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El último Márai El último Márai
Un libro puede ser también un precipicio. Un descenso a las zonas más vulnerables de la existencia, de las que su autor y, en algunos casos, sus lectores, no logran, y tal vez no desean, regresar indemnes. Eso pensé al finalizar los estremecedores Diarios 1984-1989 (Ediciones Salamandra, 2008) del escritor húngaro Sándor Márai: sus últimas palabras antes de suicidarse en su casa de San Diego, California, luego de padecer la agonía y la muerte de sus familiares más cercanos, y de comprender, con una lucidez inquebrantable, que solamente a él le correspondía elegir el tiempo, la forma y el contenido final de su vida. El libro llegó a mis manos una tarde de labores oficinescas que poco o nada de tiempo concedían a la lectura. Sin embargo, al ojear algunas frases, ya no pude abandonarlo. No supe cómo. Las palabras empezaron a apoderarse de mis horas y de pronto me sacaron del tiempo. Había empezado la caída en otras horas que no eran las mías, sino las de un hombre que se estaba muriendo. Sabía que no se trataba de cualquier hombre y que sus palabras eran sinceras. Mi respeto por el autor de esos libros admirables que son El último encuentro, La mujer justa, La hermana, Confesiones de un burgués, ¡Tierra, tierra!, las placenteras horas de lectura que esas páginas me dieron y continúan dando, me impidieron dejar para después lo que aquella voz, en ese instante, tenía que decirme. Todo lector sabe que existen libros inaplazables: privilegiados. Aquellos que no sólo eligen sino que exigen nuestra inmediata atención, aunque las enigmáticas razones de esa inexorabilidad sólo se esclarezcan con el tiempo. Lo que ahora puedo asegurar es que si toda la sabiduría y razonamientos del mundo, como escribiera Montaigne, se concentran en un punto: el de enseñarnos a no tener miedo de morir, estos diarios de Márai representan uno de los testimonios más conmovedores e impostergables que se han escrito acerca de esa difícil enseñanza. A medida que avanza el diario, el registro minucioso de los sucesos presentes, salvo los concernientes a la enfermedad de su esposa Ilona Matzner, mejor conocida como Lola, va ocupando menos páginas que las dedicadas a sus lecturas y nostalgias. Quizás porque, aun cuando no siempre se refiera a ello de modo explícito, Márai jamás olvida las razones que lo mantuvieron alejado de su patria desde 1948. Año en el que, asqueado de la disputa que nazis y comunistas mantenían por el dominio totalitario de su país, tomó la decisión de partir de Hungría con su esposa y su hijo adoptivo János ‒un niño huérfano de la II Guerra Mundial‒, luego de haber sido un afamado escritor durante la década de los años 30 y 40 en Europa. Es para desesperarse ‒señala el autor, citado por Ernö Zeltner en la biografía Sándor Márai‒. Hacia la izquierda no tengo nada que buscar, pues abandonar mi clase social sería para mí lo mismo que un suicidio moral; sólo soy capaz de mirar críticamente esta clase desde dentro, todo lo demás equivale a una traición. Y hacia la derecha tampoco puedo dar ni un solo paso, no tengo aliento para apoyar el fascismo que acecha tras la derecha respetable, armado con garrote y fusil. No tengo otro remedio que quedarme solo, completamente solo, con mi trabajo, que apenas significa ya algo para unas pocas personas y, además, arrostrando todas las consecuencias sociales y existenciales de esta condición. Muchos años después de esa época de renuncias, unas líneas de su diario, escritas el 10 de julio de 1986, resumen el saldo favorable de esa decisión: Durante estas tres décadas y media nos han pasado muchas cosas, pero para mí la mayor satisfacción ha sido poder escribir sin autocensurarme durante toda una generación. Los diarios revelan además un testimonio de lecturas en el que Márai deja constancia de su inagotable pasión por los libros. Una pasión, incluso en las horas más graves del sufrimiento y del deterioro físico, a la que acude como si se tratase de algo más que una compañía y un saber: como un refugio recurrente. Son varias las referencias a escritores húngaros como Kassák, Juhász, Somlyó, Czuczor, Bajza, Batsányi, Balassi, Berzsenyi, Vörösmarty, Arany, Krúdy
, así como a libros y revistas dedicados a la literatura de ese país. Tampoco escasean los nombres clásicos de la literatura occidental: Homero, Esquilo, Sófocles, Aristóteles, Marco Aurelio, Voltaire, Gibbon, Goethe, Huizinga, Conrad, Henry James son algunos de los autores que ocupan su tiempo durante esos años. Complace encontrar entre esos nombres el de Jorge Luis Borges, cuyas historias, señala Márai, están repletas de metáforas, de ejercicios mentales y crueldades orientales
Fue un escritor genial, un talento original de este siglo. Ya no quedan muchos de esta cosecha. Pero tal vez el más elevado reconocimiento a la literatura en lengua española hecha por el autor húngaro se encuentre en la anotación del 6 de abril de 1986: Lectura por la noche: Cervantes, Don Quijote, la novela más hermosa de la literatura mundial. A medida que transcurren los días y se agrava el estado de Lola, el desconsuelo y la apatía van ganando terreno en su escritura: Al final de la vida llega un momento en que todo, todo lo que uno ha experimentado durante tantos años, todo lo que esperaba, todo en lo que confiaba, de repente queda sin perspectiva ni sentido. Tal es la fase que me toca vivir ahora. Estar cada día junto a esta mujer maravillosa, amada y noble, que conocía mi vida desde la otra orilla, desde el lado personal, y presenciar su declive lento y silencioso: no esperar nada, no oponerse al dolor, aceptar la impotencia, conducir a la mujer más querida hacia la salida de la vida, tambaleándome en esta oscuridad permanente. Y no sé cómo será, pero ya no le doy más vueltas, me limito a continuar día a día y noche a noche mi camino por los infiernos. Tal vez existan los milagros (digo tal vez porque en el universo todo lo que el hombre piensa y espera es posible), pero la cruel realidad en sí ya se manifiesta como un milagro, un milagro infame. Llega el tiempo en que uno ya no espera respuestas, no discute con el destino, lo abraza. Hay que aceptar el destino. No existe otro modo de soportar la crueldad de la vida. Antes de finalizar ese año, admitirá que vida, personas, trabajo, literatura, todo se ha acabado. Hastío y vergüenza si pienso en la escritura. Escribía para L., todo era por ella. Ya no tengo a quien escribir. Me cuesta creerlo. Lola morirá el 4 de febrero del año siguiente. Sólo una línea nos lo hace saber: L. ha muerto. Un mes después, Márai describe el instante: Hoy, hace cuatro semanas que murió, el sábado a las dos menos veinte de la tarde, aproximadamente. En las dos últimas horas su respiración fue estable y tranquila. Yo le cogía una mano mientras le tomaban la tensión en el otro brazo. Al cabo de un rato la enfermera me hizo una señal: el tensiómetro ya no marcaba nada, aunque ella todavía respiraba. Literalmente exhaló el último suspiro. Me quedé durante media hora más junto a su lecho, contemplándola. No estaba seria ni hermosa, sólo diferente. Como si todo el maquillaje de la vida ira, dolor, alegría, tristeza, todo lo que reviste el rostro humano, se hubiera borrado. Sólo capté en ella serenidad y nobleza, dos rasgos que siempre quedan ocultos en la cara de los vivos. La ausencia de Lola se apodera del libro. Márai la tendrá en sus pensamientos en lo que resta del diario, de manera que la reflexión en torno al matrimonio, al amor y a la muerte se agudiza. Como en esta confesión del 9 de febrero de ese mismo año: Soy viudo, algo extremadamente grotesco. Vivo la realidad como antes, en primera persona del singular. Hemos estado juntos durante sesenta y dos años y ocho meses, el tiempo que ha transcurrido desde que firmamos... Durante seis décadas hemos estado siempre juntos, despiertos y dormidos, físicamente y de otras maneras, en todo tipo de circunstancias, y en cada ocasión nos hemos apoyado mutuamente mientras pasábamos por situaciones miserables o prodigiosas: siempre juntos. Ahora me encuentro solo, en un vacío similar al que rodea al astronauta en el espacio, donde ya no actúa la gravedad que lo mantenía sujeto a la Tierra. Todo flota, él mismo, los objetos, el mundo. Y el 20 de febrero, Márai escribe las que acaso sean las palabras de amor más misteriosas y bellas que alguna mujer pueda recibir de su esposo: ¿La quería? No lo sé. ¿Puede uno querer a sus piernas, a sus pensamientos? Simplemente, nada tiene sentido sin piernas o sin pensamientos. Sin ella nada tiene sentido. No sé si la quería. Era algo diferente. Tampoco quiero a mis riñones o a mi páncreas. Simplemente forman parte de mí, como ella formaba parte de mí. No obstante el hondo padecimiento de estos años, si algo no pierde Márai en ningún momento es la mesura emocional de sus gestos y de sus palabras. Esa manera de mantener, contra toda adversidad, la serenidad del carácter. Se entiende entonces su rechazo a los alaridos y demás excesos con el que muchas personas expresan su duelo ante la muerte. El duelo, el verdadero luto ‒escribe en su diario‒ es discreto y sigiloso. Las demás demostraciones me resultan sospechosas: tal vez lo que causa pena en el doliente no es el fallecido, sino él mismo. Exhibe su dolor de manera perfecta y en voz alta. Si el suicidio había sido hasta entonces una idea que lo rondaba de modo vago, luego de la muerte de Lola, esa alternativa empieza a adquirir una consistencia más real y posible. Hace dos semanas ‒escribe Márai el 18 de febrero de 1986‒ fui a una tienda del otro extremo de la ciudad para comprarme un arma de fuego, pero el formulario de la policía no había llegado hasta ahora. Ahora vuelvo y el vendedor me entrega la pistola, empaquetada con esmero, además de cincuenta balas. Cuando le advierto que no voy a necesitar tanta munición, él se encoge de hombros y contesta con indiferencia que eso nunca se sabe. En el establecimiento se exponen toda clase de armas de fuego, escopetas de caza, fusiles ametralladores. Los pocos compradores, la mayoría chavales con cazadoras de cuero, deambulan mirando las armas. En América todos los ciudadanos tienen derecho a ir armados. Vuelvo a casa en taxi; el chofer me pregunta qué he comprado y asiente al saber que se trata de un revólver. Siempre viene bien, me dice. Es la primera vez desde hace meses que siento algo parecido a la tranquilidad. No tengo planes de suicidio, pero si el envejecimiento, la debilitación, la pérdida de mis capacidades avanzan al mismo ritmo, es bueno saber que podré acabar con ese humillante deterioro en cualquier momento, y no tendré que temer lo peor: terminar en uno de esos vertederos institucionales, en un hospital o una residencia de ancianos. Sin embargo, hay que tener suerte incluso para eso, porque la apoplejía puede impedir la huida. El 23 de abril de 1987, su único hijo, János ‒a quien Márai y Lola adoptaron en 1945‒, muere a causa de una trombosis. Tenía 46 años y vivía con su esposa y sus tres hijas muy cerca de la casa de los Márai, en San Diego. No me daba cuenta de hasta qué punto lo quería ‒son las palabras de su padre anotadas en el diario el 25 de abril de ese año‒. Un húngaro de extracción humilde, honesto, fiel, discreto, silencioso. Nunca pedía nada, siempre estaba agradecido por todo. En cuarenta y dos años nunca me engañó ni mintió. Con sus propias manos construyó un hogar en el extranjero y fundó una familia. Nos amaba con una discreción peculiar que demostraba su gran nobleza. A los cuarenta y seis años cayó fulminado como quien recibe un golpe mortal por la calle. Como si L. se lo hubiese llevado... Las palabras Dios, piedad, misericordia; todo lo que han dicho los curas y filósofos es una completa mentira. No existe un propósito ni un sentido. Sólo existen los hechos descarnados. Todo es un asco. Es el golpe de gracia. El más inesperado y definitivo. Ahora sus observaciones se tornan más esporádicas, reducidas, implacables. Una frase lo persigue a todos lados: qué lento muero; una de las últimas palabras de Lola. Será quizás la frase que le permita convocar a la muerte sin temor y, por instantes, con premura. Pero esta conciencia del advenimiento de su final no le impide mantenerse alerta no sólo contra el desmoronamiento personal ‒no es bueno dejarse envejecer por la vejez, escribe‒, sino contra quienes quieren aprovecharse de su condición frágil y solitaria. Tal es el temple de sus convicciones como escritor y ciudadano húngaro, que la nota del 28 de marzo de 1988 es una verdadera prueba de integridad: Un mensajero de Budapest me trae la oferta de contrato de tres editoriales y la invitación de otras. Por lo visto, han depuesto las armas sin condiciones: quieren publicarlo todo, libros, artículos, todo, las obras completas. Un fenómeno interesante: al parecer ha empezado la descomposición. Pero mientras el ejército invasor ruso siga en Hungría, no permitiré que editen nada. Y cuando se hayan marchado, habrá que celebrar elecciones libres, democráticas, con observadores extranjeros. Antes no dejaré que editen ni uno solo de mis escritos. Y así ocurrió. De modo que es muy posible que gran parte de la obra de Márai, luego de su muerte, hubiese permanecido en un inmenso e inmerecido olvido, al menos para los lectores que no dominan la lengua húngara, si en 1998, la célebre editorial Adelphi de Milán, dirigida por Roberto Calasso, no se hubiera dado a la tarea de traducir, editar y publicar buena parte de sus libros, que en cuestión de meses, adquirieron notoriedad mundial. Ese rescate de su literatura ha terminado por conferirle a Márai cierta aura de inmortalidad, que él nunca se propuso buscar ni edificar, aunque sean miles los lectores que agradezcan ese renacimiento de sus palabras. Cinco meses antes de suicidarse, Márai describe el avanzado estado de deterioro y soledad en que se encuentra: En estos cuarenta años hemos estado en Ginebra, Nápoles, Nueva York, Salerno, San Diego. Lola y János se han ido, al igual que mis amigos y compañeros de carrera. Estoy totalmente solo. Andar y ver me resulta cada vez más difícil: sólo puedo leer un cuarto de hora, después veo borroso; no salgo más que para dar una vuelta delante de casa apoyándome en el bastón. Alcohol casi nada, un vaso de vino con agua, a veces una cerveza. Cigarrillos, diez al día. Nada de sexo, ni en sueños. Tampoco me hace falta. El cariño me sentaría bien, pero ya no confío en nadie
La memoria me falla: los recuerdos más lejanos son extraordinariamente vívidos; en cambio, a veces no consigo acordarme de qué ha pasado hace cinco minutos. No protesto por la muerte, pero no deseo nada morir. Es imposible olvidar que el aprendizaje de la muerte en los diarios de Márai pasa por el registro de un amor que resiste la prueba más fuerte: ver envejecer, enfermar y morir a la persona amada. Las penúltimas palabras del diario, escritas el 27 de agosto de 1988, están dirigidas a la memoria de Lola, acaso la imagen más maravillosa de este triste y hermoso libro: Hoy he añorado mucho la nobleza y la elegancia del cuerpo de L. Su sonrisa. Su voz. La frase morir de amor en Márai se purifica, literal y literariamente, en estas páginas. Reafirma su condición de lugar común, despojada de metonimias y poses, y le otorga un grado de entrega espiritual al oficio del escritor. Las fronteras entre la vida y la literatura se diluyen en la minuciosa elaboración de una historia, la trama de los diarios, que se conduce hasta un final totalmente coherente con la vida y la escritura que lo preceden: la obra entera de Sándor Márai.
El 15 de enero de 1989, seis días antes de quitarse la vida de un disparo, Márai anota a mano las palabras finales de su diario: Estoy esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas. Ha llegado la hora. En 1972, en ¡Tierra, tierra!, había escrito que existe una teoría según la cual es héroe quien actúa en concordancia con su carácter. Su muerte, vista a la luz de esta teoría ‒en la cual él creía firmemente‒, pudiera comprenderse como una cuestión de honor: el proceder heroico de un hombre que jamás se permitió perder el dominio de sus facultades físicas y psíquicas, no sólo porque esa flaqueza era impropia de su carácter y sus valores, sino porque hubiese significado una traición a su más arraigado principio: ser fiel a sí mismo. Márai estaba convencido, como escribiera Montaigne, de que la premeditación de la muerte es premeditación de libertad; quien ha aprendido a morir olvida la servidumbre; no hay mal posible en la vida para aquel que ha comprendido bien que la privación de la misma no es un mal: saber morir nos libra de toda sujeción y obligación. Ese precipicio de afilada belleza por el cual nos invitan a descender algunos libros fundamentales, esos que nos recuerdan una dignidad tan ajena a los tiempos que hoy nos ha tocado vivir. Y morir.
1984 es el año que da inicio a estos diarios póstumos ‒el último volumen de seis tomos; cinco de ellos escritos en el exilio‒, y de entrada, las primeras palabras marcan el tono crítico y desencantado con el que Márai observa, no sin ironía en algunas ocasiones, el paso de la historia con mayúsculas y, al mismo tiempo, el transcurrir de su propia historia íntima y la de sus seres queridos. El siete de enero, apunta: Empieza el año que da título al éxito de ventas de Orwell. Si bien su vaticinio no se ha cumplido, a cambio se ha impuesto la realidad diaria: el terror nuclear. Un corresponsal recuerda con nostalgia la época decimonónica, el llamado progreso pacífico. Llegué a este mundo en el umbral de esta centuria y, al pensar en la primera década de mi vida, cuando el siglo XIX todavía era una realidad, sólo recuerdo que la cotidianidad era indeciblemente más fatigadora, más primitiva, más insalubre que en este maldito siglo XX, en el que millones de personas han sido masacradas en guerras y revoluciones al tiempo que, para las masas, la existencia ha sido más humana que en cualquier época anterior. En ciento cincuenta años la esperanza de vida se ha duplicado. Década de 1810: el planeta albergaba aproximadamente mil millones de habitantes; para el albor del nuevo milenio con toda probabilidad la cifra rondará los seis mil millones. En el siglo XIX se proclamó con orgullo que era posible dar la vuelta al mundo en ochenta días; hoy basta con noventa minutos. Mi tío paterno falleció en 1849 por una afección intestinal debida a las pésimas condiciones de nuestra patria; hoy sólo los muy tontos mueren de apendicitis. ¿Fue mejor el siglo pasado? ¿Qué significa mejor? Es innegable que hoy vivimos más y más rápido.
A partir, entonces, de ese crucial año de 1948, cuando se instaura el régimen comunista en Hungría que prohibe la lectura y distribución de sus libros, Sándor Márai empieza comprender que la lengua húngara sería el territorio de sus afectos imperecederos. Así lo dejó claro en esas extraordinarias memorias recogidas en ¡Tierra, tierra!, publicadas originalmente en 1972: Porque a mí, ni de joven ni de mayor, ni siquiera después de haber vivido dos guerras mundiales, nunca me ha interesado nada más ‒de verdad y con sus componentes y detalles‒ que la lengua húngara y su manifestación más plena y suprema, la literatura húngara. Una lengua que ‒entre los miles de millones de seres humanos‒ sólo entienden diez millones. Una literatura que ‒al estar encerrada en esa lengua‒ nunca ha podido, por más esfuerzos heroicos que haya hecho, dirigirse al mundo en su auténtica realidad. Sin embargo, para mí esa lengua y esa literatura significan una vida plena, porque sólo en esta lengua puedo decir lo que quiero decir (y sólo en esta lengua puedo callar lo que deseo callar). Porque sólo soy verdaderamente yo mientras pueda traducir mis pensamientos en palabras húngaras. Por ejemplo, la idea
de que para mí no hay más patria que la lengua húngara. Toda la obra de Márai confirma esa convicción, ese destino asumido sin artificios. Una sensación de estrecha relación verbal y vital con la literatura de su país que se mantendrá inalterable durante el resto de su vida, y que es posible hallar hasta en sus escritos privados. Por ejemplo, en frases como la que anota en su diario, el 27 de enero de 1984: La patria horizontal se desmorona, se altera. La patria vertical es sólida, más perenne que el bronce. A veces es tan sólo un verso.
Tratándose de una escritura de carácter privado, resultan frecuentes los momentos en los que Márai se permite abrir, sin efectismos, la puerta de sus recuerdos más entrañables: la nostalgia por su ciudad natal, Kassa, pero también por los amigos y hermanos ausentes, por la figura de su padre. Sin embargo, las anotaciones de la agonía y muerte de su esposa resultan los pasajes más conmovedores del diario. El instante en el que describe el ingreso de Lola al convalescent hospital, la institución para enfermos terminales, en noviembre de 1985, acelera y potencia el decaimiento anímico de Márai, quien, aun bajo el acoso de la desolación y la ira, no deja de aferrarse a su indoblegable lucidez: el piso sobre el que se sostiene esta escritura en la que, como el mismo autor concibió alguna vez el lenguaje literario, la palabra se hace carne y la carne se hace palabra, de la misma forma que se recrean el verbo y el cuerpo, el universo y el espíritu. Así, el 12 de noviembre de ese año, Márai, ante el cuerpo desvalido de una mujer octogenaria que ya no lo reconoce, la misma mujer con la que se casó cuando apenas contaba 23 años en Budapest, anota que la ve muy guapa, para explicar seguidamente que la belleza del óbito es más convincente que la de la juventud: es la belleza victoriosa de la plenitud femenina. Días después, comenta: Ella está bien sentada en la silla de ruedas, aseada y peinada. No ve ni oye. No sufre, de hecho su rostro permanece tan impasible como si no sintiera nada. Le cojo la mano, pero no me devuelve el gesto. Le pregunto si ha dormido bien y asiente brevemente. No dice nada más. Parece que no sabe quién soy, dónde estoy ni dónde se encuentra ella. No sé hasta cuándo podrá durar esta situación, hasta cuándo aguantará ella o hasta cuándo aguantaré yo. Si no creyera que ella me necesita (o me hiciera ilusiones de ello), tomaría una decisión drástica respecto a mí mismo. Pero no tengo derecho a escapar. 
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