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Redención: Encuentro en Oporto 

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Disculpen la extensión, la misteriosa circunstancia así lo amerita.

 

Unas horas después de la publicación de EL ODIO recibí un curioso e-mail: Don Marcelino García me invitaba a su casa de Oporto. Aquel correo brindó, en descripción minimalista, apuntes incompletos sobre el destino de mi “suegro” de infancia. Don Marcelino expuso las condiciones de su exilio; supe, por ejemplo, que hacía más de dos años —vencida por el cáncer— había fallecido la señora Elena; también citó nombres de olvidados comunes y, finalmente, me invitó a una cena de navidad en su residencia a orillas del Douro. «Gracias a ReLectura encontré tu dirección. Sucedió algo extraño, Lautaro. Me gustaría contarte una historia sobre Cristina», dijo finalmente.

Tras EL ODIO, había decidido empeñarme en mi renuncia. Sin embargo, aquel e-mail sencillo, leído en ayunas, provocó la bulimia de la memoria. Las palabras del viejo Marcelino me hicieron padecer el síndrome de Lázaro.

NOTAS SOBRE CRISTINA

Cristina García Alves había sido mi “novia” de escuela. Haciendo cálculos imprecisos intuyo que nos conocimos cuando yo tenía seis y ella, probablemente, cuatro. Mi primer recuerdo de Cris es una mancha difusa en la que lo único permanente es el fondo: el edificio de Los Chaguaramos. Nuestro afamado romance infantil sólo fue una ficción inventada por nuestros padres. Los Sanz Plaza y los García Alves eran amigos/vecinos de la calle Zuloaga. Ellos fueron los encargados de pactar nuestro compromiso. En tertulias domingueras, entre cafés y cachitos de la panadería Codazzi, se dedicaron a inventarnos un futuro común. Cris y yo, sin proponérnoslo, frustramos la expectativa familiar. Nuestra inocente vecindad devino en una especie de hermandad sin incesto. Nunca fuimos novios, nunca —ni de adolescentes ni de adultos— existió entre nosotros algún tipo de tensión erótica. Las familias tardaron mucho tiempo en asumir que la empresa conyugal había fracasado.

Cristina García Alves fue mi amiga más cercana. Además del edificio y el piso (7A / 7C), también compartimos colegio, salón de clases, mención humanística, curso propedéutico y universidad —Cris decidió estudiar Historia en la UCV y yo, sin saber qué hacer, me preinscribí en algo que se llamaba Escuela de Letras—; le presenté al primer imbécil que la besó y, años más tarde, censuré la idiotez del oriental que se llevó su virginidad en un carnaval con tormenta. Luego, por manías del azar, dimos clases en el mismo colegio. Trabajamos juntos por más de tres años. El fin, sin embargo, habría de llegar a su manera. Caracas, como siempre, tenía algo que decir: una noche de junio de los primeros dosmiles, en la autopista Francisco Fajardo —a la altura del CCCT— Cristina fue asesinada por un borracho.

OPORTO/ALTAMIRA

Aeropuerto Francisco Sa Carneiro. La compañía Ryan Air asume que el viajero pobre debe ser agasajado por payasos: el vuelo eterno fue amenizado por azafatas cantarinas, rifas y verbenas que hacían inútil cualquier intento de sueño. Toqué tierra al mediodía. El cielo portugués, sin Ávila de telón, me recordó los cielos de Altamira. El e-mail de Marcelino, a pesar de su brevedad, le abrió un tajo a la memoria: Caracas La Vieja, la de comienzos de siglo, mostró algunos fragmentos de la avenida Luis Roche. Con algunos colegas del colegio cenamos en el restaurant Mamma Nostra. Cris se fue temprano, dijo que tenía muchos exámenes que corregir. Se suponía, como era habitual, que ella me daría la cola; sin embargo, la inmadurez de mi lascivia se empeñó —tras los ojos azules de una maestra de primaria— en salvarme la vida. Nos despedimos con la convicción de que la mañana siguiente sería igual a todas las mañanas del mundo. A la medianoche me despertaron los gritos de la señora Elena. El piso siete se convirtió en cadalso. Recuerdo cuando, sin voz ni aliento, el señor Marcelino le pidió a mi papá que, por favor, lo acompañara a la morgue. Días después la prensa, con su morbo habitual —confundiendo literatura gótica con periodismo— describió la noticia: en los alrededores del CCCT un borracho saltó la baranda y se clavó de frente contra el viejo Sierra.

Los García Alves se mudaron al año siguiente. Marcelino no volvió a hablar con nadie. La señora Elena le dijo a mis viejos —la última vez que conversaron— que estaban haciendo las diligencias necesarias para regresar a Portugal. No volví a saber de ellos hasta que el viejo García me encontró en los espacios de ReLectura y, extrañamente, me invitó a comer hallacas en Oporto.

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LO QUE DIJO MARCELINO (I)

«Yo debería estar muerto —dijo Marcelino García—. Mi corazón, según me informaron los médicos, carece de fuerza. Me diagnosticaron una insuficiencia crítica e irreversible. Sucedió hace un mes: durante dos minutos, cuentan que morí. Regresé al mundo tras una invasiva explosión en el pecho. Días más tarde me recomendaron tratamientos odiosos. No seguí ninguno. Además de ser muy costosos, ese coctel de medicinas y gimnasia exige una disciplina aséptica que no tengo. Simplemente, decidí esperar».

La casa de Marcelino se encontraba en una pendiente empedrada, detrás de los depósitos de Sandeman, en la localidad portuaria de Vila Nova de Gaia. Me costó reconocerlo, se había convertido en un espectro escuálido y artrítico. La casa era pequeña y excesivamente limpia. Los García Alves —como buena familia matriarcal portuguesa— siempre fueron fetichistas con respecto al Ajax, el Bold 3 y toda la caterva de legendarios detergentes. Me recibió en un pequeño patio con vista al mar. Allí, en principio, me agasajó con deliciosas pastas secas y un epifánico pan de jamón.

«Tengo que contarte algo extraño, algo que podrás creer o, quizás, atribuir a mi falta de juicio. No quiero ser un viejo sensiblero; no pretendo enternecerte con anécdotas inventadas o incomodarte con los achaques de mi senilidad. Sí, es verdad, quiero hablarte de Cristina. Sin embargo, no te hablaré de las cosas que sucedieron o de las que pudieron suceder. Por extraño que pueda parecer te hablaré del porvenir. —El agua hirvió, el viejo se levantó y lanzó dentro de la olla cuatro hallacas. La sombría levedad de sus palabras, a pesar de mi escepticismo militante, me hizo sentir un estremecimiento—. Te contaré lo que me ocurrió en la sala de emergencias del Hospital Santa Luzia de Elvas cuando, por minutos, abandoné este mundo. Honestamente, siempre me pareció engañoso el cuentico del túnel y la luz blanca. La verdad, Lautaro, es que no vi ni sentí nada. Si me preguntas qué se siente al morir te diría, sencillamente, que es como quedarse dormido viendo un partido malo. Sin embargo, antes del corrientazo que me reencauchó el alma, algo ocurrió. —Marcelino García dio un sorbo a su copa de vino—. Encontré a Cristina y hablé con ella. Si te invité hoy a mi casa es sólo porque ella me lo pidió».

RECUERDOS (I)

La memoria es infiel y promiscua; el tiempo es implacable. Cristina se borró. La voluntad cedió y ella, sencillamente, desapareció de mi historia. Me acostumbré a prescindir de sus embrollos existenciales, de su complejo por la estatura, de sus dietas inconstantes y su sonrisa dental. Su ausencia, a mi pesar, pasó a ser algo cotidiano. La entrevista con Marcelino, en psicología paralela, me permitió enumerar una serie de recuerdos afables: una vez —cuando éramos estudiantes de la UCV— me contó que en el pasillo de Derecho había un acupunturista literario llamado Umberto quien se dedicaba a prescribir novelas ansiolíticas a los enfermos de melancolía. Umberto, esta especie de literato internista, luego de palpar ganglios, auscultar pechos, tomar la temperatura y examinar la coloración de las amígdalas solía escribir títulos facultativos en un récipe con su nombre. “Kafka, Cartas a Milena, Alianza, dos horas diarias”, habría recetado, por ejemplo, a un amigo común. Según Cristina, acostumbraban visitarlo todos aquellos abatidos por algún desamor o los que padecían alguna cepa de existencial laberintitis. ¡Qué recuerdo tan nulo!, me dije. Vainas de la memoria.

LO QUE DIJO MARCELINO (II)

«Sí, Lautaro, lo sé. Lo que digo puede parecer ridículo, incluso cursi pero, realmente, me sucedió. A fin de cuentas —realidad o sueño— después de mucho tiempo, pude hacer las paces con Cristina. Aunque estuve muerto sólo dos minutos conversamos por horas. Aparentemente, en el más allá, los husos horarios no dependen de Greenwich. Cristina me dijo muchas cosas, cosas personales, asuntos que callaré. No te invité a mi casa para contarte mis fracasos y remordimientos. Lo que quería decirte es que, tras la explosión del pecho, antes de que el corazón improvisara nuevos pálpitos, Cristina me habló de ti. —Marcelino hizo una pausa de tos; tras el dilatado carrasposo continuó—: Viejo, dile por favor a Lautaro que, sin derecho a réplica, revoco su renuncia».

RECUERDOS (II)

ImageOtro recuerdo inútil: cuando, en tercero o cuarto grado, la maestra preguntó qué queríamos ser cuando fuéramos grandes supe que Cristina estaba loca; dijo que quería ir a la universidad y estudiar Historia. Siempre fue una niña excesivamente rara y peculiar. Años más tarde, su afición infantil encontró un estimulante fetiche: Historia Universal de octavo grado; Áureo Yépez Castillo. Aquel ladrillo ocre —mil veces editado por la editorial Larense— se convirtió en su lectura predilecta. Cris era una enferma: se aprendía todos aquellos esquemas de memoria y, luego, para humillar a los ignorantes, los recitaba al caletre. Con el paso del tiempo, su obsesión adolescente se transformó en chiste, en burla amiguera. En ocasiones, cuando se ponía intensa, me gustaba agobiarla con comentarios soeces. Con esa rara/burda fascinación que el discurso sexual encuentra en la tertulia caraqueña, me gustaba dramatizar sobre sus fantasías eróticas con Yépez Castillo; le decía que Historia Universal de octavo era su revista porno más explícita; que, seguramente, las páginas correspondientes a la Revolución Francesa tenían textura de pegoste. «¡Qué ladilla contigo, Lauty, eres un maldito enfermo!», solía decirme mientras embuchaba sus primeras cervezas. Tiempo después, la universidad hizo que Cris se distanciara del ídolo. Los cuadritos azules del maestro, repentinamente, pasaron a ser insuficientes; el egoísmo de los cuestionarios melló la relación; historiadores foráneos, en su mayoría de apellidos franceses, excitaron la vanidad de su intelecto promiscuo. La separación, sin embargo, fue firmada en términos amistosos. Cristina siempre dijo —incluso lo repetía ante sus alumnos de cuarto año— que su curiosidad por la Historia le debía mucho a aquel librito amarillo. Ayudé al viejo Marcelino a servir las hallacas y la ensalada de gallina. Los recuerdos no son más que un sublime inventario de pendejadas.

LO QUE DIJO MARCELINO (III)

«Recordar ya no es lo que era. La tecnología ha hecho del recuerdo una burda reliquia. —Pausa; vino; palabra—. No sabría decir de dónde soy, es complicado. Yo nací en un pueblo de Extremadura, un caserío sin nombre; viví toda mi vida en Caracas y moriré en Oporto, la tierra de mi esposa. España ni siquiera es un recuerdo, es el país de mis hermanos mayores, es sólo el nombre de un barco. Mis primeros recuerdos tienen olor a mar: La Guaira, miedo, sensación de paso. Durante toda mi vida eché de menos un pasado ficticio, un mar Mediterráneo inventado. Mi único Mediterráneo, a fin de cuentas, siempre fue el Caribe. No supe ser más que un hombre infeliz; un europeo en Tierra Caliente que siempre tuvo el afán de regresar a una patria falsa, a un hueco en el tiempo. Me inventé recuerdos de cosas que nunca me sucedieron pero que eran patrimonio de todos los españoles y portugueses que llegaron a América; mis experiencias, en su mayoría, fueron ajenas. —Silencio acompañado de brisa—. Antes, en mis tiempos, el recuerdo tenía la fascinación de la duda; la evocación tenía una atmósfera fantástica. Ahora, por el contrario, todo es demasiado obvio, todo se ve, todo se sabe, todo se conoce. La llegada del cartero ya no genera ansiedad y las noticias felices se pierden en la fugacidad de lo inmediato. La tecnología ha vulgarizado el romanticismo de la correspondencia. Ahora, después de viejo, me ha dado por leer; nunca fui un lector consecuente como Cristina, sólo leo lo que me llama la atención. He perdido mi tiempo, mi último tiempo, con la historia interminable de un hombre llamado Marcel Proust. La búsqueda de ese infeliz me ha permitido hacer un balance general sobre mi vida y, la verdad, Lautaro, confieso que he mal vivido. Quién sabe, puede que el cáncer, a pesar de lo que digan los médicos, sea una enfermedad contagiosa. Creo que mi malestar existencial fue lo que mató a Elena. Mi indolencia fue el detonante de su metástasis. —Silencio largo, sorbo de vino—. No sé, Lautaro, la vida es… —Ataque leve de tos. Vino. Sonrisa resignada—: Si Proust hubiera tenido Facebook le habría resultado más fácil encontrar el tiempo pero, sin duda, habría sacrificado la belleza».

RECUERDOS (III)

Sucedió en Cachapas Santa Mónica. Ahí estaba, dos mesas detrás de nosotros: Áureo Yépez Castillo. «¿Es él?», preguntó Cris. «Sí, de bolas que es él, es el carajo de la foto». El historiador se comía una cachapa de queso telita con pernil; se tomaba un papelón con limón y miraba al infinito —un infinito ingratamente tapado por las paredes amorfas de la Clínica Cemo—. Cris se puso muy nerviosa. No sabíamos qué hacer. «Vete ya a mi casa y búscate el libro de octavo, quiero pedirle un autógrafo». «¡Co!, Cris, qué ladilla, pídeselo en una servilleta». «¡Lautaro, coño, ve!», ordenó. No me quedó más remedio que correr hasta Los Chaguaramos. Cuando regresé al restaurante Yépez Castillo había terminado su cachapa, había pedido un café y algo molesto parecía reclamarle al mesonero la acidez de una torta tres leches. Cristina apretó el libro contra su pecho. Se levantó, agarró aire y caminó hasta la mesa del maestro. Yo permanecí sentado. Había ruido. Fue difícil escuchar. «¿Usted es Áureo Yépez Castillo?». El viejo se puso pálido, probablemente pensó que querían robarlo. Cristina le mostró el libro ocre y, con una sonrisa, le pidió un autógrafo. Cris le dijo otras cosas que no logré escuchar. Yépez Castillo, entonces, miró hacia nuestra mesa y me saludó con una reverencia. Alcé la mano derecha y, forzosamente, sonreí. El maestro anotó algo en las primeras páginas y le devolvió el libro. Se despidieron con un beso en la mejilla. Alegando que era un asunto personal nunca me dejó leer aquella dedicatoria.

LO QUE DIJO MARCELINO (IV)

«Todo está en la memoria. Uno, finalmente, no pertenece a una cosa tan abstracta e insignificante como un país, ni siquiera a una ciudad. La vida, supongo, se construye en tu calle, en la ventana de tu casa o tropezando en el mercado con las personas de siempre; quizás la idiosincrasia no sea más que una cuestión de esquinas y paradas de autobús. Yo, por ejemplo, no sabría decir si soy venezolano o portugués, mucho menos español, ni siquiera soy caraqueño. Lo que sí puedo decirte y lo que realmente siento es que soy de Los Chaguaramos. En el fondo, no soy más que un ciudadano de la Avenida Las Ciencias. Mi encuentro con Cristina me ha hecho pensar que el sobrevalorado más allá está, verdaderamente, más acá, en todo lo que hemos sido. Porque, ¿Qué es un hombre viejo, Lautaro? Al final —reales o ficticios—, lo único que te queda  son los recuerdos. Yo no sé si volveré a encontrarme con Elena, con Cristina, con mi hermano Agustín o con el viejo Guillermo Sanz pero creo que estaría conforme con el destino si la muerte se pareciera a una mañana de domingo en la panadería Codazzi».

LAS BRISAS DEL DOURO

ImageConversamos hasta la medianoche. «Por cierto, tengo algo para ti; puedes tomarlo como un regalo de navidad», dijo Marcelino al despedirnos. Caminó torpemente hasta un arbolito de fieltro y tomó el único paquete. «El año pasado estuve en Venezuela, vendí el apartamento de Las Acacias, regalé todas las cosas de Cristina; sin embargo, creo que esto es tuyo o, por lo que parece, algo compartido. Decidí guardarlo por si, alguna vez, volvía a saber de ti». Puso en mis manos un rectángulo envuelto en papel de muñequitos. Lo rasgué por la parte de abajo e, inmediatamente, leí “Editorial Larense”. Maldita sea, me dije. Aparecieron, entonces, en el borde derecho las imágenes de J.F.K, Colón y Pericles. Di las gracias en voz baja. El viejo Marcelino me acompañó hasta la puerta. Nos dimos la mano con discreta distancia. Imaginamos el abrazo, un abrazo imposibilitado por las formas, por el machismo inherente y una noción digna pero caducada del respeto. Caminé hasta las aceras del río con el regalo abierto a medias. Terminé de arrancar el papel sentado en un banco de madera. La primera página estaba marcada por una hoja suelta, un papel amarillo-tiempo que en el borde superior decía, en caracteres Verdana: Umberto, internista literario. La receta, ante un severo cuadro de desamor añejo e infantil, indicaba la lectura obligatoria del Paraíso Clausurado de Pedro Ángel Palou dos veces al día y, por las noches, antes de dormir, Ilona llega con la lluvia de Álvaro Mutis. Me costó dar con la dedicatoria, estaba en la segunda página escrita en bolígrafo azul: A Cristina García Alves y a su leal escudero Lautaro… Con cariño y gratitud por tus amables palabras. Áureo Yépez Castillo.

Eran las once y veintidós del quince de diciembre de 2009. Las brisas heladas del Douro me destruían los cornetes. Caminé hasta el puente Luiz I y me apoyé en la baranda. Releí la dedicatoria, recordé el mensaje trashumante de Cris y, tras un aciago debate interno, decidí aceptar su encomienda. Al igual que el hombre agobiado del lienzo de Munch tapé mis oídos y, silbando una oración avergonzada, lloré como un carajito.

A los pacientes, contados y constantes lectores de LOS DESTERRADOS…

Nos vemos en el 10.

 

Lautaro Sanz

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comentarios (2) >> feed
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escrito por M.Inés, diciembre 17, 2009

Por casualidad me senté en la compu a leerte con un trozo de pan de jamón de la panadería Codazzi. ¿Sabías que uno de los dueños viene todas las navidades desde Portugal solamente a hacer el pan de jamón?... Al menos es lo que me han contado.

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escrito por mariana ereipa, diciembre 18, 2009

Lautaro...una lagrima salada caminó por mi rostro, lentamente cayó en mi pecho desnudo y sin más se unió con la leche dulce que brota de mi para Manuela, una caraqueñita de unos 40 días... tu crónica ha sido una caricia para ambas... Escribir es vivir!!!!, saludos, Mariana.

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