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La mirada perdida

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Cadmo.- Empieza por fijar tu mirada en el cielo.
Las Bacantes
Eurípides

 

Si la poesía cristaliza una experiencia, la poesía mística recoge una experiencia que trasciende los sentidos. Se vincula a entes imperceptibles, tales como la esencia de las cosas y lo que las tradiciones religiosas denominan la experiencia de Dios. El misticismo posee una perspectiva que parte de la mortalidad para enfocar la eternidad.

Si vemos la vida desde la órbita de los dioses griegos, podemos distinguir la humanidad en un mosaico microcósmico de emociones, con un comienzo y un fin. Los dioses antiguos veían la esencia de la vida humana. Y la envidiaban, aunque los mortales la maldijeran. En el ámbito divino, la vida humana es vista sin superficialidad porque tiene todo lo que los dioses no tienen: sensibilidad, vulnerabilidad, límites. Es por esto que la “experiencia de Dios” se traduce en poesía, como la vivencia que permite reconciliarse y valorar lo humano en su totalidad.

En nuestra lengua habló y vivió el poeta renacentista Luis de León, nacido en Belmonte, La Mancha en 1527. A los catorce años se unió a los agustinos, orden heredera de la teología negativa. Es a través de esta vía que los lazos con las imágenes directas de Dios se rompen, pues postula que es totalmente incognoscible. Bajo este sendero, la deidad no puede ser conocida ni clasificada. No obstante, la experiencia divina puede experimentarse, pero no bajo un símbolo, un hipervínculo mágico que nos dirija al todopoderoso, sino por una línea que dibuje su vacío, su ausencia y que nos remita a su necesidad.

En las odas de Fray Luis de León hay momentos en que las palabras parecieran conformar una plegaria, formándose así un elemento que se entrelaza con la antigüedad.

La oración, en nuestra cultura, tiene la función de abrir un canal de comunicación con la divinidad y proveernos de aquello que le pedimos, como “claridad”, “amor”, “conciencia”, etc. Todo lo que nos “regrese a nuestro camino”. Los griegos recurrían a la ayuda de los dioses bajo circunstancias similares. Cuando se caía en Até (cuando un dios infundía la locura), el mortal sólo debía tener un momento para mirar el cielo, es decir a Urano, el castrado y olvidado titán, y la afectación quedaba reducida, la conciencia recuperada y con ella la visión del mundo. Lo que era una función casi fisiológica se convirtió en una abstracción propensa al fanatismo. Sin embargo, el verbo tiene esas consecuencias en el ser ingenuo, y el poeta es todo menos ingenuo.

ImageAños más tarde, Fray Luis de León entró a dar clases en la universidad de Salamanca. Ahí fue víctima de la envidia de sus colegas, quienes lo acusaron de traducir fragmentos de la Biblia a la lengua vulgar y de preferir el antiguo testamento en hebreo antes que la versión latina de San Jerónimo. Fray Luis no rechazó las acusaciones, por lo cual se le abrió un largo juicio que se demoró debido a la minuciosa defensa que hizo de sí mismo. Al salir de prisión, quizá por el empeño de defenderse cuando las fuerzas de sus enemigos se habían agotado, fue nombrado profesor de filosofía moral. Es en este detalle de su vida en el que se revela la fortaleza de este poeta. La moral es por lo general un concepto que no suele decirnos mucho al pensar en poesía, mayormente porque lo entendemos como un estandarte en el que se juzga la conducta de los hombres. Para nosotros, la moral es aquello que Thomas De Quincey defendió tres siglos más tarde en sus memorias, cuando dice: “las facultades morales otorgan la mirada interior y el poder de intuición que exigen la visión y los misterios de la naturaleza humana”. De Quincey se refiere a la moral como el único timón que tiene el opiómano en sus “viajes”. La moral es la llama o el pesado pilar de la sensibilidad hacia el mundo, las experiencias y las cosas. En el fondo, un fraile y un opiómano tienen el mismo sendero, el mismo punto de destino, si pierden el timón.

En la Ascensión
 
¿Y dejas, Pastor santo,
Tu grey en este valle hondo, oscuro,
Con soledad y llanto;
Y tú, rompiendo el puro
Aire, te vas al inmortal seguro?
 
    Los antes bienhadados,
Y los ahora tristes y afligidos
A tus pechos criados,
De ti desposeídos,
¿A dó convertirán ya sus sentidos?
 
   ¿Qué miraran los ojos,
Que vieron de tu rostro la hermosura,
Que no les sea enojos?
Quien oyó tu dulzura,
¿Qué no tendrá por sordo y desventura?
 
    Aqueste mar turbado
¿Quién le pondrá freno? ¿Quién concierto
Al fiero viento, airado?
Estando tú encubierto,
¿Qué norte guiará la nave al puerto?
 
    ¡Ay!, nube envidiosa
Aun de este breve gozo, ¿qué te aquejas?
¿Dó vuelas presurosa?
¡Cuán rica tú te alejas!
¡Cuán pobres y cuán ciegos tú nos dejas!
 
Fray Luis de León
Llama de amor viva
 
    ¡Oh llama de amor viva
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro,
pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;
rompe la tela de este dulce encuentro!
 
    ¡Oh cautiverio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda!¡Oh toque delicado
que a vida eterna sabe
y toda deuda paga;
matando, muerte en vida has trocado!
 
    ¡Oh lámparas de fuego
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores
calor y luz dan junto a su querido!
 
    ¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno
donde secretamente solo moras
y en tu aspirar sabroso
de bien y gloria lleno
cuán delicadamente me enamoras!
 

San Juan de la Cruz

 

El más emblemático de los poetas místicos de la lengua española, San Juan de la Cruz, fue alumno de Fray Luis en Salamanca. El maestro nunca tuvo la estatura del alumno. Aunque comparten los principios de la teología negativa, San Juan va mucho más lejos. La nostalgia de la vida y el anhelo de Dios, los acicates que forman las dos caras de la moneda de lo divino y lo humano se pueden identificar en el poema de Fray Luis. San Juan las funde en una llama, mostrando lo infinito en lo pasajero, el peso del amor (hilo conductor de la experiencia cristiana según ellos mismos) enardece la llama al acmé de su existencia, reduciendo su tiempo de vida a un instante.

La poesía de Fray Luis fue formalmente editada cuarenta años después de su muerte por Quevedo, en 1631. Quevedo, fiel lector de los estoicos, era capaz de sostenerse y actuar en un mundo tan caótico y variopinto como el reinado de Nerón que vivió Séneca. En cuarenta años el mundo había cambiado. El manco de Lepanto había muerto en la pobreza y sin amigos. El mismo Quevedo había sufrido el destierro y pronto sufriría la cárcel.

Entre Quevedo y Fray Luis, obviamente, hay más diferencias que puntos en común. La época que cada uno vivió le clama a un dios distinto bajo la misma máscara.

Soneto I
 
Amor casi de un vuelo me ha encumbrado
Adonde no llegó ni el pensamiento;
Mas toda esta grandeza de contento
Me turba y entristece este cuidado;
 
    Que temo que no venga derrocado
Al suelo por faltarle el fundamento;
Que lo que en breve sube en alto asiento
Suele desfallecer apresurado.
 
    Mas luego me consuela y asegura
El ver que soy, señora ilustre, obra
De vuestra sola gracia y que en vos fío.
 
    Porque conservaréis vuestra hechura,
Mis faltas supliréis con vuestra sobra,
Y vuestro bien hará durable el mío.
 
Fray Luis de León 
Soneto XVII
 
Pide a Dios le dé lo que le conviene,
con sospecha de sus propios deseos
 
    Un nuevo corazón, un hombre nuevo
ha menester, señor, la anima mía;
desnúdame de mí, que ser podría
que a tu piedad pagase lo que debo.
    Dudosos pies por ciega noche llevo,
que ya he llegado a aborrecer el día,
y temo que hallaré la muerte fría
envuelta en (bien que dulce) mortal cebo,
    Tu hacienda soy; tu imagen, padre, he sido,
y si no es tu interés en mí, no creo
que otra defiende mi partido.
    Haz lo que pide verme cual me veo,
no lo  que pido yo, pues de perdido
recato mi salud de mi deseo.
 
Francisco de Quevedo 
 

En el poema de Fray Luis, el ideal sacro se sigue anhelante como a la mujer amada en el pensamiento. Quevedo ha perdido la cercanía a lo divino para dirigirse a Dios como si estuviera cortejando a una dama. El amor ya no conduce al hombre por las encrucijadas, sino que se conduce solo, a sabiendas de que hay algo que le falta en su instrumental de viaje. La modernidad busca en su distracción, un momento de gracia que permita desatar la tragedia.

 

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