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Hallazgo de un cuaderno inédito de Cabrujas

Crónica del I Congreso en Yordanología

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Sucedió durante el I Congreso Yordanológico Internacional de La Valeta. Gregorio González Marcano, geógrafo de la UCV exiliado en Mallorca, contó cómo encontró por azar el cuaderno perdido de José Ignacio Cabrujas. «En octubre de 1995 —dijo el perturbado—, antes del fatídico viaje a Margarita, el maestro se reunió con Fausto Verdial y le entregó un cuaderno Caribe con anotaciones ilegibles; en la última página, sobre el boceto de un bosque hecho a bolígrafo, aparecía el dibujo de un sol que tenía la cara de un niño».

Malta, 2009. La Universidad de La Valeta; Radio Valentín y la Fundación Caballeros de la Orden Maltesa patrocinaron el evento. Durante una semana la bahía de San Pablo reunió a un selecto grupo de yordanólogos que, entre distintas ponencias y mesas redondas, ofrecieron lecturas novedosas sobre la obra del cantante italocaraqueño.

ImageFue en la Catedral de San Juan, bajo un fascinante lienzo de Caravaggio, donde encontré al desesperado geógrafo —aunque más valdría decir que él me encontró a mí—. «Tengo el cuaderno de Cabrujas —dijo mortificado—. No podemos confiar en ningún editor o librero. Hay sectores interesados en que esta información no salga a la luz. Aficionados y detractores tienen valiosas razones para hacer desaparecer este documento. Sólo podemos confiar en ustedes, debes llevar este material a ReLectura». Me entregó el cuaderno y, tras un golpe de brisa contra el inmenso portal de madera, salió corriendo. Las diligencias postergaron la lectura. La conferencia inaugural tendría lugar esa mañana. Fue difícil ubicarme en el campus de la Universidad de La Valeta. La primera charla, a cargo del Doctor César Ernesto Pérez, se titulaba: A 25 años de Manantial de corazón: recepción y reacción.

El geógrafo me pidió discreción. Necesitaba, sin embargo, aclarar algunas cosas. Nunca estuve versado ni interesado en la obra de Cabrujas. En una oportunidad, hace muchos años, me enfrenté a Luis Yslas a quien expuse con insolencia que no había grandes diferencias entre las novelas de Cabrujas y las de Delia Fiallo; que Señora y Abigail eran idénticos desastres. Yslas, entonces, teniendo en cuenta mi juventud irresponsable, refutó mi comentario con argumentos didácticos. Me recomendó obras teatrales que nunca vi y sugirió columnas de prensa que tampoco leí. La adolescencia noventera orientaba mis gustos hacia otros asuntos —por fortuna— olvidados.

La segunda conferencia tuvo lugar a las once de la mañana. El ponente, invitado desde la Escuela de Artes Plásticas Armando Reverón, se llamaba César Núñez, alias Cesescore: ¿Dávila o Yordano? No voy a mover un dedo. Historia de una disputa. La reflexión sobre Cabrujas —y el cuaderno que guardaba en mi morral— no me permitió prestar atención. El ponente mostró videos de Youtube e hizo análisis musicológicos sobre las versiones citadas pero, hundido en mis cavilaciones, perdí de vista el argumento.

Nunca había leído a Cabrujas. Un encuentro casual en el Metro de Madrid puso en mis manos la compilación de artículos de prensa de Yoyiana Ahumada. Abrí el libro al azar y encontré conjeturas y refutaciones sobre el episteme adeco. Censuras contra Piñerúa, Gonzalo Barrios, David Morales Bello y demás referentes de corrupción anacrónica y culta. Mientras Cesescore contaba entuertos underground entre Sonográfica y Sonorodven por el copyright de No voy a mover un dedo, tuve la clara impresión de que, en nuestros días, el viejo José Ignacio estaría preso o, con fortuna, desterrado. La curiosidad por los contenidos del cuaderno fue más fuerte que el interés por aquella ponencia.

ImageEl cuaderno de Cabrujas tenía muchos dibujitos. Los trazos estaban hechos a bolígrafo azul, rojo y negro. La letra, apenas legible, dejaba leer nombres como Tinky-Winky, Dipsy, Laa-Laa y Po; al fondo tras distintos versos de rimas asonantes, aparecía una especie de aspiradora. Aplausos. Terminó la ponencia. Por cuestiones de tiempo se suprimió la ronda de preguntas. Comenzó la segunda conferencia. Salvador Fleján fue el siguiente en exponer sus consideraciones en una investigación titulada: Ilan, Franco, Yordano o el paradigma Sonográfica. Los muñecos llamaron mi atención, eran figuras amorfas, largas y con una especie de rectángulo impreciso en el centro. Fleján estableció comparaciones novedosas entre Cerro Ávila, Chatarra de amor y Frívola enunciando una serie de constantes temáticas. Recordé, entonces, otra de las páginas de El mundo según Cabrujas —compilación de Ahumada—: un sugerente artículo sobre los estereotipos de América. Cabrujas cuenta que fue a una obra de teatro nicaragüense o boliviana y sintió una profunda indignación ante la recreación de un folklore acartonado con flauticas, tradiciones inventadas, teologías animistas y demás romanticismos imposibles. «América no es esto», decía con efusión. Fleján, por su parte, comparaba la portada del LP Yordano (1984) con el famoso disco negro de Metallica arguyendo, por demás, que el intérprete de Hoy vamos a salir había sido, entre otras cosas, un pionero del diseño gráfico.

Durante el break, —ronda de cachitos, pastelitos y cuarticos de chicha importados por un historiador de la UCV exiliado en el Magreb—, pregunté a algunos contertulios sus impresiones sobre Cabrujas. Encontré aficionados ultras, moderados y detractores. Una mujer algo gorda —catedrática de la Simón Bolívar que aquella tarde dictaría una ponencia titulada ¿En un sótano de la Florida?—, se puso a llorar apenas pronuncié el nombre de su héroe, José Ignacio.

Caí en cuenta de que la hinchada de Cabrujas, curiosamente, tenía una marca generacional: el menor tendría treinta años. Los más jóvenes, en su mayoría, habían oído hablar de él pero pensaban que era, simplemente, un venezolano más; un carajo que, alguna vez, escribió una columna graciosa sobre un gordito con una camisa rosada que hace mucho tiempo intentó derrocar algún gobierno. Un hombre sereno, atento a mi curiosidad, me dijo que José Ignacio Cabrujas había sido un personaje incómodo; difícil de asimilar para un país acomplejado como el nuestro. Finalmente, dándome la espalda dijo con tristeza: «Cabrujas halló la obsesión de su escritura en nuestro inventario de fracasados felices y elocuentes». Al principio no lo reconocí, era Ibsen Martínez. La mañana siguiente, él debía presentar la polémica ponencia: De cómo Eva Marina se transformó en Por estas calles: historia trágica de un proyecto.

ImageAntes de la mesa redonda que tendría lugar aquella tarde fuimos invitados al auditorio de San Pablo donde, sorpresivamente, un holograma de Colina interpretó Corazón Moro. Permanecí en la entrada del recinto escudriñando el cuaderno Caribe. Releyendo lo ilegible logré entresacar las palabras tubbipapillas y tubbitostadas. El geógrafo de Mallorca había contado que Fausto Verdial fue quien logró sacar ese cuaderno de Caracas. Sin embargo, desconocía cómo el texto había llegado a Inglaterra. En 1997, supuestamente, Ragdoll Producciones se hizo con los derechos de la obra. La directora creativa de la BBC, Anne Wood, modificó el proyecto y borró de la portada el nombre de Cabrujas. El holograma, que incluía por demás la presentación de De Oro Puro, llegó a su fin. El moderador maltés anunció la nueva ponencia: Rodrigo Blanco Calderón; Días de junio, formulación de una poética.

Recordé, entonces, las recomendaciones entusiastas de Yslas: Acto Cultural, El día que me quieras, Sonny. Nunca tuve la oportunidad de verlas. No sé si algún día vuelvan a montarlas. Un desterrado irascible —quien me pidió que no lo citara— me dijo que, actualmente, esas obras sólo podrían llevarse a las tablas del Trasnocho si, y sólo si, se incluía algún desnudo o algún monólogo baldío sobre las urgencias de la próstata, las trompas de Falopio, el escroto o la uretra. «El teatro venezolano siempre será una franquicia de los galpones de Chacaíto —dijo el desengañado—. ¿Cabrujas, Chocrón, Verdial? ¿Quién va estar viendo eso? ¿A quién le importa? Aquello del teatro o la novela cultural ya pasó y no le gustó a nadie». Se retiró molesto. Tuve la impresión de que quería caerme a coñazos.

La Segunda Jornada del Congreso Yordanológico terminó en trifulca: un grupo de entusiastas inició una serie de presentaciones sobre las nuevas canciones de Yordano y el auditorio, en su mayoría, se quedó dormido. La ponencia titulada «Originalidad en El deseo» colmó la paciencia de los oyentes. Gritos desaforados comenzaron a escucharse en la sala: ¡A la hora que sea!; ¡Muñeca de lujo!; ¡No queda nada!; ¡Escándalo en tus mejillas! Intuyendo el desastre, salí del recinto. El Congreso Yordanológico, sin haber cumplido el cronograma, había llegado a su fin.

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Durante tres semanas, en compañía de eruditos notables, examiné con detalle el cuaderno de Cabrujas. El serial sin título pretendía ser una especie de comiquita cultural. Cuatro muñecos, en apariencia idiotas, contarían la historia lúdica de Venezuela a través de un televisor colocado en sus vientres. Cabrujas, según me explicó uno de los expertos, consideraba que debía formarse —casi de la nada— una nueva generación de venezolanos. El proyecto infantil pretendía, en parte, ofrecer una novedosa e instructiva lectura de nuestra tragicómica historia. «Por supuesto, amigo Lautaro, no es necesario decir que este país nunca estuvo preparado para algo así». No sabemos cómo el borrador de Cabrujas llegó a los estudios de la BBC. «Fausto Verdial era el único que conocía aquella obsesión de Cabrujas, pero Fausto murió en el 96 sin dar noticia de lo ocurrido», comentó otro erudito. Cuando, en 1997, cuatro muñecos de colores aparecieron en las pantallas de la BBC bajo un sol con cara de niño e interpretando canciones tontas nadie imaginó que la idea original pertenecía a un olvidado dramaturgo de Catia. «Venezuela es aficionada al olvido, muchacho; por más que nos duela y queramos convencernos de que su legado nunca se olvidará, sabemos que mentimos. Los venezolanos de valía son irrelevantes; aquí sólo cuenta el montonero, el bochinchero y el arribista», dijo uno de los catedráticos jubilados antes de dormirse apoyado en la barra de una taberna maltesa.

El cadáver del geógrafo de Mallorca apareció flotando en las aguas del Gilao, dos días después de la última ponencia. 

Lautaro Sanz

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comentarios (1) >> feed
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escrito por infausto verdial, octubre 10, 2009

Mr Sanz, las revelaciones señaladas en su artículo me dejaron anonadado, estupefacto y patidifuso. Me atrevería a especular, que siendo el maestro Cabrujas un apasionado fanático de los gloriosos Tiburones de la Guaira, haya concebido el proyecto originalmente con el nombre de "Los Teletibus" (obviamente las sabandijas de la BBC, apelaron a un anagrama del título original para evitar sospechas).
P.D. Avisenos cuando se realice un congreso de Tacateñología en homenaje al Gabán tacateño.

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