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Caracas, la horrible

Sobre la novela Blue Label/ Etiqueta Azul, de Eduardo Sánchez Rugeles

Publicado en Papel Literario. El Nacional. 8 de mayo de 2010

 

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Blue Label/ Etiqueta Azul, de Eduardo Sánchez Rugeles, resultó la obra ganadora de la primera edición del Premio Iberoamericano de Novela Arturo Uslar Pietri, organizado por la Fundación Casa Arturo Uslar Pietri, la Universidad Metropolitana y el Centro de Estudios Iberoamericanos de Salamanca, y auspiciado por la Embajada de España en Venezuela, la Agencia Española de Cooperación Internacional, la Corporación Andina de Fomento y El Nacional. El Premio Uslar Pietri se entregará el próximo viernes 14 de mayo


El Premio de novela Arturo Uslar Pietri arrancó con buen pie. Ganó una novela titulada Blue Label/ Etiqueta Azul y su autor era un completo desconocido para las letras venezolanas: Eduardo Sánchez Rugeles. La sorpresa fue por partida doble. Transilvania Unplugged, la novela finalista que estuvo a punto de obtener el galardón, pertenece al mismo autor. Eduardo es columnista en www.relectura.org, la página que administro junto a Luis Yslas. Esta relación me ha permitido leer por adelantado ambas novelas y, ahora, emitir un juicio que creo compartirán muchos lectores: Sánchez Rugeles es uno de los narradores venezolanos con mayor proyección para la segunda década de nuestro siglo XXI. En esta primera novela de Sánchez Rugeles (primera publicada, pero escrita después de Transilvania Unplugged) una famosa marca de whisky es el emblema que sirve de título y que resume las aspiraciones y las formas de ser de un país en decadencia: la Venezuela de Hugo Chávez Frías. El tono crítico, desencantado, apátrida de la historia es el de su protagonista, Eugenia Blanc, una liceísta del Este de Caracas cuya única meta en la vida ha estado clara desde el cuarto grado: ser francesa. Cuando ya se encuentra en el último año de bachillerato, Eugenia decide buscar a Lauren Blanc, su desconocido abuelo francés, para que le otorgue la nacionalidad. Para ello deberá atravesar el desolador territorio que representa pertenecer a una familia verdaderamente disfuncional: madre histérica y al mismo tiempo anulada por los desengaños amorosos, ausencia de un hermano (Daniel) homosexual y suicida, padre piromaníaco que laboraba como extra en la televisión y, no menos importante y disfuncional, su propia personalidad de muchacha indiferente y hastiada. En una entrevista reciente, Sánchez Rugeles afirmó que Blue Label era su Piedra de Mar (1968) del siglo XXI. En efecto, la clásica obra de Massiani resuena con matices propios en esta novela. No obstante, no hay que llamarse a engaños. Si veinte años no son nada, cuarenta sí lo son. Y los jóvenes personajes de Sánchez Rugeles, aunque atraviesen las mismas encrucijadas vitales que Corcho, Lagartija o José, son a la vez hijos innegables de su época: la de la violencia desenfrenada y la de una crisis transversal de los valores. Por estos rasgos, Blue Label me hizo recordar una lectura reciente, el debut exitoso del escritor italiano Paolo Giordano con su novela La soledad de los números primos. Sin embargo, por el papel preponderante que tiene en aquella la música de culto y la cultura pop, quizás una obra más afín sea ¡Que viva la música!, del genio suicida colombiano Andrés Caicedo.

 

Detestando a los bárbaros

Blue Label es, también, una novela de amor. No del amor feliz y estereotipado de las telenovelas, sino de ese que pasa fugaz y marca para siempre. Una marca que no es necesariamente entrañable, ni consoladora ni alegre. Eugenia, para el momento en que inicia una especie de diario en su cuaderno general de materias (Inglés, Psicología, Ciencias de la tierra, etc), está muerta en vida. "Muchas veces he pensando que no sé celebrar la felicidad ni sufrir la desgracia", dice en esos días previos al gran encuentro. Luis Tévez es el típico chico malo. El clásico duro-sensible que suele seducir, con su mezcla de peligrosidad y sutileza, a las muchachas. Luis y Eugenia se enamorarán, a su manera, a su terrible manera, para siempre. Luis, llegado al colegio en pleno transcurso de quinto año, proveniente de una oscura estadía en Bélgica, la llevará a salir del círculo banal de sus amistades escolares para conocer a una redada de desadaptados. Jóvenes poetas, filósofos marihuaneros, lesbianas orgullosas, artistas todos que mezclan la creación y el terrorismo, completarán, o compensarán, la educación sentimental de Eugenia. En este salón de los excluidos, los repitientes y los expulsados, Luis será, por supuesto, el oscuro rey. "Venezuela es una especie de Edad Media alternativa sin Padres de la Iglesia ni proyectos imperiales. Pura barbarie", afirma Luis. Y quizás en este rechazo esté el impulso original de los extraños performances y happenings que perpetra junto a sus amigos: untar de mierda de perro la entrada del Metro Los dos caminos, a las 6 de la mañana, y luego fotografiar las expresiones de asco de los inocentes transeúntes; o, más interesante aún, organizar una quema de Judas con un muñeco representando a Román Chalbaud, mientras arde lo más "significativo" de esa pasión inútil que es el cine nacional. Menos preocupada por la idiosincrasia, Eugenia rechaza el ámbito concreto de una ciudad en la que vive como en un exilio forzado: "Mi mamá siempre ha dicho que Caracas es peligrosa y por esa razón mi geografía urbana es bastante limitada. No conozco el centro ni me interesa conocerlo. Nunca he ido al Ávila (...) Si todo el planeta fuera como este lugar habría que reconocer que Dios es un arquitecto mediocre". La única alternativa es el viaje. Luis y Eugenia viajarán hasta Altamira de Cáceres, en la frontera de los estados Barinas y Mérida, siguiendo la insólita pista que sobre el paradero de Lauren Blanc fue dada por Alfonso, el padre piromaníaco y por poco filicida de Eugenia.

 

Viaje a través de la cultura pop-ular

Es en este punto, como toda obra nueva que esté justificada, donde la narrativa de Eduardo Sánchez Rugeles pacta con uno de los motivos ancestrales de la literatura: el viaje y la aventura. Este tema aparece también como eje estructural en Transilvania Unplugged, que narra la peripecia aún más extraña de unos venezolanos perdidos en Rumania tras la pista de un incierto personaje llamado Luzny Hervasy. Como está prescrito desde la Odisea, el viaje tiene como único objetivo y recompensa real el mismo viajar. La transformación que vive el viajante en esa eterna búsqueda de sus verdades. Esto, y no estoy revelando la sustancia de la novela, es lo que sucede en Blue Label. Lo particular de la narrativa de Sánchez Rugeles es el envoltorio contemporáneo, desenfadado y popular con que reviste los temas clásicos. La revista Todo en Domingo, los automercados Excelsior, Juan Sebastián Bar, el canal Venevisión, los programas Cuánto vale el show y Viviana a la medianoche, la infame Elba Escobar y el instituto IUTIRLA, son parte de las referencias venezolanas que aparecen en las primeras diez páginas de la novelas. Un hecho que sólo destaco por un afán de énfasis, pues el lector reconoce estas marcas sin ninguna alarma: tal es la naturalidad y la falta de complejos con que Sánchez Rugeles utiliza las coordenadas que a toda literatura ofrece la memoria cultural-pop-colectiva de cada país. En nuestra narrativa, quizás sólo Salvador Fleján en Intriga en el carwash (2006) se había atrevido previamente a explotar tan rico acervo. Esta circunstancia, junto a la impecable reconstrucción de una oralidad joven, junto a los directos cuestionamientos hacia el régimen chavista, pudiera hacer creer que Blue Label es una novela condenada a la caducidad propia, no de la ficción plena, sino del periodismo o el reportaje político. Intuyo que la ópera prima de Sánchez Rugeles se encuentra bastante lejos de ese juicio o de esa posibilidad. La novela está narrada desde el año 2020, cuando las referencias culturales de la historia han caducado, cuando los modismos de sus propios personajes se han vuelto obsoletos. La voz, ya lo sabemos, es la de la propia Eugenia, adulta, que repasa el punto de viraje en su vida: el amor de Luis Tévez, la fuerza corrosiva del arte, la amistad como una trinchera donde se refugian con fervor los que no saben qué hacer con sus existencias. Eugenia contempla y recapitula su pasado bebiendo un trago de whisky. El licor quema su garganta como sólo lo saben hacer los más fieles y difíciles y mejores recuerdos. Como un equivalente verbal de esta bebida, la novela de Eduardo Sánchez Rugeles se degusta con una urgencia que incita la calma, la lectura a cuenta gotas para no derrochar el líquido, la narración consumada. Sólo queda buscar la novela, beberla como quien agota la vida y brindar. 

 

Por Rodrigo Blanco Calderón

        

 

 

comentarios (6) >> feed
Preguntas más frecuentes
escrito por Federico Piccardo, mayo 11, 2010

¿Cuándo la tenemos en las librerías? ¿Quién publica? ¿Cuánto cuesta?
Buena reseña, Rodrigo.

Pim Pam Pum
escrito por José Ovaldía, mayo 14, 2010

Muy buena nota. Leeré la novela con seguridad.
Dos comentarios:
"En nuestra narrativa, quizás sólo Salvador Fleján en Intriga en el carwash (2006) se había atrevido previamente a explotar tan rico acervo." Pim Pam Pum de Alejandro Rebolledo es un ejemplo anterior.

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escrito por José Ovaldía, mayo 14, 2010

El segundo comentario es que no hay nada nuevo en: "el envoltorio contemporáneo, desenfadado y popular con que reviste los temas clásicos." Piensa en el Falso Cuaderno de Narciso Espejo, o para ir un poco más atrás, las latas de carne del Ulises de Joyce.
No he leido la novela, pero creo que el crítico confunde el tono con la intención.


Es osada la critica
escrito por Newton, mayo 29, 2010

otrova Gomas (Jaime Ballestas)ya habia explorado esta "nueva narrativa" tan nuestra en sus novelas el terrorista y el caso de la araña de 5 patas... el tono venezolano esta bien, la critica esta desvirtuada...

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escrito por yoa, septiembre 12, 2010

smilies/grin.gif excelente

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escrito por ramosromy, octubre 27, 2010

Me encantó la novela... me la lei en menos de 24 horas y la extrañé cuando terminó.... mi pregunta es donde consigo Transilvania Unplugged, fue publicada? lo sera posteriormente? gracias!

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