Guía del lector
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La primera pregunta del año a los escritores del patio es también un modo de indagar en ciertas claves que permitan delinear con nitidez el perfil de una de las más arraigadas amenazas latinoamericanas: ¿Cuál es el mejor libro sobre dictadores? 1984 de George Orwell. Porque el dictador está y no está, porque no podemos precisarlo pero lo respiramos en cada página, y nos roba el aire y la memoria. Y a pesar de todo, nos dice que nos quiere, que nos cuida, que gracias a él la salvación existe. La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, compite no sólo en la categoría de mejor libro sobre dictadores, sino en la de mejor novela latinoamericana de todos los tiempos. La novela de Augusto Roa Bastos: Yo el Supremo. Uno de los mejores libros que me he leído sobre dictaduras, dictadores y sobre cómo una sociedad queda absolutamente destrozada por la tontería maléfica de los poderosos es Entrevista a Mailer Daemon de Doménico Chiappe; una visión futurista y corporativa del mal. Luego podría hablar de las novelas gráficas V de Vendetta de Alan Moore, una visión a lo 1984 con caballero galante, anarquismo e historia de Inglaterra realmente fascinante; y Persépolis de Marjane Satrapi: la pesadilla de una revolución para el pueblo y por el pueblo; cuánto horror lo que pueden llegar a hacer algunas mentes obtusas sumidas en el fanatismo del amor. Por cierto, ¿quién dijo que los seres humanos tenemos que ser todos iguales? El extremo de la igualdad es la dictadura. La sección dedicada a Trujillo en La maravillosa vida breve de Óscar Wao, de Junot Díaz, creo que describe la patología y el absurdo de vivir dentro de una dictadura personalista. Y Maten al león, de Jorge Ibargüengoitia, es una visión hilarante y al mismo tiempo muy lúcida de esa situación, y del papel que juegan los distintos sectores de la sociedad en ella.
El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. Aunque no es un dictador en el estricto sentido político, Kurtz es un personaje que se apodera de un territorio en África y se convierte en amo y señor de todo lo que cae bajo su dominio. Kurtz no responde ante nadie. Los Idus de Marzo de Thornton Wilder, sobre la muerte de Julio César, es una gran novela. El libro ofrece, entre otras cosas, uno de los atributos más peligrosos de un domador de almas: el encanto. No olvidemos las biografías. El Hitler de Ian Kershaw es fascinante. Sobre todo el proceso del ascenso. Aníbal Romero opina que la mejor biografía de Hitler es la de Joachim C. Fest. Lean su fascinante ensayo. Catalina Gaspar Sin lugar a dudas: Yo el Supremo, de Augusto Roa Bastos. Dictadores, de Richard Overy, es, por largo, lo mejor que haya leído sobre la tensión Política y Personalidad. Y aunque su eje principal consiste en analizar y comparar a Hitler y Stalin, creo que de allí se desprenden categorías e ideas que son pertinentes a otros dictadores. De lo mucho que he leído en mi vida sobre el tema, considero que este libro es riguroso y aporta conocimiento sustantivo sobre estas figuras. Sin ninguna duda, Yo el Supremo, de Augusto Roa Bastos. Como ficción creo que no se ha escrito nada mejor en ninguna lengua. Las razones para pensar esto están en mi prólogo a la edición de Biblioteca Ayacucho.
La maravillosa vida breve de Óscar Wao, de Junot Díaz. Yolanda Pantin El mejor libro que he leído en mucho tiempo, en años, es Los que susurran. La represión en la Rusia de Stalin, de Orlando Figes publicado en Edhasa en 2007. Vale su peso en oro. Rodrigo Blanco La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa. Cuando se hace la consabida lista de libros sobre dictadores y el poder despótico, muchas veces se omite una magnífica ficción de la cual son deudores muchos notables narradores que han abordado el tema, entre ellos García Márquez. Me refiero a El gran Burundún-Burundá ha muerto, del extraordinario escritor colombiano Jorge Zalamea. Armando José Sequera Sin lugar a dudas, la mejor novela sobre dictadores que he leído es Yo, el Supremo, de Augusto Roa Bastos, sobre José Gaspar Rodríguez de Francia, quien gobernó a Paraguay entre 1816 y 1840. En su momento, me gustó mucho El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez. Su dictador anónimo sólo una vez le da el nombre de Zacarías, si mal no recuerdo, no es fácil de olvidar, ni tampoco su madre, la pseudosanta pintora de pájaros. Boris Muñoz Todas son muy buenas. Un material de lectura obligatoria. No tiene sentido discriminar entre Roa Bastos, Carpentier, García Márquez, Tomas Eloy Martínez, Vargas Llosa o Fuentes, sin olvidar al papá de ese sub-género: Valle Inclán. Hace años, leyendo una entrevista a Roberto Bolaño comprendí por qué me aburrían tanto las novelas de dictadores: Bolaño decía, refiriéndose a qué cosa se le podría recomendar a un político, que los políticos eran sujetos a quienes no les interesa la literatura, sino el poder, de modo que no había nada qué decirles, a no ser que uno quisiera convertirse en su bufón. O peor: en su payaso. En efecto, al poco de pensar en ello, se nota que la condición vocacional de todo dictador es, en realidad, una condena de sujetos ingenuos, supersticiosos, poco imaginativos y esencialmente sanguinarios. Es difícil sacar de allí una historia que no se resuelva con uno que otro disparo, algo (o mucho) de sangre, un círculo de pequeños delincuentes de cuello blanco, muchos militares y tres o cuatro putas (posiblemente los únicos personajes realmente interesantes de todo el relato). Si es por recordar, está claro que El recurso del método, Conversación en La catedral, La fiesta del Chivo, El otoño del patriarca y Yo, el Supremo, son realizaciones con diversos grados de eficiencia narrativa ante ese dudoso privilegio de vivir en un continente donde los años de tiranías siempre han sido mayores a los años de libertad. Sin embargo, siempre he sido dado a la idea de que lo realmente retador e imaginativo no es escribir sobre dictadores, sino elaborar novelas desde la dictadura. Estoy convencido de que la que más me ha fascinado es esa joya de la noche, el humo de los bares y la melancolía que es Tres Tristes Tigres, de Cabrera Infante: ocurre en la Cuba de Batista, es censurada en la España de Franco y, luego, prohibida en la Cuba de la dinastía Castro Ruz. Además de ese triunvirato tiránico, su prólogo a la edición no censurada, titulado: Lo que este libro debe al censor, es, a mi entender, el mejor texto que uno pueda leer para comprender la estupidez, el pudor y la sórdida estética de cualquier vocación tiránica. Traicionaré la pregunta dejando de hablar de un libro para hablar de un poema, publicado en El Salmón No. 5. Vulgar, que en lugar de tratar sobre un dictador se refiere a unas coordenadas específicas de la madre de un dictador. Desde el título del poema, altisonante y vulgar como pocos en nuestra tradición, se dan señas claras de lo que contienen los catorce versos del soneto La cuca de doña Hermenegilda Chacón, de Pedro María Patrizi. Con un manejo magistral de la métrica (y en algunos versos me atrevería a decir de la retórica), quizás éste sea uno de los más sonrojantes monumentos levantados en torno a la familia de Juan Vicente Gómez. Aunque las generaciones posteriores al Benemérito lograron arrancar esa página de la compilación de poemas de Patrizi, las líneas se salvaron en muy pocos ejemplares y acabaron multiplicándose, como suele pasar con la censura (que todo lo leuda), en los ejemplares de la revista en cuestión. Hay en ese texto de Patrizi una lección: a veces es propicio, antes que hablar de un dictador, referirse con franqueza a aquello que lo engendró. 
Juan Carlos Méndez Guédez
Federico Pacanins
Antonieta Madrid
Fedosy Santaella
Lucas García

Gonzalo Jiménez
Federico Vegas
Nelson Rivera
Carlos Pacheco

Leopoldo Tablante
Eduardo Liendo

Pedro Enrique Rodríguez
Willy McKey
| comentarios (1) >> |
escrito por Federico Piccardo, febrero 15, 2010
Y me dejaron por fuera Falke, de Veguitas. Imperdonable. Una magnífica joya de novela del dictador. Lo único que te faltó, Veguitas, fue agregarle el poema que acotó el profesor McKey.
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Un abrazo para todos.
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