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El señor Ibsen está en casa El señor Marx no está en casa A partir de una conjetura, la supuesta relación incestuosa entre Karl Marx y su hija Eleanor, Martínez forja una trama novelesca de aires victoriano y ritmo caribeño.
El señor Ibsen está en casa
Jueves 3 de septiembre. Café Arábiga.
A las 4 en punto de la tarde, tal y como acordamos, aparece Ibsen Martínez para la entrevista. Yo llegué poco antes y me encontré por casualidad con Oscar Marcano, quien tuvo la oportunidad de presentar hace algunas semanas El señor Marx no está en casa (Norma, 2009), la novela que marca el regreso narrativo y real de Ibsen Martínez a tierras venezolanas. Comparada con su anterior entrega, El mono aullador de los manglares (2000), se trata de una gran novela. Y comparada con las propias expectativas que su primer párrafo genera, hay que repetir que se trata de una gran novela. La historia comienza así: A mediados de 2006 tuve el primer atisbo de que Karl Marx pudo haber inducido a Eleanor, su hija menor, a sostener relaciones incestuosas con él ( ) Ya está dicho: Karl Marx agresor sexual intrafamiliar.
Es un comienzo abrupto y efectivo. Incluso, podría ser tildado de efectista. Sin embargo, me parece que su función va más allá del legítimo deseo de todo autor de enganchar a sus lectores. Creo que, además de mostrar directamente el eje argumental, esa frase invita a dejarlo un poco de lado y atender a otras historias y personajes que tienen allí su nudo vivencial.
Sin embargo, no nos adelantemos. Ibsen llega, intercambiamos las impresiones habituales que profesan aquellos que sólo se conocen por referencias de otros o por correo electrónico al momento de entrar en contacto personal.
Comienzo por preguntarle sobre dónde ha estado en los últimos tiempos y haciendo qué.
En Colombia. Me propusieron una adaptación. Adaptar una serie gringa al ámbito colombiano. Hice ese trabajo, que tomó mucho tiempo. Y tenía muy buenas razones para ir. Tengo muy pocas cosas que me aten a Venezuela en lo familiar. Me quedé allá la mitad del año. Después de la crisis, el socio gringo y el socio colombiano se vieron obligados a recortar, y el efecto neto fue que el comprador dijo que lo que quería era una telenovela. Y hasta ahí llegué.
Luego, sin que ninguno de los dos lo hubiera previsto, la conversación derivó hacia uno de los temas que más apasionan a Ibsen: el petróleo.
Yo tengo un vínculo raro con el mundo petrolero y escribo sobre eso, me interesa ese tema. Escribo artículos en inglés sobre el tema para unas organizaciones interesadas. La diáspora de los petroleros, su dispersión después del paro de 2003, ha sido un fenómeno que tiene mucho potencial para explotar. Haciendo la salvedad de que yo no estuve de acuerdo con el paro y que yo detesto la actitud de esa gente que se cree irremplazable.
Hace 3 años en España tuve la oportunidad de visitar una comunidad singular, en Extremadura. Donde empezó todo ¿no?, de donde salieron Pizarro y Cortés. Eso está colonizado por venezolanos. Se trata de gente muy importante, muy conocedora. Ingenieros petroquímicos que están armando la que probablemente sea una de las primera refinerías verdes, de esas que tratan de reducir al mínimo la contaminación. 120 mil barriles diarios, es lo que se proponen. Y no hay ninguna en Venezuela que tenga esa capacidad. Y la están haciendo desde cero. Debería estar en producción en 2012. Son 18 familias de venezolanos en un pueblo que estaba muerto y entonces ellos son ahora los oligarcas de ese pueblo.
Los petroleros, aparte de que son unos tipos que ganan mucho dinero y que son unos engreídos, no difieren de la clase media venezolana. Tienen los mismos valores, no son cosmopolitas. Tienden al gregarismo protector. Por lo menos la generación de los padres de estos muchachos, no son candidatos a asimilarse a estas sociedades. En Canadá, donde también existe una comunidad importante de venezolanos que trabajan en las petroleras, tienen un conjunto de gaitas que se llama Below zero gaita´s. Y los más bravos son los de Guinea ecuatorial. En Guinea ecuatorial encontraron petróleo hace unos 9 años. Como ese es un país de habla hispana, ellos se llevan mejor con los venezolanos. Incluso los asesores de ministerio son venezolanos. Y ahora están colonizando Colombia. Toda esta situación de la diáspora petrolera venezolana a mí me parece trágica, o mejor dicho, novelesca, porque son ingenieros de unos 55 años, que llegaron a ganar unos paquetes muy gordos en PDVSA, haciendo ahora el trabajo de un rookie de 25.
Viendo el vivo interés y conocimiento expresado sobre el tema, conversamos sobre el potencial literario del mundo del petróleo.
Cuando era joven intuía que estaba errada esa formulación de Carrera Damas según la cual siendo Venezuela un país petrolero, de economía petrolera, esa actividad debería encontrar de alguna manera la forma de ser material narrativo. Yo intuía que estaba descaminada esa petición. Con los años, digamos que de unos 15 para acá, me dio por la economía. Por la historia económica, y muy particularmente por la historia económica de los petro-estados. Me da la impresión de que eso que pedía Carrera Damas no podía ocurrir antes de que se diera una crisis de esos petro-estados, que llevase entre otras cosas a la élite ilustrada a replantearse el tema petrolero. El tema es muy frondoso, pero una de las cosas más raigales, pues, del hecho petrolero es que primero, la propiedad de los hidrocarburos es del Estado y el resto de la sociedad no tiene por qué saber más nada sobre el petróleo. Te lo comparo con Colombia. Cualquier colombiano sabe cuánto está costando la carga del café en el mercado. Todo el mundo está de alguna manera vinculado con el café. El venezolano se ha vinculado con el Estado por la vía académica, por la vía del contratista, por la vía de trabajar en la administración pública. Entonces la saga, la épica, la pequeña historia del petróleo, todo eso no parece importarle. Y lo único que le ha interesado a los narradores que se han ocupado del tema, como desde los años 30 para acá, es el lado ideológico del asunto: la satanización del petróleo, la dependencia y esas cosas. Yo siento que hay una gran deficiencia ahí. No creo, por descontado, que tú tienes que escribir a juro sobre lo que sabes, pero eso ayuda.
Ya en lo personal me pasó lo siguiente. Hasta que no murió mi padre no empecé a escribir relatos y cosas sobre mi experiencia petrolera. No me animaba, por el Edipo, no sé, la cosa castradora, pensaba que el viejo a lo mejor se arrechaba y no le gustaba. No bien murió hace un par de años pude escribir una historia que yo había verbalizado y contado hasta la saciedad. La convertí en un relato que me celebraron mucho. Por otro lado, vuelvo al teatro. A finales de año, o principios del año que viene, Héctor Manrique va a montar una pieza mía que se llama Los petroleros suicidas, que toca el tema de las secuelas en el interior de la industria del malhadado paro del 2003.
En El señor Marx no está en casa, el narrador afirma que primero intentó escribir la historia de Eleanor Marx como una pieza de teatro. ¿Eso fue el origen real de la novela?
Sí. El narrador es un trasunto mío. Cuando yo tenía 30 años me empezó a ir muy bien en el teatro. Y desde esa época yo ambicionaba hacer una cosa sobre esta mujer, pero la opulencia informativa me paralizaba. Muchos años después, en 2005, escribí todo un primer acto de esa futura pieza. Así que, al menos ahí, el narrador no miente. Eso es lo que ocurría. Yo quería hacer una pieza teatral sobre esto y no podía. Después que hacía ese primer bosquejo donde explicaba quién era el personaje no hallaba cómo seguir. Entre otras razones porque la única hipótesis que tenía era la conocida: que Eleanor Marx fue víctima de un pacto suicida en la cual el amante no cumple su parte. También es rigurosamente cierto, como lo cuento en la novela, que yo escuché la formulación de una conjetura de parte de una conocedora de los temas sobre violencia intrafamiliar. Esa fuente yo la transmuté en la amante del narrador, que es un perdedor de la televisión.
Si uno compara El señor Marx con tu novela El mono aullador de los manglares, se da cuenta de que persiste el tema del mundo televisivo y telenovelesco. Sólo que en esta ocasión es más un telón de fondo y no ocupa un lugar tan central como en tu anterior novela.
El mono aullador es una novela fallida en muchos aspectos. Y lo digo porque viendo un poco hacia atrás, veo que estaba imbuido al escribirla de las ganas de hacer un ajuste de cuentas personal con esa industria. Y ahora me doy cuenta de que si yo me hubiera confinado a la historia del caminante y del fraude televisivo seguramente hubiera caminado mejor esa historia. Prevenido por eso, con diez años más a cuestas, yo decidí contar esta historia del modo natural en que se me ofrecía. Es decir contada por alguien como yo, que viene saliendo del mundo de la televisión, que aborda la escritura de una historia de ambiente victoriano y que le sale un culebrón, un melodrama.
Al leer tu novela uno siente que Eleanor Marx es un gran personaje pues funciona como una especie de pivote que gira hacia otras historias y personajes. ¿Esto fue deliberado o surgió espontáneamente de la propia riqueza histórica del personaje?
La mejor manera de responder es contarte como lo viví. Yo recuerdo que hace un par de años estábamos conversando Juan Forn, Orlando Rivera, que es médico, novelista y filósofo, y yo. Hablábamos muy distendidamente de en qué andaba cada uno. Forn y Rivera venían de terminar cada uno su novela. La de este señor Orlando Rivera partía de la presunción de que Rimbaud había muerto de un extraño mal tropical. Esto fue el fruto de un análisis médico retrospectivo de unas fotos y otras cosas que nos llevaría muy lejos contarlas aquí. Entonces Rivera dijo una cosa que a Juan Forn lo dejó boquiabierto: hay hipótesis que dejan a los escritores en el sitio. Sobre todo cuando están trabajando material histórico no registrado. Es lo que él llama, citando a un filósofo gringo llamado Pierce, la hipótesis inductiva. Es decir, la hipótesis que te secuestra, que se apodera de ti.
Y eso fue lo que me ocurrió, cuando Teresa Gamboa, la psicólogo amiga mía, me preguntó de qué iba la historia que quería contar. Yo le conté todo lo que sabía del caso y ella me dijo que eso era un caso de libro de texto. Y entonces ahí me dio toda una conferencia sobre la violencia intrafamiliar y la hipótesis prendió en mí. Esa noche, después, yo no pude dormir. Al final fue muy sabroso y muy agónico el proceso de ver en el mapa de la época cuándo y cómo pudieron ocurrir esos dos momentos oscuros en la historia de esa familia: el reencuentro de Marx con Eleanor y el estupro en sí.
Lo que la historia oficial no dice la ficción lo completa.
Sí. Yo estoy de acuerdo con lo que dice Juan Gabriel Vásquez y otra gente: no tiene sentido ponerle prosa y diálogos a cosas que ya sabemos.
Hay una frase de la novela que me impresionó, donde el narrador señala que Eleanor y El capital fueron creciendo juntos. Me parece irónico el choque total entre la teoría, una propuesta de organización económica y social, y la práctica, la vida de todos los días.
Hay dos cosas ahí para señalar. La primera es histórica. A Eleanor Marx le preguntaban ¿dónde trabaja tu papá?. Ella respondía él trabaja en El capital, como si fuera una empresa de seguros. La segunda es que sé de algunos amigos míos que han juzgado el libro sin haberlo leído. Han hecho un juicio de intención, como si yo quisiera desquitarme de la izquierda. Y eso nunca fue mi objetivo. Todo lo contrario. Yo era un militante de izquierdas, siempre me interesó la vida íntima de los utopistas. Por otra parte, no es la primera vez que esta historia ha llevado a otros a escribir ficción sobre ello. Yo sí me puse la restricción estilística de no invocar la doctrina del tipo para señalarlo como un hipócrita. Porque a todos nos ha pasado algo fuera de lo programado en el guión.
Otra comparación interesante que se desprende de la novela es la relación entre Marx y Engels. Marx, en relación con su amigo, siempre pareció más preclaro en el aspecto teórico. Pero al conocer parte de la historia íntima se ve que Engels era quien sabía manejar los aspectos de la vida práctica.
Engels fue, en ocasiones, una especie de alcahueta de la hijas de Marx. Agarraban juntos unas peas tremendas. Por otra parte, Marx era un perdonavidas. Para él nadie tenía valor, nadie era veraz. Era un hombre que fulminaba en lo moral y en lo intelectual. Yo pienso que buena parte del respeto y de la amistad que Marx sentía por Engels es por un libro juvenil de Engels que se llama La situación de la clase obrera británica, que hizo minuciosamente, bellamente escrito, a los 24 años. Esto fue mucho antes de mudarse los dos a Inglaterra y de que Engels le cubriera las espaldas a Marx en más de un asunto doméstico. Y para escribir eso, Engels utilizó los llamados libros azules, que eran los libros de los fiscales de trabajo de la Reina. Libros muy puntillosos sobre la condiciones de trabajo y de ganancia de cada fábrica.
Isaiah Berlín aporta una explicación en este sentido que explica parte de la intransigencia política de Marx y Engels. Ellos estaban persuadidos de que el derrumbe del capitalismo estaba a la vuelta de la esquina y que, en consecuencia, quien no hiciera lo suficiente por hundir el sistema estaba prolongando una agonía innecesaria que además afectaba a los obreros.
Y, ¿cómo fue tu relación con el personaje Eleanor Marx mientras escribías la novela?
A mí me interesó mucho esta mujer pues perteneció a un mundo que siempre me ha perturbado, el del teatro. En materia narrativa, el tema de los dramaturgos fallidos siempre me ha atraído. Al final del libro yo estaba un poco harto. Casi estaba persuadido, junto con Marx y Engels, de que era una histérica y que no había que pararle demasiado. Dio muestras de mucha imprudencia intelectual. Por ejemplo, esa traducción que hizo de Madame Bovary en 5 meses y que luego Nabokov destroza y con válidas razones. De la misma forma que no hay por qué pensar que su traducción de Ibsen el bueno sea buena. Toda su conducta fue dolorosamente histérica. Una persona muy aguerrida y a la vez muy infeliz, muy desdichada.
Un buen ejemplo es la relación casi enfermiza que Eleanor mantuvo con su esposo, el infame doctor Avelling.
Sí. Hace poco descubrí que Bernard Shaw, que fue amigo y contemporáneo de ellos, escribió una pieza teatral sobre la pareja. Es una obra muy pacata porque los enmascara mucho. Tanto así que sólo sabemos que Eleanor y Avelling son el modelo gracias al acostumbrado prólogo que Shaw solía colocar en sus obras.
Avelling es un personaje de una maldad tan pura que por momentos se roba el protagonismo en la novela.
Yo me dije que si tantos contemporáneos quedaron en algún momento impresionados por Avelling, por su don de gentes, por que era un tipo feísimo y muy seductor, por haber estafado a las asociaciones socialistas de Europa y América, Avelling tenía que ser un gran personaje.
Bueno, en la novela el narrador recuerda que para la prensa socialista de la época el enemigo principal era el capitalismo y luego Edward Avelling, el yerno de Karl Marx.
Y la prueba de eso es que Avelling muere en el ostracismo. Por cierto, una vez tuve la ocasión de leer una pieza teatral escrita por él. En Oxford fui a una biblioteca importante y tenían una pieza y la pude leer: qué vaina tan mala. Pero a él eso no parecía importarle. Le bastaba estar en ese medio.
¿Cuál ha sido la recepción de la novela, qué comentarios has recibido?
Como te dije antes, sé de algunos amigos que juzgaron la novela sólo por la contratapa. Además me lo dijeron: yo no voy a leer tu libro porque no puedes decir esas cosas de Marx, que era un padre incestuoso. Pero en general, he encontrado dos cosas. Gente que me dice que no la pudo soltar, que conoció historias y datos que le eran desconocidas. Y lo otro es que, en el caso de lectores no familiarizados con teorías literarias y nociones de crítica, no les pesa ni les parece inverosímil que el narrador sea un escritor de telenovelas. Eso me ha halagado mucho porque yo no quería dejar de escribir una novela latinoamericana, de asunto europeo o cosmopolita o como lo quieras llamar, pero que fuese una voz latinoamericana la que abordase esto. En Venezuela se ha vendido bien y en Colombia no tanto. En resumen estoy satisfecho y por una razón muy sencilla que me recordó un amigo mexicano: querías escribir la novela y la escribiste. Querías publicarla y anduvo por ahí, haciendo su tour por las agencias y encontró editor. Y la gente más chévere que tú conoces y cuyo criterio aprecias le ha parecido que está muy bien. Y ya está, lo que venga es ganancia añadida.
La conversación siguió y discurrió por proyectos futuros de escritura. Yo, que me cuento entre los lectores que no pudieron soltar la novela, me fui esa tarde con una doble ganancia. La propia entrevista con el autor de El señor Marx no está en casa, una novela que se ha ganado el derecho de ser compañera de generación de títulos privilegiados como Falke, La enfermedad, La otra isla y Puntos de sutura. Y también por la oportunidad que tuve de conversar con el creador de Por estas calles, la telenovela más polémica y de mayor audiencia de la televisión venezolana. Una tarde culta, popular y masiva con un escritor que ha sabido congeniar, como diría el bueno de Marx, el trabajo con el arte.
Por Rodrigo Blanco Calderón
| comentarios (2) >> |
escrito por Sabrina, septiembre 13, 2009
Eso es que llamo temenda entrevista. Gracias Rodrigo.
escrito por salvador f, octubre 11, 2009
Gran entrevista Rodri.
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