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Blogueando en Caracas, Violeta Rojo Por Violeta Rojo
Publicado en Asfáltica. Revista trimestral de literatura. N° 1, año 1. Invierno /primavera 2009-2010. México. UNAM.
En Doña Rosita la soltera, de Federico García Lorca, un personaje muy ridículo afirma constantemente que los tiempos avanzan que es una barbaridad. No puedo sino sentirme así al analizar la nueva minificción venezolana: escritores jóvenes, algunos con una obra rotunda, muchas veces inédita y conocida solamente virtualmente. Pero por otra parte, es posible que este artículo sobre lo más nuevo de la literatura brevísima venezolana esté caduco y tan periclitado como la palabra en pocos meses. No sabemos si los soportes de hoy (páginas web, blogs, tuits) no estén ajados en un corto tiempo.
Es posible, sin embargo, que al hablar de la joven literatura venezolana breve (y me imagino que lo mismo pasará con la no tan breve, y con la de otros países), tendremos que comenzar a considerar la página web y el blog, medios de difusión tan válidos y con mayor capacidad de diseminar información aunque todavía no sabemos si tan perdurables como el libro impreso. Muchos de los nuevos escritores venezolanos sólo publican en sus blogs, en revistas virtuales e incluso en Twitter. Es el caso de @twento, quien anónimamente comparte sus ficciones brevísimas (no más de los 140 caracteres permitidos) en esta plataforma.
Las páginas web de literatura más activas y las que suelen publicar minificción brevísima, pero especialmente ensayo e información sobre literatura venezolana, son ReLectura www.relectura.org de Luis Yslas y Rodrigo Blanco Calderón, y Ficción Breve http://www.ficcionbreve.org de Héctor Torres. En Letralia, http://www.letralia.com, Jorge Gómez Jiménez realiza un panorama al día de la literatura latinoamericana.
Pero son los blogs literarios los que en algunos casos se convierten en los centros de difusión de la obra de los nuevos autores. Así sucede con los Hermanos Chang http://hermanoschang.blogspot.com (los escritores Fedosy Santaella y José Urriola) quienes tuvieron una experiencia extraña: Se estremecieron, conocieron el orgasmo de Zeus, cayeron muertos, resucitaron, y cuando abrieron los ojos, lo primero que dijeron fue: We love minicuento. Así, dedicaron un minidossier a la minificción (http://hermanoschang30.blogspot.com) con textos mínimos de escritores venezolanos que, hasta el momento, no se habían dedicado a la escritura brevísima: Roberto Echeto, Jorge Gómez Jiménez, José Urriola, José Javier Rojas, Fedosy Santaella, Enrique Enríquez, Carlos Zerpa, Joaquín Ortega y Mario Morenza, el único veterano de la brevedad.
Otro grupo virtual y bloguero, dedicado a la brevedad mas no exclusivamente, es El apéndice de Pablo http://elapendicedepablo.blogspot.com, formado por Yoel Villa, Ana Lucía de Bastos, Dayana Frailes, Alexis Pablo, Miguel Hidalgo Prince, Mario Morenza, Hensli Rahn, Anabel Petit y Daniel Cuevas.
Otros nuevos autores venezolanos que publican sus textos (más o menos breves) son Jesús Nieves Montero (http://cuestiondemetodo.blogspot.com), que ya ha publicado cuentos más largos y novelas, pero no sus cortísimos. Keila Vall de la Ville, cuyos textos (de su excelente primer libro Ana no duerme, Monte Ávila, 2007) forman parte de muchos de los escritos de su http://fugapermanente.wordpress.com. Ricardo Ramírez Requena escribe unos magníficos textos muy cortos, hasta ahora inéditos, en los que se entrelazan la ficción, el ensayo y lo autorreferencial, y que pueden encontrarse en http://rafagasegunda.blogspot.com. Ana García Julio ha publicado un libro, pero se dedica a la brevedad en http://www.derrelictos.blogspot.com, igual que Carlos Javier Díaz en http://www.vozdelviento.blogspot.com.
A continuación una breve muestra de éstos y otros novísimos venezolanos en la minificción:
Selección de brevísimos venezolanos actuales
Keyla Vall De La Ville. Caracas, 1974. Ha publicado: Ana no duerme (2007)
http://fugapermanente.wordpress.com
I. la familia mínima
Tan parecido a Mick Jagger. Delgadísimo, con los cabellos largos y sus jeans. Acostado de espaldas en la cama, mi papá me sostiene con los brazos estirados. Me lanza hacia el universo para dejarme suspendida durante segundos largos y atajarme en mi irremediable recorrido de vuelta. Salvándome y ofreciéndome a la gravedad una y otra vez. Preparándome para el vacío de su partida. De su ausencia.
Este no es mi primer recuerdo. Es una foto. Una impronta en mi memoria celular.
III. mi primera acción política
Estoy del lado de afuera, del lado del silencio que más tarde se convirtió en escondite y vicio pero que entonces no encontraba sentido. Llamo a la puerta. Ella no se asoma, no responde. En el balcón hacia Caracas hay una pecera. Subo al mueble, entro cuidadosamente al cubo de cristal y me lavo con agua y jabón. Mis compañeros de baño terminan muertos, flotando, con el abdomen hinchado hacia arriba. Tengo frío. Finalmente ella sale. Y no me castiga.
* * *
Ricardo Ramírez Requena. Ciudad Bolívar, 1976.
http://rafagasegunda.blogspot.com
Eneas, second thoughts
Entiendo poco de dioses, diría Eliot, pero he entendido que prefiero su cuerpo al Tíber o al más caudaloso de los ríos. Su cuerpo flaco, con sus huesos completos y ese olor a salitre que trae desde el vientre hacia fuera y desde el mar hacia adentro. Su cuerpo flaco, al ritmo de mis ojos al verle, al paso de los grillos devorados en la orilla de esos ríos.
Ningún coro cesa con la muerte. Acepto ser el devoto que vea encenderse la pira, y al acercarte, evitar que te abrases, Dido, entre las llamas de sus lenguas.
Roma tendrá que esperar Virgilio, que me observas con el miedo que Augusto te despierta. Yo no quiero miradas dolientes de mujer sobre mis espaldas en mi bajada hacia el infierno. Ulises entendió poco esto, y uno aprende de errores ajenos a veces. Déjame con Dido, luego podrás escribir que un nieto de Troya, alguno de mis hijos, fue a fundar a Roma. Déjame con ella te digo: tú serás exiliado de igual manera que Ovidio y el florentino a quien servirás de guía.
Yo me quedo en Cártago: mejor las largas piernas de Dido a alabar con complacencias a los Césares.
Transitar
Su identidad va del espacio en donde vive al que se mueve. Los suyos vienen de la zona francesa de Shangai; emigraron a Australia, al barrio chino en cualquier ciudad de esa tierra desértica. Sus ancestros hicieron el ferrocarril en California: deformaciones en las manos lo atestiguan, junto con pepitas de oro que guardan y entregan a los hijos al nacer. Ya grande, emigra a Caracas él, y trabaja en un restaurant chino en donde me sirve mis tallarines y una cerveza fría mientras sueña con irse a vivir con unos primos en Belleville, a estudiar cocina francesa.
Francia, viaje, desierto. Podría ser Rimbaud. Nunca lo sabremos.
* * *
Jesús Nieves Montero. Caracas, 1977. Ha publicado: Casi un juego (1999), Juegos de amor/Juegos de memoria (2001); Juegos de perdón (2002)
http://cuestiondemetodo.blogspot.com
Un petit souvenir
... cause those dreams are dead, and Im aliv. Jackson Browne, Im Alive
Muchas cosas han cambiado desde mi último viaje a París. Mitterrand ya no gobierna, entre otras cosas, porque está muerto. Chirac, su sustituto, pasa el rato realizando pruebas nucleares. Del prestigio de Tapie nada queda, ni es diputado ni es adorado por nadie. Lástima que arrastró al Olympique, mi favorito, en su caída. Todo, o casi todo, es diferente. Aunque he de ser sincero, esto es sólo una reflexión irrelevante que me permito mientras el avión aterriza.
El terminal aéreo no presenta mayores cambios, el clima tampoco. Llueve en Orly, como es costumbre durante los lúgubres febreros de la ciudad luz. No me toma mucho tiempo salir de las instalaciones ya que nunca llevo equipaje y las autoridades francesas suelen ser diligentes a la hora de inspeccionar los documentos. Opto por el taxi, deseo llegar a la ciudad lo más pronto posible. Mientras busco uno me doy cuenta que no sé exactamente dónde ir. Son las diez de la mañana. Para registrarme en el hotel todavía debo esperar tres horas. La incertidumbre que siento me hace recordar el primer viaje e, inesperadamente, coincide la aparición de un taxi con el preciso recuerdo de la dirección, así que no dudo y le pido al conductor que me lleve al 226 de la rue de Rivoli, para volver al salón de té, para volver a Angélina y recuperar parte de lo bueno de mi pasado.
Me toma una media hora llegar al lugar. Desciendo del automóvil, pago y me dispongo, lentamente, a revivir. Tan glamoroso, tan lujoso como lo dejé. Estoy de pié ante una de las vitrinas del local y me pregunto ¿adónde diablos se han ido los últimos diez años? Está claro que parte de la respuesta la conozco. Se han ido en libros, en aventuras, en viajes y en la muerte de algunos amigos. Todo esto me ha disminuido. Hoy soy menos yo. La muerte, pienso. Y tal vez de eso se trataba volver a París, de recuperarme, de rearmarme sobre el camino recorrido.
Sin embargo, segundos antes de seguir cayendo en ese abismo filosófico, sucede lo inesperado. Una vez más, entre las cabezas de la gente abarrotando la sala y cabellos de todos los aspectos, está ella. Increíble. Y tal como los ritos de las estaciones (aunque esta vez fueran estaciones de la vida) ella vuelve a quedarse con la mirada fija en el mostrador de los pasteles. Sus ojos claros, entre verdes y grises, brillan nuevamente ante la única tentación que puede permitirse, ante la llamada del pecado. Entonces, sus cabellos castaños son recorridos por sus dedos con nerviosismo, se da la vuelta y allí me encuentra contemplándola, extasiándome en su belleza, en su hermosa figura. Me sonríe, ilumina mi mundo y me enseña el esplendor de la vida, de sentirse enamorado. El pasado deja de serlo y el presente se abre ante mis ojos, tornándose eternidad. Me sé frente a la fuente de la eterna juventud, por lo que, sintiéndome premiado por el destino, intento estar a la altura. Al igual que la primera vez me acerco vacilante a la puerta, doy unos pocos pasos en falso y espero pacientemente su salida, hilvanando esta historia.
Bildungsroman
La había conocido dos meses antes, al comenzar el verano. Se miraron y todo fue un conjuro para que sonrieran, se hablaran, se buscaran y salieran juntos todos los días. Las manos todavía buscaban siempre sobre la ropa aunque él ya la había desnudado muchas veces y la había penetrado tan profundamente como su mano le permitía imaginar cada noche cuando, después de despedirse, él regresaba a su casa a buscar consuelo de todo lo reprimido en la destreza de su diestra mientras transcurrían las imágenes de su colección particular.
Cumpleaños, un día normal. Cine a media tarde financiado por su padre, caminata bucólica, caricias en el parque, despedida. Compran los boletos, entran. Él desea susurrarle algo al oído que la convenza. Que le abra sus puertas. No sabe nada. Pasa. Así que sólo callan, sólo se sientan. Próximos estrenos, imágenes para el otoño que seguramente no verá con ella. Pero ahora ella desciende, él está tan concentrado que no obstaculiza el movimiento, sutil, inesperado, aunque lo conocía fuera de él, cuando veía a las mujeres de vídeo lamiendo, chupando, tragando deteniéndose en el instante previo a la asfixia. Escucha la cremallera, quisiera gritar fuck o decirle ¡puta! Suspirar y tener más de catorce años pero pronto los largos dedos, las uñas filosas escarban la mezcla de algodón y poliéster, insistentes, dan con su piel y él anestesia su inquietud.
Cierra los ojos. Con una mano acaricia el apoyabrazos izquierdo, furor contenido, es pasajero en una travesía turbulenta. Su derecha profundiza en el cabello que no puede mirar, negro, castaño, rojo, rubio, cualquiera. Voltea, levanta los párpados: el rayo de luz suspendido en su viaje del proyector a la pantalla. Brillo constante, permanente. Solo el sonido de la película que se mueve y las imágenes. Gira despacio: la pantalla. Vuelve a la luz, él se disuelve en un instante; el ímpetu del movimiento de ella, su succión, se vuelve sonora; él siente una debilidad que comienza por las piernas, continúa en el vientre: en el pecho, un callo insensible por las violentas convulsiones del corazón; su sexo, territorio distante donde ella reina. Luego el exceso de humedad en la boca de ella. Comprende. La distensión de los músculos. Suspira paladeando el aire que exhala. Ella se incorpora, no dice nada. Él sale de un sueño. Ella lleva su mano sobre la falda, justo bajo la cintura. Sugiere. Él cumple cien, cumple mil años. Lamenta la ausencia de una cámara que mire, registre, eternice.
* * *
Graciela Yáñez Vicentini. Caracas, 1981. Ha publicado: Espejeos al espejo (2007)
Casa de muñecas
Mi mamá es un maniquí.
Mi papá es impresionante: es admirable. La manera de moverle las manos y vestirla y hacerla hablar. Le mueve los dedos de los pies, incluso el meñique izquierdo (hay una especie de defecto de fábrica en el derecho), y hace que sus labios deletreen palabras inauditas. La viste de mil formas diferentes y la hace bailar. Parece Ginger Rogers, a ratos. (Creo que mi papá nunca superó su amor adolescente por ella y ahora trata de reproducirla en el maniquí). Lo malo es que mi mamá no puede bailar con él porque lo necesita para que le mueva los pies.
Le he preguntado a mi papi si mi mami es realmente un maniquí. Está tan viva que parece más bien un títere. Pero nunca he podido ver los hilitos sosteniendo las piernas y los brazos, es como si él la manejara a través de finos cordeles invisibles.
El verdadero problema es mi hermano. Es mitad humano y mitad títere. Su lado títere es peligroso porque mi papá es un poco malvado y en ocasiones lo emplea para hacer las cosas malas que él no quiere hacer con sus propias manos. Digamos que ése es el lado asesino de mi hermano.
Sin embargo, el que más me asusta es el lado humano. No hace más que llorar y pedirme que lo ayude.
Yo todavía no sé qué soy yo, así que le he prometido consolarlo tan pronto lo averigüe. Pero, como me da miedo verme en el espejo, cada vez que trato de hacerlo me acobardo al último minuto y corro a esconderme en el armario.
Papi dice que no hay que saber demasiado. Que hay misterios que no fueron diseñados para poder explicarse.
Cuando me pongo la camisa con los cordeles que él sostiene me dice que está muy orgulloso de mí.
Desperdicios del andén
A mi alter ego
Yo tengo un problema con el suicidio. Y es que no tengo las bolas para suicidarme.
Yo creo que ése es el problema de mucha gente, ¿no te parece?
Sí. Una lástima, ¿no?
* * *
Ana García Julio. Caracas, 1981. Ha publicado Cancelado por lluvia (2005)
Astilla
Nuestro hermoso niño se tragó una astilla de vidrio. Procuramos ignorar sus lamentos, pero se fue poniendo azul como el miedo. Sus manos aleteaban, su voz era un líquido muy fino huyendo a borbotones de un frasco roto. Probamos con rezos, con flores de Bach, con encogimientos de hombros, con buenas intenciones, con dulzura, con infinita paciencia, con silencio. Pero la astilla siguió haciendo lo suyo, los lamentos siguieron aflorando.
Y como nunca antes habíamos tenido un niño tan hermoso y nos desesperaba la idea de perderlo, corrimos a su lado y lo agitamos. ¡Oh, se puso entonces más azul que el miedo, más azul e inquieto que un azulejo! Clamando vida, lo alzamos por el gaznate torpes brujos tribales y, sin darnos cuenta, lo asfixiamos.
Pollito (Imitador sin pedigrí del ruiseñor de Wilde)
Encontré un pollito en una bolsa de plástico. Estaba vivo, pero no tenía patas. Así no sirve, murmuré, decepcionada en mi afán de perfección. Empero, alguien me sugirió que no lo menospreciara: Nunca se sabe Con los años y algo de empeño podría devenir en atleta paralímpico.
No tuve que esperar tanto. Al cabo de un par de horas, me picó la curiosidad y fui a mirar otra vez dentro de la bolsa: el pollito no se movía. Tumbado de lado en su blanco nido de polietileno exhibía el costado ensangrentado, como si se hubiera hecho el harakiri con el pico. Con mi pluma mojada en esa tinta exquisita escribo estas líneas.
* * *
Daniela Jaimes-Borges (Caracas, 1981)
Desde la platea
Para que el sombrero pudiese penetrar en mi testa, decidieron cortarme las dos orejas ( ) Me sorprendió que tan lejos como era posible de un hospital, me fueran a arrancadas con un bisturí que convertía al rasgar la carne en seda.
Invocación para desorejarse, José Lezama Lima
Mis manos son perfectas. Una tiene tres dedos y la otra sólo dos. Cuando las tengo en mi pecho, descansando sobre mí, no dejan de aparecer sólo dos de ellos, en lugar de cinco. Cuando me doy cuenta de eso, trato de abrir ambas manos con cuidado, porque tienden a doler, y constato que no me falta nada, que siguen siendo tres dedos en una y dos en la otra. Sólo han estado escondiéndose de algo, rehuyéndole a los otros dedos, a los de la otra mano, la enemiga. Los dedos que quedan asomados son una suerte de capitanes-vigilantes. Los observo a cada rato, los cuento y los mimo, a veces los lamo porque sólo así sé que no han enflaquecido y yo los necesito fuertes.
Mi mano derecha es la que más se queja: tiene sólo pulgar e índice, y el trabajo que tienen que hacer a diario los ha condenado a una suerte de acompasamiento. La mano izquierda es más pretenciosa: se jacta de tener un dedo más y de que esos tres (índice, pulgar y meñique) se acoplen de manera tan perfecta al teclado de la computadora, que el medio y el anular sean ridículamente prescindibles. ¡Que mano tan vanidosa!
Hoy me pregunto, casi como una conclusión, qué sería de mis manos si les cortara un dedo más a cada una. A la izquierda la dejaría sin uno para que tenga sólo dos y deje de ser tan presumida, y a la derecha le cortaría el pulgar, para ver cómo se recompone ante las circunstancias.
Voy a la cocina por un cuchillo: a mi regreso me sentaré, como buena espectadora, a mirar cómo culmina esa tensión tan dramática.
Domingo 23
Aún no se habían llevado a mamá. Cerré la puerta de su habitación y corrí hacia la mía, apurada. Desempolvé mi ropa. La tendí en la cama para escoger la apropiada. Mi selección necesitaba un alfiler, pero ya el costurero de mi madre estaba vacío o lleno de algo que no quise mirar.
Salí a la tienda, hacía frío y olvidé abrigarme. La gente de siempre, a la que saludaba, me miraba. Me miraba, siempre. Le pregunté a un par de ellos por qué me veían así, pero ninguno respondió. Llegué a la tienda. Me obsequiaron el alfiler. Al ir de vuelta a mi casa dudé del lugar donde me encontraba. No lo reconocía. Temblé. No sé si por el frío.
Los mismos, esa gente, a los que había visto minutos antes, apenas mostraban sus ojos. Ahora estaban llenos de un polvo gris y negro. Sus bocas, sus manos, sus dientes, sus pasos... y jugaban jugaban con un polvo gris, como si de nieve se tratara. Quise incorporarme al juego pero nadie me lo permitió.
Ya en casa, en el cuarto de mi madre, estaban por llevársela. Logré cambiarme de ropa, coloqué el alfiler y me miré en el espejo; fue entonces cuando reconocí el mismo polvo gris y negro, sobre mí. Eran cenizas. Antes del funeral, mi madre se había convertido en una lluvia muy triste.
* * *
Mario Morenza. Caracas, 1982. Ha publicado: Pasillos de mi memoria ajena (2007) y La senda de los diálogos perdidos (2008)
Delirios de poder G-6
A pocos días de culminar el liceo, empecé a darme cuenta de un extraño fenómeno que ocurría con frecuencia a mi alrededor, los niños de uno, dos, tres, cinco, seis años, siempre se me quedaban mirando con insólita reverencia. Esta actitud colectiva en los infantes se repitió día a día hasta hoy, sin importar el lugar ni el clima ni las circunstancias de los avistamientos a mi persona. Yo sólo me he limitado a sonreírles y devolverles con simpatía su gesto. Ahora, cuando estoy a punto de recibir mi diploma de Licenciado en Ciencias Políticas y de cumplir un año de mi inscripción en el partido, he comprendido que la mirada perpleja que me han dedicado los niños de Caracas durante tres décadas se ha debido a que ellos, con una sabiduría natural y pura, de seguro heredada en los genes familiares, reconocen en mí a su futuro líder. Haré un voto de silencio hasta ser proclamado presidente.
Pulusa A-6
Pulusa es contador. Fue un maniático de su automóvil. Alcohólico. Ex alcohólico una docena de veces. Fundó la Sociedad por la Dignidad de los Mendigos de Coche (Sodimenco) que, por falta de presupuesto y apoyo estatal, nunca prosperó y tan sólo llegó a organizar una verbena para recaudar fondos destinados a la construcción de una casa hogar para Los caballeros de la noche Etílica, tal como Pulusa, en su derecho de palabra, denominó a los mendigos en la única reunión de condominios a la que asistió. La administración Alfredo Troconis quiso hacerse de sus servicios por las conocidas dotes de contador (y genio matemático), oferta que, sensatamente, rechazó, por la imposibilidad de cuadrar las cuentas sumidas en un irreversible caos financiero. Pulusa tuvo un carro, un deportivo de dos puertas, un Plymouth. Era blanco. Pulusa, en esos éxtasis que lo atacaban de noche en noche cuando los niveles de alcohol controlaban las trincheras de sus emociones, decidió bautizarlo como El Colmillo indomable. Lo lavaba y pulía a diario, hasta dos veces: un despliegue de obsesión compulsiva que no sólo se quedaba en el jabón y el encerado. Cuando ya todos conocían el alias del mejor amigo de Pulusa, le gritaban cuando lo veían salir de la Letra A con el tobito y los materiales de limpieza: ¡Pulusa, ya está bueno, le vas a arrancar el esmalte a tu colmillo! Pulusa, en un comportamiento de sobreprotección paterna, verificaba el funcionamiento de la alarma de dos a tres veces. Pero, una tarde de octubre, el celo que le rendía a su Plymouth, casi una prolongación de él mismo, desapareció tal como el lote de multas por conducir ebrio: Pulusa prestó su Colmillo indomable y jamás volvió a saber de él. Estaba en el nivel Everest del alcoholismo. En ese estado es capaz de confiarle su alma a Dorángel Vargas. Y le da por perseguir, con cuchillo en mano, a los muchachos que beben los viernes en el estacionamiento, hasta cansarse de ser toreado y burlado.
A veces, en las madrugadas, con linterna encendida en mano, busca su Colmillo en el estacionamiento. En la otra mano la alarma. Sonido y luz. Los dos fenómenos que más rápido viajan en cada una de sus palmas. El ruido. Los silencio fóbico. El haz de luz posándose algunos segundos en las placas de los automóviles, es una escena que me provoca un Déjà Vu Light.
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Carlos Javier Díaz. Maracaibo, 1984.
http://www.vozdelviento.blogspot.com
Baila, baila, baila
Bailo con dos, una desnuda y otra velada. La una de piel azul manchada de pintura de cielo, la otra con plumas secretas entre las telas. Bailo en ellas en el borde del precipicio. Y primero bailaba con la otra, en ese precipicio, sin miedo a la caída. Pero la una, que veía el baile desde un lugar seguro, quiso entrar al juego. Y bailamos: la una y un cuervo en su hombro, la otra con una promesa en su pecho; y yo: espiralado.
Luego de poco tiempo de bailar quedamos como quedamos: la una desnuda me halaba hacia el precipicio sonriente, la otra velada me alaba hacia la colina segura; la una desnuda me decía que todo estaría bien en la nada, la otra velada se mantenía callada con su mirada angustiada; la una me invitaba a la negrura, la otra me invitaba a descansar.
Mi decisión fue influenciada por las cosas que sucedieron luego. Halado por las dos, y alado por mí mismo, cerré los ojos y los abrí. Así se vio detrás de la una desnuda y detrás de la otra velada: con la una me esperaban las nubes y nieblas indescifrables e indecibles, con la otra me esperaba, ahora que la veo, una puerta enorme. Entonces decidí.
Indecisión
Cuando finalmente decidió que valía la pena dar la vida por ella, era demasiado tarde.
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