Huellas de los asesinos Retrato de Percy B. Shelley escribiendo Prometheus Unbound, por Joseph Severn Pero en la época de su mayor prosperidad y magnificencia, Percy B. Shelley El pragmatismo del siglo XX ha cumplido su labor al desmoronar los referentes de la palabra romántico. Hoy la podemos asociar a compilaciones musicales melosas y escenas telenovelescas de enamorados, pues de ella recordamos que una vez estuvo relacionada a los sentimientos. Infortunadamente, la sensiblería y el sentimentalismo se convirtieron en el legado cultural del término. La sombra, desesperación y deseos que expresaba, se han atenuado al desconocer una ley primordial de los sentidos: así como la luz sobre los objetos produce una sombra, todo placer a la larga produce dolor. La composición molecular de lo romántico es una estructura compleja. Podemos encontrar muchas contradicciones entre distintos artistas. Vemos el romanticismo católico de Novalis, el anárquico de Shelley, el libertino de Byron, el nacionalista de Víctor Hugo. Todos toman un sendero distinto. En esto desemboca el afán del romántico por ser original. Cada poeta va a sus sentimientos, al reflejo que ellos hacen del mundo y a partir de ahí surge su camino individual, sin más escuela que su voz interior. Sin embargo, hay ciertos puntos en común entre todos ellos, los cuales nos llevan a descubrir las raíces del fenómeno romántico. La cadena Según Isaiah Berlin, la cadena de pensamiento del siglo de la ilustración se deformó, desembocando en el romanticismo. Los orígenes son alemanes y están representados por Kant y el dramaturgo Schiller. El siglo XVIII, el siglo de la ilustración, es reconocido por las fuerzas del razonamiento. La filosofía moderna, que comenzó a independizarse de la iglesia durante los conflictos religiosos europeos del Siglo XVII, se volvió libre y voraz. Su plan principal era guiar al hombre a través de un sistema perfecto que lo moldeara hasta divinizarlo, hasta instituirlo como amo de su propio destino. En la literatura fueron más notables las novelas de aventuras que expresaban abiertamente una crítica social. La idea principal era la de imitar todas las formas del pasado y proyectarlas en el presente. La inspiración y la experiencia personal del poeta eran totalmente descartadas. Todo esfuerzo estaba enfocado en la resolución del problema humano. En este momento, Kant y Schiller advertían un enemigo en la naturaleza, pues su imagen reflejaba todo lo que no podía ser controlado en el hombre. Kant perseguía un concepto de libertad tan absoluto, que este sólo podía alcanzarse a través de la pura conciencia. Para él, de nada valía obrar bien si carecíamos de la posibilidad de equivocarnos. La naturaleza escapa a esta concepción no reconociendo entre el bien y el mal, expandiéndose y creciendo en su voluptuosidad. Kant, como católico, recuerda que el árbol edénico es la imagen del primer delirio de la humanidad. Por su parte, Schiller reconoció tres tipos de hombre: el salvaje, el bárbaro y el hombre pensante. El primero era un ser que sólo obedecía a sus instintos. El segundo, una criatura supersticiosa y reprimida, incapaz de alzar su voz por temor a ofender a los dioses. El tercero era el hombre pensante, el único capaz de zafarse de un sistema de valores que lo dominara y a la vez el único apto para estar en equilibrio con las leyes de la sociedad. Este último puede entender las reglas de la realidad como un juego y no como una imposición. Descaradamente, los preceptos de estos hombres luminosos y racionales van a inspirar a sus rebeldes hijos a hacer todo lo contrario al fin que originalmente pensaban. Tales preceptos fueron instituidos para establecer un orden fijo y congruente entre los hombres. El romanticismo se nutrió de ellos para dar rienda suelta a las emociones. Esto ocurrió bajo un álgido marco social, en el cual el hombre se instrumentalizaba cada vez más, enviando a niños a la misión suicida de limpiar chimeneas industriales. La decepción ante la farsa de la razón como protectora de la humanidad los impulsó a liberarse de ella. La libertad, como ideal romántico, debía obtenerse por y para sí mismo, y no a través de la sociedad. Sólo desmarcándose de toda influencia, un romántico se hacía libre, acercándose a la posibilidad de escoger entre el bien y el mal. La inteligencia permitiría doblar las reglas de la realidad y perforar la coraza de los misterios, haciendo al romántico no una persona que los vive, sino un mago que los modifica. Dolor divino Se puede leer en la literatura de los griegos un antecedente que contiene en su semilla las características del romanticismo. En el siglo II antes de Cristo, la nostalgia era lo único que quedaba en pie de la cultura griega. Roma había vencido el reino de Macedonia y destruido Cartago. La dinastía Ptolomeica se había fundido con la civilización egipcia y las colonias griegas ahora dependían del buen ánimo de los nuevos señores del Mediterráneo. En la colonia de Siracusa (actual Sicilia) se cultivó una poesía que no respondía más a los destinos de los grandes hombres, ni a las intrigas divinas. La poesía pastoril cantó los pleitos y amores de los pastores de los valles, las emociones pequeñas de los hombres comunes. La areté y sus demandas no eran realidad viviente ni mito iluminador, sino mera historia. En este tiempo vivió Bion de Siracusa, quien escribió Lamento por Adonis, el cual cuenta el mito de la ocasión en que Afrodita cae presa de sus propias artes. La diosa se enamora de Adonis, un simple pastor carente de riquezas y ambiciones, sin más talentos que los que la naturaleza le exigía para subsistir. Una mañana, Adonis se levanta a cazar, y la desahogada Afrodita, desde el lecho que compartían, no pudo persuadirlo a que se quedara retozando con ella. En la cacería, Adonis es herido de muerte por un jabalí. El poema comienza cuando Afrodita encuentra el cuerpo sin vida de su amor.
Lamento por Adonis (Fragmentos) «Afrodita, vaga extraviada por los claros, desarreglada, con el cabello desatado, los pies descalzos, con las espinas hiriéndola en su paso, haciendo brotar del pecho su sangre divina». «Ella ha perdido a su amado señor; con él ella ha perdido su sagrada belleza». «Despierta, Adonis, por un momento, y bésame de nuevo, el último beso. No me beses por un instante, sino por toda la vida de un beso, hasta que desde lo privado de tu alma a mis labios, a mi corazón, haya drenado tu último aliento, tu dulce poción de amor». «¡Ah! Aún en la muerte es hermoso, hermoso en la muerte, como si durmiese». Bion de Siracusa
el arte no podía competir con la naturaleza en el valle de Bethzatanai.
En el canto de Bion descubrimos una nostalgia que ha desacralizado a la diosa más preciada del Olimpo. Ella, por primera vez en toda su existencia mítica, llora de desamor. No es siquiera capaz de sobreponerse a las desgracias residuales de sus propias artes. Inclusive sangra y ruega a un simple mortal como a su dios. Los sentimientos que se expresan aquí jamás los habría cantado Homero o Esquilo. La nostalgia que exhibe este canto es la nostalgia de perderlo todo. Así como los románticos habían perdido su fe en el razonamiento, los griegos habían perdido la suya en la mitología. Con el peso de ser salvadores de occidente y habiendo perdido todo bastión en el cual albergar su descomunal dignidad, los dioses desaparecieron por la tierra, y en el camino experimentaron trances crueles, percances naturales.
Fundación mítica del romanticismo
En 1094 una intriga palaciega en el califato Fatimí, en Egipto, causó que el príncipe heredero fuese despojado de su derecho al trono por su hermano menor, maquinado por el corrupto visir. El príncipe escapó y reunió fuerzas leales para librar la batalla por su reino. Finalmente fue derrotado y ejecutado. Sus hombres huyeron bajo el mando de Hassan-i Sabbah, un capitán persa seguidor del difunto heredero. Su escape los llevó a fundar una pequeña nación en la cual pudieron prosperar los ideales tomados del misticismo sufí y de la filosofía griega, sobre los cuales una vez se había afianzado el califato Fatimí. Ahí surgieron los Hashshashin.
Este pequeño estado es causante de centenares de leyendas. Hasta Marco Polo escribió sobre los viajes que hizo a él, habiendo sido destruido medio siglo antes de su partida de Venecia. Poco se puede afirmar sobre este lugar. Una especulación nos dice que es un intento de una minoría política de mantenerse al cuidado de su propia conciencia, escapando de la corrupción. La secesión que se pone en práctica aquí ocurre con una visión de universalidad incongruente con la época y el lugar. Los asesinos (como fueron conocidos después en occidente), no seguían ciegamente a los demás representantes del mundo islámico. Por eso no discriminaban en ayudar a los cruzados para mantener cierto balance de poder en Tierra Santa. Seguramente fueron influenciados por el pensamiento griego, del cual fueron custodios, y que con seguridad leyeron como un texto exótico, al igual que los románticos leyeron textos místicos que exacerbaron su imaginación.
El poeta inglés Percy Shelley escribió Los asesinos, un relato en el que se cuenta la historia idealizada de este pueblo. Shelley imaginó la vida de un pueblo pacífico que crecía en el valle de Bethzatanai. El relato parece un manifiesto romántico al describirnos una comunidad que vive de la mano de la naturaleza, siendo brutal con el caos del mundo exterior y desconocedora de cualquier forma de maldad en sus predios. Siendo lobos fuera, su mundo interior es pacífico, rico, libre de la necesidad de mitos y dioses.
La mentalidad anarquista de Shelley pudo haber sido un aliciente en la creación de este universo. No obstante, la coincidencia entre los Hashshashin y los románticos se da en que ambos se nutrieron de lo exótico para forjar su carácter. Unos, trascendiendo los odios religiosos para servir a un fin utópico: la preservación del equilibrio y de su forma de vida en los alrededores de Tierra Santa. Los otros fabricaron las medidas de sus versos bajo los estamentos de la naturaleza salvaje que ya no existía en Europa y los textos de las culturas orientales, que en lugar de entender, inspiraban. Esta búsqueda de la naturaleza y la imaginación sería más tarde vencida con la industria, la luz eléctrica y el ferrocarril.
Los poetas románticos
El romanticismo fue el espíritu que se apoderó de todo occidente en el siglo XIX, durante dos generaciones. Desde Alemania se esparció hacia el oeste. Novalis fue el gran romántico católico. Sus Himnos a la noche surgen tras la muerte de su prometida, Sophie von Khun. En ellos se hace culto al mundo nocturno y su imaginario. La mañana y las tareas del día son fatigosas y carentes de sentido. La contemplación y la introspección son, según Novalis, el camino a la sabiduría.
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Segundo himno a la noche (fragmentos) Los días de la luz están contados; pero fuera del tiempo y del espacio está el imperio de la noche. El Sueño dura eternamente, sagrado sueño no escatimes la felicidad a los que en esta jornada terrena se han consagrado a la Noche. Solamente los locos te desconocen y no saben del sueño, de esta sombra que tú, compasiva, en aquel crepúsculo de la verdadera Noche, arrojas sobre nosotros. Ellos no te sienten en las doradas aguas de las uvas en el maravilloso aceite del almendro y el pardo jugo de la adormidera. Ellos no saben que eres tú la que envuelve los pechos de la tierna muchacha y convierte su seno en un cielo ellos ni barruntan si quiera que tú, viniendo de antiguas historias, sales a nuestro encuentro abriéndonos el Cielo y trayendo la llave de las moradas de los bienaventurados, de los silenciosos mensajeros de infinitos misterios. Novalis |
Percy Shelley se nutre de culturas lejanas así como de textos clásicos. Su elegía a la muerte de su amigo, el poeta John Keats, toma la figura del Adonis de Bion y con ella construye una semblanza. Esta obra expresa, al igual que en la versión griega, la nostalgia de perder al ser amado, pero en este caso, el dolor trasciende hasta hacerse preguntas motivadas por la indiferencia del mundo ante el mismo.
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XXI (Adonais) ¡Ay! ¡Que tenga que estar como si nunca |
LV (Adonais) Desciende a mí la vida cuya
Percy Shelley |
Finalmente nos queda Edgar Allan Poe, el poeta romántico norteamericano. Poe admiró la visión de la naturaleza que tenía Samuel Taylor Coleridge. Toma de éste las visiones tempestuosas de la naturaleza y las incrementa, y al mismo tiempo, les concede un aura lúgubre. Poe es quizás el más oscuro de los poetas del romanticismo, hasta que éste degenere en el simbolismo francés, al cual influyó grandemente. Su poesía no fue valorada en América hasta que William Carlos Williams lo dignificó como el primer poeta en escribir en lengua norteamericana. La introspección surge en él como en Novalis, pero no busca a Dios en ella, sino que la agudiza hasta amplificar todos sus horrores. Poe consigue la belleza en el temor y la extrañeza.
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Sólo Desde el tiempo de mi niñez, no he sido Edgar Allan Poe |
El espíritu romántico no sobrevive a nuestros días en los que los padres acusan a sus hijos de ser pragmáticos. En el siglo que pasó, hemos descubierto cuán inútil, frívola, absurda y peligrosa puede ser la razón. Si hay algo que el romanticismo demuestra, es la capacidad de sacralizar cualquier cosa, inclusive una nube con forma de demonio, hasta devolverle la inocencia divina y primordial con la que fue creada. En él, las minorías retienen la dignidad de la vida y se le da una oportunidad a la tan malograda intuición. Vale recordar las palabras de Frederich Schlegel: «Los ladrones son románticos porque los hago románticos; nada es romántico por naturaleza».
Por Rodrigo Marcano
| comentarios (1) >> |
escrito por stella chaux, abril 28, 2010
espero al istante
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