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Líneas de primera

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Como en la mayoría de los placeres, en los inicios solemos jugarnos el todo por el todo. En el caso de la literatura, un buen comienzo tiene que ser un encantamiento: un rapto. Más que una clave, una llave. Un había una vez... que deje al lector atrapado y a la espera de más. La literatura está llena de maravillosos inicios que muchos atesoramos en la memoria afectiva. Este mes, los escritores venezolanos nos hablan de los comienzos narrativos que más los han impactado.

 

Willy McKey

“Aquel que vio todo hasta los confines de la tierra, que todas las cosas experimentó y consideró todo [...] Lo oculto vio y desveló lo velado. Informó antes del Diluvio, llevó a cabo un largo viaje, cansado y derrengado. Todo su afán grabó en una estela de piedra. De la terraplenada Uruk el muro construyó, del reverenciado Eannal, el santuario puro”.  Tablilla I de la Epopeya de Gilgamesh.

  

Juan Carlos Méndez Guédez

Qué momento tan fundamental. Allí la historia te gana, te pierde, te promete, te engaña. Pero el escritor español Andrés Ibáñez afirmaba en una oportunidad que son muchas las grandes narraciones que tienen un principio absolutamente plano, absolutamente normal, y creo que tiene razón. Por eso pienso citar una novela con un gran principio que luego mantiene su pulso y se sostiene como una verdadera maravilla flotante y leve: Beltenebros de Antonio Muñoz Molina.

 

Carlos Pacheco 

Mi respuesta inmediata respecto de las novelas es la página inicial de Yo el Supremo (1974), de Augusto Roa Bastos, en la que se reproduce la supuesta caligrafía del protagonista en el pasquín clavado en las puertas de la Catedral de Asunción que dice: Yo, el Supremo Dictador de la República: Ordeno que al acaecer mi muerte, mi cadáver sea decapitado; la cabeza puesta en una pica por tres días en la Plaza de la República, donde se convocará al pueblo al son de las campanas echadas al vuelo. Todos mis servidores civiles y militares sufrirán pena de horca. Sus cadáveres serán enterrados en potreros de extramuros sin cruz ni marca que memore sus nombres. Al término de dicho plazo, mando que mis restos sean quemados y las cenizas arrojadas al río...”

 

Daniela Jaimes-Borges

Uno de los inicios de cuentos que más me ha gustado es el de José Lezama Lima en “Fugados” (1936): “No era un aire desligado, no se nadaba en el aire. Nos olvidábamos del límite de su color, hasta parecer arena indivisible que la respiración trabajosamente dejaba pasar”.

 

Eduardo Liendo

Creo que el inicio literario que más me ha impresionado no me lo causó ni una novela ni un cuento, sino el poemario de Rafael Cadenas Cuadernos del destierro, que tiene, sí, un comienzo completamente novelesco: “Yo pertenecía a un pueblo de grandes comedores de serpientes, sensuales, vehementes y aptos para enloquecer de amor”.

 

Rodrigo Blanco

El comienzo de Pedro Páramo, “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”, es una frase que me viene con frecuencia a la memoria. Independientemente de que esté o no hablando sobre Rulfo o leyendo su novela. Muchas veces sin conexión lógica o profunda con lo que esté haciendo o pensando en ese momento. Ese desparpajo o rigor con que se me impone esa frase en tan variadas situaciones me dice que ella es perfecta.

De cuentos, recuerdo dos que están temáticamente conectados, quién sabe si el estilo del primero influyó sobre el segundo. Me refiero al cuento “Alguien desordena estas rosas”, de García Márquez, que empieza así: “Como es domingo y ha dejado de llover, pienso llevar un ramo de rosas a mi tumba”.

Y el segundo cuento es “El retorno” de Bolaño, que empieza así: Tengo una buena y una mala noticia. La buena es que existe vida (o algo parecido) después de la vida. Y la mala es que Jean-Claude Villeneuve es necrófilo”.

Ambos cuentos narrados por fantasmas, que es lo que son todos los narradores.

 

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Leopoldo Tablante

El arranque de Invisible Man de Ralph Ellison.

 

Gustavo Valle

Referiré dos. El primero, pertenece a Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll:

“Alicia empezaba a estar harta de seguir tanto rato sentada en la orilla, junto a su hermana, sin hacer nada: una o dos veces se había asomado al libro que su hermana estaba leyendo, pero no tenía ilustraciones ni diálogos, ‘y de qué sirve un libro –pensó Alicia– si no tiene ilustraciones ni diálogos”.

El segundo pertenece a Dejen todo en mis manos, de Mario Levrero:

“–La novela es buena –dijo el gordo, e hizo una pausa significativa–. Pero…

Podría habérmelo imaginado, porque sé desde hace unos cuantos años que mis novelas pertenecen a esa clase; buenas, pero… Los críticos se esfuerzan por clasificar mi literatura como perteneciente a tal o cual categoría, pero los editores son más realistas, y unánimes; hay una sola categoría posible para mi literatura: buena, pero…”

  

Bettsimar Díaz

El comienzo de El Cantar de los Cantares: “Que me bese con los besos de su boca”.

 

Diajanida Hernández

El inicio de cualquier capítulo de Rayuela, es decir, los muchos principios todos maravillosos que tiene esta novela. Sin embargo, aquí va un par.
 
Capítulo 3: "El tercer cigarrillo del insomnio se quemaba en la boca de Horacio Oliveira sentado en la cama; una o dos veces había pasado levemente la mano por el pelo de la Maga dormida contra él. Era la madrugada del lunes, habían dejado irse la tarde y la noche del domingo, leyendo, escuchando discos, levantándose alternativamente para calentar café o cebar mate. Al final de un cuarteto de Haydn la Maga se había dormido y Oliveira, sin ganas de seguir escuchando, desenchufó el tocadiscos desde la cama; el disco siguió girando unas pocas vueltas, ya sin que ningún sonido brotara del parlante. No sabía por qué pero esa inercia estúpida lo había hecho pensar en los movimientos aparentemente inútiles de algunos insectos, de algunos niños. No podía dormir, fumaba mirando la ventana abierta, la bohardilla donde a veces un violinista con joroba estudiaba hasta muy tarde. No hacía calor, pero el cuerpo de la Maga le calentaba la pierna y el flanco derecho; se apartó poco a poco, pensó que la noche iba a ser larga".

 

Capítulo 56: "De dónde le vendría la costumbre de andar siempre con piolines en los bolsillos, de juntar hilos de colores y meterlos entre las páginas de los libros, de fabricar toda clase de figuras con esas cosas y goma tragacantos. Mientras arrollaba un piolín negro al picaporte, Oliveira se preguntó si la fragilidad de los hilos no le daba algo así como una perversa satisfacción, y convino en que maybe peut-être y quién te dice. Lo único seguro era que los piolines y los hilos lo alegraban, que nada le parecía más aleccionante que armar por ejemplo un gigantesco dodecaedro transparente, tarea de muchas horas y mucha complicación, para después acercarle un fósforo y ver cómo una llamita de nada iba y venía mientras Gekrepten se-re-tor-cía-las-manos y decía que era una vergüenza quemar algo tan bonito".

  

Y aunque piden comienzos de novelas o cuentos, me rebelo contra las normas y envío el comienzo de La isla en peso de Virgilio Piñera. Es imposible no continuar leyendo ese poema después de leer los dos primeros versos: "La maldita circunstancia del agua por todas partes / me obliga a sentarme en la mesa del café".

 

 

Rafael Castillo Zapata

El inicio de El hombre sin atributos, de Musil

 

Antonieta Madrid

Los inicios de cuento o novela que más me han impactado son muchos pero los comienzos del Ulises de James Joyce y Las olas de Virginia Woolf son los más notorios. También algunos cuentos de Jorge Luis Borges (“La casa de Asterión”, “Pierre Menard, autor del Quijote”, “El jardín de senderos que se bifurcan”, “Diálogo de muertos”, “Funes el memorioso”, etc.) presentan inicios impactantes por la transparencia del lenguaje y la aparente inocencia de sus contenidos.

 

Jacqueline Goldberg

No sé si puedo recordar inicios impactantes, pero sí muy sonoros. Me acompañan siempre, aunque no sean libros que relea ni cite ni me abrumen en exceso, los comienzos de La metamorfosis de Franz Kafka; La vida y opiniones del caballero Tristram Shandy de Laurence Sterne; Cien años de Soledad de Gabriel García Márquez; El amante de Marguerite Duras; y Doña Bárbara de Rómulo Gallegos.

 

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Sael Ibáñez

El comienzo de “La mano junto al muro” de Guillermo Meneses.

 

Judit Gerendas

Como siempre, la pregunta de ustedes es muy difícil, porque habría decenas de respuestas posibles. Voy a escoger dos, pero antes no puedo dejar de mencionar a otros dos, aunque ya muy conocidos y siempre nombrados, pero aún así, insoslayables: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme ...”: comienzo de fábula, historia de la cual se derivan miles de otras. Y el rotundo: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”. Concentrado, directo, sintetizando la historia.

Ahora, las respuestas puntuales a la pregunta, en este momento de mi vida, son, en cuanto a novela, el inicio de Rebeca, de Daphne du Maurier: “Anoche soñé que iba a Manderley de nuevo”. En inglés, con sus numerosas aliteraciones y juegos con el sonido “ay”, es más bello todavía: “Last night I dreamt I went to Manderley again. It seemed to me I stood by the iron gate leading to the drive and for a while I could not enter, for the way was barred to me”. Es un texto que de entrada nos sitúa dentro del sueño y de la nostalgia. Y aunque nos da datos sobre el final de la novela, ésta en ningún momento pierde su suspenso.

En cuanto a cuento, tiene una fuerza increíble el comienzo de “Jinetes”, de Ednodio Quintero: “Atravesaron el puente de madera haciendo resonar los travesaños con un ruido ensordecedor. Sin aminorar el paso enfilaron sus cabalgaduras calle arriba en dirección a la plaza arbolada. Habían surgido de la niebla sucia del verano, y sus rostros de cuchillo eran para nosotros absolutamente desconocidos”. La carencia de sujetos gramaticales, la acumulación de verbos en plural, la confrontación de un ellos y un nosotros, en tan breve inicio, le otorga a la vez un dramatismo cinematográfico y una atmósfera de misterio a este texto, como a tantos otros de Ednodio Quintero.

 

Luis Barrera Linares

No tengo duda sobre cómo me marcó el inicio de Crónica de una muerte anunciada de García Márquez.

 

María Antonieta Flores

No sé si es el que más me ha impactado, pero es el que más recuerdo. Leí la novela cuando tenía once años. Un lugar común, tan común que ni lo identifico: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevo a conocer el hielo”. El comienzo de Crónicas abisinias, del ugandés Moses Isegawa, me hizo sentir un déjà vu y después de culminarla me quedó el sabor de un buen inicio y todavía lo siento así. Acá lo copio: “Mientras desaparecía entre las mandíbulas del enorme cocodrilo, tres últimas imágenes pasaban como un relámpago por la mente de Serenity: un búfalo medio podrido lleno de agujeros de los que salían ristras de gusanos y enjambres de moscas; su amante de antaño, la tía de su esposa perdida; y la misteriosa mujer que, en su infancia, lo había curado de su obsesión por las mujeres altas”.

 

Federico Pacanins

El comienzo de “El perseguidor”, de Julio Cortázar. Me dio tal inspiración jazzófila que no sólo lo leí de una sentada, sino que años más tarde hasta me atreví a versionarlo para un guión radiofónico y teatral, partiendo de aquellas palabras que preludiaban el final de Charlie Parker, o de Johnny Carter, según y como lo nombraba la obra del propio Cortazar: “Dédée me ha llamado por la tarde diciéndome que Johnny no estaba bien, y he ido en seguida al hotel. Desde hace unos días Johnny y Dédée viven en un hotel de la rue Lagrange, en una pieza del cuarto piso. Me ha bastado ver la puerta de la pieza para darme cuenta de que Johnny está en la peor de las miserias; la ventana da a un patio casi negro, y a la una de la tarde hay que tener la luz encendida si se quiere leer el diario o verse la cara. No hace frío, pero he encontrado a Johnny envuelto en una frazada, encajado en un roñoso sillón que larga por todos lados pedazos de estopa amarillenta. Dédée está envejecida, y el vestido rojo le queda muy mal; es un vestido para el trabajo, para las luces de la escena; en esa pieza del hotel se convierte en una especie de coágulo repugnante”.

Y aunque aquí no preguntan por finales, pues igual tomo el vuelo de la pregunta de los comienzos para mencionar una línea final irremediablemente favorita: “Se acabó este bonche, se me van todos pa’l carajo”, de El Bonche, de Renato Rodríguez.

 

Daniel Centeno

La metamorfosis de Franz Kafka, sin duda.

 

Federico Vegas

Todos los de Pamuk (menos Estambul). Nada más impactante que emocionarte en las tres primeras páginas (tanto que llamas a Luis Yslas y le recomiendas el libro) y luego aburrirte en la página veinte. Uno queda desolado, con dolor de barriga, y hasta sintiéndose culpable por no estar a la altura del turco.

Un buen comienzo que mantuvo su promesa es de Boris Vian, en Otoño en Pekín: “Amadís Dudu seguía sin convicción la estrecha calle que constituía el atajo más largo para llegar a la parada de autobús”.  Ahí está planteado el espíritu del libro.

Claro que nadie podrá hacer nada mejor que Dickens en Historia de dos ciudades y Tolstoi en Ana Karenina.

 

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Miriam Marinoni

He pensado y repensado, y creo que el inicio de Conversación en La Catedral de Mario Vargas Llosa es mi elegido: “Desde la puerta de La Crónica Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú?”

 

Andrés Boersner

De los libros en nuestro idioma: el QuijoteCien años de soledad, tan conocidos que no los reproduzco. Luego, también de García Márquez, su Crónica de una muerte anunciada (“El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo”) y el prólogo al Confabulario de Arreola, llamado “De memoria y olvido” (“Yo, señores, soy de Zapotlán el Grande”). En otras latitudes, hay comienzos a los que siempre regreso: “Vivo en la Villa Borghese. No hay ni pizca de suciedad en ningún sitio, ni una silla fuera de su lugar. Aquí estamos todos solos y estamos muertos”. (Trópico de Cáncer, Henry Miller); “Para colmo, el mal tiempo” (París era una fiesta, Ernest Hemingway. Aunque el comienzo del prefacio no tiene desperdicio: “Por razones que al autor le bastan, a muchos lugares, personas, observaciones e impresiones no se les ha dado cabida en este libro”. El comienzo de novela que más me ha impactado es uno de los que, consciente o inconscientemente, más ha influenciado a la literatura, porque significó el despegue del autor como pretendido protagonista de la trama. Me refiero a Robinson Crusoe de Daniel Defoe: “Nací en el año de 1632 en la ciudad de York, de buena familia aunque no del país, pues mi padre, oriundo de  Bremen, se había dedicado al comercio en Hull, donde logró una buena posición”. Rómulo Gallegos, igual que la mayoría de los grandes novelistas, se aplicaba especialmente en los comienzos, porque los consideraba el gancho principal para pescar lectores. Una excepción de marca mayor: Thomas Mann. Pero eso ya pertenece a otra lista.

 

José Pulido

Son varias las novelas que para mí comienzan de manera extraordinaria, pero si debo mencionar una, ésta es: La metamorfosis de Franz Kafka.

 
Violeta Rojo

Los comienzos de Don Quijote y Cien años de soledad son extraordinarios, pero en eso estamos todos de acuerdo y no hay que insistir.

Hay otro comienzo que me impactó por las similitudes a pesar de las distancias: el de Diez años de destierro de Madame de Staël, que dice (quitándole unas cositas): “Me propongo narrar lo que he vivido durante diez años (...) Las desgracias sufridas, por mucha amargura que me hayan causado, son poca cosa al lado de los desastres públicos de los que hoy somos testigos”.

La primera vez que escuché “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”, no había leído la novela ni sabía quién era Juan Rulfo. Se lo escuché a Adriano González León en mi primera clase en la Escuela de Letras. Adriano lo recitaba con acento mexicano. De más está decir que nunca he podido leer Pedro Páramo sin sentir que estoy escuchándolo narrado por Adriano.

Otro inicio impactante (pero que es tan conocido que va a resultar un poco común) es de A Judgement in Stone de Ruth Rendell y dice: “Eunice Parchman killed the Coverdale family because she could not read or write”. En la traducción es igualmente fuerte, a pesar de que no puede ser tan conciso.

Las seis primeras páginas de La maravillosa vida breve de Óscar Wao de Junot Díaz me parecen extraordinarias en su totalidad. La teoría del fukú debería enseñarse en los colegios. Zafa.

Se me sale lo nacional diciendo que “Un bongo remonta el Arauca bordeando las barracas de la margen derecha”, pero me parece un inicio magnífico, que Rómulo Gallegos sabía lo que hacía y que Doña Bárbara (después de ganar las elecciones y llevar 10 años en el gobierno), sigue igual de nefasta.

También me gusta mucho: “Mi vida fue atravesar mañanas lentas, días largos que el tiempo recorría despacio, vigilar el trabajo de las esclavas, verlas barrer las lajas de los patios, dar lustre a las baldosas y azulejos que hice traer de Andalucía, recoger las hojas muertas del limonero y regar el guayabo del corral...”, y así todo el elegante primer párrafo de Doña Inés contra el olvido de Ana Teresa Torres.   

Por último, el comienzo de Mar de fondo (Deep Water) de Patricia Highsmith: “Vic no bailaba nunca, pero no por las razones que suelen alegar la mayoría de los hombres que no bailan. No bailaba única y exclusivamente porque a su mujer le gustaba bailar”.

 

Armando José Sequera 

Curiosamente, ningún inicio de libro me ha impactado más que el de Crónica de una muerte anunciada, de García Márquez, debido a que en la primera línea se revela lo que va a suceder y, sin embargo, uno sigue leyendo, en pos no del qué sucedió sino cómo ocurrió. La pregunta que me hice, al leer “El día que mataron a Santiago Nasar...” fue: “¿Y, ahora, qué va a contar?” En su momento, fue para mí –como escritor y periodista–, una gran lección acerca de las infinitas posibilidades que tiene la narrativa.

 

Catalina Gaspar

Para responder a tan sugestiva pregunta, indagué en la desordenada y azarística biblioteca de mi memoria, donde conversan imágenes y voces de relatos que amo. Descubrí que en tantos de ellos, como Rayuela,  Los ríos profundosEl obsceno pájaro de la nocheLas palabras perdidas, y  Abrapalabra, no era su inicio lo más memorable. Me conmovieron, en cambio, las primeras líneas de Que viva la música, de Andrés Caicedo: Soy rubia. Rubísima. Soy tan rubia que me dicen ‘Mona, no es sino que aletee ese pelo sobre mi cara y verá que me libra de esta sombra que me acosa’. No era sombra sino muerte lo que le cruzaba la cara y me dio miedo perder mi brillo; las de La vida exagerada de Martín Romaña, de Bryce Echenique: Mi nombre es Martín Romaña y esta es la historia de mi crisis positiva. Y la historia también de mi cuaderno azul. Y la historia además de cómo un día necesité de un cuaderno rojo para continuar la historia del cuaderno azul, y, sin duda, las de Pedro Páramo: Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo, y de Luvina, de Juan Rulfo: De los cerros altos del sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso. Está plagado de esa piedra gris con la que hacen la cal, pero en Luvina no hacen cal con ella ni le sacan ningún provecho. Quise hacer una pausa para escoger uno de ellos, y acudió Borges: Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado (Las ruinas circulares), y Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar  (Tlön, Uqbar, Orbis Tertius). Y cómo olvidar En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no há mucho tiempo que viva un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor,  o, por supuesto, Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto, y, aún más: Muchos años después, frente al paredón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Me dispuse seriamente a ser disciplinada y cavilar en torno a un único texto, cuando escuché a Adriano recitando: Anda uno así, como si hubiera despertado de un sueño no tenido (Uno), y a Meneses: La noche porteña se descargó en relámpagos, en fogonazos. Voces de miedo y de pasión alzaron su llama hacia las estrellas (La mano junto al muro). Comprendí que nada podía hacer, una imagen convocaba a otra, y surgieron los inicios de los relatos de Ray Bradbury y de Marcel Schwob, y Todas las tardes voy al Museo de los Esfuerzos Inútiles. Pido el catálogo y me siento frente a la gran mesa de madera, de Cristina Peri Rossi (El museo de los esfuerzos inútiles), y de Cortázar sus Historias de cronopios y de famas, y aquel Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente formas que no servirán de nada. Si se pudiera decir: yo vieron subir la luna, o: nos me duele el fondo de los ojos  (Las babas del diablo), y el Había una vez de Había una vez un tigre, de Francisco Massiani, y los minicuentos  cuyos inicios son también sus finales: Dios mío, si creyera en ti, me dejaría llevar por ti hasta desaparecer, y me he dejado llevar y no he desaparecido porque creo en ti (Gabriel Jiménez Emán: Dios), y un relato de Roberto Arlt, La doble trampa mortal, cuya primera oración leí como microrrelato: He aquí el asunto, teniente Ferrain: usted tendrá que matar a una mujer bonita E incluso algunos que tal vez hubiese preferido olvidar, como el de Corazón tan blanco, de Javier Marías: No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho tiempo que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, y también aquellos que creí olvidados, como Yo diría que los niños necesitamos, como los barcos, de un muelle muy amplio y de unas aguas muy quietas y transparentes. En el mar encuentro sus ojos, sus ojos que saben ser mar para mí, que apenas alcanzo sus hombros, que apenas toco la espuma y me duermo. (Elizabeth Schön: El abuelo, la cesta y el mar).

Hasta que comprendí de qué se trataba: tengo un libro que adquirí sin titubeos con sólo abrirlo y leer su primera línea. Tal vez porque en esa línea habito cada día.  Es La vida nueva de Orhan Pamuk, y dice así: Un día leí un libro y toda mi vida cambió.

comentarios (1) >> feed
Si de inicios hablamos...
escrito por Jacqueline Ropain, noviembre 05, 2009

Apoyo que excelentes inicios han sido los de Crónica de una muerte anunciada del Gabo y La mano junto al muro de Guillermo Meneses, sin embargo, quiero regalarles un inicio que ha quedado grabado en mi memoria, es de "Los días del venado" de la argentina Liliana Bodoc:

"Y ocurrió hace tantas Edades que no queda de ella ni el eco del recuerdo del eco del recuerdo. Ningún vestigio sobre estos sucesos ha conseguido permanecer. Y aun cuando pudieran adentrarse en cuevas sepultadas bajo nuevas civilizaciones, nada encontrarían. "

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