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Escrituras
Una mujer sola en la playa, P. E. Rodríguez Una mujer sola en la playa
Del libro de cuentos El silencioso vuelo de los peces (Equinoccio, 2009)

De vez en cuando llegaba una lancha con nuevos temporadistas. Un niño pasaba una y otra vez junto a nosotros con una pelota de colores, algún ave se lanzaba en picada sobre la superficie revuelta del mar. Mi esposa recorría las páginas de La vida Exagerada de Martín Romaña en una bonita edición que me recordaba otra que leí años atrás, mucho antes de conocerla, en otras temporadas de la desmemoria cuando el mundo entero era un descubrimiento. Yo, por mi parte, veía la forma de las huellas sobre la arena de la playa, pequeños desiertos de sol y calor. En lo que entendí como un experimento de vago ímpetu minimalista, en un momento intenté aislar la forma de la arena de los demás objetos de la playa y entonces pensé que se trataba de un desierto, de un Sahara perdido entre la vaguedad de una cartografía de la imaginación. A cada tanto, un pie aparecía y modificaba la frágil arquitectura de las dunas. En otros momentos, el viento que venía de la playa hacía crecer una ventisca con algo del aire de las tormentas, con el rugido ciego de los leones y las bestias salvajes.
Apenas teníamos un año y medio de casados. Todavía no terminábamos de abrir por completo los ojos a ese otro mundo repleto de compromisos familiares, de rituales simples y exasperantes regados en el camino. Estábamos cansados de la ciudad, de las obligaciones, de la cuadrícula siniestra de una agenda, de la tenaza desesperada de un mundo que no le pertenece a nadie. A veces, cuando conversábamos en las noches, tumbados en la cama, ambos sentíamos el temor de que todo pudiese caer por un precipicio al tiempo que, objetivamente, era como si no ocurriese nada.
Ahora, sentados frente al mar, todo eso estaba lejos, en una distancia que parecía aumentar por el ritmo sincopado de las olas, por el gesto de recostarse en una tumbona, mirar el cielo, retornar las fases de la naturaleza. Despertábamos en la mañana en una habitación de postigos blancos, con vista a una ensenada, pasábamos el día en la playa, en la noche mirábamos las estrellas con una sorpresa que, apenas unos días atrás, creíamos olvidada. Todo se resumía en el estallido de la luz, el silencioso resplandor del Caribe.
Recostado bajo nuestra sombrilla, pensé que el sol del trópico es, también, un objeto que adquiere formas precisas en los diferentes grados de sus luces obstinadas. Pensé en pájaros, pensé en los remotos mares del Ártico que, a su manera, fluían también en esa misma playa. Índigo, Pacífico, Caspio. La desmesura del mundo dibujada en un instante. Sereno, en silencio, mis ojos recorrían el paisaje de esa playa con la sensación de quien encuentra en el lugar preciso para los placeres de la mirada.
Fue entonces cuando la vi. Era una mujer hermosa en un escenario repleto de mujeres hermosas, de cisnes plácidos tendidos al sol. Su cuerpo ya comenzaba a delatar el vestigio de los años, como quien ha pasado mucho tiempo en un descampado; sin embargo, permanecía en ella la solidez de la carne, el destello que conservan los objetos lujosos. Mi mujer me miró, siguió el trayecto de mi mirada y detuvo el aleteo de sus pestañas en el cuerpo de la mujer. Es bella, dijo, con una sonrisa, al tiempo que cambiaba su posición en la silla de playa. Sí, pero es una belleza rara, dije yo, en voz baja. Mi mujer la observó un rato más, después, fijó su atención en el mar. Tal vez siguió el vuelo solitario de una gaviota, tal vez se remontó a sus propios paisajes, entonces me dijo: es posible. Algunas personas no son bellas, son versiones de la belleza.
Después del mediodía, en una hora en que el sol es una pantalla de luminiscencias que estallan en tonos blancos y las aves en la distancia se hacen más oscuras, más remotas, dejamos el toldo de colores y caminamos al pequeño restaurant refugiado entre palmeras y cocoteros. Mi esposa se decidió por la mesa junto al barandal con vista a la playa al lado de la que estallaban flores de papel, cayenas encendidas de rojo. Pedimos un trago. Todo estaba lejos, todo estaba impregnado por un viento que hacía la vida algo más leve. Al rato, la mujer también apareció y se sentó en la mesa del frente. Al mirarla, recordé una idea que había descubierto años atrás. Los cuerpos de ciertas mujeres son islas inaccesibles, remotos valles tórridos a los que nunca nadie llegará a recorrer del todo pese a las repetidas incursiones de sus exploradores. Así lucía el suyo. La mujer permaneció un rato hablando con el mesonero. Había algo de estatua en su gesto: una mano en el mentón, una pose de perfil, un ángulo de encantamiento. Tuve la impresión que ella era un cliente habitual de esa playa, de esas tardes quietas, de ese lugar exótico perdido en un confín intrincado del Caribe donde ahora escapábamos, donde ella, a pesar de su belleza, estaba sola. Cuando el mesonero se fue la mujer miró hacia el mar. No parecía contemplarlo, tampoco parecía servirse de la excusa del paisaje, apenas si trasmitía la impresión de ver en la distancia un punto que objetivamente estaba en la distancia. Yo también miré: a lo lejos se veía la forma difusa de un velero. Tal vez hasta allí llegaba su mirada. Entonces, sin transición, la mujer dejó de ver el mar y comenzó a sacar una cantidad de objetos de su bolso. En un momento, su mesa estaba llena de una hilera de cremas, estuches, espejos, pinzas, envases plásticos. Debió pasar un rato en la medida del tiempo de la costa, surcado por el sonido de las olas, por el batir acompasado de las palmeras, dóciles jirafas dormidas. Cuando miré de nuevo en dirección a la mesa de la mujer todavía continuaba entregada al arreglo de su cuerpo. Es un lugar común, pero frotaba las cremas sobre su piel con un aire sacramental: un ritual a base de fervor y minuciosidad. Cuando llegó a su pecho, un temblor apenas perceptible recorrió el volumen de sus senos y casi pude sentir, en un acto de mera especulación objetiva, que se trataba del tipo de mujer que, aun desnuda, debía vestir su desnudez.
Una intuición muy intensa, la fusión entre su arreglo, el cuidado con el que aplicaba las lociones, me hizo pensar que aunque parecía mostrar un cuidado bien medido por todos esos detalles cosméticos, por la escogencia de los objetos de su mundo, en realidad ésa era la fachada de una desidia esencial en su interior. Percibía en ella, creía percibir, una intensidad que hacía pensar que conocía las dos caras de la moneda, que alguna vez visitó el lado oscuro de la luna.
La lancha nos recogió al final de la tarde. De regreso a la bahía vimos, a lo lejos, las bandadas de pájaros recorriendo el firmamento, el movimiento de las olas dentro del brazo de mar de la ensenada, las montañas azuladas en la distancia, sumergidas en una fría neblina sin tiempo. Mi esposa y yo viajamos muy juntos, en silencio, tomados de la mano. De tanto en tanto, ella cerraba los ojos y se dejaba empapar por la falsa llovizna de las olas que estallaban a nuestro lado. En su frente, se dibujaba la belleza, el descuido de su cabello húmedo.
En la noche, después de la cena, salimos a caminar por las calles del pueblo, enfilando por la calle del oscuro malecón. A lo lejos, aparecían las luces de los barcos de pesca, la furia secreta del mar en su propio rugido, en el ritmo sincopado de algo que también podía ser pensado como un tormento. Entramos a una calle central con sus pequeños restaurantes de mariscos, sus bares pesarosos en los que se escuchaba la voz de Nino Bravo entonando una canción que se perdía en un eco nostálgico en la soledad de la bahía. La calle apenas quedaba iluminada por una serpentina de bombillos, mariposas suspendidas, apenas acariciadas por la cadencia ocasional de la brisa del mar. Caminábamos abrazados, muy juntos. Hablamos en voz baja de cosas menudas. Nos contábamos pequeñas situaciones imaginarias, construíamos un puente entre la desolación de la rutina y el tamaño de nuestras esperanzas, un pequeño reservorio de optimismo. Así, hablando muy despacio, recorriendo la noche en un susurro encontramos, al final de la calle, el obstáculo de una pared sin frisar, una hilera de lanchas derruidas, los posibles vestigios de lo que, en otros tiempos, pudo ser un depósito de pescadores. Está muy oscuro, dijo mi mujer, sujetándome por el brazo. Estaba a punto de decir algo cuando vi aparecer la sombra monumental de un hombre. Quedamos en expectación apenas un momento: un reflejo de luz (un navajazo de claridad) le iluminó el rostro y pude reconocerlo: era uno de los hombres con quien nos habíamos topado en esos días en el malecón, trabajando con el resto de los lancheros que llevaban turistas a las islas. Parecía esforzarse por ajustarse al tipo de los Rasta Jamaiquinos: vestía unos sucios bermudas de algodón y tenía tatuado en el brazo el rostro de Bob Marley. Pasó a nuestro lado y nos saludó con un gesto. Anda, vamos, dijo mi mujer, sujeta todavía a mi brazo. Asentí, solo asentí. Avancé un par de pasos, escuché la voz de mi mujer. Una ráfaga de viento vino de la playa y se estrelló contra mi rostro. Entonces vi aparecer otra figura, una figura de mujer que, tambaleante, se sujetó de la superficie de un depósito de pesca abandonado, hizo el gesto de subir la tira de su blusa desarreglada y, después, se llevó la mano a la nariz y aspiró con fuerza. No hizo falta acercarme para saber que era la mujer de la playa. Me pareció una indiscreción hacerme notar. Me di la vuelta. Mi mujer permanecía de pie, con los brazos cruzados, sola, aterida de frío. De pronto, todo se hizo inmensamente claro. Al llegar junto a ella cerré los ojos. La abracé con toda la fuerza con que puede abrazarse lo leve, lo entrañable, lo más querido.
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