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Reseñas y crítica
Estancias Estancias
Estancias
De alguna manera refugiado en la docencia y la Academia y luego de su experiencia en Tráfico, y de ese libro de importancia mayor en la poesía venezolana de los años ochenta como lo fue Árbol que crece torcido, Rafael Castillo Zapata ha vuelto a la palestra de la poesía. Estoy convencido de que la palabra palestra le causaría una risa irónica a Rafael, así que la cambiaré por la calle.
Pero Castillo Zapata no ha dejado nunca de escribir: sus ensayos nos han llegado por ediciones en el Celarg y otras editoriales, y su pensamiento siempre vivo, siempre incisivo, incesante, a través de sus clases en pre-grado y postgrado en la UCV y otros parajes. Pero su poesía se mantenía apartada, por lo menos para aquellos que no estuvieran muy cercanos a su intimidad. Desde hace unos años, venía tocando las puertas de su paciencia llamándolo a publicar, a escribir, a no olvidar, aunque él quisiera, que es un poeta, que debe dejar correr las palabras de nuevo. Me respondía entre fastidiado y apenado que ya vería, que la Academia lo consume y lo reclama, etc.
Al final, por fin, ha vuelto Castillo Zapata a la calle. Estancias, tomo publicado este año por la editorial Equinoccio, ya se pasea entre nuestras librerías. Su llegada a éstas significa un acontecimiento mayor, la aparición de textos editados antes en pequeños tomitos ahora reescritos, o el nacer de textos nuevos que se suman a los viejos. El libro reúne a tres libros independientes y que se pueden leer secuencialmente a la vez: Parte de piedra, Mecánica Celeste y Providence. Todos poemas en prosa, en esa línea en la que el pensamiento lírico alcanza su mejor forma reflexiva e íntima.
Parte de piedra reúne los poemas sobre la paciencia, lo que permanece, lo que resiste en nosotros y alrededor de nosotros, lo que se sostiene a partir del silencio y de lo inmóvil, aquello que muta sin moverse. El hablante nos señala los caminos que transita a partir de su reflexión alrededor de la piedra, de su diálogo con ella y su identificación y rechazo. Es su interlocutor y también aquello que lleva adentro y habla por él. El reflexionar es como cuando Job conversa con su dios, llevado a los tiempos posteriores a Nietzsche. La piedra es espejo, algo para golpear y romperse las manos, callado, superficie densa y honda donde sostenerse: mil veces pasada por agua la piedra resplandece. También es tiempo detenido: pasado, presente y futuro se confunden. Porque no hay nadie. Porque siempre no habrá. La piedra como contraste, en lo que perdura.
Mecánica celeste es el espacio del andar, del volar de la mente y la imaginación. Habla el cielo, sus honduras, su no poder ser asido, su naturaleza de aire, de elemento gaseoso y de luz. Es el color y la velocidad lo que prevalece en este grupo de poemas, sostenido por la luz. Poesía cenital y cinética, nos traspasa por sus múltiples significados y posibilidades. Recordando a Soto y a poetas como Superville o Saint-John Perse, Castillo Zapata emprende un canto del cosmos y su inmensidad con las palabras. La sorpresa ante el instante, el momento que llega y se rescata. Vemos el transitar del día y las horas a través del cielo, en una propuesta poética que le hace la plana, postmodernismo mediante, a un Vicente Huidobro cayendo en paracaídas y palabras. Nubes, azul, agua, todo moviéndose en lo inabarcable, en el horizonte cantado y conversado. El cielo se hace lugar del sentido, aceptación de nuestra fragilidad ante los avatares de Atlas, caída, relámpago, desamparo, humildad, ventana hacia la luz que se mueve dudándose, en repliegues de mirada: Luz a ratos sosteniendo lo que ya no tiene remedio y se precipita, con pájaros y todo, en la garganta del horizonte vasto sin estrépito.
Por último, Providence. Poemas en prosa también pero de tono elegíaco, llenos de espera, anhelo, deseo, esperanza. En Providence, Castillo Zapata celebra a una ciudad que es un hombre que es una muchacha que es una ciudad. Poemas llenos de promesas, un lugar se hace tiempo y espacio detenido, en donde el mar está siempre rodeándonos como nos rodea el abismo o el inconsciente, y la ciudad es ese espacio en donde todo puede llegar a ser. La naturaleza, el bosque, los árboles, las ramas, acompañan un movimiento lleno de sensualidad, de erotismo alrededor de la ciudad, que nos seduce y nos acompaña en cada palabra: un día, en el centro del mundo, cuando todo coincida y el sol se apiade, veré los tallos de tu nombre abrirse; me saciaré en las playas de tu desnudez llena de aromas.
Tiempo, espacio y luego tiempo y espacio juntos. Tres Estancias llenas de palabras exactas, concretas, profundas, que nos remueven y nos acercan a lecturas transversales de una realidad que nos circunda, que nos rodea y nos llena.
Rafael Castillo Zapata ha salido a la calle.
Por Ricardo Ramírez
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