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Entrevistas
A Eduardo Sánchez Rugeles Conversando con Eduardo Sánchez Rugeles
Ganador de la 1era Edición del Premio Iberoamericano de Literatura Arturo Uslar Pietri
Por Luis Yslas

Quiso el venturoso azar que la novela Blue Label/Etiqueta Azul, ganadora de la 1era Edición del Premio Iberoamericano de Literatura Arturo Uslar Pietri, pertenezca a Eduardo Sánchez Rugeles (Caracas, 1977), columnista de ReLectura desde hace más de un año en la sección de cine Butaca, y también, bajo su alter-ego Lautaro Sanz, en la sección Los desterrados. Esa grata casualidad, por supuesto, bastó para duplicar los niveles de celebración entre los miembros de ReLectura, que ya eran elevados, como el de muchos en el país, al enterarnos de que la novela de un escritor venezolano inédito se alzaba con un galardón de repercusión internacional. Pero sin duda quiso más el trabajo incansable de Eduardo, así como su talento narrativo, no sólo para que esta obra haya sido reconocida entre 106 manuscritos de 14 países, sino además, para que otra novela suya, Transilvania Unplugged, quedara entre las finalistas de este concurso cuyo jurado estuvo conformado por Carlos Pacheco, María del Pilar Puig, Francisca Noguerol, Miguel Gomes y Jorge Carrión. En esta conversación vía electrónica reñida con el laconismo, Eduardo Sánchez habla sobre su novela laureada, pero también sobre su experiencia como alumno y docente del bachillerato nacional, la nostalgia del desterrado, la política nacional, la clase media y el melodrama criollo. Incluimos además una nota de Cecilia Egan sobre Blue Label/Etiqueta azul, novela que será publicada dentro de unos meses por los Libros de El Nacional. Muchos lectores se están preguntando quién es ese venezolano que acaba de ganar la 1era Edición del Premio Iberoamericano de Literatura Arturo Uslar Pietri, con la novela Blue Label/Etiqueta Azul. Podríamos empezar entonces por ahí: ¿Quién es Eduardo Sánchez Rugeles? Básicamente, aunque el exilio no me permita ejercer, me dedico a la enseñanza en Educación Media. Soy docente. Mi otra gran vocación, la escritura, forma parte de este proyecto informe e indefinible no resuelto que es mi relación con la enseñanza en bachillerato. Eso, en lo que tiene que ver con el oficio, con el hacer diario. Es raro, Luis, me imagino que soy un profesor imaginario ya que no doy clases, formalmente, desde julio de 2007. De resto, no lo sé. No sabría definirme. Creo que es incómodo definirse. Al hacerlo, supongo que es muy fácil caer tanto en el ridículo como en la pedantería. Para responder a tu pregunta utilizaré un comodín con el que suelo salir, más o menos, bien parado de preguntas tales como cómo estás, qué tal, cómo estuvo esto o aquello. La respuesta es: Normal. Soy un tipo normal, al menos procuro serlo. Eres licenciado en dos carreras: Letras por la UCAB (2003) y Filosofía por la UCV (2004). ¿Cómo se complementan ambas experiencias académicas en tu trabajo como escritor? Filosofía me dio mucha disciplina, es lo que valoro y rescato no sólo de la carrera, sino de la formación en la Universidad Central de Venezuela. Cito la disciplina porque suelo ser poco disciplinado, tengo muchos conflictos con el método, con el rigor. La formación, los años en Filosofía, me permitieron aprender a estructurar ideas, a poner las cosas en su sitio, a tratar de darle un orden a las cosas y, más importante aún, a saber que esas estructuras, que esa ubicación y que ese orden son valores significativos. Te diré la verdad, en Filosofía yo fui un estudiante mediocre, digamos regular para evitar los extremos. Nunca sentí por la filosofía por los textos, por los documentos, la pasión que me generaban las obras literarias; para mí leer filosofía era un ejercicio complicado, todavía lo es. Sentarme, por ejemplo, frente a la Crítica de la Razón Pura es una tarea más que titánica, es un trabajo de obrero. Lo disfruto, sí, pero es un goce masoquista, no se iguala y nunca se igualó a mi experiencia como lector de novelas. Yo entré a la Escuela de Filosofía de la UCV en el año 96. Luego, dos años después, caí en cuenta de que mi verdadero interés, mi verdadera vocación, era la literatura. No quería, sin embargo, abandonar la filosofía porque, como te comento, había algo indefinible e interesante en el estudio de estos autores que disfrutaba mucho. La cuestión de los horarios me impedía hacer los estudios simultáneos en la UCV y, por esa razón, inicié en 1998 los estudios en la Universidad Católica Andrés Bello. El complemento fue muy valioso. Respeto mucho ambas instituciones, ambas escuelas. No podría decir que soy ucabista porque, por lo general, pocas veces me movía del Módulo 6 donde se dictaban las clases de la carrera pero sí, indiscutiblemente, me reconozco como egresado de esa Escuela. En ese lugar tuve profesores muy valiosos: María de los Ángeles Taberna, en principio, excelente profesora modelo pedagógico, por demás, de mis clases de Historia del Arte en el colegio San Ignacio; mi amigo Carlos Sandoval, el profesor Andrés Romero, José Manuel Peláez un crack, Francisco Javier Pérez, el padre Olza, la profesora Valdivieso. Son demasiados y, sin duda, otros que no nombro y que más tarde al releer esto me odiaré por no haber nombrado. No sé por qué razón, en el ámbito culturoso literario venezolano, la Católica, en ocasiones, está estigmatizada. Se ha creado una especie de imaginario letroso en el que los estudiantes de Letras de la UCV aparecen como tipos intensos, poetas malditos, postestructuralistas y postmodernos, y los de la UCAB como impasibles fantasmas, como copistas medievales. Como sabes, en una oportunidad, parodié este asunto en uno de los textos de Lautaro, en LOS DESTERRADOS, creo que era en el de la Suite Palermitana, el del Gallegos erótico. No sé por qué te cuento esto... En fin, para cerrar esta idea te digo que la Escuela de Letras de la UCAB de la que yo egresé en 2003 era muy buena, ahora le he perdido la pista pero la recuerdo con mucho cariño; igualmente, la escuela de Filosofía de la UCV, de la que egresé en 2004 aunque realmente terminé la escolaridad en 2000, pasé cuatro años escribiendo una tesis amorfa sobre Cioran también era muy buena. En Filosofía tuve como profesores a gente brillante, unos duros. En lógica, por ejemplo, al profesor Roberto Bravo, este tipo era un Cristiano Ronaldo del pensamiento lógico. Bravo, a quien le perdí el rastro hace mucho tiempo, tenía algo de lo que carecen muchos de los especialistas en este tipo de disciplinas: capacidad de enseñanza, saber decir, saber comunicar, saber escuchar y exponer de manera clara asuntos de una complejidad tremenda. Carlos Paván fue otro de mis buenos profesores. Uno de los más lúcidos y exquisitos era el gran Ezra Heyman quien, por lo que sé, todavía ronda por los pasillos dictando algunos cursos. Alfredo Vallota, otro que llevaba la 10. Acabo de darme cuenta de que eludí la pregunta. Puedo, sin embargo, utilizar este extenso prefacio para dar una respuesta concreta: todo lo que escribo, de alguna forma, se ha alimentado de las experiencias formativas tanto en la UCV como en la Universidad Católica. Fuiste profesor en el colegio San Ignacio de Loyola en Caracas. ¿Qué te ha dejado ese difícil, y a veces temerario, oficio de enseñar historia en el bachillerato nacional? Tocas una tecla sensible, muy sensible. Acá se me agua el guarapo, toda mi impasibilidad habitual, mi ingestualidad, mi aparente dureza desaparece cuando pienso en el Colegio San Ignacio. Aprovecho este espacio, y el ruido del premio, para enviar un saludo especial al equipo directivo del colegio: Laly Paz y Ana María Paz; también al padre rector, a mi querida Silvana Rennola y a toda la gente que, día a día, sin que nadie lo note, sin que nadie lo perciba, en medio de escándalos mediáticos, ofensas por malos entendidos, presiones políticas, presiones apolíticas y demás menesteres, se deja algo más que el sudor en tratar de sacar adelante el colegio San Ignacio. Es una institución que respeto y que, personalmente, me dio mucho. Esto te puede sonar hasta patético pero es cierto, es totalmente cierto: yo era ateo e iba por la vida diciendo, alegremente, que era ateo; en el San Ignacio recuperé la fe. Por cuestiones familiares/tradicionales suelo ser un tipo, científicamente, supersticioso. No sé, soy nieto de Celia, magister en la impredecible disciplina de las costumbres humanas. Ese vínculo condiciona mi visión del mundo. Te puedo decir, en ese sentido, que algo que no sé cómo nombrar ni explicar una especie de pálpito me dice que algún día volveré a dar clases en las aulas del Colegio San Ignacio. Sé que eso pasará, ¿cuándo?, no lo sé, no tengo idea, pero es una impresión, una idea que no se borra. Me apasiona trabajar con adolescentes. Durante tres años di clases en cuarto y quinto año, siempre en Humanidades, un año en Ciencias. Los alumnos, todos, cada uno a su manera, son personajes y ahí hay una gran relación con la literatura. Cada conversación con un estudiante está llena de anécdotas, de nuevas perspectivas. El contraste generacional, además, te permite entender que el mundo, tal cual como lo vemos, es bastante engañoso. Los chamos no ven lo mismo que nosotros, tienen otra percepción de las cosas y eso tiene muchísima potencialidad literaria. Te contaré una anécdota graciosa. En una oportunidad, una alumna me dijo que escuchó una canción muy hermosa de un artista italiano, un viejo, un carajo muy viejo cuyo nombre no podía recordar. Yo, ingenuamente, traté de ayudarla a resolver el enigma. ¿Nicola di Bari?, le pregunté. No me respondió uno más viejo, uno que tiene el pelo blanco. ¡Coño! me dije. No sé, Doménico Modugno. No. La niña se fue a su casa y al día siguiente, tras buscar el asunto en Internet, me dijo que había descifrado el acertijo: ¡Profe, profe, el tipo se llama Eros Ramazotti!... Sí, mi reacción fue la misma. Para estos chamos, Eros Ramazotti, el mismo que interpretaba el tema musical de la clásica Paraíso, el que hace dos días en realidad quince años, aprox. grabó un dueto con Tina Turner, es para ellos un personaje geriátrico. Ese tipo de conversación, sin duda, activa la imaginación literaria. El problema general de la docencia contemporánea, creo, es que esta modalidad de charla casual-formativa y pedagógica se sacrifica en beneficio de un modelo clásico de enseñanza, un modelo caduco, una noción de disciplina que no se adapta a las necesidades y maneras de ser de los chamos, pero ese es otro asunto. Vives en Madrid con tu esposa Beatriz desde hace casi dos años. Imagino que hubo más de una razón para residenciarte en España, además de decidir, como señalaste en una oportunidad, que debías irte de Venezuela el día que iluminaron el río Guaire. El aforismo sobre el Guaire pertenece a Lautaro, era el epígrafe de un blog abandonado. España, Madrid, sin duda, por el idioma. Soy sordo para otras lenguas. Puedo leer bien inglés o francés pero hablarlo y entenderlo me cuesta. Soy bastante torpe en ese sentido y en España, supuestamente, hablamos la misma lengua, por lo que esa razón tuvo mucho peso. Había otros asuntos prácticos: mi esposa posee la nacionalidad española y tiene familia tanto en Madrid como en Vigo. Esa fue otra razón importante. Y, no sé, a mí siempre me llamó la atención España. Vine a estudiar, inicié un Máster en Estudios Latinoamericanos en la Universidad Autónoma de Madrid; justo ahora, el pasado diciembre entregué la tesis. Tampoco me gustó esa tesis, la escritura académica me molesta, me incomoda. Todas esas estructuras prefabricadas me generan sendos disgustos creativos: es decir, en tanto que, por esta razón, en este sentido, en conclusión, desnaturalización, desterritorialización, ¡qué terrible! No lo soporto
Mi tendencia a la escritura ensayística me ha generado más de un conflicto con profesores conservadores. Ahora estoy haciendo otro máster, esta vez en la Complutense, en Estudios Literarios y estoy dándole vueltas al asunto del doctorado, no sé por dónde entrarle pero sí me gustaría poder hacerlo. Eso sí, no sé cómo demonios voy a escribir una tesis de doctorado, eso tiene que ser una pesadilla, pero bueno, ya se intentará. Venezuela, ¿por qué nos fuimos? Me casé y me fui. Nos casamos y nos fuimos. Nos casamos un viernes y nos fuimos el domingo. El estropicio caraqueño me asfixió y decidí largarme. No más Caracas, me dije. Lo que, en nuestros días, sucede en Venezuela no está bien y, lamentablemente, no hemos logrado encontrar las formas adecuadas para saber comunicar ese malestar, para saber nombrar el despropósito, para saber interpretar tantas carencias y desastres. No es normal, coño, y subráyame la grosería porque, a fin de cuentas, es un grito desesperado y cotidiano de nuestra idiosincrasia, tenerle miedo al prójimo, no es normal que te maten por matarte, que tengas un negocio en el que tu familia ha trabajado treinta años y de un día para otro, por un decreto mal escrito, pretendan borrarte del mapa. Los colombianos, por ejemplo, podrán justificar sus problemas sociales relativos a la violencia por la cuestión de las guerrillas; los mexicanos, por otro lado, atribuyen su caos contemporáneo a la cuestión de los cárteles y el narco. Son casos terribles, sin duda, pero el caso venezolano tiene un valor agregado, una característica que, totalmente, nos deshumaniza: nuestra violencia no tiene ideología ni pretende sostener un negocio. Es una especie de violencia per se. Y no sólo me refiero a la violencia de calle, a esa que ha impuesto toques de queda y se ha llevado la vida de miles de personas. No, ese es el paroxismo del desastre, me refiero a la violencia cotidiana, al odio fortuito, al insulto del conductor que le grita pendejo a alguien que obedece la luz del semáforo; a los comentarios que se citan en páginas como Noticias24. Eso es interesante, y triste, muy triste, creo que para conocer la idiosincrasia del venezolano contemporáneo sólo hay que leer los comentarios que se hacen a las informaciones que aparecen, por ejemplo, en Noticias24. Ahí estamos retratados como conjunto y la evidencia indiscutible de ese análisis es que, como sociedad, somos horribles. El llamado chavismo, en este sentido, pareciera ser una estética, una manera de ser, una especiera rara-patólogica de arrechera insana, de inconformismo, de gratitud hacia la mala fe, de nobleza de las malas gentes. No sé, Caracas es muy rara. Por supuesto que hay gente valiosa, gente seria, personas que simplemente son eso: personas. Pero es innegable que nuestra deshumanización ha sido creciente, que el venezolano dejó de ser el mismo del que nos hablaban los abuelos, incluso del que hablaban nuestros padres. La generación de mi viejo, por ejemplo, siempre alabó el trabajo, el respeto, la cortesía, el estudio, el saber decir. Pregunto yo, ingenuamente, hoy día: ¿El venezolano conserva algunos de estos valores? No lo sé. Yo diría que el venezolano contemporáneo es un tipo flojo y cómodo, y me incluyo, no es una denuncia, es sólo un abrir los ojos frente al espejo. Yo he padecido la flojera y sé lo que es, conozco sus talentos. La flojera te dice cosas así como: Que le echen bola los demás, yo no, fulanito es horrible, fulano es mal político, sutano es engreído, aquella es mala, este es un loco pero yo no, yo soy de pinga. Esa, creo, es la gran tara que tenemos los venezolanos, el ir por la vida con ese falso eslogan: Yo soy de pinga, los demás no cuentan. Ya ni siquiera recuerdo qué me preguntaste, prendiste el radio y me puse a hablar de cualquier cosa. ¿Por qué me fui de Venezuela? Honestamente, sin eufemismos, me ladillé. No soporté y no soporto la institucionalización y la hegemonía de la mediocridad. Que la gente valiosa, seria, trabajadora, normal, sencilla, humilde, clase media, lo que sea, tenga que confrontar, día a día, la improvisación de un modelo político que no tiene ni pies ni cabeza es algo que me acelera la artritis y el Parkinson. Escuchar o leer las tristes declaraciones de los representantes del poder me causa escozor, es terrible, es la percepción de la ignorancia encarnada, de la vulgaridad hecha poder y, en Venezuela, el poder es la fuerza bruta: el arma de fuego. Lo más triste es saber que aún dentro de los mal llamados cuerpos de seguridad militares, policías y demás debe haber gente decente, personas serias. Un sabio barbero me dijo una vez que, seguramente, también en Sodoma y Gomorra había buenas personas. Y ya, me callo, pregúntame otra cosa que no quiero que por mi culpa nos vayan a cerrar ReLectura, mira que casi no tenemos patrocinantes y nuestros lectores son contados. Anda, lanza la siguiente. Háblame de Lautaro Sanz. ¿Es verdad que el primero en escribir en la página de ReLectura fue él, y posteriormente Eduardo Sánchez? ¿Hay más heterónimos? Lautaro es mi alter ego. Aquel que me ayuda a decir lo que pienso sin pensar lo que digo, como diría mi leal compañero de alegrías, nostalgias, amarguras, guayabos y madrugadas insomnes: Joaquín Sabina. Sí, realmente, yo empecé a participar en ReLectura a través del Foro. Facebook, sin duda, mató el Foro. El único que sigue escribiendo allí es ese simpático personaje que algunas culturas prelógicas hacen llamar Cesescore. En su momento, hace ya dos años, el foro de ReLectura fue un lugar de discusión muy interesante y por ahí empecé a escribir como Lautaro. ¿Otros heterónimos? Sí, hay varios; es una historia larga que se remonta al bachillerato. Por ahora te los nombraré, pero contarte el origen de estos personajes supone, casi, escribir otra novela. Ellos son Inmanuel Barreto, Mel Camacho, Julien Calo y Marlene Tavares. En LOS DESTERRADOS juego mucho con ellos; Inma, por ejemplo, es el mejor amigo de Lautaro, es un desterrado, una especie de detective salvaje guariqueño. Detengámonos ahora en tu novela ganadora, Blue Label/Etiqueta Azul. ¿Cómo fue el proceso de escritura y qué hallarán los lectores en esa historia? Es una historia sobre adolescentes; una recreación de la adolescencia caraqueña contemporánea. Allí, por supuesto, está presente mi periplo por el colegio San Ignacio. Como te decía anteriormente, echo mucho de menos dar clases. En Madrid, es verdad, puedo tener una calidad de vida que en Caracas resulta impensable; sé, por ejemplo, que ir a comprar pan a la esquina no es una actividad de alto riesgo; sé que mi esposa regresará del trabajo en la noche, caminará dos cuadras sola, a oscuras, y que no le pasará nada; sé que puedes utilizar el Metro a la medianoche y que nadie perderá su tiempo en el innoble oficio de querer hacerte daño. Es gracioso, en este sentido, ver a los españoles, y europeos en general, con sus iPods, sus laptops, celulares lo del BB acá no es una pasión ni una moda extrema, se ven pocos en vagones de Metro o en autobuses; sé que en España la tranquilidad es una constante y no una excepción pero, la verdad, y se lo he dicho a Bea, mi esposa, no paso una sola mañana en la que, al despertar, no sienta el impulso de agarrar mi maletín e irme a cumplir con mi trabajo: dar clases en el colegio. Blue Label nace de esa nostalgia. Tenía la urgencia de hacer algo con esa melancolía, con ese echar de menos y así nació la historia. Blue Label, en su dedicatoria, dice: a la 80(H), se refiere a la promoción 80 de Humanidades hay, también una dedicatoria tácita pero sentida a los chamos de la 81. Ese grupo me sirvió para configurar muchos de los personajes, a ellos les robé historias, les robé anécdotas. Blue Label es una estafa al imaginario escolar al que me enfrenté durante tres años. Incluyo, por supuesto, experiencias propias. Mis años de colegio y los primeros semestres universitarios. Quisiera nombrar, por cierto, una institución que ha sido fundamental en mis elecciones personales y profesionales. Me refiero a mi colegio, el Promesas Patrias del viejo Monagas en Bello Monte. Antes de llegar al Promesas, allá por el 94, yo era un locoe plaza; un tipo muy disperso, confundido, impulsivo. Mi decisión de ser docente la aprendí en el Promesas y con la gente del Promesas. El equipo de profesores que trabajó con nosotros, con mi grupo, fue muy especial, muy íntimo, muy formativo más que prescriptivo. El Promesas tenía tiene fama de ser un antro de repitientes, algunos le llamaban el patio trasero del Santo Tomás de Villanueva ya que, urbanísticamente, están bastante cerca y creo, no estoy seguro, que los dueños son los mismos. Ese imaginario del botado, del mal estudiante, del repitiente, del outsider está muy presente en Blue Label. Muchos de mis compañeros, no todos algunos se ofenderían, con razón, si los meto en este paquete eran repitientes o botaos de otros colegios de Caracas. Yo, particularmente, repetí noveno grado por Física y Química, recuerdo que el año que repetí, el infeliz de Sabina sacó su disco Física y Química, La del pirata cojo, entonces, se convirtió en un plan de vida. Otra vez me perdí, no me dejes hablar tanto
¿Dónde estaba? Ajá, en el Promesas. Bueno, aquellos profesores nos humanizaron, nos tuvieron fe y te puedo decir que, hoy día, todos mis compañeros de promoción son profesionales valiosos. A nosotros, en el Promesas, nos dijeron sin decirnos: Usted será un botao o un repitiente, pero usted vale y ese formato de motivación fue el que procuré calcar cuando me tocó ejercer la docencia. Quería comentarte también que en quinto año del Promesas, por primera vez, estudié con relativa profundidad el pensamiento político/económico de Arturo Uslar Pietri. Me acordé de eso en estos días. El profesor Baltazar García, ese tipo de maestro espléndido que odias cuando eres adolescente pero que, con el paso del tiempo, valoras y respetas, nos mandó a hacer un trabajo sobre la noción del petróleo en Uslar. Era un profesor muy estricto, nos daba Geografía Económica. Nos hizo ver lo recuerdo claramente porque tuve que verla como cinco veces, una entrevista a Uslar Pietri en Primer Plano con Marcel Granier. En esa entrevista me enteré de que en Venezuela había pasado algo importante el 18 de octubre de 1945. Nunca lo olvidé, mi curiosidad por la historia, en parte, cuajó por aquel trabajo de Don Balta que, en su momento, me pareció una pesadilla. El Promesas, para cerrar este punto, en lo vivencial, también está muy presente en Blue Label. ¿Qué encontrará el lector? Un relato sobre adolescentes de clase media. Por desgracia, el modelo político de papel lustrillo que impera en Venezuela ha satanizado a la clase media. Para los mal llamados ideólogos de este despropósito, el perro de Pavlov resulta más espontáneo y auténtico que la clase media caraqueña. Me refiero a la clase media de manera genérica, no como concepto sociológico, marxista, no me interesa la categoría. Hablo de la gente que procura tener una vida normal. Hogares normales en los que el padre trabaja, la madre trabaja, es un orgullo inmenso cuando alguno de los hijos logra entrar a la universidad, la abuela vive en la casa, los martes y los jueves se hace el esfuerzo por pagarle a una persona para que ayude con el trabajo doméstico, se hace el esfuerzo por comprar un carro pequeño por asuntos de trabajo, se ve el beisbol, se va al cine, se alquila una película y la familia completa primos, tíos, vecinos, tíos lejanos se reúnen en cada cumpleaños y, entre tertulias amables, por costumbre, se habla mal del gobierno. Ese, por lo general, es el cuadro natural de las personas que conocí en los colegios que te he citado. Es mentira que la clase media venezolana sea esa masa inepta, alociudadanodependiente y autómata que describen estos pobres diablos. Traté de encontrar, más que a los venezolanos categoría que me dice poco, muy poco a las personas, a los seres humanos, a los problemas personales, afectivos e íntimos que pueden confrontar los integrantes de una familia en unas circunstancias sociopolíticas como las nuestras. La novela no es un panfleto, para nada, la política está ahí, de fondo, es inevitable, pero a los personajes les da lo mismo, les estorba pero no los condiciona. La política es un contexto por el que, en un Fiorino blanco, Eugenia Blanc y Luis Tévez viajan por distintas carreteras. Sí, es verdad, que hay cuadros familiares con cierta posición económica que se asimilan al estereotipo: cierta indolencia por parte de los padres, poca comunicación, poco contacto, pero esto, me imagino, ha de pasar en todas las familias, no lo sé. Todo eso, revuelto, de revés, mezclado, de ida y vuelta, está presente en Blue Label. Los lectores hallarán, por demás, la historia de tres cajas de whisky. Has dicho que esta novela es tu Piedra de mar. Y cuando uno termina de leerla encuentra sin duda ciertas correspondencias con la novela de Massiani tanto en el uso del lenguaje y las imágenes, como en las atmósferas urbanas y el tratamiento de los personajes. ¿Forma parte entonces Blue Label/Etiqueta Azul de esa familia de obras que reconoce en la literatura de Massiani una inspiración y un modelo narrativo? De Massiani sólo he leído Piedra de Mar. Vergonzosamente, he descuidado la lectura de sus otros libros. Hice dos lecturas de esa novela, una juvenil/escolar que olvidé y, más adelante, en la Católica, en el curso de Carlos Sandoval, la lectura que más me marcó. Sí, me quedé con la idea del adolescente como motivo, ese leitmotiv me encantó. Al escribir Blue Label siempre tuve presente de fondo la novela de Massiani pero, como te comento, yo a Massiani lo he leído poco. El autor local que leí con más atención ahora le he perdido un poco la pista, a quien respeto y admiro, es Eduardo Liendo. En la UCAB fui dos o tres veces a su taller de narrativa y me pareció un tipo encantador. Liendo fue una motivación inmensa para querer ser escritor. Procuro ser muy cuidadoso con el melodrama, trato de modelarlo desde la parodia, desde la ironía. Creo que los venezolanos somos, esencialmente, melodramáticos. Un país que ha hecho de los logros profesionales del señor Osmel Sousa una ética, una estética, una aspiración a y una fiesta, tiene, necesariamente, que tener una raíz melodramática/antropológica. El melo nos gusta y nos disgusta, somos así; nuestra generación se formó con los parlamentos de las telenovelas. Nuestra educación sentimental, para bien o para mal, le debe mucho a la señora Fiallo. Creo que era Castro Leiva, en el ensayo sobre la patria boba, el que daba una maravillosa definición de lo patético. Él define lo patético no en el sentido convencional-peyorativo, lo que acá los españoles llaman cutre, sino como aquello que mueve al sentimiento algo así, cito de memoria, de mala memoria. Y, en ese sentido, pienso que nuestros modos sociales y culturales son muy patéticos. Una vez, con un amigo ocioso, borrachos por supuesto, hicimos un análisis semiológico de nuestro canto popular de aniversarios una canción que, por cierto, sólo existe en Venezuela. Escucha esto, palabra por palabra, y dime si no es la cosa más patética y cursi que has escuchado en tu vida: Ay que noche tan preciosa, es la noche de tu día, todo lleno de alegría
tus más íntimos amigos
y que la luna plateada brille su luz para ti para ti, y ruego a Dios porque pases, un cumpleaños feliz. Esto es tan horrible en su forma, en su discurso, pero al mismo tiempo es tan nuestro, está tan arraigado en nuestra espontaneidad que resulta hermoso. Y, en ese sentido, creo que tenemos muchos hábitos, muchas formas de ser que se alimentan de una especie de metafísica melodramática. Citas a Yordano di Marzo. Yordano es un sociólogo, es extraordinario, es demasiado eso: nuestro. Aquello que dice: Será la brisa que me trae olor a humo, aroma de gasoil de un autobús que me llevó una tarde al cine en Finales de Siglo es una descripción de una tarde cualquiera, a comienzos de los noventa, cuando a uno le provocaba irse al Radio City, a los Cinemas de Chacaíto o al Broadway. Perla Negra es un himno; Manantial de corazón es nuestro Cantar de los Cantares: Me miro en el espejo y veo a un hombre joven cuando en realidad me siento como de cien años. ¡Basta! ¡Basta! Yordano, no seas despiadado
! Yordano tiene una canción preciosa, una de las cosas más implosivas de la balada latinoamericana, que, curiosamente, no fue muy popular: Y así te vas, incluida en Lunas. Ese tipo de cancioneros, a mi juicio, con el perdón del maestro Cadenas, del profesor Sucre y, entre otros, del ausente/presente Montejo es nuestra más auténtica poesía; su autenticidad radica en lo común, en que, de alguna forma, todos nos reconocemos en ella. Una vez me pasó algo maravilloso en la estación del Metro de Nuevos Ministerios, en Madrid Norte: iba caminando por la transferencia y, al fondo, había un cantante de pasillo, un loquito con un teclado y unas cornetas. No le paré, lo vi y seguí de largo. El tipo solamente pisó dos o tres acordes. Escuché esa melodía y un ¡coño! reflexivo/volitivo me brotó desde el diafragma. El tipo comenzó a cantar Como es tan bella de Guaco y lo que me llamó la atención es que yo nunca fui guaquero, para mí Guaco era un grupo más, equis, algo al margen. Guaco nunca fue un objeto de admiración ni de reflexión, pero cuando este loco, en el Metro de Madrid, se lanzó el intro de Como es tan bella que, por efecto de repetición y de cultura, me sabía de memoria, por poco me da un ACV. Y ahí, y eso fue lo más interesante, nos quedamos parados observando al tipo cuatro o cinco personas. Los otros caminantes seguían de largo, ni pendiente. Cuando terminó la canción los que estábamos ahí nos vimos a la cara y no nos dijimos nada. Ahí, lo sé, lo intuí por las expresiones de unos rostros que tenían los ojos hundidos en el tiempo, cada uno estaba aferrado a su propia melancolía. Una muchacha, una gordita morena, me acuerdo, se acercó al chamo y le dio las gracias, la tipa casi llora. Fue grato, fue melodramático y, en ese sentido, rescato, valoro y legitimo ese tipo de experiencias. Creo que, quizás, como sociedad cometemos el error de valorar los talentos por un efecto de nacionalidad; pienso que eso, de alguna forma, es lo que nos mantiene anclados en el imaginario déspota e inmoral de nuestro sobrevalorado siglo XIX. Se suele decir, por ejemplo, que Guaco es bueno porque son venezolanos, que Dudamel es bueno porque es venezolano, que fulano de tal es bueno porque es talento nacional
¡No!, odio esa expresión, creo que hace falta valorar a la gente por su condición humana, por su condición de ser personas. Guaco es de pinga, sencillamente, porque el gordo Aguado y su grupo de compañeros han hecho un trabajo constante y creciente desde hace muchos años, porque recolectaron en sus canciones muchos referentes de nuestra idiosincrasia, de nuestros hábitos. Alguno argumentará que su canción bandera es Sentimiento Nacional, de acuerdo, es cierto, pero sé que cuando Aguado y Somaró gritaban aquello allá por el ochenta y tanto, se referían a otra Venezuela, a otra gente, a algo que se quedó en el recuerdo, a algo que ya pasó y que, tristemente, parece imposible reciclar. Sería interesante hacer una relectura de la historia contemporánea de Venezuela desde la música popular, desde lo que dicen, desde el cómo lo dicen en lugar desde el dónde patriotero. Agarrar, por ejemplo, al Hombre de hierro de Alfredo Sadel y ponerlo a caminar por la Plaza del Centro de Franco; emborracharlo en el legendario prostíbulo donde Yordano di Marzo se enamora de la más hermosa de todas nuestras putas, llevarlo a la laguna que describe Néstor Zavarce en su intimista Tarde gris; ponerlo nervioso al paso del Alcaraván y, con el viejo Simón, enamorarlo de Cristal. No puede faltar en esta recreación tremendista de nuestra idiosincrasia real el coro desgarrado del Ladrón de tu amor de Gualberto; los cantos de protesta de Alí Primera e, incluso, la propuesta juvenil de los chamos Primera. Yo vi a mi amigo Rodrigo Blanco, profesor de la UCV y valioso escritor perdóname esta delación, Ro, bailar con pasión De sol a sol en una inolvidable rumba. Y sí, es verdad, cuando estaba chamo, en compañía de Tere, mi mamá, me tocó ver Primavera, Topacio, La dama de Rosa, Abigail, Mi amada Beatriz y todas aquellas cosas melo, horribles, cursis, patéticas, pero inevitablemente propias y, a su manera, auténticas. Y ya estoy hablando más paja que libro de primaria. Pasemos, si quieres, a la siguiente pregunta. ¿Estás ahora en otros proyectos literarios? El Astillero Cyber-Café, protagonizada por Mel Camacho, personaje de reparto en Blue Label, y Ljubliana. Ljubliana es un proyecto bastante ambicioso que, por ahora, sólo está mal dibujado en la parte de atrás de un cuaderno. Si lo cuento lo empavo. Ya te dije que soy supersticioso. Ya le comenté al señor Carlos Pacheco que esa fue una expresión bastante desafortunada. Pero sí, honestamente sí. No estaba al nivel de comer cables, pero el presupuesto, digamos, era bastante ajustado. Además, como dice mi buen amigo el profesor y filósofo Miguel Vásquez, para el venezolano pelar bola, más que una modalidad pasajera, es una condición permanente. Madrid / Caracas. 28 de febrero, 2010 * * * Pre-reseña: Blue Label / Etiqueta Azul Es la madrugada del 2 de octubre. Tres y media de la mañana, todo sereno. Mi almohada está empapada y no atino a hacer otra cosa que escribir un mensaje por celular: Maldito, me has hecho mierda. Cierro el manuscrito y apago la luz, pero mi cerebro es una metralleta de imágenes y recuerdos. Hay novelas que le dan a uno en el hígado. Es extraño hablar de un texto que no ha sido publicado. No tengo ganas de arruinarle la lectura a nadie, así que no pienso dar detalles. Sólo baste decir que Blue Label/ Etiqueta Azul narra una de esas anécdotas que se tallan para siempre en la memoria. Porque todos fuimos adolescentes, todos hablamos como adolescentes y todos, en alguna medida, amamos como adolescentes. Sánchez le da en la madre al recuerdo, a la evocación de los sentidos, a la pérdida de la inocencia, al desengaño. La historia se enreda y desenreda por las carreteras de un país anémico al ritmo de Bob Dylan (porque ésta, al mejor estilo siglo XXI, es una novela con soundtrack). Y es una novela hablada en venezolano, pero con el lenguaje universal del vértigo que produce la transición a la vida adulta. No puedo esperar a tener el libro en mis manos y hacer una reseña con nombre y apellido. Mientras tanto, un brindis por Eduardo Sánchez y su Blue Label. Un brindis por todos los que tienen que irse de casa para encontrarse. C. Egan Dublín, febrero 2010. 

Existe una deliberada presencia del melodrama en tu novela, no siempre en clave paródica. Tú has dicho que antes de leer a Dostoievski y a Cioran, a Grossman y Andric, viste Topacio y La dama de rosa, escuchaste a Guillermo Dávila y a Yordano. ¿Cómo barajas esos aspectos al momento de escribir? ¿Hay una defensa, una burla o acaso un homenaje a esa cultura pop nacional con la cual te sientes en deuda?
Por último, ¿realmente estabas pelando cuando te dieron la noticia del Premio?
| comentarios (9) >> |
escrito por Arturo, marzo 01, 2010
Hoy me di cuenta que de nuestra promoción han salido EXCELENTES profesionales.....
Es verdad! ¨No dijeron, sin decirnos¨ lo valioso que somos....
Tenemos escritores, músicos, narradores, diseñadores......
Felicitaciones Men.....sigue cosechando exitos!!!!
Un gran abrazo!!!
escrito por Jose Bastardo, marzo 01, 2010
Brindemos...
escrito por Laura Fer, marzo 01, 2010
Gracias Luis por esta extraordinaria entrevista, por abrir la puerta y dejarnos entrar en la morada más humana de Eduardo Sánchez. Acercarnos al escritor que Lautaro Sanz nos ha ido perfilando en LOS DESTERRADOS, al hombre tras esas crónicas desgarradas que tocan la fibra más sensible de quienes somos sus lectores, un retrato demoledor y agudo sobre las carencias, engaños, frivolidades de la idiosincrasia del venezolano actual. Confieso que después de cada lectura sus personajes, voces y vivencias se quedan enganchados en mi mente por varios días sin poder apagarlos. Y gracias a ti Eduardo por dejarnos conocer un poco más del escritor que todas las mañanas al despertar siente el impulso de tomar su maletín y salir disparado a dictar sus clases a los chicos del Loyola en Caracas. … Ojalá logres conciliar ambos oficios, des clases, pero por favor, no nos dejes sin el escritor. Espero con ansias el libro. Nuevamente felicitaciones
escrito por santiago y cristobal, marzo 01, 2010
felicitacionessss!!!
te prometo que me voy a leer el libro completo y no voy a buscar el resumen por rincon del vago.. jajaj te queremos y suerte
un gran abrazo
escrito por SAAS, marzo 02, 2010
epa que paso con mi comentario: bueno lo resumo así: defiende la CLASE MEDIA VENEZOLANA, NO COMO OTROS NOVELISTAS QUE LA CRITICAN DE MODO LITERARIO BURDA DE FINO. el parece un incorforme de esta clase social, más que un VERDADERO NOVELISTA.
HAY LES DEJO LA REFLECIÓN, SI OFENDER COM AGRAVIOS. ES MÍ OPINIÓN Y SEAN TOLERANTES, PLEASE, HAY YA ME CLASEMEDIE, COMO HOMBRE, POR FAVOR OK?
escrito por Rodrigo Blanco, marzo 05, 2010
Maestro, excelente declaración de principios. Un detalle: no fue de Sol a Sol, sino "Primer amor", gran pieza de salsa.
escrito por Hensli Rahn, abril 03, 2010
La antepenúltima respuesta puede extraerse y aguanta sola como un relato breve, increíble
escrito por ivan alexis garcia hernandez, mayo 22, 2010
Hoy es sábado y vivo en Barcelona (10 años), leo con estimulante sorpresa el discurso de Eduardo SánchezR. Me pongo a investigar en internet y consigo esta maravilla entrevista. Este tio ha sido mi héroe del día de hoy-se lo agradezco- Me gustará conocerlo personalmente. Soy un artista venezolano y me estimula mucho leer un compatriota que con ese buen decir e inteligencia te alegra el alma.
Gracias de nuevo.
escrito por mireya tabuas, junio 14, 2010
Ayer me leí Blue Label. De una sola sentada. Creo que ésta sería una novela que sí se leerían todos los chamos de 4to y 5to año de bachillerato, sin obligación. Es irreverente, divertida y amorosa. Se la comerían, no buscarían el resumen en Internet como hacen con la mayoría de los textos que les mandan leer. La novela me recordó a Caicedo (cómo no recordarlo con tu personaje femenino), sin embargo es muy muy caraqueña. Creo que es una novela que entusiasmará a un gran público lector, sobre todo a los más jóvenes y eso me encanta.
Felicidades.
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