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Gemidos

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Bien visto, si he leído tanto,
ha sido para defenderme del volumen
de los otros,
y si escribo,
he escrito para imaginar
cómo serían los otros con volumen bajo
o en silencio
 
 Fabio Morábito
 

 

Quise que esto quedara gracioso. Lo intenté varias veces, desde diversos ángulos, y ahora presumo que no lo logré. Acaso la culpa resida en mi dificultad para contar cosas divertidas. Es probable. No soy Wilfrido Vargas. Aunque también reconozco que esta anécdota que quise recrear en clave jocosa, en tono jodedorcito, quizás no me salió así sencillamente porque el hecho, en su momento –y qué momento–, no me causó nada de gracia y sí una tristeza de los mil diablos. Entonces, ni hablar. Ni mucho menos insistir. Esta es la historia de los gemidos tal cual como la viví y la leí.

Empezaban a eso de las once. Al principio eran unos sonidos leves que podían confundirse con bostezos, con llantito de bebé, con un ligero ataque de asma. Pero no. Porque en cuestión de segundos adquirían un volumen, una consistencia y un ritmo de connotaciones fácilmente descifrables. Con frecuencia, todo se limitaba a ronroneos lujuriosos de decibeles aceptables, pero lo suficientemente intensos como para traspasar las paredes de mi cuarto con alarmante nitidez. Eso de lunes a viernes, repito, a golpe de once de la noche, justo cuando me disponía a ganarle unas horas de sueño a mi insomnio, que por esa época era de alta fidelidad. Ahora bien, en ocasiones de mucho éxito, los gemidos de al lado mutaban en desgarradoras plegarias y, en casos de estrépito, en un repertorio de lisuras y onomatopeyas que crispaban ventanas y cuadros y nervios. Ella era la voz cantante. La vocalista. En los instantes más arrebatados podía ofrecer unos arpegios de gozo que me dejaban hecho una porquería hasta el amanecer. Él, por el contrario, apenas se dejaba escuchar en el remate final, como un músico concentrado no tanto en sonar como en extraer sonidos de su instrumento en cada ejecución. Yo renegaba de la delgadez de esas paredes que me obligaban a dar vueltas y vueltas sobre mi cama, solitario, desvelado y con la cabeza bajo la almohada, hasta que no aguantaba más y, como no fumo ni suelo beber a solas, terminaba saliendo a tomar aire al balcón, con no pocas ganas de arrojarme a la acera, si no fuese porque vivía en un primer piso. Tampoco ponía música ni encendía el televisor porque no deseaba caer en una competencia de sonidos en la que llevaba todas las de perder, eróticamente hablando. Así que sólo balcón y nada más, único lugar al que no arribaba el ruidoso placer ajeno, pues con los meses comprobé que el coito de mis vecinos, por razones acústicas que jamás entendí, se escuchaba en todo el resto de la casa a partir de esa hora –salvo los fines de semana que descansaban o se largaban a amarse muy lejos de mi angustia– como un recordatorio de la felicidad estereofónica a la cual nunca tuve chance de responder en igualdad de condiciones.   

Sé que los que hemos vivido en edificios solemos compartir este tipo de experiencias, ya sea como oyentes o como practicantes. No pretendo llamar la atención sobre un hecho que quizás raye en la normalidad, aunque lo normal también sea que casi nadie hable de esos asuntos tan sonora y matanceramente íntimos. Como sea, no deja de ser una situación incómoda, sobre todo cuando uno se encuentra con la saciada pareja al día siguiente en el ascensor, o camino al estacionamiento, y los buenos días de uno y los buenos días de ellos no suenan igual ni mucho menos significan lo mismo, malditas paredes. Pero uno trata de ser amable, de hacerse el loco, y hasta alguna vez me tocó ayudar a mi vecina a cargar las bolsas del mercado hasta su casa, y cada vez que me hablaba yo sólo atinaba a escuchar variantes auditivas de su feroz nocturnidad, hasta que no pude aguantar más su voz ni su mirada ni sus bolsas, y entonces rodaron los tomates, los cereales, los huevos, la leche en polvo, y yo salí huyendo, porque encima la mujer de mi vecino era de una hermosura que ya, francamente, era el colmo del abuso. Así vivía yo.

Por aquellos días –o más bien noches– recordaba, de puro masoquista, al personaje del relato “Duraznos” de Juan Carlos Méndez Guédez. Un estudiante universitario que habita en un edificio de vecinos detestables, aguijoneado además por la ausencia de Selena, una puertorriqueña de caderas de infarto con quien le tocó intercambiar sudores, frutas y aullidos durante quince días en su apartamento. En venganza contra una vecindad que le revienta la paciencia, y en despecho por la ausencia de Selena, el personaje decide, en un ejercicio de ventriloquia sexual nunca antes leído, reconstruir sus noches de éxtasis a todo pulmón: “Por eso todos los amaneceres repito mis gestos recién inventados. Salto sobre mi cama. Salto mucho hasta hacer que crujan los resortes, y luego gimo con mi voz, con mi voz rota como cuando Selena me absorbía. Y luego voy dándole matices a mi gemido, Y lo hago frágil, agudo. Soy Selena. Soy el gemido de Selena. Y luego soy yo, y gimo grueso, y otra vez Selena que gime desde mi garganta. Todavía no puedo imitar un gemido en el que parezca que las dos voces se confunden. Pero no ceso. Gimo, gimo, gimo y ellos me oyen. Se arropan, dan vueltas en la cama, maldicen”. Y así hasta que el personaje se duerme plácidamente, dejando a los vecinos en un envidioso estado de vigilia.

Juro que en algún momento esa idea me cruzó por la cabeza. Yo también tenía una Selena a quien evocar, a quien imitar, pero nunca me atreví, quizás porque mis vecinos no eran realmente unos desalmados y porque además ese gesto, que en el cuento es de risueña ternura, en la realidad podría resultar patéticamente desolador.

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Salvo ese relato de Juan Carlos, desconocía para aquel momento otras referencias literarias con ese tipo de cópulas traspasamuros. Por eso, cuál no sería mi sorpresa, años después de esas madrugadas, al constatar que lo que viví –y morí– a lo largo de esas noches fecundas en alaridos, era textual y sexualmente similar a la escena descrita por Alfredo Bryce Echenique en Reo de nocturnidad. Aquella en la que Maximiliano Gutiérrez, profesor peruano para más señas casuales, les cuenta a sus amigos de Montpellier el escándalo hardcore ejecutado por una pareja de fogosos vecinos recién mudados a su edificio. Una auténtica contaminación sonora en el estado de ánimo de un personaje cuya depresión amorosa e insomnio incurable debe arrastrar durante más de doscientas cincuenta páginas de risible tragedia. Las correspondencias hablan –o gritan– por sí solas: “El acto de amor más largo, más ardiente, más apasionado y más delirante del mundo –cuenta Max– arrancaba cada noche en la cama de los altos, situada encima de la mía. Los alaridos de ella, que no de otra cosa se trataba, porque a él debía bastarle con ser él, empezaban con una puntualidad realmente asombrosa, pero en cambio nunca se sabía cuándo iban a terminar. Todos los fuegos, todos los ardores y todos los orgasmos de Montpellier parecían concentrarse en la cama de los altos, y recuerdo que en más de una ocasión me descubrí agachando la cabeza de vergüenza viril al pensar que un solo hombre era capaz de organizar semejante escándalo en el vientre de una mujer y extraer una gama tan variada de alaridos, gemidos, chillidos, chilliditos, lamentos gitanos, ven pa’cás, no me sueltes, me matas, te mato, nos matamos, papis-papis, otra vez, ayayayais-sí y demás ayes de amor, en fin, el más amplio registro sonoro del que, estoy convencido, puede ser capaz el animal humano”.

Hasta aquí las coincidencias con lo vivido y oído en mi apartamento. Porque tratándose de Bryce, esa descripción es apenas la antesala de una situación verdaderamente exagerada. Max invita a sus incrédulos amigos del bar a que asistan una noche a los bajos de su edificio para que se convenzan de lo que les acaba de relatar. A ellos les parece genial la idea, y parten en comitiva para presenciar el espectáculo erótico nunca antes escuchado en los anales sexuales de Montpellier. De modo que sentados en la esquina de la cuadra y una vez llegada la hora del show, la morbosa cofradía comprueba con admiración que Max no se había quedado corto en su detallado recuento. Tal es el entusiasmo colectivo, que deciden buscar a Tutú, un viejito árabe medio sordo que la mayor parte del tiempo permanece callado en la barra del bar, pero siempre con una beatífica sonrisa que pareciera no pertenecer a este mundo. Es como el abuelo feliz del grupo, por lo que todos coinciden en que deben traerlo para que no se pierda la maravillosa furia de esos profesionales de la fornicación. Una vez que Tutú llega a la cuadra, uno de sus amigos lo sube sobre sus hombros para que pueda oír mejor, y en ese momento Bryce es más Bryce y malvado que nunca pues todos allí empiezan a arrepentirse de haber traído a Tutú, pues a medida que el viejito va oyendo el estruendo pasional, se le va borrando de golpe la sonrisa por primera vez en la novela y la cara se le comienza a llenar de unos lagrimones que para qué seguir oyendo más, aunque uno sigue, claro, y lee ese remate estremecedor de la escena en que Tutú alza su brazo tembleque hacia el dormitorio en que se halla la pareja incansable y, observando a sus amigos, les dice entre sollozos, casi como una súplica: “El amor, ¿qué fue del amor? ¡Cuénteme, por favor, qué fue del amor!”

Tanta bulla para terminar con este silencio. 

 

Por Luis Yslas Prado
10 de septiembre de 2009
 

 

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