Lista de Autores

Lista de Autores

Los libros esenciales del poeta Luis Enrique Belmonte

Leer más...
Capote

Entrevistas

"La escritura forma parte de mi relación con la enseñanza en bachillerato" (E. Sánchez)

Leer más...
Escrituras

Escrituras

La niñez en la literatura • Las dos vidas de Salinger • Música, Rayuela y 8 1/2

Leer más...
Inicio arrow Autores arrow Escrituras arrow Periodismo y literatura, Virginia Riquelme

Literatura y periodismo

Image

Partamos de una precisión biográfica: no soy periodista, me gradué en Letras y llevo tres años ejerciendo el periodismo desde la Coordinación Editorial del Papel Literario y la Edición Aniversario de El Nacional. Digamos, entonces, que me ha tocado ser periodista. Por obligación en un principio y por placer actualmente, he hecho entrevistas, perfiles, semblanzas, muy pocas crónicas, reseñas y un largo etcétera que me ha llevado a escribir desde la visita a Venezuela de José Emilio Pacheco hasta los bondadosos beneficios de una crema hidratante. Pero escribiendo estas líneas me doy cuenta de que en todo este tiempo no me había sentado a pensar seriamente en las relaciones, diferencias y diatribas entre el periodismo y la literatura y, tratando de encontrar alguna razón, me doy cuenta de que lo que siempre me ha interesado es lo bien escrito, el trabajo bien hecho, la palabra reposada y sobre todo me preocupa lo bien cuidado que debe estar un texto que va a ser leído por miles de personas.

 Hecha esta aclaratoria, para mí necesaria, me propongo hablar de dos asuntos. El primero tiene que ver con la verdad que busca el periodismo y el segundo con la crónica, definida por algunos como género de géneros. Ese medio ideal del que suele servirse el periodismo para jugar con la literatura y, en su hibridez, generar contenidos muy distintos a los que diariamente podemos observar en un periódico, donde nos pueden contar sin lugar a disertaciones ni detalles innecesarios la llegada de un presidente a un país y su encuentro con su homólogo, por ejemplo.

 Ahora bien, comencemos con el asunto de la verdad y pensemos en los escritores. Últimamente he estado preguntándoles a algunos periodistas sobre aquellos escritores que en algún momento han tenido que ver con el periodismo, con su ejercicio y con su discurso, y me ha sorprendido saber que los nombres repetidos son los de Truman Capote, Gabriel García Márquez y Ryszard Kapuściński. Mientras que cuando le hice la misma pregunta a gente que ha estudiado Letras la lista se amplía considerablemente: Gustavo Adolfo Bécquer, Benito Pérez Galdós, Miguel de Unamuno, Antonio Machado, Marta Traba, Miyó Vestrini, Susana Rotker, José Bergamín, Rafael Alberti, Camilo José Cela, Gabriel García Márquez, Juan Carlos Onetti, Octavio Paz, Mario Vargas Llosa, Gabriela Mistral, Vicente Huidobro, Nicanor Parra, Enrique Lihn, Truman Capote, Guy de Maupassant, Émile Zola, Jean Paul Sartre, Albert Camus, Ernest Hemingway, George Orwell, Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy, Lobo Antunes, Antonio Muñoz Molina, Martín Caparros, Almudena Grandes y nuestro grande de grandes, José Ignacio Cabrujas.

 ¿Qué está prevaleciendo entonces en esta diferencia? Creo fielmente que la diferencia estriba en la relación con la verdad que tienen ambos trabajadores de la palabra. El periodismo tiene que presentar cualquier tipo de noticia, ser objetivo, buscar fuentes seguras y por tanto verificables. Por su parte, la literatura “sólo debe ser verosímil”, en principio.

 Encontramos entonces un problema vital que distancia diametralmente un discurso del otro. Aunque, salvador, aparece el periodismo literario y en este sentido los conceptos son claros: “el periodismo literario es aquél que no ficcionaliza la realidad, sino que la hace aún más real, al apartarse de las convenciones informativas. En el periodismo literario debe haber, por parte del periodista, más inmersión y más compromiso. Además, debe tener una riqueza narrativa capaz de rozar la literatura, pero sin apartarse de la sencillez y la precisión del estilo periodístico”. Es en este terreno donde empiezan a juntarse las aguas y las cosas dejan de lucir tan estancadas. ¿Qué puede entonces apuntarnos diferencias claras? ¿Debe haberlas realmente? ¿Son ciertamente la realidad y la ficción conceptos que dejan de compartir aguas? ¿Son territorios en los que no podemos poner ambos pies? ¿O es la escritura, la palabra y el discurso ese inmenso océano donde se puede permitir todo mientras se atienda a un orden que nos haga al menos vivir mejor, complejizar nuestra realidad? 

 Pensemos, entonces, en la forma del discurso, la crónica: ese género tan amplio que puede alimentarse de tantas fuentes, donde una crónica social puede convertirse en un verdadero documento literario. Tal es el caso de las crónicas que por más de 30 años escribió el mexicano Salvador Novo para dos diarios de Ciudad de México, en vista de que se había dado cuenta de que México era un país donde se quedaban los libros y se agotaban los periódicos. Sin embargo, en aquellas crónicas la aparente descripción de eventos superfluos o triviales dio lugar a la más fiel historia de la vida moderna mexicana. Podemos citar también las crónicas de Clarice Lispector que comparten con las de Novo ese discurso que se detiene en las pequeñas cosas para revelar la vida de un país, sin importar dónde está la verdad de esos hechos o cuán fiel es el detalle biográfico; mientras se esté develando un mundo interior que entra en relación inequívoca con lo que rodea al escritor, con esa verdad, con esa realidad que le atañe.

 En este sentido, y siguiendo a tono con la crónica, pensemos igualmente en el soporte de este tipo de discurso. No hay que olvidar que los periódicos de hoy dan cada día más espacio a la publicidad y menos a la información. Atrás quedó el gran centimetraje dedicado a amplios reportajes de investigación que, desconfiados de las fuentes oficiales, exigían del periodista una investigación más precisa y personal. Pero tampoco podemos olvidar que el periódico es, también, la manera más eficaz de llegar a un público inmenso y cautivo. Por ello pienso que más que desdeñar el género periodístico o la hoy poca seriedad de los medios impresos -cada vez más al servicio de líneas editoriales que distan mucho de la llamada objetividad periodística- debemos pensar en los medios impresos como un lugar en el que deben converger las ideas más críticas; donde la literatura puede tener una mejor cabida y donde se pueden captar más lectores. Además, hoy en día existen revistas de gran prestigio entre los lectores de habla hispana que se han convertido en el medio ideal para publicar aquellos trabajos de largo aliento que ya no tienen espacio en los periódicos y que permiten conocer, mediante crónicas excepcionales y reportajes de periodismo literario, la nueva realidad latinoamericana y que llegan a miles de lectores, incluso fuera de sus países de publicación. Tal es el caso de Gatopardo, Etiqueta Negra, El Malpensante, The Clinic o Letras Libres. Estas revistas con su inmenso tiraje y su masiva recepción dan muestra del gran poder que tienen las publicaciones periodísticas. Aun así, quiero insistir en que no es necesario separar, sino vincular ambos discursos. Y, si acaso volvemos de nuevo al asunto de la realidad y la ficción, debemos decir que tal y como podemos ir a verificar la historia que se nos cuenta en una crónica de no ficción publicada en la venezolana Contrabando o la colombiana Gatopardo, bien podemos comprobar la disposición interna del restaurante Estrella China que aparece en “Los golpes de la vida” de Rodrigo Blanco Calderón, en su más reciente título, Los invencibles.

 En esta medida, podemos recordar las palabras pronunciadas por Tomás Eloy Martínez en el lanzamiento de su biblioteca de la editorial Alfaguara; allí el autor comenzó hablando del entramado entre literatura y periodismo y confesó que decidió unir “esos dos grandes ríos que son afluentes del mismo mar: la literatura, el periodismo, la realidad y la ficción por la necesidad imperiosa de ganarme la vida”. Una manera más moderna, claro, de lo que debieron hacer en su momento Baudelaire, Martí, Darío y Vallejo, convocando en un discurso único las distintas aristas de una realidad que le pertenece al escritor, al que hace con la palabras, al que construye más allá de los parámetros que la crítica o el canon le quieran imponer.

 Para terminar, quiero comentar un caso que me interesa particularmente. Recientemente fue editado un volumen de crónicas de autores venezolanos que recoge el trabajo de los dos últimos talleres de crónica que ha promovido Cigarrera Bigott en 2007 y 2008. En esta edición, titulada Desvelos y devociones, el pulso y el alma de la crónica en Venezuela, el prologo está firmado por el periodista venezolano Alfredo Meza, uno de los encargados de impartir el taller en su última edición. Este prólogo está cargado de una serie de afirmaciones que, creo, pueden hacernos pensar en la forma en que se está viendo la escritura periodístico-literaria en nuestro país. En el mencionado prólogo, Meza escribe: “sólo un escritor de prensa bien formado puede escribir crónicas a partir de sus apreciaciones”. Descartando de una vez la posibilidad de que un autor que no esté vinculado con el ámbito periodístico pueda producir una crónica; borrando así la tradición que todos los escritores -en su mayoría prestados al periodismo y no de manera contraria- han aportado y siguen aportando al género.

 Más adelante, Meza afirma que “la crónica es (…) el más físico de los géneros”, sin aclarar que sea el más físico de los géneros periodísticos, por lo que daremos por sentado entonces que habla de todos los géneros. La referencia de Meza se asienta en que para escribir una crónica el periodista necesita salir a la calle en busca de la historia -con zapatos de goma y una botella de agua mineral- y que no puede redactarla desde su escritorio: debe trasladarse físicamente al lugar donde se esconde la ansiada noticia. ¿Debemos pensar entonces que aún se mantiene por ahí la desgastada imagen del escritor en su torre de marfil? ¿El escritor de ficción no se nutre, cada día más, de la realidad que lo rodea? ¿No lo ha hecho siempre

 Algunas páginas después apunta Meza: “¿Se han fijado que [la crónica] es el único género cuya legitimidad y particularidades deben ser establecidas cada vez que se lo alude? (…) Es como si estuviéramos pidiendo perdón por no escribir o recopilar relatos, novelas o ensayos. Es como si hubiéramos asistido disfrazados a una fiesta que exigía traje formal y entonces, en vez de dar media vuelta e irnos, nos pasáramos toda la noche dando explicaciones e intentando convencer, a quienes nos miran con desdén, que ese atuendo tuvo vigencia alguna vez y que incluso hay una secta en la Costa Oriental del Lago que se viste así en fechas señaladas. Un parloteo innecesario porque la crónica cuenta con grandes exponentes (ahí está el caso de José Martí, cuyas notas periodísticas casi igualan en calidad a su obra poética o ensayística)”. ¿De verdad es necesario que un periodista dé todas estas explicaciones o es que en realidad debe darlas para diferenciarse del escritor, para decir con orgullo que no es un escritor de ficción? Si nos ajustamos exactamente a lo planteado por Meza, podemos apuntar que es cierto que la crónica cuenta con grandes escritores como exponentes, aquí ya hemos nombrado muchos, pero no le podemos aceptar que la obra de Martí es reconocida exclusivamente por sus artículos y crónicas, cuando la realidad apunta al maravilloso aporte martiano a este campo, a su escritura e innovación. Debemos aceptar entonces que ese “casi”, que coloca Meza cuando dice que las crónicas martianas igualan por poco la obra poética y ensayística del cubano, es más que pertinente.

 Asimismo dice Meza que lo que se le exige a la crónica es lo mismo que se le exige a los cuentos y las novelas: “que nos sorprenda, que sea verosímil, que nos emocione, que nos diga algo que no sepamos, que nos depare algún placer estético, que nos muestre el corazón de los otros y ponga algún orden en el caos del mundo”; aclaratoria por lo demás obvia, pues estamos hablando de relatos, de historia, sólo que con discursos, formas y lugares de enunciación distintos. Ah, pero venga una loa a la verdad: agrega Meza, la crónica tiene “el añadido de [su] referencia en lo real. Es verdad de punta a punta. Ocurrió. Por ahí andan sus protagonistas (o sus descendientes) y los escenarios pueden ser visitados”. Y si nos ponemos estrictos esto lo cambia todo y si queremos respuestas sigamos leyendo al periodista y las hallaremos: “lo que pasa con la crónica es que tiene linaje literario… en el que se han colado abuelos periodísticos”, entonces además de linaje, le pone a la crónica un gran peso, ¿debemos decir acomplejado?: “sobre el periodismo sigue pesando la reputación de que eso lo hace cualquiera, que no es arte, pues. En fin no vamos a refutar eso”. Por fin algo en lo que estoy de acuerdo con el prologuista y que nos permite llegar al asunto central: dejemos de lado los complejos de un lado y del otro y ocupémonos de las buenas historias, de lo bien escrito, de lo que viene de la necesidad imperiosa de relatar e intentar entender el mundo que nos rodea, que para eso está y todo se aliviana más cuando dejamos de verlo un poco y comenzamos a leerlo más.

 Para finalizar, creo firmemente en que al igual que se ha pensado que el periodismo escrito tiende a desaparecer y que la muerte del libro ha sido decretada, es hora de ver lo que se está haciendo en ambos campos y cuál es el resultado cuando ambas formas de escritura se juntan.

 

Por Virginia Riquelme

XVIII Bienal de Literatura Mariano Picón Salas 2009

 

Fe de errata

Gracias al periodista venezolano Alfredo Meza me he enterado de un error importante en la ponencia “Literatura y periodismo” que en meses pasados leyera en la VIII Bienal de Literatura Mariano Picón Salas y que el equipo de ReLectura amablemente decidiera incluir en su página web. En las diferentes oportunidades que atribuyo a Alfredo Meza algunas citas del libro Desvelos y devociones, el pulso y el alma de la crónica en Venezuela, debe aclararse que estas no pertenecen a su autoría sino a la también periodista venezolana Milagros Socorro, tal y como se puede apreciar en la edición del mencionado libro. Quiero hacer llegar mis más sinceras disculpas a Alfredo Meza, quien en un gesto de caballerosidad ha sabido mostrar el error con espíritu ético, esperando que este gesto, insuficiente claro, sirva para enmendar la errata.

 

comentarios (2) >> feed
...
escrito por Amy, agosto 14, 2009

Qué buen texto, Virginia. Necesitamos más de esto. Será qué vendrá más? Ojalá. felicidades. Y excelente foto.

...
escrito por Amy, septiembre 12, 2009

Ay, Virginia, discúlpame, pero cambié de opinión:

En este texto, el periodismo y la literatura terminan, como se dice, junticos los dos, cerquita de Dios, y ahí los vemos.


Escribir comentario
quote
bold
italicize
underline
strike
url
image
quote
quote
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley

busy
< Anterior   Siguiente >

Patrocinante