Guía del lector
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Este mes, los autores responden a la pregunta sobre cuál es el final narrativo más impactante que recuerdan. Siempre resulta muy difícil escoger uno entre tantísimos. Esto siempre depende de quién somos o estamos siendo en el momento en que se nos hace la pregunta. Se me hace más difícil por lo de impactante, porque los libros que más me impresionan, o conmueven o que han cambiado mi vida, no son impactantes (palabra que nos llega del periodismo, con sus primeras planas de impacto). ¿Querían decir con esto el más sorprendente? Es decir, revisar nuestras lecturas centrándonos exclusivamente en el suspenso? O entran otros valores como la belleza y las emociones donde toda la trama se condensa. Bien: Pienso en El Proceso de Kafka (¡Como un perro!, dijo; fue como si la vergüenza debiera sobrevivirlo). Pero pienso a la vez en La dama del perrito de Chejov (tan ruso, que no sabes si echarte a llorar o respirar aliviado) pero también recuerdo el final del Quijote, que quizá sea el más hermoso de todos los finales junto al de Los hermanos Karamazov (aunque ninguno de estos dos son tan impactantes como los dos anteriores). El final de Pálido Fuego, de Vladimir Nabokov, sin casi ninguna duda. Nabokov logra construir una novela de intriga exquisita, elegante, formalmente maravillosa, haciéndonos saber desde bastante temprano dos cosas: que el poeta John Shade ha sido asesinado y que su asesino está en camino a ese destino. Durante la historia (en la que su supuesto crítico y vecino, Charles Kimbote, ejecuta una delirante exégesis del poema póstumo de Shade), descubrimos una historia paralela: la caída del maravilloso reino de Zembla y su rey que, según Kimbote, es el verdadero motivo de inspiración del texto. Todas las piezas del rompecabezas están colocadas y el final es, formalmente, predecible. Aún así, corremos a su encuentro entre páginas boscosas, sostenemos la respiración, presentimos un golpe, una sombra, aunque sepamos que sólo veremos el vuelo de los pájaros que se levantan de un modesto jardincito de un remoto rincón imaginario de los Apalaches o la forma de algo parecido a un melocotón abandonado sobre la grama. Que un final logre producir eso es, a mi juicio, una proeza enorme. No me atrevería a asegurar que haya sido el más impactante final de cuantos he leído, pero con seguridad, sí, uno de los inolvidables. Me refiero a las líneas finales de la novela breve El coronel no tiene quien le escriba, de Gabriel García Márquez: La mujer se desesperó. Y mientras tanto qué comemos, preguntó, y agarró al coronel por el cuello de la franela. Lo sacudió con energía. Dime, qué comemos. El coronel necesitó setenta y cinco años los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder: Mierda. El final que más me ha impactado al punto de incidir positivamente en mi vocación literaria fue el de La noche boca arriba de Julio Cortázar. Me mostró que la imaginación carece de límites espacio-temporales y, por ende, la escritura también. Para mí, impactante tiene que ver con la huella que deje en mi memoria algo. Es decir, no es asombro, es sabor. Y, gracias a esta pregunta, me descubro más afecta a los finales que a los comienzos. Inevitablemente, el final de Cien años de soledad por lo que comenté en la pasada encuesta. Igualmente el final de Crónicas abisinias de Moses Isegawa (El párrafo final es una maravilla, donde hay cosas mejores que las dos últimas oraciones que copio: Para los abisinios siempre ha sido un trabajo hercúleo conseguir meter un pie, pero una vez dentro no había modo de echarlos. Yo estaba dentro). El final de El bosque de la noche de Barnes y de Hermosos y malditos de Scott Fitzgerald que, a pesar de ser considerada una obra menor, está en el lugar de mis afectos como muchas novelas norteamericanas de comienzos del siglo XX. De los cuentos, La cucaracha de Circe de Cortázar, al igual que Las puertas del cielo y La señorita Cora lecturas de adolescencia y El borrador de Federico Vegas no por sus vínculos con Relectura sino porque aún puedo sostener lo que escribí sobre ese conjunto de cuentos que revolotean en mi memoria y, en especial, ése que trata de la relación de un nieto con su abuelo. Cierro con el final de la novela El bosque de los elegidos de José Napoleón Oropeza, en el que Diane Arbus es el centro de la narración, novela que para mí debe formar parte del canon de la narrativa nacional. Copio parte del párrafo final: Una vez existió allí mismo un campo de trigos o girasoles con los que, tercos y obstinados, Diana y los niños golpearon las rocas. Un corazón raído por la música. Noche. Sol. Pero ya ni siquiera se molestó en abrir los ojos para seguir jugando. Los ojos que la habían hecho solitaria y muda ya no convocarían otras pasiones. Allí donde ahora vive no hace falta algo diferente a contemplar el viento desgajando restos de árboles, borrando pedazos de cielo. Creo, con temor de que la memoria me traicione, que el final de El hijo de Horacio Quiroga. Fedosy Santaella Creo que uno de los finales de cuentos más memorables que he leído, o por lo menos el primero que me viene a la memoria, es el de Nadie encendía las lámparas de Felisberto Hernández. Luego de que nuestro narrador nos ha estado contando el delirante estado de extrañamiento en que se encuentra en aquella casa donde algo parece fraguarse en torno a él, llegamos a este final que en pocas palabras resuelve todo el misterio, y que apunta: Los invitados empezaron a irse. Y los que quedamos hablábamos en voz cada vez más baja a medida que la luz se iba. Nadie encendía las lámparas. Yo me iba entre los últimos, tropezando con los muebles, cuando la sobrina me detuvo: Tengo que hacerle un encargo. Pero no me dijo nada: recostó la cabeza en la pared del zaguán y me tomó la manga del saco. Federico Pacanins En cuanto a finales impactantes, qué decir de una línea última apresada por la memoria, por efecto de la lectura: De El bonche, de Renato Rodríguez, aquello de Se acabó el bonche. Se me van todos pal carajo. Leopoldo Tablante Quizás suene pedante o poco honesto decir que el final de novela que más me ha impresionado es el del Ulises de James Joyce. No tiene nada que ver con que en todo momento yo haya disfrutado ese libro. En realidad lo leí sin más guía que mis ganas de terminarlo y la mayoría de las veces no comprendí las sutilezas de los pasajes, con lo cual muchas veces el placer se me convirtió en extravío. Sin embargo, puesto que lo críptico de la novela deja un amplio margen para la especulación y, en ese sentido, para que el lector articule su propia interpretación, me gusta pensar que el Ulises es la confrontación de dos sensibilidades: la masculina de Leopold Bloom y la femenina de su esposa Molly. Después de que durante casi la totalidad del libro las andanzas de Leopold por Dublín están inspiradas por una especie de impulso para encontrar sentidos (sexuales o políticos, los dos íntimamente entrelazados), Molly sorprende en duermevela al final cuando su esposo vuelve borracho y aturdido a casa con un monólogo que convierte el itinerario urbano y mental de su esposo en mero azar. Me conmovió un pasaje en el que ella recuerda retazos de su romance con Leopold, particularmente el momento en el que él le propone matrimonio. La respuesta de Molly es entre desesperada y ambigua: una especie de impulso animal la obliga a decir que sí mientras que cierto extraño conformismo (social o íntimo) la impele a aceptar a Leopold a pesar de que su pretendiente pueda ser cualquier otro hombre. El amor no irrumpe como un encuentro pasional (a mi modo de ver la gran expectativa de Leopold a lo largo de su periplo por Dublín), sino que se consuma como proceso. En fin, cada personaje cuenta una versión de su cotidianidad íntima desde los puntos de referencia de sus propias condiciones y sensibilidades. Ambas sensibilidades son pertinentes y compatibles. En realidad, ahora que lo pienso, prefiero los finales a los comienzos. Los comienzos tienen un no sé qué efectista que a menudo no encuentran resolución a lo largo de un proyecto literario. No obstante, los finales, cuando son buenos, son el acto de conciencia de un proceso de aprendizaje. Creo que mi experiencia con el Ulises anticipó el placer que me han producido los libros que más me han enseñado o que más he disfrutado. Los más recientes de este grupo para mí La bella del señor de Albert Cohen, La mujer justa de Sándor Márai y, en el terreno de nuestras letras, Historias de la calle Lincoln de Carlos Noguera. Antonieta Madrid En este momento me vienen a la memoria los finales de Ana Karenina, de León Tolstoi; Madame Bovary, de Gustave Flaubert y Doña Bárbara de Rómulo Gallegos. El final de Otra vuelta de tuerca de Henry James. Federico Vegas Recuerdo los de El corazón de las tinieblas de Conrad y Puntos de sutura de Oscar Marcano. Pero es La dama del perrito de Chejov el final que mejor se alimenta de lo subjetivo que es todo final de un texto: ¿Cómo liberarse, en efecto, de tan insoportables tormentos? ¿Cómo? se preguntaba él cogiéndose la cabeza entre las manos. ¿Cómo? Y les parecía que pasado algún tiempo más la solución podría encontrarse. Que empezaría entonces una nueva vida maravillosa. Ambos veían, sin embargo, claramente, que el final estaba todavía muy lejos y que lo más complicado y difícil no había hecho más que empezar.
María Fernanda Palacios
Pedro Enrique Rodríguez
Eduardo Liendo
Armando José Sequera
María Antonieta Flores
Martha Durán
Sael Ibáñez
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