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Suite palermitana (Parte I): Gallegos XXX

Sobre una novela inédita y erótica de Rómulo Gallegos

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«Estoy diciendo la verdad: Gallegos escribió novelas eróticas», dijo el informante. Ocurrió en Palermo, Italia, agosto de 2009. Vine a Sicilia invitado por una agrupación literaria de siglas impronunciables; vine, principalmente —como la mayoría—, a ver la pelea. La pelea había sido el acontecimiento más referido en estados de Facebook y Twitter durante las últimas semanas. Ucevistas y ucabistas crearon distintos grupos virtuales en apoyo a sus representantes. La convocatoria, en cuestión de horas, llamó la atención de todos los exiliados que, para entonces, se inventaban la vida por los lados del Mediterráneo. Fue Ernesto Fermín, valenciano desterrado, traductor de la obra de Chevige Guayke, quien me contó los pormenores del combate. Llegué al aeropuerto Falcone-Borsellino con la convicción de que, únicamente, asistiría como público a una esperpéntica batalla. Nunca imaginé que me vería inmerso en una serie de circunstancias que me pondrían tras la pista del único ejemplar existente de una obra inédita de Rómulo Gallegos.

«Desde los tiempos de La Alborada, Gallegos tuvo aficiones innobles. Aquella prosa ejemplar de Lo que somos, la solemnidad fingida de Hombres y principios y el afán moralizante de Los aventureros no era más que una fachada. Lo que, realmente, interesaba a Don Rómulo era el erotismo. Fue su amigo Bermúdez quien le consiguió las primeras traducciones del Marqués de Sade», diría el informante.

Me hospedé en un hostal de la Vía Maqueda, cercano a la Piazza Giulio Cesare. Mi habitación era un pequeño rectángulo sin ventanas ni objetos; dos colchonetas escuálidas, recostadas detrás de la puerta, eran la única presencia material —se supone que debía compartir el cuarto con un crítico literario, antiguo profesor de la ULA, exiliado en Marsella, que también había sido invitado a presenciar la pelea—. El único baño del hostal estaba al fondo del pasillo; adolescentes holandeses, portadores de olores combustibles, hacían cola frente a la única ducha. El verano siciliano es atroz. El sol se comporta como un inoportuno picapleitos; el tráfico recuerda horas pico en La Urbina o en la principal de Bello Monte. La pelea tendría lugar en casa del primo de uno de los agraviados, un polvoriento ático ubicado al final del Corso Tukory. En algunas calles de Palermo se tiene la impresión de que la Segunda Guerra Mundial hubiera ocurrido la semana pasada. Al volver al hostal, luego de caminar horas entre monumentos normandos y moriscos, encontré un sobre sin remitente: A Lautaro Sanz. Importante. Me gustaría hablar con usted antes de la pelea. Encuéntreme en la cripta de la Catedral. Lo esperaré hasta las dieciséis horas; puede llamarme Paolo.

Image«Existieron tres versiones de Reinaldo Solar. Usted, probablemente, sólo habrá oído hablar de dos: El último Solar de 1920 y, posteriormente, la versión definitiva de 1930. Tenemos indicios suficientes para pensar que Don Rómulo redactó una novela alternativa titulada Reinaldo Solar, historia de un pervertido. La anécdota es la misma, el autor, sin embargo, incluyó varios episodios no aptos para todo público. Esa obra, lamentablemente, desapareció. En 1947, meses antes de las elecciones, siguiendo un consejo de Rómulo Betancourt, Gallegos destruyó toda su producción erótica. Sin embargo, hemos podido saber que una de sus novelas se salvó. Don Rómulo no tuvo suficiente estómago para destruir la que consideraba su obra maestra. Hace unas semanas lo confirmamos. Aún existe un ejemplar de Doña Bárbara en Sodoma y Gomorra», dijo el informante, alias Paolo.

Sicilia, desde 1998, se ha convertido en un punto de fuga para distintos exiliados. Centenares de venezolanos, sobre todo los descendientes de familia italiana, se han instalado en Catania, Taormina o Siracusa. El destierro ha motivado la formación de clubs, centros hípicos, tertulias literarias y otros lugares de debate en los que, entre copas, se conspira lúdicamente y se reflexiona sobre el exilio. El conflicto que, semanas más tarde, daría lugar a la pelea ocurrió en un bar del centro de Palermo. La conversación entre letrados, cargada de ironías y sarcasmos, terminó en una discusión irreconciliable. Los contrincantes eran un egresado de Letras de la UCV y uno de la Católica. Ninguno de los presentes recuerda quién comenzó el pleito. Cuentan que el ucevista hizo chistes de mal gusto sobre la estructura escolar de la UCAB, afirmó con sorna que, en el campus de Montalbán, existía un timbre de recreo y preguntó, además, si era cierto que al estudiante que reprobaba más de dos materias los jesuitas le citaban al representante y le hacían firmar un libro de vida; cerró su comentario con una atorrante carcajada. El ucabista, ofuscado, le dijo que el pasillo de Humanidades de la UCV era un recinto de parias y poetastros; que Literatura y vida era una asignatura cursi, lo que su compañero de mesa consideró, a todas luces, inaceptable. Comenzó la trifulca. Un ingeniero desterrado —ex PDVSA— fue testigo de la batalla. Fue este individuo quien tuvo la idea de organizar la pelea. El ingeniero —que había hecho el Master de Literatura en la Universidad Simón Bolívar y, por lo tanto, consideraba como una nimiedad el desencuentro entre los combatientes— les dijo que ese problema sólo podía resolverse de una manera: «Propongo que, dentro de quince días, ustedes dos se caigan a coñazos».

«Doña Bárbara en Sodoma y Gomorra apareció en una biblioteca del Estado Miranda. Todos los estudiosos del ocultismo galleguiano estábamos convencidos de que esa gran obra había desaparecido. Sin embargo, el chavismo nos hizo ver la luz. No sabemos cómo se traspapeló el único ejemplar existente. Durante muchos años, hicimos trabajos de campo en los sótanos del CELARG. Hasta hace dos meses la versión XXX de Doña Bárbara no era más que un mito. Fue entonces cuando un gobernador rojito decidió pegarle candela a los depósitos de libros de las bibliotecas mirandinas. La inquisición revolucionaria lanzó a la hoguera todo aquello que sonara a republicanismo de la cuarta. Fue un caso famoso, usted, seguramente, por su contactos en ReLectura, sabe de lo que hablo. Estimado Lautaro, debemos dar las gracias a la ignorancia, fue la vulgaridad la que permitió que se salvara esta gloria hardcore de las letras patrias. El funcionario encargado de quemar los libros era un facineroso borracho. Se deshizo de miles de ejemplares incunables, únicos, sin embargo, conservó el texto de Gallegos sin saber, por supuesto, que pertenecía a Gallegos. Parece ser que abrió el libro al azar y, en medio de su borrachera, tropezó con la palabra «teta» y, más adelante, con la palabra «culo». Su curiosidad y su lascivia fueron nuestra salvación. Se llevó el ejemplar a su casa y días después en un bar de la Lecuna, en la curda posterior a una marcha tarifada, comentó su hallazgo. Un integrante de nuestro círculo, al que desde hace muchos años hemos infiltrado en el chavismo, escuchó la historia y le cambió el libro por una botella de ron El Muco. Hace una semana que Doña Bárbara en Sodoma y Gomorra está en nuestras manos. Hace apenas tres días salió por Maiquetía».

El UH-UH-UCV retumbaba por el Corso Tukory. Los ucabistas, por su parte, incentivados por un antiguo presidente del Centro de Estudiantes de Comunicación Social, cantaron arengas de rimas consonantes. La afición entusiasta se insultaba y coreaba los nombres de los pugilistas. Entre bando y bando destacaban distintas pancartas: «¡Viva el padre Salvatierra y su concepto de literatura!»; «Y tú, Sandoval, ¿Con quién estás?»; «Cadenas y Sucre nos apoyan, ¿Quién los apoya a ustedes?» Una muchacha anoréxica llamó la atención de los presentes con una pancarta personal de contenido hermético. Ella sostenía una cartulina azul pastel con letras verdes; el breve texto citaba: «¡El ojo que ves te ve a ti!» Cuando le pregunté qué significaba aquella enigmática sentencia me dijo que sólo los egresados de Letras, UCAB, podrían comprenderlo.

ImagePaolo, el informante, contó más detalles: «Gallegos fue un pionero; un experimental transgresor que llevó el lenguaje a la esencia de lo escatológico y lo fisiológico. Había fragmentos eróticos en todas las ediciones originales de sus novelas. En cada una de ellas, el autor vislumbraba una nueva manera de hacer y entender el porno. Estos apartados fueron suprimidos a posteriori. En Pobre Negro, por ejemplo, se recrea una escena interracial que, incluso hoy día, podría intimidar al jurado del Festival Erótico de Barcelona. Gallegos, en Cantaclaro, habla del squirt y el bukkake mucho antes de que el Internet popularizara tales modalidades. Doña Bárbara anticipa el milf mientras que Marisela, en incendiarios encuentros con Santos Luzardo, nos habla de las múltiples posibilidades del género teens. Gallegos también experimentó con el cuero y el BDSM: La versión de El Forastero de 1942 incluye un capítulo en el que Don Rómulo superó sus límites de amoralidad e intolerancia. El Forastero tiene las mejores escenas de creampie y gagging que, alguna vez, hayan sido vistas a través de palabras. ¿Y qué decir de Canaimaxxx, esa oda al fishing naturalista? Casi todas estas piezas, para nuestra desgracia, se perdieron. Por esa razón, la aparición de Doña Bárbara en Sodoma y Gomorra nos llena de esperanza. Las pocas personas que la han leído dicen que el mejor episodio, —por supuesto, protagonizado por Marisela—, es el que se titula La Doma».

La pelea comenzó dos horas después de lo previsto. El ingeniero, magister en literatura, fue el árbitro. Ante la indecisión de los combatientes el moderador decidió poner una hojita de laurel en el hombro del ucabista y gritar, a viva voz, que si permitía que el ucevista se la quitara, entonces, incuestionablemente, estaría reconociendo su homosexualidad. Luego se dirigió al estudiante de la UCV y le dijo que si no tenía el valor de remover la hoja de laurel del hombro del contrario, entonces, el homosexual sería él. La tensión machista dio lugar al primer round.

Paolo, el informante, me encomendó una misión remunerada: debía viajar a Roma para encontrarme con un tal Hermenegildo Guaviarede quien era el portador del controversial relato. La novela debía ser llevada a una biblioteca privada en Bomarzo, propiedad de un desterrado no identificado, con el fin de ser guardada en una caja fuerte. Ucabista y ucevista lanzaban puños al aire, se insultaban y retrocedían; parecían perros pequeños enfrentados a sendos rottweilers. «¡¿Tú qué, güevón?, que te puedes graduar sin haber leído a Shakespeare o al Quijote!», decía uno. Patada en la cara, golpe bajo. «¡Y tú, pendejo, que no sabes nada de análisis literario, que estudiaste lingüística con la Gramática de Bello», decía el otro. Como en el serial sesentero Batman, uno tras otro, se sucedían los carteles con dibujitos e interjecciones de dolor. La multitud gritaba como si estuviera en una piñata: «dale, dale, dale». El encierro y el humo me provocaron una profunda sensación de claustrofobia, abandoné el apartamento sin saber quién había ganado.

Durante tres o cuatro horas caminé a través de la noche palermitana. La historia de Paolo atrapó mi atención. Recordaba sus palabras con una incómoda mezcla de curiosidad y duda: «Cuentan que, en 1948, el día de la toma de posesión, tras el sugerente Festival Folklórico organizado por Juan Liscano, Don Rómulo escribió un cuento titulado Gangbang en Ocumare. El relato, lamentablemente, se perdió». El informante, tras contar esa anécdota, me habló de la misión romana y desapareció detrás de la tumba de Federico II.

La figura desabrida y temblorosa de Paolo me inspiraba muy poca confianza. Nunca antes había oído hablar del Gallegos hardcore. Sé, sin embargo, que mis conocimientos sobre la historia de la literatura venezolana son, en gran medida, superficiales, genéricos y episódicos. Este asunto requiere el comentario de un especialista. Quizás, el librero de Nicosia pueda ayudarme a resolver el enigma. Después de todo, no creo que sea mala idea el regresar a Chipre.

Decidí volver al hostal; en el camino tropecé con grupos entusiastas de exiliados que habían asistido al combate y buscaban algún bar dónde pasar la madrugada. «¿Quién ganó la pelea?», pregunté, indiferente, tras saludar a algunos conocidos. Según los ucevistas ganó la UCV; según los ucabistas, la UCAB. Mi interrogante dio lugar a una nueva discusión, comenzaron a insultarse. Les di la espalda. Me fui por la Vía Roma silbando una canción de Frank Quintero.

                                                                                    (Probablemente… continuará) 

 

Lautaro Sanz

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comentarios (1) >> feed
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escrito por Ron "Pa tó el mundo" Jeremy, septiembre 16, 2009

Tremendo articulo, amigo Sanz. Estoy seguro que "La brizna de paja en el viento" conserva de manera soterrada en el título algunas luces sobre el onanismo.

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