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La bicicleta esperada La bicicleta esperada
Presentación de La bicicleta de Bruno y otros cuentos (antología 1990-2008), de Juan Carlos Méndez Guédez
Fotograma de la película italiana El ladrón de bicicletas A Ximena Sequera, con las manos en los bolsillos Leí por primera vez a Juan Carlos Méndez Guédez en una librería que ya no existe. Esa tarde buscaba un regalo para una novia a quien le causaba placer la lectura en voz alta, por lo que se imaginarán cómo leía yo en esa época a cada rato y a todo volumen y qué tiempos aquellos. Mientras revisaba las novedades de literatura venezolana, extraje una novela que llamó mi atención, no tanto por el autor a quien desconocía, sino por el título. Era El libro de Esther (1999), editada en España bajo el sello Lengua de Trapo. Me atraía el sonido de ese nombre de mujer, suave en su inicio, rugoso en su final, pero lo que realmente me desconcertó al abrir sus páginas fue encontrarme con Pancho Massiani dentro de la novela de Esther. Me detuve en algunos fragmentos y descubrí maravillado a un par de personajes que leían juntos Piedra de mar en el liceo. Me resultó inevitable no trasladarme de golpe a esa lectura de mi adolescencia, pero también a los motivos de mi regalo. La coincidencia fue suficiente y ese día salí de Macondo presintiendo que acababa de hallar un libro que me habría gustado escribir, y con la certeza de que, como pensara Juan Villoro, a ciertos libros les gusta ser encontrados de una manera parecida a la historia que está escrita en sus páginas. De allí en adelante me di a la tarea de buscar más libros de Méndez Guédez. Por esa época, Lengua de Trapo había publicado también su novela Árbol de luna (2000) y los relatos de Tan nítido en el recuerdo (2001), y ambos se conseguían todavía en Caracas. Corrían los tres primeros años de este siglo, pero al poco tiempo esos libros fueron desapareciendo de las librerías y, a veces, con las librerías. Decidí buscar entonces aquellos publicados en Venezuela, antes de que Juan Carlos se fuera a vivir a España en 1996. Con bastante paciencia, polvo y hedor a fritanga encontré bajo el puente de las Fuerzas Armadas su novela Retrato de Abel con isla volcánica al fondo (1997). También por esos días una amiga me fotocopió los cuentos de Historias del edificio (1994), pero no pude convencerla de que me prestara el original y no la culpo. Los relatos de La ciudad de arena (1999) jamás llegaron al país, y su novela Una tarde con campanas, editada por Alianza en 2004, la recorrí a medias porque una muchacha, en un rapto de debilidad, me la prestó para luego arrebatármela sin que pudiera terminarla. Mejor suerte tuvo su novela juvenil Nueve mil kilómetros y tu abrazo (2006), que compré hace tres años en los espacios del Teatro Teresa Carreño, en una librería que hoy tampoco existe. Sin embargo, escasa circulación nacional ha tenido Hasta luego, Mister Salinger, volumen de relatos editado en España por Páginas de Espuma en 2007, aunque por ahí haya más de un lector que aguarda, con empecinada fe de tísico, la aparición de ese libro en Venezuela, y cruza los dedos para que algún día lleguen las antologías editadas en Europa donde aparecen sus cuentos, y acaso en algunos meses la novela corta Tal vez la lluvia, galardonada este año con el Premio Internacional Ciudad de Barbastro, en España. De manera que buscar los libros de Juan Carlos aquí en Venezuela se volvió una empresa condenada a la desilusión. Y a pesar de que voces como las de Salvador Garmendia, José Balza, Sergio Ramírez y Bryce Echenique, entre otras, recomendaban de modo entusiasta la obra de Juan Carlos por aquellos años, las editoriales locales supongo que se hacían las desentendidas y las españolas sencillamente habían dejado de enviar sus ejemplares. La crisis económica, Cadivi, las trampas burocráticas de la importación, las segmentaciones editoriales y otras calamidades de nuestro folklore no hicieron sino acentuar ese vacío. Y sin embargo, admito que he corrido con suerte. Muchos de sus libros me encontraron a tiempo, y aunque tuve que emplear kilogramos de fotocopias para que mis alumnos pudieran leerlos en clases, las recompensas de esas lecturas fueron gratas y sentidas. Reconozco cuando un libro me ha producido un efecto poderoso porque de inmediato me provoca leerlo en voz alta. En especial, a aquellas personas que uno empieza a querer, o que uno ha querido, a partir de esa lectura oral, de ese remanso de intimidad donde el libro es puente y seducción, ritual amoroso, vehículo para expresar con palabras de la literatura lo que el exceso de timidez o de enamoramiento o de todo eso junto termina por acallar dentro de uno. Porque leer en voz alta un libro puede ser una carta de presentación a las personas que queremos. Pero también una carta de despedida que actualiza el recuerdo de ese adiós en cada lectura, y eso, claro, nos vuelve porquería y angustia, pero también nos deja una agradecida sensación de pertenencia. Cada vez estoy más convencido de que los libros resuenan mejor cuando se comparten y esa ha sido mi manera de leer las ficciones de Juan Carlos Méndez Guédez. José Balza, Juan Carlos Méndez Guédez y Luis Yslas Por eso me llena de alegría la llegada de esta Bicicleta de Bruno y otros cuentos (antología 1990-2008), publicada en el país por Ediciones B., pues recoge una nutrida colección de relatos algunos de ellos inéditos hasta la fecha que, en su conjunto, representan el trabajo constante de este ciclista de la narrativa venezolana durante casi dos décadas. Una iniciativa editorial que además viene a sabotear, usando la metáfora de Bryce Echenique, esa maldición del ETA que había caído sobre su obra ese errático tiempo estimado de llegada de sus libros al país, que sólo ha propiciado el destiempo y la injusticia. Este libro es un merecido reencuentro para los lectores que seguimos sus narraciones desde los años 90, pero también una alegría para quienes se inician en una literatura en la que lo festivo, la nostalgia, el humor y la ternura con que sus personajes sobrellevan sus pérdidas y conviven con sus fantasmas, se arraigan hondamente en la memoria de lo que somos como individuos y como país. El narrador de Valeria tibia o siempre en la mitad inexacta de Caracas, uno de los cuentos más conmovedores de este volumen, describe con nitidez el clima que gravita en todas estas historias: Las personas vivimos para acumular gestos, para hilvanar la coherencia de encuentros y separaciones que le otorguen a la memoria su sentido. De allí la insistencia en relacionar cada una de las canciones que escuchábamos en grupo, o hilvanar los lugares que visitábamos con los rasgos de algún rostro, con alguna fiesta, para enlazar así el placer y el dolor, y darles (y darnos a nosotros mismos) el espesor de una existencia. Y en esa memoria cuentística que escarba en el desencuentro sentimental, en la quemadura de la deslealtad, en la experiencia del emigrante venezolano en tierras ibéricas, en la desesperanza y la violencia urbanas que definen la condición de desterrados en nuestro propio país, en la amistad como refugio cuando todo lo demás se desmorona, lo femenino adquiere una presencia tan resplandeciente como lacerante. Pocos son los autores que han descrito con tal exactitud el escandaloso caminar de las mujeres venezolanas, pero también su olor y sus gemidos, sus formas de besar y acompañar, de engañar y seducir, sus gestos de entrega y escape, y otra vez sus gemidos, como en aquel espléndido relato llamado Duraznos, donde un hombre simula en soledad los aullidos de placer de una amante ausente, para asombro de sus vecinos del edificio que no logran entender en esos jadeos, la grotesca desesperación del abandono. Este libro es, entre otros felices hallazgos, un apetitoso repertorio de mujeres que quedan talladas en ese árbol de historias incompletas que todos llevamos dentro, y que varios personajes de estos cuentos aspiran completar con el recuerdo, la risa o la escritura. Una vez le pregunté a Juan Carlos en una entrevista por qué se había ido de Venezuela. Me respondió que no se había ido, que en realidad no había regresado y que seguía estando sin volver del todo. Esta antología de relatos viene a confirmar, a materializar, esa peculiar forma de arraigo en fuga, esa transitoriedad que permanece, ahora más cerca de nosotros y en calidad de bicicleta. Creo que siempre hay una palabra necesaria que se olvida en el momento justo, afirma un personaje de este libro. Acaso ahora es ese momento en el que no recomendar estos relatos que suman regocijo a la literatura venezolana, sería un olvido imperdonable. Y también para nombrar la palabra gratitud frente a un autor cuyos libros le han dado, y continúan dando, espesura a mi vida de lector. Luis Yslas Caracas, 30 de junio, 2009. El Buscón. C. C. Trasnocho. Las Mercedes Esa noche se leyeron dos presentaciones de La bicicleta de Bruno y otros cuentos. La otra estuvo a cargo de José Balza. Léala aquí. 


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