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Solórzano o la fiesta interminable  

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Observar esta fotografía produce una sed bíblica, yo diría que ancestral inclusive. También es una imagen cargada del más puro emotivismo publicitario, como una cuña navideña de Toddy o jamón planchado Plumrose. ¿Qué vemos? Pues nada más y nada menos que la canónica iconografía del maestro y el alumno. Al Karate Kid y su senséi Miyagui. El anciano de la instantánea, para ubicarnos de una buena vez, es don Solórzano; figura mítica de la no menos mítica “Asociación de Invitados por ellos Mismos”. De Solórzano se ha dicho ingente cantidad de cosas, todas ellas perfectamente creíbles: “Se coleó en la toma de posesión de Kennedy”, “Lo vieron asaltando a saco una mesa de caviar de Beluga en las bodas del Sha de Irán”, “Robó un habano a Betancourt en un CEN de AD”. Lo cierto es que Solórzano lleva más de cincuenta años en el negocio y jamás las solapas de su paltó han sido agraviadas por las obcecadas manos de un efectivo de seguridad. Solórzano, con el correr de los años, ha devenido leyenda obligada en cuanta celebración (cultural o no) tenga a bien celebrarse en la capital. Es costumbre verlo llegar temprano a los eventos, con su atemporal y ya brilloso traje negro de ceremonias,  preguntando a los mesoneros amigos por la marca y la añada del escocés a obsequiarse en la noche. También lo hemos visto interesarse por otras menudencias, gastronómicas para más señas, que lo han ayudado a preservar su hasta ahora acerada vitalidad: desde hace un tiempo no admite tequeños y otras frituras, handicap que ha sabido compensar con pericia de connaisseur con viandas que van del salmón ahumado al  falso cangrejo teriyaki. Las nuevas generaciones han tenido a don Solórzano como el paradigma viviente de lo que debe (y no) hacerse en ágapes ajenos y de difícil acceso: colocación precisa en el “corredor de mesoneros”, gesto bon vivant a la hora de vaciar media bandeja de tequeños con una sola mano, diálogo corto y certero con el homenajeado de turno, color de la corbata y soborno al portero.  Uno de los alumnos más aventajados de la nueva camada es, sin duda, el joven que aparece a su lado en la fotografía. Su nombre de pila es César, pero sólo responde al apelativo de “Cecescore”;  nickname que le debe mucho al mundo del cine, pero también al mundo del vino blanco al que tanto es aficionado. Cecescore, como buen representante de la nueva generación, ha asimilado y hasta perfeccionado las enseñas del maestro. Poseedor de un estilo depurado pero agresivo, el pupilo A-1 de don Solórzano sólo frecuenta salones previamente escogidos al amparo de una minuciosa selección. Así, no es infrecuente verlo por los predios del Trasnocho Cultural los días jueves, cuando este nuevo ateneo bohemio y chic ofrece hasta tres recepciones a la vez. O por los predios del Centro Cultural Chacao los días sábado, en los que las palabras “vino de honor” suenan como música para sus oídos.  “Al maestro con cariño”, parece decir Cecescore en este brindis histórico.

 

Por Salvador Fleján

 

 

 

 
comentarios (3) >> feed
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escrito por César Nuñez, agosto 12, 2009

Mr Carwash, como dijo el celebre bardo mexicano:¡No me defiendas compadre!
De todos modos, gracias por inmortalizarme para la posteridad con el "Big Boss" de los brindis culturales, mi pana, el gran Solórzano.

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escrito por Luis Oliveros Osorio, agosto 12, 2009

Sencillamente extraordinario. Gran pluma la de Fleján

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escrito por anamary, agosto 25, 2009

Buenísimo en verdad

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