Fronteras
Los Desterrados
El odio El odio
«En realidad, hace ya tiempo que deberíamos habernos colgado. ¡Así dejaríamos de vivir en esta sordidez, aterrorizados, privados de nuestros derechos, desprovistos de toda ley, sometidos a esta miserable esclavitud, a persecuciones y burlas constantes!»
I. Bunin
«Los perros ya no eran los únicos que mostraban una actitud humana».
V. Grossman
Ya lo decía el viejo Herzog: «Si estoy como una cabra, qué le voy a hacer» (Bellow, 1964). No sé si, en mi caso, la sinrazón sea un episodio pasajero o una condición permanente. Diré la verdad sin eufemismos: creo que me estoy volviendo loco. Escribo esta columna desde lo más abyecto. Hace unas horas recibí la noticia: el hijo de mi amigo F. fue asesinado en Caracas, en la puta Caracas. Amenaza de robo, miedo, balas, fin de la cita. Los agresores huyeron por la autopista.
Hace un mes, aproximadamente, recibí la visita de la nostalgia. Quiso engañarme con los acordes de Aldemaro, con su horizonte pintado a la manera de Cabré, con el alucinógeno sorbo del guayoyo. La melancolía, con sus caricias falsas, llegó a plantear la posibilidad del retorno. Las pequeñas cosas aquellas que cada día resultan más insignificantes parecían decir ¡basta, basta!, deja de recorrer caminos extraños; da la vuelta, regresa, tu tiempo y tu lugar son otros, bla, bla, bla. La añoranza suele ser cursi; tropiezos con lecturas y fragmentos de canciones viejas me convirtieron en vulnerable sensiblero. Fue Inmanuel Barreto quien, hundido en humo y cerveza, con los ojos hinchados, me dio la noticia: «Mataron al hijo de F.».
Informo, entonces, mi irrevocable veredicto: «No lo acepto» Esta entrega de LOS DESTERRADOS, más que un acto de negación, pretende ser una renuncia. Sé que mi reclamo no servirá de nada pero, irrevocablemente prendido al anzuelo de la irracionalidad no tengo ningún reparo en deshacer el mundo. A fin de cuentas, la sensación de ser intocable e inmortal es el privilegio de la esquizofrenia.
La noticia sobre lo ocurrido la noche de aquel lunes me inspira un único sentimiento: odio Solitario, ebrio, incrédulo y vencido, desde mi ventana balcánica solicito la renuncia: Renuncio a todo lo que fui y, falsamente, aprendí de los hombres... No amaré a Dios sobre todas las cosas, al contrario, lo ofenderé a placer; tampoco amaré al prójimo ni santificaré fiestas, defraudaré a mis padres, traicionaré a mis amigos y codiciaré a sus mujeres; experimentaré con drogas duras y sexualidades alternativas; probablemente, adscrito a la irreverencia del desprecio, me convierta en una especie de Hombre de la etiqueta que alguna vez terminará siendo víctima de su misantropía. Hoy, destruido por esta noticia, he decidido abandonarlo todo. He decidido continuar mi rumbo por el mal camino. Aunque lo sospechaba, de repente con cruda lucidez, descubrí que Dios es insensible e hipócrita; es el peor dictador. La realidad me obliga a ser el asesino de mi fe. Proscribiré sueños y ambiciones, pediré a mis contactos que me eliminen del Facebook, buscaré peleas con extraños, le diré a mi novia que no la amo y que la pasión desbocada de los últimos meses ha sido sólo un número de feria, le diré a todos aquellos que confiaron en mí que mi afecto fue fingido, que dejé de entender la utilidad de los sentidos, maltrataré a los animales y contaminaré el medio ambiente. Renuncio a mis Derechos Humanos, renuncio a mis años de colegio, renuncio al beneficio de la libertad, renuncio a la cordura y a la idea de futuro.
Un amigo lector, recientemente, tras mi melcochoso tropiezo con Felipe Garmendia en el aeropuerto de Barajas, me decía que Caracas era un organismo maldito y polisémico; que todo despotrique sería insuficiente. «Caracas es la que daña pero a ella es difícil golpearla, es indolente y arisca». No sé cómo agredir a Caracas sin caer en la invectiva fácil, en el llanto solitario o la burda moraleja. Quisiera, realmente, hacerle daño; violarla, encontrar sus raíces y envolverlas en Goma-2 De repente, lo sé, me lo dijo un Dios menor al que conocí en un vuelo fantástico: el mundo sin Venezuela sería un lugar mejor. Ese mismo Dios, un viejo nigromante portador de saberes ancestrales me enseñó el arte de maldecir. Ahora sé que mis palabras poseen el capital del hechizo, ahora sé cómo puedo destruirla. Mañana, cuando el odio se asiente en mi corazón gangrenado, convocaré demonios innombrables. A muy bajo costo, les venderé mi alma. Sólo pediré algo a cambio, una oportunidad, una reunión; cinco minutos serán suficientes: Quiero ver a Caracas encarnada, hecha hombre o mujer; quiero verla a la cara a alguna cara y así poder gritarle mi verdad universal. Tuteándome con el Mal le pediré, sin formas corteses, que me dé una entrevista con ella, su fetiche. Y así, de repente, Caracas aparece. Es andrógina, no tiene rostro...
«Dame, al menos, una razón que justifique tu miseria», te digo. No dices nada, no hablas mi idioma, no me entiendes, te ríes y te burlas; las larvas brotan de tus tobillos armadas con revólveres. Trato de enfrentarte a través de la vista; el contacto visual supuestamente intimida a las bestias. Te cuento los avatares de mi odio; lo sabes y no te importa, te da lo mismo. Aun así, me queda la satisfacción del grito. «¡Te maldeciré siempre!, me olvidaré de vivir, seré un infeliz hasta el fin de mis días consciente de la desgracia de haber nacido en tu miserable geografía, beberé mi amargura en tus recuerdos, en toda la muerte que te excita y con la que te masturbas cada fin de semana. ¡Mírame a la cara, pendeja, es contigo! No, no lo acepto No me da la gana de resignarme. Dios, impotente, no ha podido callarme y tú, suelo insignificante, aunque me ametralles el cuerpo no lograrás hacerme daño. Ojalá, junto al holandés errante, pueda ver el día en el que los hombres y las mujeres buenas dejen de morir a manos de tus bastardos. Ese será el día de tu asfixia. Vivir en ti es padecer; nacer en ti es decirle a la vida que se equivocó. No, Caracas, no me intimidas, soy inmune a tu burundanga, he dejado de pertenecerte, renuncié, incluso, a mi condición humana. No tengo razón, ni corazón, ni pasaporte. Soy una fuerza bruta e invisible que, únicamente, logra sostenerse a través de palabras. Quiero que veas en mi pupila la sonrisa fugaz de todos tus muertos, de todo lo que has destruido a la sombra de tu triste montaña; ojalá fueras consciente de todo el daño que haces, ojalá, al menos, tuvieras un sentimiento de culpa». Pero no te importa nada. Avanzas y me apuntas con una pistola sin marca ni serial. «No me sorprendes, infeliz; la violencia sin sentido es tu único talento». Siento el frío del metal en la cabeza, te ríes, estás drogada, eres horrible, careces de forma. «¡Pobre Caracas!, dispara cuando quieras, tierra mediocre. Yo, al igual que todos los ausentes, desapareceré. Sé que este mundo tu pequeño mundo me olvidará antes del primer inning del próximo Caracas-Magallanes o cuando Sábado Sensacional anuncié las precandidatas al Miss Venezuela 2010; mi desaparición, sin embargo ahora que soy un demonio, no borrará tu estigma. Seguirás siendo el lugar más indeseable del planeta; seguirás siendo el subsuelo del noveno círculo. Con el paso del tiempo, los hombres sólo podrán brindarte además del odio un intermitente sentimiento de lástima» El gatillo hace un ruido seco. Silencio y olvido.
Seguiré aferrado a la negación. Recordaré las gratas caminatas con F. y M. por las calles de Madrid, los comentarios sobre las novelas de Andric y Grossman, las esperanzas y los sueños por la posibilidad de un tiempo mejor para aquel que, con un orgullo indefinible, llamábamos nuestro país. No podré volver en mí, lo intuyo. La locura se ceba con mi nombre. El mundo ha dejado ser una esfera; el oxígeno pica en la garganta; el sueño se fue y el alimento es un capricho innecesario. El sol dejó de ser fuente de luz. Soy un desertor de las tinieblas perdido en un lugar que no conozco ni entiendo. El iPod se convierte en un teléfono, me llama un monje carmelita y me recita fragmentos de la Cábala; el libro de Cuentos de E. T. A. Hoffmann que reposa sobre mi mesa ha cobrado vida, se ha convertido en arma blanca, se acerca y me corta. Corro, corro desesperado y todo se llena de un líquido rojo y espeso. Las paredes se transforman en coro griego, hablan una lengua muerta. Hoffmann, convertido en cuchillo, me abre el vientre de un tajo y el estómago se me deshace en las manos. Logro caminar hasta el baño. Antes de morir o despertar con los dedos supurantes de bilis, pescado en tibia digestión, mierda y sangre, escribo en el espejo la palabra DESGRACIA.
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Días atrás tenía en mente hacer una columna feliz. Había completado, incluso, el diseño de mi siempre postergada crónica milanesa. Había pensado motivado por el empuje de un entusiasmo inédito desear feliz navidad y feliz año nuevo a mis contados/leales lectores. La situación de F., sin embargo, me hace reprimir cualquier idea aproximada de alegría. La tristeza de una familia amiga condiciona la totalidad de mis emociones. No me queda más que empeñarme en mi condena, espero tener una infeliz navidad y pasar, en soledad, la más amarga nochevieja. Maldeciré el día en el que vuelva a sonreír.
Sin más que agregar, Lautaro Sanz.
P.D: Felipe Garmendia tenía razón. Me siento bien por él, escapó Vivirá.
| comentarios (6) >> |
escrito por Laura Fer Pushaina, diciembre 05, 2009
Cada vez me voy sintiendo más atada a sus crónicas Lautaro. Me gusta mucho como escribe, y como narra hechos, personas y paisajes emocionales, sean ficción o sean realidad. Sus textos son un espejo cuya imagen, bien conocida aunque no siempre aceptada, me retratan. La desesperanza es también mía. Que difícil mantener la voluntad o la esperanza intacta en este momento y en este lugar.
escrito por Inés, diciembre 05, 2009
Lamentablemente este texto no es ficción... lamentablemente.
escrito por Laura Fer Pushina, diciembre 06, 2009
Cierto, esta crónica nada tiene de ficción. Soy una de las miles de personas que en Vnezuela vive entre presa entre la incertidumbre política y el miedo que produce salir en la noche, llegar tarde a casa, caminar por una plaza solitaria. De las miles que despiertan a medianoche por el sonido seco e inquietante del balazo cada vez mas cerca a nuestras casas.
Me ha quedado en la mente la crónica del librero de Nicosia. Disfruté su estilo narrativo, lo que relata, pero colgada en la menoria emergen una y otra vez el librero y sus conversaciones o ficciones, el ambiente del bar, y sobre todo la historia de Mario que lo perdió todo en Ccas, se volvio loco y en ese bar lee ahora cada noche con ansiedad buscando en las páginas de Hernández respuestas a su enfermedad. O la de la señora de edad imprecisa que solitaria vaga por el Mediterráneo, se instala todas las noches en el bar a leer a Flejan, devora Grandeliga y concluye "me robó la experiencia y la convirtió en cuento. O lo del encuentro yordanológico en Malta creo. Lo digo porque la literatura es mezcla de ficción y realidad...
Me encanta como escribe.
escrito por cesescor, diciembre 07, 2009
Coño, loco, este texto para mi es el equivalente en palabras a los carajazos que llevó el puertorro Cotto por cortesía de Pacman Pacquiao. Comulgo totalmente con tu odio profundo, visceral e irreductible hacia la cuna del libertador.
P.D. Cuando te de por sacudirte esa "democrática arrechera" (Torkins Delgado dixit), te sugiero que veas un film de Richard Lester llamado "Robin y Marian", una verdadera fosforera para el alma.
escrito por Torkins Delgado, diciembre 09, 2009
Pena que este demasiado bien escrito, pena que lo escrito sea producto del una verdad tan amarga y solida como la pólvora y el plomo, pena que siquiera este escrito…
Un amigo paulista una vez me dijo: “Caracas seria la ciudad más bella del mundo si no fuera por los caraqueños”. Antes de que termine el año voy a terminar un texto que llevo postergando hace un tiempo, porque lo mueven sentimientos afines y estoy tratando de que tenga la asepsia y la distancia necesaria que no permita antítesis…
Por ahora te posteo un poema que dice de mis sentimientos de amor y odio a “la ciudad de las calzadas rojas”.
HEY VIEJA
(a Caracas, Mi ciudad de los techos rotos)
Hey vieja
No te escondas detrás del sucio
No pretendas ensordecerme con tus decibeles de galimatías
No arrancarás de mi una sola lágrima con tus humos
No lograrás confundirme en tu ocio
Estaré aquí esperando el fin de tus manías
Me encontrarás cuando bajen los ánimos
Hallarás mi cuerpo recostado de tus noches
Viendo la espalda de tu desprecio
Nunca caeré en la trampa de lo que fuimos y no somos
Tampoco podrás engañarme con tus negocios
De ningún modo resbalaré por la mierda que te cubre
Jamás falsificarás mis nostalgias
Seguiré disipado en tu demencia
Recalando la mentira que te anega
Permaneceré hasta después del sainete
Inventariando tus heridas, curando tus lesiones.
Vieja, no hay problema
Te habitaré aun en ruinas
Cuando todos se hallan ido sabrás de mi
antes del canto del gallo haré silencio
mientras tanto seguiré escribiéndote
escrito por camomila, diciembre 21, 2009
Sr Lautaro,lo que para usted (intelectual desterrado),le produce pena transitoria,a nosotros (dolientes encarcelados) las muertes recurrentes,nos sacuden todos los dias y nos amarga la risa y el presente.
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