Guía del lector
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Esta vez, la pregunta que ReLectura le hace mensualmente a los escritores venezolanos proviene de The catcher in the rye (El guardián entre el centeno), del escritor estadounidense J. D. Salinger. Casi al inicio de esa fascinante novela, su protagonista, Holden Caulfield, confiesa lo siguiente: Los libros que de veras me encantan son esos libros que cuando uno termina de leerlos, desearía ser íntimo amigo del autor y hasta llamarlo por teléfono y todo. La pregunta entonces es la siguiente: ¿Qué libros han despertado ese deseo telefónico?
Juan Carlos Méndez Guédez Me sucedió con La vida exagerada de Martín Romaña, de Alfredo Bryce Echenique. No hubo llamada, sino unas cervezas inesperadas en México, y luego sí, vinieron las llamadas de la amistad, porque como rareza, el autor resultó tan bueno como su novela. Y son llamadas que siguen sucediendo, porque un pana hermano es un pana hermano es un pana hermano... Federico Pacanins No es un deseo compartido eso de querer llamar por teléfono al autor de algo favorito. También existe quien prefiere protegerse de los muy posibles desencantos de un mal encuentro telefónico. Mejor dejar las letras en las letras, y a los autores detrás de sus computadoras (antes hubiera dicho de sus máquinas de escribir). Así todo queda en su sitio habitual. Sael Ibáñez Me ocurrió con Piedra de mar de Pancho Massiani, cuando yo era adolescente. No llamé entonces a Pancho, pero después nos emborrachamos muchas veces en la República del Este mientras hablábamos de lo humano y lo divino. Armando José Sequera Han sido varias las veces que he sentido ese deseo de llamar al autor o autora de un libro que acabo de leer y comentar o preguntar algo o felicitarle. En ocasiones, si se trata de algún amigo o amiga lo he hecho, pero si no conozco a quien escribe, me quedo con las ganas. La última vez que tuve esa sensación fue hace dos meses, cuando terminé de leer El museo de la inocencia, de Orhan Pamuk. Fue la segunda vez que hubiera querido hablar con Pamuk. La primera fue cuando leí Me llamo Rojo. Es un escritor ‒valga el lugar común‒ fuera de serie. Enza García El que no haya empezado su amistad con Pancho Massiani después de una estrepitosa, hilarante e ingenua llamada por teléfono... pues no sé si es un afortunado o un proscrito. Con Piedra de mar empecé a interesarme por discar números o mandar mensajes de texto: es maravilloso cuando un amigo escribe y puedes manifestar en menos de ciento cincuenta caracteres si la obra te ha llegado al corazón. Pero hay llamadas que no se pueden hacer porque el más allá no tiene código de área. En el caso de Pnin, la novela de Nabokov, no sé si las ganas de agarrar el auricular eran por el autor o el protagonista, que a fin de cuentas me imagino que ninguno de los dos me hubiese contestado: uno por odioso y el otro por tímido. Mejor así. Ahora, ¿no se vale decir a quién llamaría para insultar? A Homero, pues, o a Cormac McCarthy: no se puede saber todo sobre la relación entre padres e hijos y someternos a semejantes dolores. Luis Barrera Linares Ojalá hubiera tenido yo la oportunidad de llamar a Gabriel García Márquez cuando a los 13 años leí Cien años de soledad. Creo que ni siquiera se me ocurrió que ello fuera posible por mucho que lo deseara. Sin embargo, siempre albergué la posibilidad de decirle alguna vez lo que esa novela significó para mi realenga vida de zagaletón adolescente que jamás había leído un libro tan deslumbrante como ése. Y no ha ocurrido (no se lo he dicho), muy a pesar de que hemos coincidido dos veces en el mismo lugar: una sala de conferencias en Caracas y el aeropuerto de Cartagena. En ambas circunstancias he demostrado que soy el mismo tímido (o pendejo) que era cuando leí la novela. Y creo que el autor se quedará sin saber esto. Pero indagando en mi propio patio, en un ambiente más humilde y menos parafernálico que el que rodea al Nobel colombiano, ya algo pasadito de años como estoy ahora, sentí el deseo de comunicarme con un autor venezolano, Milton Quero Arévalo, maracuchísimo autor de la marabinísima novela Corrector de estilo (Premio Adriano González León). No pude llamarlo por teléfono porque no tenía la más pura idea de quién era, cero señas telefónicas. No obstante lo hice por un medio sustituto, el correo electrónico. La novela me había transportado de nuevo a una de mis ciudadades símbolo: Maracaibo. Y así se lo manifesté. Quizás otra experiencia más cercana a este tiempo sea la de un joven llamado Luis Ugueto. Me enganché con la edición príncipe de su único libro (hasta ahora): la biografía de Felipe Pirela. Me atrapó tanto por el personaje biografiado y mi silvestre afición al bolero como por la forma de traerlo de nuevo a la vida en ese libro, que es un reportaje magnífico. No descansé hasta que, por intermedio de un amigo, pude ‒en ese caso sí‒ telefonear al autor y manifestarle que su libro (para ese momento agotado) merecía ser mucho más difundido de lo que había sido. El resultado de tal consejo para él, y deseo para mí, circula en estos días en las librerías caraqueñas, en edición de Aguilar.
Antonieta Madrid Debo decir que por más que un libro me conmueva, nunca trataría de acercarme al autor, sobre todo si personalmente me es desconocido. Creo que los libros andan solos y ya no pertenecen a sus autores. Federico Vegas La última vez que me sucedió algo así fue cuando leí El señor Marx no está en casa, de Ibsen Martínez. Y lo llamé, pero no estaba en casa. Entonces le mandé un email. 

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