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Ellos no son así

 

Por Martha Durán

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Fotografía M. D.

 

He podido pararme, estacionaria, en el interior de todo aquello que vacío se postra, aquello que se aferra a la pereza, a la ausencia del hacer medianamente elegida. Elegir suena ahora excesivo, a veces engañoso. Pero esa misma pereza deja una sombra vieja y percudida sobre mi lado de la cama. Me asusta un poco ver mi imagen como radiografía estampada en las sábanas, imagen vertical en el lado derecho del rectángulo, casi delineada con lápiz. Pero otra sombra mucho más delgada, casi como un hilo suelto de la gran mancha vertical y el borde de la cama, llama mi atención algunas veces; otras, simplemente me desconcierta. Nunca me he visto dormir, pero sé –con mucha certeza– que ninguno de mis brazos queda pendiendo fuera de la cama cuando cedo al sueño o al cansancio. Sin embargo, casi como si escapara del resto brotaba esa estrecha línea que terminaba justo en el borde, como si se hubiera derramado hacia el piso suavemente. Todos me dicen que no me preocupe, que no es culpa de la pereza, que no es mi culpa, que siempre están conmigo. Pero yo sé que mienten, porque sí es mi pereza y no siempre están conmigo. Ahora me miran como si sintieran lástima por mí, cuando antes reclamaban mis apatías y mis ganas de no hacer nada. Ahora, cuando decido caprichosamente – quizá para molestarlos – que no me levantaré más de la cama, que jamás pondré un pie en el piso, justo ahora, dicen entenderme. Soy yo la que no entiende tanta condescendencia. Incluso, he llegado al límite de ni siquiera hacer el esfuerzo de abrir la boca cuando me dan de comer, pero ni así son capaces de gritarme o mirarme mal como lo hacían antes. Parece que entendieran como algo normal el que yo deje casi siempre mi boca entreabierta para que la saliva ruede y les dé asco y los haga reaccionar. Nada de esto parecía molestarlos. Pero yo sé, que a pesar de estas reacciones, ellos no son así. Fingen, estoy segura.

Ya ni siquiera les hablo para pedir algo, antes lo hacía sólo para mirarles los rostros y advertir aunque sea un leve disgusto que los dejara descubiertos, llanos como son, como sé que son. Pero el efecto se hizo contrario, pues al ver que todos se ofrecían a buscarme lo que había pedido, que lo hacían además sin dejos de irritación o apatía, era yo la que no podía contener la rabia que dejaba al descubierto mi incapacidad para desmontar todo el espectáculo. Y entonces, para no revelar mi arrebato ni ceder el juego, callaba; callaba sin soltar una palabra, pero el esfuerzo era tal que mi cuerpo me adjudicaba contorsiones que no eran mías, se movía torpemente en arcadas mientras yo cerraba fuertemente mi boca para encerrar las palabras que tenía en la garganta. Ni siquiera esto bastaba, pues en una jugada más hábil, ellos reaccionaban con preocupación e incluso ternura al ver mi rebeldía desbocada hasta tal extremo. Desde ese entonces no hablo, y sobre todo, aprendí a controlar mi cuerpo para que se quedara absolutamente inmóvil, reventado de indigencia. Pero cada vez se hacían más dóciles y atentos, dejando ver el amplio registro que tenían de la desfachatez; pues yo sé, insisto, que ellos no son así.

A veces les hago pensar que duermo para descubrirlos hablando de mi flojera, para comprobar que siguen sin creer que mi decisión es irrevocable. Y mientras extrañada sólo escucho un largo silencio, mi rabia se hace mayor y siento unas ganas incontrolables de incomodarlos hasta que ese silencio reviente como globo dejando salir gritos, reclamos, insultos. Así, sus palabras y gestos fingidos quedarán al descubierto. Así, el juego habrá terminado y todos sabremos quiénes somos realmente. Así, luego de dejarles claro que solamente yo puedo controlar lo que hago o dejo de hacer, podré entonces levantarme y volver a ser yo la que me cepille los dientes, la que vaya al baño, la que coma con cubiertos, la que hable, la que se sienta, la que se levante, la que camine, la que acomode la almohada, la que escoja qué ponerse, la que siempre conocieron, la mujer apática, perezosa y entregada por completo a la comodidad.

  

 

 *   *   *

Martha Durán (Trujillo, 1976). Es licenciada en Letras por la Universidad del Zulia y actualmente cursa la maestría de Estudios Literarios en la Universidad Central de Venezuela. Estudió fotografía en la escuela de fotografía Julio Vengoechea durante los años 1999-2000 en la ciudad de Maracaibo. Participó en el Taller de Creación Literaria dictado por Orlando Chirinos en la Universidad de los Andes (2004-2005) y en el taller de narrativa de Monte Ávila Editores (2006-2007). Se presentó en el concurso de Autores Inéditos (2007) quedando como finalista con su libro Qué impertinente manera de volver. Participó en la IV Semana de la Nueva Narrativa Urbana (2009). Ha publicado relatos en el Diario de los Andes y en la página web de Ficción Breve, entre otros.

 

 

 
comentarios (1) >> feed
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escrito por afterbach, mayo 18, 2010

Interesante retrato anímico. Excelente penetración psicológica que me hace recordar la narrativa de Juan Rulfo. Felicitaciones!

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