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Pilato

Por Arturo Uslar Braun

Texto incluido en Hasta cien hombres (Libros de El Nacional, 2005)

 

Image Hay algo degradante en la limpieza desde que Poncio Pilato se lavó las manos. Hay infamia en la imparcialidad desde que Poncio Pilato fingió ser balanza. Hay injusticia en las leyes desde que Poncio Pilato las quiso personificar. Hay una miseria imborrable en la ecuanimidad desde que Poncio Pilato se abstuvo de tomar bando. Hay sordera en los gobernantes que escuchan a las masas desde que Poncio Pilato acató el ruido colectivo. Hay una mediocridad innata en la jerarquía porque Poncio Pilato obró como Procurador. Hay ignominia en los plesbicitos desde que Poncio Pilato les dio fama. Hay una manera de probar que la verdad no surge de los juicios públicos y esto se debe a Poncio Pilato. Hay indignidad en ser portavoz de la mayoría desde Poncio Pilato. Hay independencias que merecen el fuego por ser semejantes a Poncio Pilato. Hay estadistas que vieron el rostro del Paraíso y no se fijaron en él como Poncio Pilato. Hay azares que escogen a seres opacos y los condenan a ser inmortales por simbolizar actos vetados a su entendimiento como Poncio Pilato. Y hay quienes suponen que la perfección puede ser cuestionada por el sentido común desde que Poncio Pilato interrogó al Cristo. Pero Poncio Pilato era hombre y Cristo Dios y es ridículo medir el cielo por la tierra.

Como hombre era romano, y como romano, de la tolda que regía al planeta. Como persona era anti-semita, repudiaba la tierra prometida y detestaba el calor infernal. Como gobernante se impuso la tarea de humillar a sus súbditos, pero ni el dinero que obtuvo del Templo para construir el acueducto, ni las efigies del César paseando por Jerusalén fueron exitosas y su desprecio creció junto a su impotencia. Como anécdota, el juicio que abarca y desacredita todos los juicios. Empezó a las seis de la mañana y a las nueve la ira, la desproporción y la estupidez de una masa declaró: “Que su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos”. Esa sentencia, ratificada con parco entusiasmo por Pilato, fue revocada en 1933 por un Sanedrín de cinco miembros, donde uno estuvo en desacuerdo. También fue 1933 la fecha en que Adolfo Hitler ascendía al poder y cumpliría el deseo de esas voces que prefirieron Barrabás a la fórmula de la pureza… Como final, Pilato se fue a las Galias, donde la leyenda predica que, como Judas, buscó la muerte antes de que ésta lo encontrase a él.

Ese fue Poncio Pilato, que tuvo la desgracia o el privilegio de enfrentar la justicia a la omnipotencia… Su eternidad consiste en ser uno de los hilos de la trama indispensable, su azar en pasar por alto esa novedad. Vivió y murió creyendo haber sido un romano prominente, pero la Historia lo recuerda por haber entablado un diálogo de dos horas con un judío.

 

De Hasta cien hombres (1era Edición: 1973)

 

 

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