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Al poeta Eleazar León Al poeta Eleazar León
I. Eleazar León murió la mañana del siete de agosto de este año. Algunos amigos como Pancho Massiani y Salvador Fleján me habían comentado que se encontraba muy enfermo desde hacía meses, que ya no estaba dando clases en la escuela de Letras de la UCV, pero que continuaba escribiendo. Aun así no pensé, o no quise pensar, que el desenlace llegaría tan pronto y que su partida me afectaría de una manera que sólo puedo calificar de inesperada. Y digo inesperada porque yo no lo conocí. Nunca conversé ni recibí clases con él. Tampoco puedo decir que fui un lector consecuente de sus libros. Apenas he leído uno de sus poemarios, Reverencial, publicado en 1991 por Monte Ávila. Esa vez recuerdo haber pensado, mientras subrayaba con lápiz casi todos los versos, que acababa de descubrir a un poeta con muchas horas de vuelo, dueño de un idioma dotado de musical sabiduría. Alguien capaz de crear nuevas formas verbales para cifrar los viejos enigmas, y que, sin resolverlos, los deja con una renovada claridad. Después he leído de manera dispersa algunos de sus poemas en revistas y publicaciones digitales. Mi impresión ha sido siempre la misma. Y sin embargo no creí que esa lectura de sus versos, a los que he vuelto estos días lluviosos, podría ser motivo suficiente para que la noticia me afectara como lo ha hecho. Joseph Brodsky decía que por alguna razón extraña, la expresión muerte de un poeta siempre parece más concreta que vida de un poeta. Tal vez sea porque tanto vida como poeta, como palabras, son casi sinónimas en su absoluta vaguedad, mientras que muerte ‒incluso como palabra‒ es tan concreta como la producción de un poeta, es decir, un poema cuyo rasgo principal es su último verso. Hay mucho de cierto en esto que explica Brodsky: esa concreción que se instala como una inevitable pesadumbre. Porque todo poeta se encarga de expandir la existencia, de propiciar otras formas de mirar lo que se ha visto pero que no se ha sentido. De modo que su muerte equivale a una doble reducción: una partida personal pero también una pérdida masiva que a todos nos toca y nos resta. Es imposible no recordar que en menos de dos años hemos perdido a Adriano González León, a Eugenio Montejo, a Elí Galindo, y ahora a Eleazar León. Las pérdidas no sólo han sido frecuentes, sino vastas. Un bajón enorme al volumen de nuestra poesía, en estos días oscuros en los que la palabra se encuentra sometida a vejaciones de toda índole. Quedan sus libros, es cierto, imprescindibles. Pero esos hombres eran más que los libros que nos dejaron: eran conversaciones, brindis, aprendizajes, caminatas, discusiones, risas, fraternidad. Como todos los hombres. Eso también se echa de menos, esas faltas ahora sin remedio. Por todo lo dicho, pero además por lo que expresa este poema de Reverencial que Eleazar dedicó al Chino Valera Mora, pienso que la muerte de cualquier poeta que hemos leído con respeto, aunque nada sepamos de su vida, nos suele producir una pena que no sabemos bien dónde ubicarla ni cómo decirla, pero que permanece: Hoy sé que no puedo escribir sobre Eleazar. Siento que no lo conozco. Que debo leerlo más y mejor, que no estoy preparado para recordarlo como merece. Pero esta incapacidad no puede ser excusa para dejar de evocar su paso y su voz entre nosotros. Que sean entonces algunos de esos amigos y lectores que lo conocieron de forma más cercana quienes aquí dejen su testimonio: El Salmón - Revista de Poesía, Eduardo Liendo, Sael Ibáñez, Rafael Arráiz Lucca, Oscar Marcano, Catalina Gaspar y Andrés Boersner. II. Sus párpados picados por espinas / y el sueño que no puede aposentarse Bashar Ibn Burd (718-784 aprox.). Poeta persa. Ningún camino gana tanto como el que disminuye lo que lo hacía regresar cada vez Eleazar León (1946-2009). Cruce de caminos (1977) El último poemario que Eleazar León dejó impreso fue Rubayyats (Monte Ávila, 2009), un libro que consiste en una larga ristra que supera las trescientas rubay, una forma cultivada por el poeta ciego persa Bashar Ibn Burd en el lejano siglo VIII y que León usó como pasadizo de vuelta al origen. Su rubay número 317, la última del libro, dice: Cuánta estrategia suave para herirme / tienen los girasoles. Quiero irme / de la vida y la luz a cielo abierto / y poder como ellos despedirme. En nuestra lengua, la musicalidad de la rubay aterrizó en el canto del endecasílabo. El poeta caraqueño que ha tenido ocasión de partida decidió colocar su esfuerzo de palabra allí: volver a la cuarteta endecasílaba que deja a uno de sus versos guarecido en una rima triple y milenaria. La estructura de la rubay se asemeja, así, al eco de una voz que se repite en la vastedad reseca y delirante del desierto, pero con una breve línea libre y puesta en medio, una isla de sonido, una porción de sentido rodeada de consonancia por todas partes. Esa línea libre: allí el eje del poema. Entre Por lo que tienes de ceniza (1975) su primer poemario orgánicamente sólido y Rubayyats, el recorrido de Eleazar León por la palabra eventualmente volvía a la amable arquitectura de la métrica tradicional, pero no en una descolocación temporal (no se trata de una huida hacia la forma), sino replanteándose la idea de la retórica sonora entendida como una posibilidad estética que mantiene vetas explorables. Si bien Por lo que tienes de ceniza arrojó comentarios críticos que lo inscribieron en la tradición de la imagen febril e inflamada (un sambenito que devino, tristemente, en adjetivo insalvable), la reflexión lírica en libros como Cruce de caminos (1977) o Palabras del actor en el café de la noche (1982) y la exuberancia del imaginario poético que compone Estación durable (1976) o Reverencial (1991) dan idea de una poética cambiante, interesada por las variaciones del numen, siempre dentro del mismo universo poético: el tránsito; lo vivo; lo infranqueable (el río; la voz; el abismo) son coordenadas constantes, pero visitadas en cada poemario con virajes fundamentales. Su obra poética, diseminada editorialmente pero con títulos como Cuartetas (1993) y Papeles para un adiós (2004) que aún pueden conseguirse en algunas librerías, puede verse hoy como una espiral estética capaz de descolocar al lector, prefiriendo las idas y vueltas que las tácticas del extravío. A la orilla de los días (1982) y Hechura de palabras (1992), sus ensayos, pueden ser los hilos que compongan esa trenza conductora entre tantas lecturas posibles. Su faceta docente generacionalmente variopinta; pedagógicamente diversa tuvo la marca propia de aquellos profesores que, antes que enseñar amor por la palabra, predican el camino que han seguido como una brecha visible, pero imposible de recorrer con propio pie: hay que hacer la propia. Su muerte, sumada al aún doloroso duelo por Elí Galindo, compone recuerdos protagonizados por bardos anacrónicos, uno de esos que ahora han tenido como gesto común la inesperada idea de marcharse. Dice la primera cuarteta de Rubayyats: En el canto de un pájaro me entrego / a la cautela de soltar mi ruego / y que vaya con vuelo sostenido / en consumo de amor hacia su fuego. Sea. El Salmón Revista de Poesía III. Eduardo Liendo: La partida final del poeta Eleazar León toca una fibra sensible de mi espíritu. Mantuvimos una amistad inalterable en sus valores esenciales por más de treinta años. Fue muy grata y aleccionadora su presencia en los días (noches) del Taller Calicanto, en la acogedora casa de Altamira de nuestra inolvidable Antonia Palacios. Leí y aprecié su poesía y su prosa vital y muchas veces mordaz, siempre lujosa. Fui consecuente lector de sus Instigaciones. Más de una vez compartimos tragos en la barra de un bar, aunque yo, la verdad sea dicha, nunca tuve su aguante. Eleazar, Elí Galindo y Caupolicán eran poetas cultos de maratónicos festejos. Fui testigo del ejemplar valor con el que enfrentó el acoso de la despiadada enfermedad que lo atormentó durante el último año de su vida. Defendió cada minuto de esa vida como un verdadero gladiador, armado de su poesía y del amor de su esposa Malena. Al igual que nuestro entrañable amigo Eugenio Montejo, deja hoy consternadas las calles de Los Palos Grandes que lo tuvieron también por vecino, anónimo y notable al mismo tiempo en su alta y humilde dignidad poética. En algún insondable Cruce de Caminos volveremos a encontrarnos. Sael Ibáñez: Durante la Renovación Universitaria, en la Escuela de Letras de la UCV, cuando una nueva generación de escritores surgía en las calles y en las aulas universitarias, recuerdo a Eleazar como uno de esos jóvenes que más esfuerzo hacía por entender la esencia de lo poético y por trabajar una poesía donde el cuido del lenguaje sobresalía como una preocupación legítima, cálida y efectiva: su contundencia poética así lo demuestra. Rafael Arráiz Lucca: Conocí a Eleazar León en el Taller Calicanto de Antonia Palacios, en 1980. Allí era una voz escuchada y principal en las discusiones que sosteníamos. Era uno de los mayores del grupo, junto con Hugo Achugar y María Elena Ramos. Los jovencitos aprendimos mucho de su experiencia, de sus referencias bibliográficas y de su finura. Era un poeta educado, fino, culto, elocuente. Luego lo frecuenté un tanto cuando estuve en la dirección de Monte Ávila y publicamos sus poemarios y, después, lo perdí de vista durante años, hasta que alguna vez nos encontramos alrededor de los mesones de la librería Noctua. Lamento su partida y celebro la permanencia de sus poemas precisos, elegantes, bien dichos. Desde aquí, frente al mar, levanto mi copa de despedida. Oscar Marcano: Un gran dolor me ha causado la noticia de su muerte. Lo recuerdo en plenos años setenta en la barra del Camilos hablándonos a Oscar Schémel y a mí a propósito de la salida de su último poemario. Eleazar Leoncito, le decía Ludovico. La última vez que lo vi, me leyó las líneas que escribía para Elí Galindo. Ahora ya no está. Pero esto es sólo un decir. Porque aunque, como dice Tadeusz Rósewicz, a partir de mañana / todo cambiará / empezaré a morir cuidadosamente / con inteligencia y optimismo / sin perder un solo instante, cuando cierre los ojos me encontraré con su imagen congelada y viva, como en una foto de Doisneau, rayando su cuaderno en una mesa de la panadería Aída. Ciao, vecino. Un abrazo duro. Y cariño a los nuestros. Catalina Gaspar: De Eleazar tengo en la memoria la danza vehemente de sus manos dibujando el poema en el aire, su voz profunda y melodiosa, y los gestos felinos de su cuerpo. Lo pienso en el Gran Café escribiendo un hermoso poema en una servilleta, así como si nada, como si sólo respirara. Porque escribir era su respiración misma, el modo único de estar de una sensibilidad extrema y apasionada, que se tornaba poesía para afrontar la pena, el dolor, las ruinas y desvaríos de la vida, y la seductora pulsión de la muerte. Es la suya una palabra poética intensa, escrita A la orilla de los días, al Descampado, que transita abismos, tentándolos, convocándolos, al tiempo que celebra, con exquisita sensualidad, el esplendor de la vida, las fiestas más íntimas de su belleza. Y hoy, cuando el poeta susurra: La muerte me ha invitado a una fiesta extraña /y es largo el viaje, largo el silencio, larga la noche, te pienso, te siento, Eleazar, en la Estación durable de la ofrenda infinita de tu poesía. Andrés Boersner: Eleazar podía ser mezquino e hiriente al hablar, pero jamás con la palabra escrita. Pocos poetas dejan tanto material inédito. Guillermo Sucre recordaba que ya los autógrafos que escribía eran poemas. En los últimos años releyó mucho a Cioran y Steiner. Al primero lo conoció en París, en un café, y le gustaba reconstruir en francés la escena de su único encuentro. Steiner le encantaba por lo revulsivo. Él también lo era pero fue fiel a ciertos lugares y amigos. La Universidad Central, el callejón de la puñalada, las librerías, algunos bares y cafeterías eran la ruta cotidiana. Tenía buena memoria para recitar los versos de otros y para rescatar clásicos olvidados. Le gustaba más compartir con los jóvenes que con los de su generación; por eso creo que deja algunos huérfanos. Intuyo que su poesía se valorará mejor en los próximos años. En vida no consiguió el reconocimiento que esperaba. Pocas personas tan atrapadas en su arte como él. Alguno de sus libros nace de un trance de pocas horas. Le gustaba escribir a mano, el contacto del bolígrafo con el papel, el placer físico que proporciona la escritura. Melómano consumado, pero sobre todo de jazz. Me imagino que estará ahora escuchando en vivo (o en muerto) a Lady Day (Billy Holliday), interpretando Strange fruit, mientras apura otro trago de sangría El caroreño y enciende el cuadragésimo cigarrillo del día. Hasta siempre poeta.
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| comentarios (1) >> |
escrito por GLIDDEN GARCÍA MEDINA, enero 22, 2011
HABLAMOS MUCHAS VECES. ERA UN HOMBRE CORDIAL, SERENO, FERVIENTE A LA HORA DE HABLAR DE POESÍA. CUANDO LO HACÍA, ERA HORIZONTAL. TE HACÍA SENTIR SU IGUAL.
SIGA SU VIDA EN SU OBRA DESLUMBRANTE.
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