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Recuerdos eróticos

 

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Este mes, ReLectura les preguntó a los escritores cuál es el libro, la imagen o el personaje literario de mayor carga erótica que recuerden. He aquí sus confidencias.

 

Federico Vegas  

El que una hoja, tan inodora, insípida y áspera como el resto de sus compinches en el libro, sea capaz de iniciar una erección, es un prodigio. No hay reinos más apartados que el de la carne y el papel. Algo ayuda como uno se sienta. Aquí va un fragmento de un poema que es a la vez una explicación, y causa de una grata excitación, más pasajera de lo que yo hubiera querido.

 

“Canción de la vida profunda” de Porfirio Barba Jacob.
“Hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos,
que nos depara en vano su carne la mujer:
tras de ceñir un talle y acariciar un seno,
la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer”.

 

Juan Carlos Méndez Guédez

 

La “Silva a la agricultura de la zona tórrida” de Andrés Bello siempre ha tenido devastadores efectos en mi persona. Cuando la leí a los 14 años me erotizó mucho... No he vuelto a leerla. Me asusta el efecto que puedan generarme ahora tantas verduras y frutas. 

 

Francisco Massiani

Historia del ojo de Georges Bataille. También en Trópico de Capricornio de Henry Miller hay cosas cojonudas.

 

Daniela Jaimes-Borges

El personaje que más recuerdo por la inmensa carga erótica y existencial es Blanche DuBois y su relación con el personaje Stanley Kowalski en la obra Un tranvía llamado deseo (1947) del dramaturgo Tennessee Williams. Ella de clase pudiente y él, un obrero. La relación entre ellos va del odio a una atracción emocional muy particular que va creciendo en la medida que se enfrentan. Blanche termina enloqueciendo probablemente por amor o más bien desamor, el suicidio de su esposo homosexual y su problema de alcoholismo. Pero esto no le resta la carga sensual y sexual al personaje, que se debate entre la fragilidad y la arrogancia ante Stan, que de alguna manera cubre sus carencias amorosas. Termino con esta frase de Blanche DuBois: “Cuánto hace que ningún corazón fue dulce con el mío... El mundo se enfrió, palideció el hombre”.  

 

Carlos Noguera

Creo que el libro de mayor carga erótica que recuerdo es Justine, el del Marqués de  Sade, no el de Lawrence Durrel, por los sucesos en torno a su desventurada protagonista.  

Carlos Pacheco

Me voy a referir a una escena de La otra isla, de Francisco Suniaga. Está en las tres páginas finales del capítulo XVIII (155-157). Me llamó la atención por el calentamiento que se va produciendo en las páginas anteriores, como un preámbulo en el relato de Richard a sus amigos. También, por el contraste de los amantes: ella, Renata, alemana y patrona, él, Richard, margariteño y empleado. Finalmente y sobre todo, por la creciente excitación que se va produciendo antes del encuentro pleno, cuando él, que tiene semanas deseándola, la escucha desvestirse, orinar y ducharse en el baño al lado, con la sola separación de una cortina. 

 

Armando José Sequera

El texto erótico que más me impactó –tenía 19 años, cuando lo conocí–, fue Las hazañas de un joven Don Juan, de Apollinaire. Me pareció bastante exagerado, por supuesto, pero casi un modelo a seguir, si alguna vez me daba por escribir literatura erótica.

 

Judit Gerendas

La literatura erótica es una de las más difíciles y elusivas de entre las distintas modalidades de la escritura. Hoy en día está bastante de moda –quizás por razones comerciales– explicitar detalladamente actos y partes del cuerpo humano, de una forma mecánica y descriptiva. Ese tipo de literatura a mí no me entusiasma, termina por aburrirme. La verdadera literatura erótica, en mi opinión, tiene una chispa, una poesía, un juego de seducción, un abordaje indirecto al tema. Entre los grandes paradigmas está el Decamerón, de Bocaccio, el prólogo al cuento de la mujer de Bath, de los Cuentos de Canterbury, de Geoffrey Chaucer, el monólogo final de Molly Bloom en el Ulises, y el famoso trozo del guíglico, de Rayuela. También está la poesía de la escritora venezolana María Calcaño, y el volumen de poesías Elena y los elementos, del también venezolano Juan Sánchez Peláez. De un muy logrado juego erótico, con una función narrativa dentro del texto, igual que en los demás textos narrativos mencionados, en ninguno de los cuales se siente como algo programático, me parece Tieta de Agreste, de Jorge Amado. Sin embargo, mi preferido es algo mucho más antiguo que todos los antes mencionados: el Cantar de los cantares, canto de amor y de sofisticado erotismo, atribuido al rey Salomón y supuestamente dirigido a Sulamita. 

 

Jacqueline Goldberg

A los 15 años, en cuarto año de bachillerato, Cien años de soledad fue extremadamente erótica. Leí fragmentos sujetando el libro con una sola mano. Luego vendrían otros libros, quizás mucho más sensuales, pero ya más parecidos a la vida. 

 

Sael Ibáñez

Loto dorado (novela anónima china del s. XVI).

 

Eduardo Liendo

El erotismo a veces nos sorprende como una centella estremecedora en los escritos más convencionales. Pero uno que recuerdo como desafiante y trasgresor fue la lectura que, siendo muy joven, hiciera, en la isla de Tacarigua, de la novela Trópico de Capricornio, de Henry Miller. Recuerdo que hay muchas escenas de intensa sexualidad y erotismo en sus páginas, en una de las cuales el personaje describe el preámbulo de una relación incestuosa con su hermano ingenuo. Uno de esos libros que dejan huella en nuestro pensamiento y sensibilidad. Sin duda, Miller fue un maestro en la revelación del erotismo y la sexualidad explorando sus zonas oscuras.  

 

Karl Krispin

El amante de Marguerite Duras y Los cuadernos de don Rigoberto de Mario Vargas Llosa.

 

Leo Campos

Un cuadro de Tiziano Vecellio donde aparecen muchos querubines rubicundos y con caras de viejos, diablillos perversos, me provocó una erección vergonzosa en el Museo del Prado, en Madrid. También una escena en Las edades de Lulú, con toda probabilidad mi primer acercamiento a la pornografía, a mis tardíos 14 años: esa en la que la chica abre las piernas para ser afeitada por su amante. Pero sin duda, el personaje que se lleva al resto por los cachos, por no decir la obra completa, es Lolita, de Nabokov, primero; de Kubrick, después.

 

Federico Pacanins

La Sherezade de Las mil y una noches deja cuentos incomparables durante magníficas encerronas útiles para garantizar que ni la ejecuten, ni le impidan a su galán la posibilidad de casi infinitas rumbas que a la final procuren vida plena. ¿Existe mejor personaje en la materia?  

 

Willy McKey

Mi memoria narrativa es muy mala. Pero mi lista de personajes arrancaría por Marketa (de La broma, de Milan Kundera), la mujer que llega al bar con una caja de zapatos donde viven dos parejas de enanitos fornicadores en un cuento de Bukowski (del cual no recuerdo nada más) y la gringa de La vida exagerada de Martín Romaña que tenía sexo con latinoamericanos como disculpa patria a los excesos que su país cometía en el resto del continente (¿Sally?). Me cuesta mucho olvidar mi adolescente lectura de la melena y el traje de baño blanco de “El descubrimiento de América”, también de Alfredo Bryce Echenique: “Tampoco ella tenía la culpa. Habían escuchado a Miguel cuando dijo que iba a salir un rato. Habían nadado, y eso había empezado por ser un baño de piscina. No podrían decir en qué momento habían comenzado, ni se habían dado cuenta de que era ya muy tarde cuando el agua empezó a molestarlos. Porque iban a continuar, y todo lo que no fuera eso había desaparecido, y los había dejado tirados ahí, al borde de la piscina, sobre el césped. Y Manolo la besaba y jugaba con sus cabellos, igual a esos tigrillos en los circos y en los zoológicos, que juegan, gruñen, y sacan las uñas como si estuvieran peleando. Y América se reía, y se dejaba hacer, y colocaba una de sus rodillas entre sus piernas, y él sentía el roce de sus muslos y paseaba sus manos inquietas por todo su cuerpo, hasta que ya había tocado todo, y sintió que esa malla blanca que tanto le gustaba lo estaba estorbando. Era como si estuvieran de acuerdo: no hablaban, y él no le había dicho que se la iba a bajar, pero ella lo había ayudado. Y entonces él había apoyado su cara entre esos senos como abandonándose a ellos, pero América lo buscaba con la rodilla, y él se había encogido y había besado ese vientre tan inquieto, donde la piel era tan y siempre morena. Luego, se había dejado caer sobre ese cuerpo caliente, y se había cogido de él como un náufrago a la boya, y no se había podido incorporar porque América y sus muslos lo habían aprisionado. Y luego él debió enceguecer porque ya no veía el césped bajo sus ojos, ni tampoco le veía la cara, ni veía las plantas alrededor, pero sentía que todo se estaba moviendo con violencia y dulzura, y ya no la escuchaba quejarse y entonces era como una suprema armonía, y el ritmo de la tierra y del mundo bajo sus cuerpos, alrededor de sus cuerpos, continuó un rato más allá del fin”. 

 

comentarios (1) >> feed
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escrito por Danielab, marzo 01, 2010

La Ultima Rosa de Moncho Marques, muy descirptiva, definitivamente tan impactante que te hace erizar....

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