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"Abuelo, ¿puedo leer ese?"
"No, hija, usted todavía está muy pequeña".
La biblioteca del abuelo está en el sótano de la casa. Toda la parte de abajo es un bloque amarillo que va de punta a punta (su colección de National Geographics). Cuando tenía 11 años, haciendo acrobacias para llegar a los estantes más altos, una carátula me llamó la atención. Tenía una pintura dramática. Un tipo absolutamente abatido, abrazado a un viejo miserable.
A pesar de la negativa, la novela apareció al alcance de la mano sobre su baúl un par de horas más tarde. No sé si lo hizo a propósito, pero ese libro al descuido era una invitación a transgredir. Era El conde de Montecristo. Dos tomos. Recuerdo que era una edición Oveja Negra barata (había páginas repetidas, otras pegadas), pero también recuerdo que pasé días encerrada en el sótano leyendo sin parar, casi sin respirar. El abuelo parecía indiferente ante el hecho de que el libro ya no estuviera sobre el baúl, y como la transgresión no es tal si la figura de autoridad no la descubre (y reconoce), me le planté en frente y se lo devolví en la mano. "Ya me lo terminé". "¿Y qué le pareció?" "Buenísimo... Sí lo entendí todo". El abuelo sonrió y siguió leyendo.
* * *
Esta vez no quiero hacer ninguna anti-reseña, ni despotricar sobre mi falta de tiempo para la lectura. En esta ocasión quisiera hablar de mis abuelos.
Me he preguntado una y otra vez si el gusto por la lectura es una predisposición, como la que uno puede tener para desarrollar miopía o mala dentadura. O si es un hábito que se fomenta por imitación y repetición. O una mezcla de las dos cosas. Supongo que debe haber batallones de eruditos estudiando esto, buscando métodos más efectivos para promover la lectura, tratando de convencer a los descreídos de que un libro es mejor que la televisión. A mí este asunto nunca me preocupó porque yo crecí leyendo. Nunca fue una imposición ni nadie tuvo que hacer un esfuerzo consciente para que me gustara. O al menos eso es lo que yo creí hasta que fui mamá. Ahora me la paso pensando cómo hacer para que mis niños lean. Ahora, por primera vez, me detengo a pensar qué tuvo de particular mi niñez como para que la lectura fuera algo natural.
Cuando pienso en literatura, en el concepto como tal, la imagen que me viene a la cabeza es la de mi abuelo sentado en su sillón, con una radio viejísima color verde militar a su lado, escuchando Radio Nacional. Un libro en la mano y otro sobre el baúl. Pero para mí la literatura no entró solamente por los ojos sino, principalmente, por los oídos.
Cuando era pequeña, lo que más me gustaba de los fines de semana era quedarme a dormir en casa de los abuelos. La abuela, criatura noctámbula, se sentaba en la orilla de mi cama y podía pasar horas haciéndome cariños en la cabeza mientras me contaba historias boconesas, declamando árboles genealógicos completos (los Matera, los Sardi, los Miliani, los Pino, los Bocaranda, los Anselmi, los Iturrieta, los Dubuc, los Briceño, los Ruiz, los Azuaje ) Historias con monjas buenas, tíos escondiéndose de los gomecistas, nonnas italianas, serenatas, cocinas de fogón y cuestas empinadas.
Es que la memoria es otro miembro de la familia. Yo nunca reparé en esto tan normal era andar en la casa aprendiendo poemas, retahílas y juegos de palabras. Recuerdo que mi hermano, apenas aprendiendo a hablar, ya se sabía Las lombricitas, de Aquiles Nazoa. Pero esto no es extraño. Yo no conozco a abuelo desmemoriado (más allá del Alzheimer y otras vilezas de la vejez). Mi abuela es capaz de recitar algo que aprendió en el colegio hace más de setenta años, como si lo hubiera estudiado ayer (los afluentes del Orinoco, por ejemplo, es uno de sus clásicos). Ellos vienen de una generación oral. Las noticias, si no eran de boca en boca, se escuchaban en la radio. El estudio entraba por memorización y repetición. La poesía era parte de la cotidianidad, como lo era comer o trabajar (me estoy poniendo romántica y estoy lamentando haber usado tanto pizarrón y power point dando clases )
La avidez de aprender, algo que el abuelo no ha perdido a sus 92 años, se podía satisfacer por los oídos. Hasta hace no mucho, el viejo hacía represas. Pasaba meses (años, en realidad) durmiendo en campamentos, metido en un monte sin más distracciones que sus libros y sus cursos de ruso por cassette. La época del email, Rosetta Stone y televisión por cable estaba a años luz. Todo esto me lleva a pensar en el gusto por la literatura como materialización de la palabra dicha. Hoy en día, por el contrario, ya no se le tiene fe a la palabra. Si no viene acompañada por una imagen, la pobre vale muy poco.
Y palabras es lo que abunda en esa casa, aunque el abuelo es parco en su crítica literaria. Parco, pero despiadado. Hace poco le presté El hombre solo, de Bernardo Atxaga. Al día siguiente me dijo indignado que no le prestara más libros de ese estilo. Le di, entonces, Soldados de Salamina. Misma historia: no quería leer más sobre la Guerra Civil. "¿Pero te los terminaste?" "Claro", me respondió casi ofendido. El abuelo es difícil de complacer. Borges, "ese muchacho", no le disgusta. Travesuras de la niña mala le entretuvo ("ese peruano es una cosa seria, hija"). El abuelo es un duro; lo suyo son los rusos y los clásicos. Estoy segura de que si él escribiera un libro, sería algo tipo El puente sobre el Drina. Mi abuela, por su parte, haría algo como Memorias de Mamá Blanca.
* * *
Ya estoy en mis treintas y mis abuelos siguen vivos. Soy así de afortunada. El abuelo se queja de que ya no le funciona la memoria como antes. Cinco minutos después, recita tres páginas seguidas de El reino de este mundo o del Quijote, o algún poema de Rabindranath Tagore. O detalla algo que le pasó en los años 40 con el mismo fervor como si le hubiera ocurrido diez minutos atrás. Su fórmula mágica para iniciar los relatos para invocar a las musas, para convocar a su audiencia no es érase una vez, sino yo conocí a un ingeniero. Nosotros crecimos con estos cuentos.
García Márquez no inventó nada nuevo. En la adolescencia, hablando con unas amigas turca y albanesa, descubrí que su libro favorito era Cien años de soledad. Les encantaba lo fantasioso de la novela. Levanté una ceja y les pregunté a qué se referían. En mi cabeza latinoamericana, cada anécdota de ese libro era completamente factible. Me consta. Algún cuento parecido le escuché a la abuela seguramente. Lo valioso, al menos en mi ingenua capacidad crítica, era cómo García Márquez había logrado entretejer un corpus de historias tan familiares para todos aquellos que hemos tenido la suerte de crecer con nuestros abuelos.
Pensando en retrospectiva, ahora me doy cuenta de que mi trabajo con los niños es evocar, narrar, desarrollar el gusto por la anécdota cotidiana, por el efecto mágico de la palabra (primero oral, luego escrita). No hace falta contar peripecias, historias asombrosas o macabras, mucho menos embutirlas de moraleja. Simplemente acostumbrarlos a escuchar, invitarlos a participar en la historia. Rescatar el valor de la palabra.
No hay fórmula garantizada, claro está. Es curioso que de los cinco hijos de los abuelos, sólo una es lectora asidua. De los cuatro nietos que nos criamos con ellos, tres somos lectores y otro no. Vuelven las dudas: lo innato vs. lo adquirido. No me voy a arriesgar y dejarlo todo en manos de la biología. Voy a hacerle caso al Padre Tejedor y dedicarle unos minutos al día a ejercitar la lengua y la memoria:
En el viaje al aprendizaje la voluntad es el motor; el entendimiento, el mentor; y la memoria, el equipaje. ¡Y sin equipaje no hay viaje!
C. Egan
Dublín, abril 2010
| comentarios (6) >> |
escrito por Eduardo Cedeño, mayo 01, 2010
La Biblia de el Abuelo, El Quijote, su libro de mesa de noche. Según Jaume Perich: "El Quijote no es solo uno de los libros más leídos del mundo, sino uno de los menos leídos si contamos la gente que no lo ha leído."
Excelente trabajo Ceci!!!
Dios te bendiga
escrito por reyna varela, mayo 01, 2010
Egan? y ese apellido de donde es? no es bobonoense, ni barquisimetano, ni caraqueño? Desde la distancia, entonces, ese almacén de la memoria, te surgen esas bellas evocaciones.., plenas de contenido. Cuantas verdades dices, así tan calladitas. Espero seguir teniendo noticias tuyas. Ah, te cuento que la nueva camada de abuelas, veinteañeras en los sesenta ("Si nunca hubo un hogar a donde ir, siempre hubo un hogar adónde no ir" Gregory Corso o alguno de sus compnches de la generación beat) tienen lo suyo. No te preocupes. Nuestros nietos contarán también tu historia, a su manera.
escrito por José Ignacio, mayo 01, 2010
¡Qué grandes los abuelos!
Al abuelo JI le prestamos “Abril Rojo” de Roncagliolo, y su respuesta fue “...ese libro es horrible hijo...Por favor, lléveselo...”. Aun así, lo terminó en horas, y eso que “ya no leo como antes, me cuesta mucho…”. Por eso, descubrimos que la única solución posible con él ha sido buscar libros gruesos, de varios tomos y miles de páginas (sea quien sea el autor o la materia). Es la forma de que pase al menos una semana leyendo. Después, le guste o no, recita páginas enteras y se acuerda de cada capítulo.
El abuelo me recuerda mucho al sabio catalán de Cien Años de Soledad que “Trataba a los clásicos con una familiaridad casera, como si todos hubieran sido en alguna época sus compañeros de cuarto, y sabía muchas cosas que no se debían saber…” y que, en alguna parte, dice algo como “tenía la mirada del hombre que ha leído todos los libros”.
La abuela es más romántica. La abuela recita, canta (“Entrega Total” de Javier Solís es igualita a ella) y no conoce a nadie malo: “no diga eso, ella era muy buena, pobrecita…” es su respuesta cuando alguien habla mal de otra persona. La abuela, como buena abuela, da cariño a través de la comida: “no quiere una sopita…”, “le hago una arepa…” están entre sus clásicos.
Muy lindo lo que escribiste,
PP
escrito por Jose Sagaseta, mayo 01, 2010
C. Egan, muchisimas gracias por compartir tan lindisimo ensayo, me has transportado con tan increible narrativa por casa de tus abuelos, regresando por la de los mios propios. No tienes idea lo que te agradezco este banio de nostalgia e introspeccion. No dejes de compartir cosas tan hermosas con todo el mundo, y quiza asi lograras que muchos mas lean mas a menudo.
un abrazo a todos
Pepe Sagaseta.
escrito por Carmen Cecilia, mayo 02, 2010
Tal como escribes y dice en su comentario JI, los libros han sido los grandes compañeros de vida de mi papá. Es un gusto y a veces hasta una obsesión el estar rodeado de ellos. Esa misma pasión la vi en una de sus hermanas, Angélica y en mi abuelo, su padre, que dejó de leer el día que la catarata de sus ojos no lo permitió más.
Al igual que tu, traslado mi infancia a su casa, en Boconó donde siempre había una vitrina, que en el común de los hogares hubiera sido usada para exhibir porcelana, cristalería o alguna otra cosa más "llamativa" y que ahí se usaba, hasta el día de hoy, para guardar los libros ya leídos.
Al igual que tu, yo experimenté también la curiosidad por ver que podía ser tan interesante que te mantuviera durante horas y días completamente absorto, sin pararte apenas sino para comer o rezar. E igual que a ti, sólo me permitieron tener acceso a aquellos libros que eran aptos para mi edad, los de la colección que estaba empastada en verde y que eran los grandes clásicos de la literatura. Fue así como comencé con "La Isla Misteriosa"de Julio Verne y de ahí seguí con "Los Tres Mosqueteros", "El Conde de Montecristo", "Robinson Crusoe", etc, uno por uno, hasta leérmelos casi todos. Recuerdo que mi gran reto para cada temporada larga que pasaba allá, era leerme el mayor número posible de esos libros.
No se si te lo he dicho alguna vez, pero cada vez que entro contigo a una librería me traslado a cuando era pequeña e iba con mi papá a una. Ese brillo en los ojos como si estuvieran solos en un mundo aparte y muy personal, la manera como acarician el libro cuando lo toman del estante donde está exhibido, como miran la portada tratando de adivinar, desde afuera, un poco lo que está escrito dentro, es el mismo que recuerdo en él y que ahora veo en ti.
Que satisfacción para ellos saber que atesoran con tanto amor recuerdos, enseñanzas y momentos compartidos.....
escrito por Hernan Chucin, mayo 20, 2010
Yo, como digno nieto, ingeniero, de mi abuelo, he logrado desarrollar una especial confianza por la empatía que la carrera nos ha dado y compartiendo con él, hasta lo he oido decir alguna mala palabra, después de haber dado en el clavo, regalándole un libro de petete, en donde aparecen, creo, que todos los refranes de venezuela y del mundo en general. Obviamente al día siguiente ya se sabía medio libro de memoria y tenía a mi abuela atrás escuchandole sus refranes y ella a su vez opinaba de los mismos.
De las anécdotas que siempre recuerdo, están nuestras idas al banco
donde la empatía creció significativamente al darse cuenta que cuando sus nietos Jose Ignacio o yo lo acompanabamos al mismo, el podía de forma abrupta, molestarse con los vigilantes, cajeros y demas personal afin a la institución por el mal servicio prestado y, bueno, a veces porque no escuchaba bien lo que le decían y sabía que en todo momento con razón o sin ella, contaría con nuestro apoyo.
Sin embargo, detras de esa cara y ese caracter trujillano se esconde uno de los corazones más nobles que la vida me ha dado la posibilidad no solo de conocer sino de tener la dicha de hacerme llamar su nieto. De verdad me siento dichoso de poder contar con esos dos viejitos bellos que son mis abuelos.
Dios los bendiga "El Negre"
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