y cuyo hilo, junto a la saga Maigret, suele contemplarse como un extenso y terrible paisaje de la condición humana, sólo comparable en sus trazos y matices al Balzac de la Comedia.

Un trabajo de esta magnitud exige método, Y el novelista lo tuvo. A pesar de que la envidia haya querido caricaturizar su procedimiento, no cesando de recordar el célebre “affaire de la caja de vidrio” –una travesura de juventud que suponía la escritura por encargo de una novela propuesta por el público, a la vista de la audiencia, durante tres días y tres noches consecutivos, y que nunca se llevó a cabo–, los resultados están a la vista. Se trata, en verdad, de dos métodos que amalgaman la disciplina y la inmersión densa en el trabajo, apuntalados por el talento narrativo y la sensibilidad para atender a los pequeños detalles que personifican la obra.

Por lo general, Simenon podía escribir una novela en un mes, varias al año. Trabajaba de seis a nueve de la mañana, a máquina, durante dos semanas; luego se regalaba una pausa de una semana para dejar reposar el texto, y al final, tres días de corrección. Dos requisitos: las cortinas de la habitación debían estar bajas y sobre la mesa debían reposar las pipas, en fila, listas para ser succionadas. Antes de cada sesión acostumbraba dar un paseo que ayudaba a colocarlo en “estado de gracia”, Eventualmente, si la historia lo exigía, apelaba a la documentación, legal, médica, policial, psiquiátrica.

Cuando se trataba de las novelas a secas, paralelas al ciclo Maigret, o de algunos escritos autobiográficos, el ritual variaba un poco. Se permitía la redacción de una primera versión, diaria, a mano, seguida al día siguiente por una versión mecanografiada, ¡redactada sin apelar al manuscrito anterior! Así, la ejecución total le tomaba un tiempo mayor.

¿Claves estilísticas? Una prosa limpia, frugal, seductora: “Mínimo de palabras, máximo de intensidad”. Sus ficciones, a diferencia de la clásica narración policial, soslayan la trama en beneficio de la psicología de los personajes y de la atmósfera. Aquellos son seres infelices, mediocres, abúlicos, que responden con torpeza a una circunstancia inusitada: la de una realidad cotidiana que, de súbito, cae en lo irreal para dar paso a una realidad nueva. El leit-motiv simenoniano: la quiebra inopinada de un mundo habitual.

Sin embargo, lo que constituye el punto emblemático de sus libros es la atmósfera. La fijación del aire que contribuye a que en muchas de sus ficciones la amalgama del clima brumoso y húmedo con el ambiente pesado y depresivo, y con las texturas y los olores ásperos, determine una puesta en escena única, que la crítica destacó desde el primer momento.

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El sabueso de Quai des Orfévres

A pesar de la injusticia que la declaración entrañe, hay que admitir que, si bien la saga de Maigret no agota la obra del escritor, la figura del inspector de la judicial capitaliza, con distancia, el rol de estrella magna de su universo literario. Para muchos, Simenon es Maigret. Y acaso no resultaría difícil estar de acuerdo cuando se constata que en el vastísimo catálogo del narrador, el investigador del Quai des Orfévres aparece protagonizando, entre novelas y noveletas, más de un centenar de historias.

¿Quién es este personaje a quien los amantes de la narración policial y de intriga catalogan como único y elevan al rango de los grandes mitos del género, junto a Holmes, Poirot, Marlowe o Carvalho? Gracias a las confesiones de su creador, las circunstancias que rodearon el nacimiento de Maigret pueden ser fijadas al detalle.

Todo ocurre en el verano de 1929. Simenon, que navega en aguas del mar del Norte, se ve obligado a hacer escala en Delfzijl debido a que L’Ostrogoth, su barco personal, necesita ser calafateado. Mientras los obreros se ocupan del casco, él se instala en una gabarra abandonada, provisto de dos cajas, una para el trasero, otra para la máquina de escribir, y acomete la redacción de una nueva novela: Pierr-le-Leton. “Una hora después –revela el propio escritor–, vi que empezaba a perfilarse la mole poderosa e impasible de un tipo que me pareció que sería un inspector aceptable. A lo largo de ese día fui añadiendo algunos accesorios; una pipa, un sombrero hongo y un grueso abrigo de cuello de terciopelo, Y le concedí para su despacho una vieja estufa de hierro”.

¡Prodigio, Jules Maigret ha sido procreado! Y desde que nace es para impactar a los lectores, a la historia de sus iguales en la ficción e incluso a su propio ideador, quien al releer la novela siente que ha accedido a “una nueva etapa”. Su ficha es singular: 45 años, 110 kilos, 1,80 metros, inspector de la Policía Judicial de París, casado, sin hijos. Ha venido al mundo en Saint-Fiacre par Matignon, a 25 kilómetros de Moulins (Allier), y su padre ha sido mayordomo en el castillo del condado. Es sedentario, de modales lentos, rutinario, fumador de pipa, testarudo, de extracción humilde, fiel a su esposa, no baila ni juega a las cartas, Tampoco maneja. Se confiesa amante de la buena comida, bebedor y aficionado a los dulces. Vive en el boulevard Richard-Lenoir y trabaja en la sede de la Policía Judicial, en el Quai des Orfévres.

El método investigativo de Maigret puede colocarse en las antípodas del método de Holmes. No es un intelectual ni un cerebral. Procede por intuición, impregnándose de la atmósfera del crimen y de la personalidad de los protagonistas directos e indirectos del suceso. Conversa, deambula, huele. Su meta es precisar las súbitas circunstancias que determinan que una persona común y corriente abandone su mundo rutinario, se adentre en otro irreal y se precipite en él hasta tocar el fondo de sí mismo, A menudo experimenta más simpatía por el culpable que por la víctima. Y profesa una divisa: “Comprender, no juzgar”.

Este detective corpulento y macizo, que a veces evoca a un enorme oso de peluche y a quien Henry Miller llegó a catalogar de “tierno”, es, fuera del horario de trabajo, un hombre de hábitos regulares, amante de las pequeñas ceremonias hogareñas que organizan y serenan la vida. Su esposa, Louise, alsaciana, es un ama de casa ejemplar que adora al marido y se desvive por adelantarse a sus menores caprichos. De éstos, los que ocupan el lugar de privilegio no son otros que los gastronómicos. “Maigret introducía la llave en la cerradura con la chaqueta bajo el brazo”, escribe Simenon, “y lanzaba su tradicional ‘¡soy yo!’ Y husmeaba, adivinando por el olor lo que había para almorzar”.

A semejanza del Simenon que celebraba los platos de su querida Bou, la criada normanda; o la bouillabaisse “hecha sólo con los medios de a bordo”, su plato favorito; o la “cabeza de ternera con salsa de tortuga” de su infancia, Maigret, en el fondo un campesino, ama la cocina rústica, de la tierra, tanto como aborrece lo sofisticado. Louise, experta en esta culinaria básica y de raigambre, no lo defrauda. Por una parte, prolonga los platos y las bebidas de su Alsacia natal, como el licor de ciruelas silvestres o la choucroute a la alsaciana. Por otra, concibe y compara sus propias fórmulas con las de su amiga, la esposa del doctor Pardon: las dos familias celebran cenas quincenales, alternando las casas, Se permite la improvisación, por supuesto, pero no sin tomar la precaución de anotar y conservar cada receta en un cuaderno que el propio inspector le ha regalado al regresar de una de sus primeras pesquisas policiales, hasta conformar un verdadero tractatus culinario, único en su rama.

Es a partir de estas libretas imaginarias que el célebre experto Robert Cuortine, previa una minuciosa investigación por el laberinto de las novelas del inspector, compila el delicioso volumen Las recetas de madame Maigret. Como anota el propio Simenon en su carta prólogo, Courtine se toma el trabajo de “remontarse a los orígenes, a menudo campesinos, de tal o cual plato, de buscar el porqué de tal o cual ingrediente, de tal o cual cocción o de tal o cual guarnición”. El volumen ofrece más de un centenar de recetas, distribuidas en doce secciones: desde las sopas hasta los postres, pasando entre otros por los pescados, la carne, la volatería, los huevos, las salsas, los mariscos, las verduras y la caza. Por si no bastara, cada fórmula es aderezada con citas narrativas que ilustran las circunstancias en las cuales Maigret dio cuenta de cada una de ellas, y con algunos consejos útiles para su disfrute, sin olvidar los mostos.

¡Un legítimo banquete para los amantes de las revelaciones que acostumbran suceder al suspenso, trátese de las que derivan del puñal o del vaso de veneno como de las que se disfrutan en el paisaje más sosegado –y sin duda más dichoso– del tenedor y la copa de vino!

 

Por Carlos Noguera

Texto publicado originalmente en la revista Exceso

 

 

comentarios (1) >> feed
Gracias
escrito por David Colina, mayo 16, 2010

Gracias por tan hermoso texto, gracias por evocar al comisario Maigret, uno de nuestros grandes amigo que la literatura nos presentó, Carlos, se nota también su pasión por la novela policial. Mis palabras no bastan para agradecer y enaltecer su trabajo sobre Simenon. smilies/smiley.gif

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