La ciudad y los libros
Retrato Hablado
Fiesta en el cementerio Fiesta en el cementerio
A lo lejos se distingue una sombrilla rosada, parecida a las que venden en cualquiera de las salidas del Metro de Caracas cuando llueve. Un banquito de plástico azul y aproximadamente 15 personas alrededor de una tumba. Como la fotografía no tiene buena resolución fue improvisada, tomada con el celular, es difícil adivinar que también hay dos gaveras de cerveza, una botella de ron, una cava full de hielo y un reproductor con reggaeton a todo volumen. El calor es tal, que, aunque llevan ropa fresca, resuelven jugar a echarse agua como si fuese carnaval.
Pero no es febrero, sino mayo: domingo, 10 de mayo de 2009, Día de la Madre. Es la una de la tarde y ellos están celebrando en el cementerio del Este. La agasajada está unos metros más abajo, no se sabe si desde hace dos semanas, un mes o 10 años. El caso es que ellos decidieron reunirse allí, con una actitud que es más de felicidad que de congoja. Que es más de fiesta que de desconsuelo. Frente a la muerte cada quien reacciona como quiere: con el negro de pies a cabeza o bailando al ritmo de un ron con Pepsi Cola. Están los que velan a su muerto en la casa, los que deciden enterrarlo sin verlo mucho o los que alquilan autobuses con música incluida que trancan la autopista. También los que después de la cremación echan las cenizas al mar o los que después de enterrarlo van a visitarlo todos los domingos y lloran sobre la tumba. Cada quien es libre de reaccionar como le dé la gana. De hacer con su muerto lo que mejor le parezca. Ahora, lo que sí preocupa es sentir que se está en una sociedad imaginaria. En un lugar en el que ocurren tantas cosas, tan rápido, que no queda más remedio que ser egoísta y no hacerle caso a lo que le está pasando al de al lado. Uno nota que vive en un país en donde todo está al revés, cuando debe ir un Día de la Madre al mediodía, con aquel gentío y aquel calorón, al cementerio del Este, a despedirse del amigo que más ha querido en la vida, y en lugar de escuchar al padre rezando, oye música a todo volumen. Y observa la cara triste de una madre a la derecha, y el cuerpo mojado de una mujer que se menea de la contentura a la izquierda. Así es la Venezuela absurda de hoy, en la que ni siquiera se puede enterrar a un muerto en paz
o, al menos, sin groserías ni pachanga carnestolenda en la tumba de al lado. Por Eulimar Núñez Socorro 
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