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Elí Galindo y la pagana evocación de su santo

Mención especial en el III Concurso de ReSeñas 2009 de ReLectura

 

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Extraña paradoja: no entró el marxismo en la Iglesia, pero sí un poeta maldito. A Baudelaire se le cayó la aureola y lo hicieron santo. Todavía no es nombrado en los sermones domingueros: asunto de pudor y tiempo. Pero ya tiene su estampita. Hay que verlo, alzando un trago de ajenjo, con su rostro alumbrado, medio estrábico, frentón, grave. En la parte de atrás, el rezo: de sus correspondencias se aferran vagabundos de callejones, bebedores de taguaras clandestinas y estudiantes de Letras incapaces de resolver un desesperado diez ante algunos excesos de rigor del dictack lingüístico dominante.

Sí. Aquí lo tenemos, el primer santo sin aureola, santo bebedor, le podría decir Joseph Roth. El autor de esta canonización ha sido otro poeta, un venezolano: Elí Galindo. San Baudelaire, impreso en 2005, es una suerte de selección antológica (no total: ojalá). Presentada por Manuel Bermúdez, Eleazar León, Luis Sutherland y Luis Alberto Crespo, esta edición de Monte Ávila recoge Las estrellas fugaces me ponen ebrio (1974, inédito hasta entonces), Los viajes del barco fantasma (1974) y Ruido de las esferas (1986).

Viaje por la poesía, con paradas en más de un puerto de imaginación, placer etílico: desde los astros hasta la tierra, pareciera sugerir Galindo, como se brinda arriba se brinda abajo, en una evocación del antiguo principio medieval; diálogo también con otro que también coquetea con migrar hacia la bohemia santidad: Omar  Khayyam, al que el mismo León homenajeó con sus rubaiyats personales (parecieran los poetas hacerse guiños hasta después de muertos: ¿y acaso no fueron pandilla?).

Levanto mi copa labrada en animales dorados/ y me dejo llevar por el vino junto a los astros, con estos versos se abren las puertas del altar alucinado donde Elí Galindo reza a “su santo”; suerte de brindis, de invitación para iniciar el banquete, esa pagana eucaristía de los sentidos alterados. Pero este libro tiene su genealogía latinoamericana en un “texto de un loco” que Galindo atribuyó a Vicente Huidobro: …y te nombro gran almirante/de mi flota del Atlántico, así es evocado el poeta de Las flores del  mal. Y si de orígenes se trata, este poemario de Galindo busca, sin complejos, dialogar con la “tradición”, con los muertos, como querría T. S. Eliot, con esa poesía del pasado que resuena en el presente, como si la escritura fuera también un ejercicio de evocación imaginativa de amadas lecturas; creación y recreación, en una esfera conformada por Dante y Orfeo, brujas y Leteo, ríos y cielos, casas y boleros, infiernos y paraísos de la urbe y el mar. Después de todo, detrás de una voz hay otras voces: palimpsesto de memoria y lecturas; y cada poeta, en su propia transmutación alquímica, hace emerger de su propio subsuelo vital las corrientes de su expresión. Asunto de fe poética, diría Ernesto Cazal, al que cierto fashion ha bautizado como “bohemio moderno”.

Uno de los más hermosos y extremos gestos de asimilación posible se puede encontrar en las últimas líneas del poema que da nombre al libro. Ya su Baudelaire no es una presencia lejana, no está el santo del spleen en las alturas del altar. Es aparición: corporificado, ha subido. Y se acerca a compartir con el fabro que lo invocó.  San Baudelaire extiende sus pardas alas/ y me cubre el viento cargado de lluvia/ y me veo cruzar las colinas/ en su compañía/ los dos cubiertos por capas negras/ él hablando del infierno/ y yo silencioso/tropezando con las rocas.  

Por Alejandro Sebastiani Verlezza

 

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