Fronteras
Los Desterrados
Sobre la infelicidad Sobre la infelicidad
y el extraño caso del fetichista literario
Un Raskolnikov sin la excusa del crimen
Emil Cioran
El fetichista literario atacó de nuevo. Ocurrió en la librería Hiperión, calle Salustiano Olozaga, a una cuadra de la Puerta de Alcalá. Detectives salvajes, cuentistas, aficionados a la novela negra y curiosos certificaron la denuncia: el agresor había dejado su huella sobre los lomos de la colección Poesía Bilingüe. Aquel escándalo coincidió con mi traición y mi culpa. Julien Alonso, procedente de París vía Barcelona llegó a la estación de Atocha en horas de la tarde. El insólito caso del fetichista se había convertido en editorial de tertulias, encuentros casuales, debates televisivos y foros de Internet; la editorial Tusquets, por lo que pude leer en el titular de un periódico gratuito, había ofrecido una estimulante recompensa. El tren apareció; distraje mi ansiedad con un cigarro húmedo y sin marca. Mis dedos olían a Marlene, mis manos ahumadas en su perfume enrarecían el patíbulo moralista. La cagaste, Lautaro, susurré en jerga interior, sin lenguaje. El teléfono celular vibró en el bolsillo del abrigo. Inma, mensaje de texto (I): ¿Viste lo de Tusquets? El tren se detuvo. Marlene caminaba en círculos, sin mirarme. Inma, mensaje de texto (II): Ayúdame a identificar al fetichista literario. Podemos compartir la recompensa. Julien arrastraba una maleta pequeña. Caminó hasta Marlene; ella se colgó de su cuello, se besaron con paciente lascivia. «Lautaro Sanz», dijo al acercarse. Los años, en apariencia, no habían pasado por su rostro. «Julien Alonso, ¿cómo está la vaina?», recité impasible. Ocurrió, entonces, el incómodo abrazo. Al hallarme a la altura de su oreja busqué la mirada de ella. Tumbó los ojos con vergüenza, con vértigo, con una especie de mentada silenciosa. En esta entrega de los DESTERRADOS narraré el extraño caso del fetichista literario de Madrid y, al mismo tiempo, contaré sin orgullo ni éticas adhesivas cómo, por un período impreciso, creí enamorarme de la novia de uno de mis mejores amigos.
CADIVI fue responsable; la infame comisión administrativa dizque administrativa dio lugar al error. Julien y Marlene, de vacaciones en París, decidieron visitar España. El correo electrónico nos permitió articular las fechas y condiciones de hospedaje. Por esos días, ocurrió el primer ataque del terrorista. Sucedió en la Casa del Libro de la Gran Vía en el estante correspondiente a la novela negra; un lector de Camilleri fue el primero en poner la denuncia: Hay una mancha ocre sobre los libros de la editorial Salamandra, dijo a los responsables de la vigilancia. Efectivamente, sobre el lote incontable de títulos de Camilleri, sobre las fascinantes historias del Comisario Montalbano, una sustancia blancuzca, con textura de compota, se esparcía entre los lomos. Algunos títulos no podían leerse, la mancha opalescente provocaba una distorsión. Aquella madrugada recibí noticias de París: CADIVI dio lugar al equívoco. Por esnobismo, decidieron viajar en tren. El tope del consumo impedía que hicieran una única transacción; si compraban los pasajes con la tarjeta de Marlene se excederían tres euros por encima del cupo. Si hacían la compra a través de la tarjeta de Julien, se pasarían por más de cuarenta. Ingenuos, armados de tolerancia criolla, decidieron hacer dos transacciones electrónicas. La tarjeta de Julien, por fortuna, pasó; encontró pasaje tal como estaba previsto para el día viernes tal. Marlene, entonces, intentó hacer lo mismo: error; póngase en comunicación con su banco. 0800, musiquita, gestor intransigente, pulse uno, pulse dos, musiquita, mentadas de madre, etc. Tras inútiles y hostiles conversaciones con Caracas la tarjeta fue rehabilitada, sin embargo, por alguna razón desconocida, no fue posible conseguir pasaje para el mismo día. Más de tres horas pasaron luchando con la página de raileurope.com. Finalmente, asimilando la derrota virtual, Marlene pudo conseguir pasaje para la tarde del día miércoles. Llegaría a Madrid un día y medio antes que Julien, mi amigo de infancia. Me comprometí a buscarla en Atocha y, sin conflicto ni mala maña, hospedarla en mi apartamento. El día de su llegada, el fetichista literario atacó la librería Fuentetaja; cuentan los testigos que el irreverente agresor expulsó sus humores sobre los lomos de Alfaguara, específicamente sobre la obra completa de Arturo Pérez-Reverte.
«El fetichista literario es venezolano», dijo Inmanuel Barreto. Había escrito los datos sobre una servilleta, parecía una especie de inspector Gadget cumanés, de Sam Spade maracayero, de inspector ardilla radicado en Zaraza. «Haz memoria, Lautaro, esto ha pasado antes. Me dijo con convicción. 1999, Chacaíto, librería Macondo. ¿Recuerdas que, durante mucho tiempo, en aquella librería solían clasificar los libros por editoriales?» Brevemente, zarandeando el recuerdo, tuve un flash de pilas de Anagrama y Ediciones B: Restrepo, Vila Matas, Santiago Gamboa, ¿Bolaño? No recuerdo, mi memoria padecía un severo estrabismo. «Sí», dije por decir algo. Mi pensamiento en su totalidad estaba adscrito a Marlene. Había salido sin bañarme, apestaba a Marlene: mi aliento, mi pelo, mis manos, mi ropa. Aquel mediodía estuve imbuido en el recuerdo lacerante de su cuerpo. «Una vez, el famoso librero Pedro Macondo me contó un episodio siniestro: un carajo entró a la librería y permaneció un rato abstraído sobre el mesón de Anagrama. Horas más tarde, Pedro se dio cuenta de que los libros de Soledad Puértolas estaban envueltos en una especie de patuque. El modus operandi era sencillo: el fetichista fingía leer, buscaba las estanterías de su preferencia y luego, tras precoz dinamismo, escupía sus necesidades erótico-literarias. Todos los libreros de Caracas tienen una historia que contar al respecto; el fetichista se convirtió en una leyenda urbana». La lengua de Marlene interrumpía el monólogo de Inma; su humedad giratoria reducía mi movilidad y mi capacidad de raciocinio. El amor es un síndrome, una tara, un simulacro de ACV, me dije. «En otra oportunidad, Javier Marichal, el librero de Distribuidora Estudios, encontró los Letras Universales de Cátedra salpicados de engrudo. Javier, armado de pañito y paciencia, limpió los textos contaminados y pudo salvar algunos de esos ejemplares. Todos los egresados de Letras debemos tener en nuestras casas algún Cátedra de tonalidad difusa, con huellas de falso celotec en el lomo y comprados, supuestamente, a precio viejo. En la Caracas de comienzos de siglo el fetichista literario se convirtió en El Horla de los libreros; por esa razón Andrés Boesner, en Noctua, nunca ha clasificado los libros por editorial. Yo los libros los mezclo, los junto, prefiero improvisar una orgía editorial antes de que algún insensato venga a hacerse la paja en mi librería, me dijo una vez que hablamos sobre este asunto. También, entre 2001 y 2002, ocurrió un episodio escatológico en la Tecniciencias del CCCT. ¿En qué estantería crees que ocurrió? ¿Cuáles son los únicos libros de Tecniciencias agrupados por editorial?» «¿Alianza?», respondí por reflejo, sin interés. «Sí aspiró el cigarro y botó el humo imitando a Humphrey Bogart en El halcón maltés, el infeliz acabó sobre los lomos rosados de Benito Pérez Galdós. Buñuel, sin duda, habría hecho amistad con este personaje alucinado por la versión textual de Tristana». Marlene me mantenía al margen de la Historia y, también, de las historias de Inma. No pensaba en Julien ni en los libros seminales ni en la recompensa de Tusquets; mi obsesión se afincaba en su cuello, en su espalda aséptica, sin lunares ni bronceado. Mis labios conservaban el sabor de su oreja y la línea feraz de su cabello ensortijado. Maldita sea, me dije. Nunca me ha gustado enamorarme. Amar apesta, leí alguna vez en un blog de Cesescore. Inma contaba otras historias escabrosas. Como un Travolta caraqueño frente a un espejo falso (Pulp Fiction, 1994) me impuse órdenes imposibles: regresa a tu casa, dile que puede pasar la noche ahí, lárgate, dale el teléfono de Telepizza, quédate en un hotel o en casa de un pana. Mañana buscas a Julien en Atocha y se acabó. No la dejes hablar, no vuelvas a besarla, etc. «¿Supiste lo de ayer en la Fnac?, preguntó Inma. Negué con el rostro. Editores y policías están tratando de mediar con la prensa, quieren evitar el efecto copycat. ¿Te imaginas que este infeliz lograra reunir un clan de masturbadores estéticos? Sería una especie de bukkake literario; Duchamp y Bukowski, sin duda, serían muy felices. Te contaba lo de Fnac. Esta vez, la víctima fue Taschen, la colección de cine. Fellini, John Ford, Antonioni, Renoir. ¿Sabes cuáles son? Los negros, grandes. Mi rostro demacrado improvisó un sí. En cuestión de segundos, burlando la seguridad de la librería, esos ejemplares aparecieron enlodados en proteína, salpicados de aminoácidos y glucosa. Los testigos dieron un retrato hablado del agresor. Mi impresión inicial cobra fuerza, Lauty, el fetichista es venezolano dibujó un tridente en una servilleta; era una especie de petroglifo, una figura con tres puntas. Hay imprecisiones con respecto al rostro; sin embargo, todos los que lo vieron recuerdan el motivo de su franela. Me extendió el dibujo. Detallé, confundido, el epifánico referente. Inma continuó: tres testigos coinciden en su lectura de la franela. Debajo de esta figura, en caracteres Arial, identificaron la palabra Guaco».
El vino hizo el trabajo sucio. El invierno, por su parte, sugirió el abrazo. La distancia inutilizó nuestras diferencias de juventud. Nunca me cayó mal pero tampoco fue mi amiga. Sí, es verdad, Marlene Tavares era un estorbo, la novia de Julien, la eterna cara eculo, la amargura perenne. Su memoria era parte de un retablo escolar, una baranda, una toma de posesión ante el más tímido e introvertido de todos mis amigos. Siempre fue distante, silente, biliar, plana. Julien Alonso, por su parte, es una de esas amistades inherentes al tiempo. La convivencia escolar crea lazos indefinibles, vínculos etéreos e impalabrables. Más adelante, cuando coincidimos en la universidad, aprendí a ser tolerante con Marlene, a interpretar su desgano como una forma de ser, su apatía como un gesto natural. Cuando apareció en Atocha la saludé con indiferencia; ¿quieres tomar algo?, pregunté por cortesía. Eran, aproximadamente, las cinco de la tarde. Tras la segunda copa intuí cierta picardía en sus ojos color guayoyo. Censuré mis pulsiones; conté sin romanticismo mis historias de La Valeta, Oporto y Nicosia, le hablé de ReLectura. Nuestros pies tropezaron bajo la mesa. Maldita sea, me dije. Los dedos, improvisando percusiones chill out, se encontraron en medio de un relato picante. Pidió otra botella. En la mesa de al lado, dos jóvenes universitarios comentaban con escarnio las últimas andanzas del fetichista literario.
El ratón moral apareció en la mañana. Desperté con migraña. Marlene, tumbada boca abajo, fumaba y miraba las pinturas abstractas de mi último roommate. Coño ela madre, me dije al caer en cuenta de la situación. Fingí dormir. Ella se levantó, buscó un vaso de agua y regresó a la cama. «Deja el drama, si quieres que me vaya me voy, si quieres decirle a tu amiguito Julien que su novia es una puta y que te emborrachó, hazlo, me da lo mismo, pero me gustaría hablar contigo. Anda, párate y cepíllate. Tu aliento es repulsivo». Se puso mi camiseta del Inter con el dorsal anacrónico del Bobo Vieri y se sentó dándome la espalda. «¿Le contarás a Julien?», preguntó con desinterés. «No creo que tenga que enterarse», dije en formato de eufemismo. Minutos eternos. Maldita sea. Lo peor de todo era la conciencia de mi derrota. Su posición, su mirada perdida, su manera de agarrar el cigarro, sus piernas cruzadas. Estaba totalmente abstraído en su performance. «Tengo más de dos años buscando alguna excusa para terminar con Julien. Botó las colillas y apagó el cigarro sobre una lata de cerveza. Todo es un bluff, Lautaro. Nuestra relación es demasiado falsa, es un estar por estar, una especie de rutina perpetua, de compañía ausente. Nuestro noviazgo es un hacinamiento; una condena hipercostumbrista, una vida artificial en la que todos los días pasa lo mismo. Hace mucho que Julien dejó de ser Julien; para mí es un espectro, una sombra, una ladilla, un bloque, un animal que me acompaña; un perro que vivirá para mi desgracia más de veinte años. Por supuesto que lo quiero, de alguna forma lo quiero, estoy hablando paja, es sólo que, no sé, Lauty, todo es una mierda, todo es demasiado complicado. Lo amo pero no lo soporto. Sus ojos se empeñaron en mis ojos, intentó sonreír e, inmediatamente, interrumpió su mueca. He llegado a pensar que me enamoré de un imbécil, que su timidez no oculta nada. Si nunca habló fue, sencillamente, porque no tenía nada que decir. Aunque supongo que yo tampoco soy gran vaina; sólo somos una pareja de pendejos que no sabe cómo vivir ni para qué». Se levantó, se quitó la camisa. Me tomó de la mano y haló. Me besó con morbo, me mordió el labio inferior hasta destruirlo y, con la curiosidad de un vampiro, juntar su lengua con mi sangre. Esa mañana supe después el fetichista literario atacó la librería jurídica de Marcial Pons en la calle Bárbara de Braganza. Aparentemente, el victimario sació sus ansias frente a los lomos de la colección Ambos Mundos.
El fetichista literario había estudiado Letras en la Católica; luego, argumentando que no soportaba la estructura escolar y que sus compañeros, en general, eran sifrinos e insensibles a su poesía, se cambió a la UCV. El fetichista literario escribió una tesis mención publicación sobre el carácter efímero y grotesco de las editoriales venezolanas; más allá de las dificultades de producción y limitaciones del tiraje, el transgresor hacía énfasis en la vulgaridad de los diseños. ¿Quién puede sentir placer leyendo un libro de la colección El Dorado? ¿Qué tipo de estímulo pueden transmitir las ediciones de Bid & Co? ¿Por qué Planeta-Venezuela utiliza papel secante en sus imprentas? ¿Qué encantador medieval condenó a Arturo Uslar Pietri al amarillo pollito con el que lo etiquetaron en Los Libros de El Nacional? ¿Con qué criterio pintaron de verde poceta las obras completas de Salvador Garmendia? Inma encontró esta información en foros web y otros portales de discusión literaria. «Tiene que ser él», me dijo señalando la foto de un gordito que, en el perfil de Facebook, aparecía sonriendo a la cámara y ostentado una franela de Guaco.
«Supongo que nos envenenó ese país de mierda dijo Marlene. Julien ha cambiado. Todos hemos cambiado. Lo quieras o no, Venezuela te envilece. Alguna vez, no sé cuándo, fui feliz con Julien. La vida era sencilla, intransitiva pero simple; podías ir y venir, podías respirar, podías soñar sin que tus sueños ofendieran a nadie. Inma se fue, tú también te fuiste. Nunca entendí la urgencia de Julien por permanecer en Caracas». El frío nos empotraba; mis manos estaban enredadas en su cabello; la cintura fundida en un solo sexo hacía de nuestras piernas un confuso revoltillo. «¿Cómo se complementan el amor y el asco?», me preguntó. No respondí. Mi frente descansaba en su frente, mis dedos jugaban con su ombligo incompleto. «Puedes reírte si quieres continuó, a veces lo amo, a veces lo odio. Otras veces quisiera matarlo, dispararle en la cabeza y verlo desangrarse; sería una liberación, podría buscarme una vida o empezar desde cero. Nuestra relación ha sido una irrefutable pérdida de tiempo. Pero no sé vivir sin ese pendejo; es demasiado frágil, demasiado ingenuo y sí, en el fondo, sé que lo quiero. Nunca, aunque lo desee, podría hacerle un daño permanente. Puede que él tenga razón. A lo mejor, tiene sentido formalizar esta pantomima y contarnos el cuento de que seremos felices para siempre. El amor, a fin de cuentas, no es más que una cuestión estética. ¿Te enamoraste alguna vez, Lautaro?» La piel, nuevamente, agarró aire. Un estremecimiento le trancó la voz. Su mano derecha se aferró a mi cuello; las miradas una vez más establecieron una bula. «Julien es un pendejo. Nunca tuvo las bolas para largarse de » El ritmo creciente amordazó su soliloquio. La insulté en silencio, le grité maldiciones que no dije. El erotismo soft se encargó de taparle la boca. Coincidimos en un orgasmo racional, gélido e hipócrita. «¿En qué momento nos fuimos a la mierda?, preguntó minutos después de la derrota. ¿Cuándo, en lugar del amor, comenzamos a hacer el odio?»
El fetichista literario fue capturado en la librería Antonio Machado de la calle Alcalá. El agresor fue detenido justo antes de vaciar su simiente frente al conjunto de ediciones de Valdemar Gótica. Una heroica cajera, mileurista y extranjera, a la manera de Kevin Costner en The Bodyguard logró salvar la colección. La intuición de Inma sobre la identidad del criminal era acertada pero, para nuestra desgracia, no hubo tiempo de cobrar la recompensa. «Lautaro Sanz», dijo Julien en la estación de Atocha. «Julien Alonso, ¿cómo está la vaina?» Tomamos un café en los alrededores del Reina Sofía. Marlene se excusó, dijo que se sentía mal, que visitaría a algunas amigas, que quería ir a Zara, cualquier cosa. Nos dio la espalda sin prisa, se despidió de él con un piquito. No buscó mis ojos. Nos vemos más tarde, fue lo único que dijo. En ese momento, mientras la veía caminar hacia el Metro, tuve la impresión de que podía pasar con ella el resto de mi vida. Así, bien cursi, bien patético. Tras el café, Julien y yo decidimos dar una vuelta por Recoletos. Rescatamos anécdotas comunes, pendejadas esenciales de nuestra adolescencia caraqueña. Nos mudamos al barrio de Malasaña y bebimos cerveza en lugares pintorescos. «Voy a casarme con Marlene me dijo intempestivamente. ¿Qué te parece?» «De pinga, respondí alzando los hombros. ¿Lo has hablado con ella?», pregunté en dialecto de terapia. «Sí, le pedí matrimonio hace cuatro días en el Museo de Orsay, frente a la Reunión de familia de Frederick Bazille». «¿Aceptó?» «De bolas, ¿por qué no aceptaría? Silencio largo. Hemos pasado muchas vainas, Lautaro. Al fin, después de tantos peos, puedo decir que nuestra relación es sólida. De alguna forma, Marlene y yo hemos alcanzado cierta estabilidad. Además, ninguno de los dos sabe mentir; cada uno sabe muy bien lo que piensa y siente el otro. Hablaba sin entusiasmo, como recitando un parlamento viejo. Creo que nuestra fortaleza ha sido la honestidad».
La noche fue atroz, invité a unos amigos a la casa; todas las conversaciones giraban en torno a la captura del fetichista, su identidad y su idiosincrasia. Marlene me ignoró concienzudamente. Julien, en algún momento, se perdió en la cola del baño. Ella, rápidamente, se acercó sin disimulo. Nuestros hombros se tocaron un roce breve pero eléctrico. Apoyó su espalda contra la pared y me habló en voz baja. Tenía el tono de voz más hermoso del mundo; en realidad, hablaba como un hámster pero mi enfermedad me hacía percibir su timbre agudo como una obertura de Rimsky-Korzakov: «Lo diré una sola vez, Lautaro. Si tú me dices ven, lo dejo todo (Trío Los Panchos dixit) brevemente, río su mal chiste. Lo de ayer fue arrechísimo. Si quieres que me quede contigo, dilo. No me importa mandarlo todo a la mierda. Me descolocaste, lo que he sentido y pensado este día no es normal. Sé que sientes algo, no puedes mentir. ¿Qué dices, Lauty, le echas bola? ¿Nos vamos? ¿Nos escapamos?»
Caminé con desidia por San Vicente Ferrer. Entré y salí de bares repletos de amantes entusiastas. Las largas caminatas son la mejor alternativa para la resignación y el olvido, me dije. Sobre un banco de la Plaza Dos de Mayo pude ver a una muchacha solitaria que lloraba aferrada a un suéter manchado de gualda. Tenía el uniforme de la librería Antonio Machado. En la última página de un cuaderno ecológico había trazado el dibujo de un tridente y, entre signos de interrogación, había colocado la palabra Guaco.
P.D: Meses después, por Internet, a través de la página de Niní y Amalia, les regalé una ensaladera. Ese día anunciaron la sentencia: el fetichista literario fue condenado a tres años de prisión o, en su defecto, a pagar una indemnización imposible. Grupos de onanistas espontáneos crearon una fundación para ayudarlo a soportar su pena y difundir sus enseñanzas.
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