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Comentarios desde Connecticut

Entrevistado por Enza García

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Fotografías: Ednodio Quintero  

Quienes no conozcan a Miguel Gomes deben saber que nació en 1964 y que ya no vive en el país. Es el autor de Visión memorable (1987), La cueva de Altamira (1992), De fantasmas y destierros (2003), Un fantasma portugués (2004), Viviana y otras historias del cuerpo (2006), entre otros trabajos que atraviesan la narrativa y la crítica literaria. No es probable, de modo, tenerlo a la mano para un café con grabador incluido, pero la fría cercanía del correo electrónico hace posible ciertas reuniones para conversar sobre algunas pulsiones, memorias y espectros.

Cuando solicitamos tu nombre en Google, no sólo encontramos tu excelso curriculum vitae suministrado por la Universidad de Connecticut, además hallamos, entre otros, los siguientes comentarios: “la cuentística de Gomes es una especie única, incomparable con la de sus contemporáneos, pues se eleva a unas dimensiones y aspira a una universalidad poco frecuente entre nosotros”. O ya hablando de tus personajes: “la experiencia del arte o del erotismo suele ser la clave para el discreto hallazgo de una alegría material y terrestre que los ayuda a sobrevivir en las peores circunstancias”. ¿Es eso lo más resaltante que se puede decir de tu narrativa o a los críticos se les ha escapado algo? Y extiendo la pregunta, ¿cuáles son, según tu percepción, los límites de la crítica literaria? ¿Es capaz de abarcar todo lo que significa el producto literario o hay cosas “inaprensibles” incluso para ella?

Me siento feliz de los críticos que he tenido, porque me han hecho ver cosas en mi narrativa en las que no había reparado por el simple hecho de que soy el autor. No sé cómo se relacionan otros narradores con su obra, pero cuando trabajo en un cuento o una noveleta nunca estoy seguro de lo que estoy haciendo, y si, por casualidad, empiezo a “entenderlo”, dejo de escribir. Me niego a narrar desde las ideas; prefiero que las intuiciones, las percepciones o los sentimientos lo hagan. Eso no quiere decir que no corrija y retoque, claro; me refiero al primer impulso, e incluso a un primer borrador completo. Las ideas, para mí, gobiernan la otra parte de mi trabajo, el de crítico o profesor, para nada relacionado con mis cuentos. Por eso, cuando leo lo que otras personas ven en mis relatos, es un descubrimiento casi siempre... Me cuesta saber qué se les escapa a mis críticos: sea lo que sea, se me ha escapado antes a mí. Me imagino que a la crítica algo invariablemente tendrá que escapársele, porque el significado jamás es completo; Derrida estaba en lo correcto cuando hablaba de la différence… al igual que los signos, que dependen de otros signos y éstos de otros más para significar, los procesos de lectura e interpretación son contingentes. El Quijote que se leyó en la época de Cervantes no es, definitivamente, el mismo que leyeron los novelistas ingleses del siglo XVIII, y este último es la “gran” obra que todos apreciamos. Los ingleses y, en parte, los alemanes del romanticismo son los verdaderos autores de nuestro Quijote. Ojalá que todos los escritores tuviéramos críticos así; pero obviamente no se puede.

A propósito del cuerpo y tus cuentos: los filósofos estoicos consideraron que precisamente el cuerpo era el centro de la corrupción: ¿es eso, de alguna manera, lo que padecen tus personajes?

Si hay personajes que padecen el cuerpo es porque probablemente les hacen caso a los estoicos o a otra gente con creencias similares. A mí me parece, más bien, que al cuerpo hay que obedecerlo en la medida de lo posible, es decir, siempre que esa obediencia no implique un agravio al prójimo. Pero mis personajes y narradores rara vez comparten mi manera de ver las cosas. Bueno, allá ellos: casi todos son mayores de edad.

Una pregunta personal: ¿Quiénes fueron tus amigos en los años de la UCV? ¿Qué hacen ahora?

Tuve suerte: fue una generación entretenida; si tuviera que repetir esa experiencia me gustaría que fuese casi idéntica, quizá solamente añadiendo a una persona que he conocido después. En la Escuela de Letras conviví con Alberto Barrera, Gisela Kozak, María Josefina Barajas, Carlos Sandoval, Antonietta Alario, Maribel Espinoza, Paulette Silva, Domingo Ledezma… no puedo hacer una lista exhaustiva. Son magníficos amigos. La labor de todos, como escritores, profesores o editores, además, es visible.

Lo otro, antes de seguir con el Miguel Gomes escritor, es pedirte un recuerdo de infancia, algún sueño recurrente de aquellos primeros años.

Tengo varios recuerdos, sueños y recuerdos de sueños. En estos precisos instantes me cuesta no mencionar la visión del padre de mi madre: era un hombrón de dos metros quince, con unos ojos grises muy penetrantes. La primera vez que supe lo que era el terror tenía que ver con su enorme porte; a mis tres o cuatro años me sentía infinitamente pequeño cuando se me acercaba. Era como aquel Coloso que atribuyen a Goya. Recuerdo haber corrido a esconderme debajo de los muebles cuando el gigante entraba en la casa. Después, ese mismo gigante abrazaba al nieto y le enseñaba los regalos que le traía; el terror se convertía en serenidad. También a mi abuelo le debo ese sentimiento. A veces sueño que está mirándome.

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Hago un par de citas: “Casi toda escritura de creación nace en el marco de un libro o en el de un ciclo”. “La totalidad sólo es posible como ausencia, apenas se presiente: en eso, el ciclo narrativo también se parece a la vida mucho más que la novela;  la vida vamos a poder percibirla como un todo únicamente en el instante en que la abandonemos. Y tal vez ni así…” . ¿Exactamente qué es un ciclo narrativo? ¿Por qué parece tener un jugoso trasfondo metafísico?

Creo que el contexto velado de aquellas citas era un contraste entre la novela y otras formas narrativas. Ya sabemos que la novela es el género preferido de la sociedad capitalista: es el tipo literario que más acumula; refuerza desde el campo literario las creencias esenciales de otros campos sociales. Yo, como la mayoría de los que escribimos narrativa, suponía que algún día iba a escribir una novela. Con el paso del tiempo me he ido sintiendo contento de no tener que hacerlo: me fui dando cuenta de que no era algo que realmente deseaba, sino que el medio social me había hecho creer que así era. Sé que la situación editorial de la narrativa breve no es tan favorable como la de la novela y que las grandes editoriales, para hacer sus negocios, siempre le darán preferencia a este último género. La verdad es que no me importa: para algo me hice profesor, para tener una entrada monetaria estable, sin tener que sacrificar con la excusa de ganarme la vida lo que creo que debo hacer durante el resto de mi tiempo como escritor... Lo anterior es un contexto que necesitaba para responder tu pregunta: ¿qué es un ciclo narrativo? ¿Tiene trasfondos metafísicos? Nunca me propuse hacer ciclos, no fue mi meta ni nadie me ha dicho que tenía que serla: a medio camino, entre manuscritos y relatos ya publicados, advertí que había conexiones entre ellos. Eso me gustó, precisamente porque su origen no fue una decisión de la conciencia. Luego, conversando con amigos, y, en particular, con Carlos Pacheco, que sabe todo lo que tiene que saberse en el oficio de la crítica, fui advirtiendo que estructuras abiertas como las de Balzac, Eça de Queirós, Quiroga, Onetti y otros coincidían más que cualquier texto cerrado (la novela, sobre todo, por su ambición de totalidad) con la sensación de apertura que siempre nos da la vida. Los ciclos a lo Balzac nunca nos dan la impresión de principio-medio-fin con el agregado de un “centro” o “clímax” que nos revelará el auténtico significado de la trayectoria. Me temo que la vida, pese a lo que digan ciertos curas, filósofos y adláteres, jamás tendrá ese “centro”. Viviremos cada segundo esperándolo y, en el instante final, no vamos a estar seguros tampoco de si aquél-que-habíamos-identificado-como-el-momento-cumbre, el Supermomento, lo era, en efecto. Hay que querer a quienes lo quieren a uno, comer bien y cuidar el cuerpo para poder seguir queriendo. No sé si eso es metafísica, pero sí me parece que todo lo demás está más allá de nuestra comprensión. El inglés tiene una frase que describe perfectamente lo que trato de decir: It feels right.

Ahora hablemos de la poesía predilecta de Miguel Gomes, por favor.

Me emociona más leer poesía que narrativa. La grandeza es algo que uno muy, muy pocas veces siente en un narrador, incluso si es bueno; en cambio, es algo que de inmediato se percibe en la buena poesía. Eso sí, los buenos poetas escasean más que los buenos narradores. Cuando escribo narrativa me encuentro casi siempre pensando en autores que de ninguna manera puedo ser (del Renacimiento o del Barroco, por ejemplo) o en personas que cultivan géneros diferentes de los que cultivo: poetas, sobre todo. Hay tantos poetas que me estimulan que no tengo espacio aquí para mencionarlos. Aunque sí te digo que, si no los leyera o releyera, tampoco escribiría “ficción”.

Vuelvo a hacer una cita, aunque en este caso creo que la pregunta vuelve a ser personal: “Llamamos fantasmas a la felicidad que se pierde o no se obtuvo; pero también, sin entenderlo, a las ausencias satisfechas que nos acompañan en la timidez de lo invisible. De todo eso estamos hechos”. ¿Esto sólo lo cree el narrador de El poeta fantasma o también tú lo suscribes?

Eso lo cree el narrador de ese cuento y lo suscribo. Las razones biográficas de él y las mías, claro, son diferentes.

¿Exactamente en qué consiste tener un hogar y una patria? Tú, el hijo de portugueses, nacido en Caracas y que hace veinte años vive en Estados Unidos, ¿puedes dar cuenta de eso? ¿El oficio literario influye en escoger un lugar en el mundo, si acaso pudieras hablar de eso, de una escogencia?

El espacio del escritor es el idioma y éste, por suerte, es auténticamente portátil. Las personas podemos expresarnos en más de un idioma, pero creo que el oficio literario sólo reside auténticamente en uno o dos de ellos; rara vez en tres. Se puede ser escritor venezolano sin vivir en Venezuela; y ser escritor venezolano no impide que uno también sea hijo portugués; profesor o padre estadounidense, etc. La nacionalidad es un papel, en todos los sentidos de esta palabra, y a veces nos toca actuar en obras de teatro diferentes.

¿Cuál es el estado de salud del cuento venezolano? ¿De qué se ufana? ¿De qué adolece?

El estado de salud del cuento venezolano es excelente: estéticamente creo que tiene la variedad necesaria; lo que pasa es que en cuestiones de geografía literaria Venezuela ya tiene mucho de isla, por la falta de buena distribución de sus libros y por el escasísimo sentido de oficio que tuvieron nuestras grandes editoriales en el momento en que las literaturas latinoamericanas se internacionalizaron, es decir, los años sesenta y setenta del siglo pasado. Todavía se sienten los efectos: nos la pasamos lanzando mensajes en botellas y las corrientes no nos ayudan. De eso es lo único que adolece no solamente nuestro cuento o nuestra novela, sino la poesía y el ensayo.

 

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