La ciudad y los libros
Crónicas
Una orquesta del pasado El último bandoneón Esta película de Alejandro Saderman cuenta la historia de Marina Gayotto, que se gana la vida tocando en buses y trenes subterráneos, y acude a una audición convocada por Rodolfo Mederos para formar su nueva orquesta típica. Pero el trajinado bandoneón de la muchacha está deteriorado y el propio Mederos le sugiere la necesidad de conseguir un instrumento que esté a la altura del compromiso. Marina, entonces, sale a la impetuosa búsqueda de un mítico Doble A. El Stradivarius de los bandoneones.
Una orquesta del pasado
Instrumento sentimental, pero dramático y profundo, según Ernesto Sábato, el bandoneón es la esencia del tango, y su sonido, por lo menos en apariencia, personifica a los ríoplatenses. Pero también en El último bandoneón (Alejandro Saderman, 2005) estos instrumentos se han convertido en una rareza, ya que nos enteramos que no se fabrican desde fines de los años 30, y tienen que ser enmendados por viejos luthiers. Hay dos historias paralelas en esta película. Una de ellas nos cuenta las dificultades por las que atraviesa Marina Gayotto para conseguir un bandoneón, porque se ha empeñado en integrar una orquesta de tango y necesita cambiar el que tiene. Así, todo comienza en un colectivo en marcha por las calles de Buenos Aires, donde Marina toca de manera desaliñada una melodía en su desvencijado instrumento. Luego pide dinero y se baja del vehículo. El periplo de Marina se convierte en un recorrido por su vida, sus aspiraciones, y en una breve historia del bandoneón. En este relato -que, a su vez, hilvana la estructura narrativa de este documental ficcionado-, se nos proporciona uno de los motivos medulares del filme: la memoria.
La otra transcurre en torno al bandonista y compositor Rodolfo Mederos, quien se decide formar una orquesta típica: violines, bandoneones, piano, guitarra y contrabajo, con la finalidad de dar a la música de tango futuros intérpretes para asegurarle permanencia (Marina conseguirá ser parte de la orquesta). El tango estaría en peligro de desaparecer, o por lo menos el de los inicios del siglo XX; esto quiere decir, una tradición amenazada que, y esto es sugerido en el transcurso del filme, puede ser redimida, así como todo pasado que importe. Mederos, en un concierto en Caracas, se refería al bandoneón como una herencia mal hecha, que tiende a quitarle el vigor que le impregnaron generaciones pasadas; y en la película, mientras va en su auto a conocer un club de viejos intérpretes del instrumento, señala, al aludir al fuelle de éste, El aire es lo más parecido al alma; hay algo de etéreo y eterno allí, que para Mederos contendría a la vida toda.
En El último bandoneón hay una convergencia, donde, al igual que en otras películas que tienen la vocación documental como género, en el sentido de registrar una realidad particular, se aúnan lugar y tiempo retrospectivos: baile, música y memoria en los salones en los que todavía se practica esta especie de rito en torno a un pensamiento triste que se baila, como decía Enrique Santos Discépolo. De esta manera, se observa con insistencia el baile, en planos que resaltan el acecho entre hombre y mujer, muchos de ellos gente añosa. Por una idea que no podría decir de dónde viene, cuando yo tenía veinte años pensaba que el tango era una expresión de la decrepitud, cuestión que sobre todo veía reflejada en los mayores. Así es que escuchaba las melodías y las letras de tango con cierta conmiseración. Sin embargo, aclaro que no escuchaba esta música como si fuera despreciable por esa característica, que le endilgaba arbitrariamente; por el contrario, siempre me ha gustado el tango, pero pensaba que yo era un ser decrépito, y como toda fatalidad asumida, gozaba plenamente de ella, y algunos temas sintetizaban para mí este convencimiento.
En aquel tiempo había dictadura en Chile; yo vivía, siempre había vivido, en Santiago, y creía que era imposible ser joven, estudiar literatura y estar sometido a los militares; no me equivocaba. Entonces, me fui de Santiago a Buenos Aires para continuar estudios. Escapaba del régimen autoritario, pensaba en ese momento; eso era cierto, pero también, me di cuenta después, escapaba de mí mismo. En todo caso, lo hacía al espacio geográfico por excelencia de la decrepitud. Estaba feliz y confiado en que la aventura era sólo vivirla porque lo otro vendría por añadidura; lo otro era algo totalmente incierto. Allí estaba la ciudad para invadirla, para caminar por sus calles, beber vino, comer carne, fumar mucha marihuana y cigarros negros Parisienne. Conocer era caminar al azar; desplazarse velozmente por el espacio, y condensar el tiempo haciéndolo desaparecer o tenerlo suspendido, dominarlo; que es tal vez el fundamento de la novela En el camino de Kerouac, autor que, al igual a otros beatnicks, leía incansablemente. Las calles de Buenos Aires de pronto comenzaron a hacerse familiares, las céntricas, así es que los recorridos se fueron expandiendo con riguroso azar. Y en uno de esos días me encontré con Boedo. La letra del tango Sur apareció completa en mi cabeza. Me senté en la cuneta; me quedé viendo los edificios, las casas y tuve por primera vez la sensación de escuchar Sur, es decir, por primera vez entender el tango, ése y cualquier otro. Por supuesto, no estaba entendiendo nada, pero llegaba a la conclusión de que el tango no existía, o la decrepitud que le atribuía era imposible; más bien ésa era una condición que de manera voluntaria yo había encargado de adjudicarme.
No obstante, viendo la película de Saderman vuelve la extraña sensación de que el tango ya no existe, de que no ha existido nunca, porque ha sido elaborado pacientemente desde el gesto inútil donde su presencia es concebida en un tiempo que no regresa ni vuelve: un tiempo suspendido. No sé muy bien cómo explicarlo, pero al salir del cine tengo el convencimiento, o eso prefiero concluir, de que hay un sitio en la memoria, me refiero a la memoria colectiva, en el cual estará siempre el tango y es, en definitiva, el lugar que anhela El último bandoneón para esta música. Es el territorio de convivencia de un espacio y un tiempo alterno, momento entre otros que consiste, necesariamente, en ser un secreto por revelar. Y de esto dependería su posibilidad imprecisa de imaginación, en las inmediaciones de los gestos inútiles que, así como ciertos relatos de arrabal, pudieran ser el poderío evocativo de una pelea callejera a cuchillo en la cual nos vemos envueltos sin querer, donde sabemos que seremos vencidos.
Por Eduardo Cobos
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