Fronteras
Los Desterrados
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Fue Inmanuel Barreto quien me habló de la literatura ecológica. «Cada escritor debería tener bajo su mesa papeleras de colores, dijo el desterrado. Si un adjetivo sobra deberá lanzarse en el pipote amarillo; las frases mal sonantes o reiterativas se acuñarán en el recipiente azul. La cesta verde, por su parte, será el lugar de escrituras fisiológicas y desechos orgánicos. La inventiva de algún mendigo puede, al juntar las sobras, dar lugar a textos originales». Cuando propuse a ReLectura llevar a cabo la crónica de mis días en Caracas recordé la teoría ecológica de Inma. Todo intento narrativo terminó en la basura.
La escritura sobre Caracas oscila entre la alabanza superficial y el brutal desengaño. El apologista de la ciudad, por lo general, se vale del Ávila como argumento. El detractor describe con pesadumbre la cultura del terror o la inevitable antropología del pánico. No es mi intención parodiar, una vez más, la atmósfera montuna de Peregrina (Díaz Rodríguez, 1926) o el culto al malandro de un Joselolo (Infante, 1987). La papelera azul rebosa escritura muerta: anécdotas del hampa, leyendas de Burundanga, el fantasma del comunismo, el cuartel Maiquetía, etc. Noticias24, Aporrea, Noticierodigital y demás foros de discusión o de caimanera ideológica describen con suficiente desparpajo la lógica de la ciudad doliente. Considero, en este sentido, que utilizar el espacio de LOS DESTERRADOS para narrar atracos, mafias motorizadas, matracas de PMs, chuleos de gestores o cualquier otro evento del folklore urbano sería un simple acto de redundancia.
En ausencia del texto sólo queda el soundtrack. En esta edición, considerando la actitud esquiva de las palabras, hablaré del score recopilatorio de quince días de viaje.
Siempre fui una especie de turista japonés en el centro. La reflexión sobre el origen me invitó a explorar a fondo la Caracas vieja. Este proyecto, sin embargo, necesitaba un guía. El pasado mes de julio recorrí el centro de Caracas en compañía de Don José Sánchez Villavicencio. No veía al viejo Sánchez desde hacía, por lo menos, una década. Una vez, en algún colegio pirata o parasistemas ilegal estudié con su hijo y, desde entonces, iniciamos una amistad sustentada por la melomanía y el hipismo.
El Doctor Sánchez me pasó buscando por la estación del Metro de Los Símbolos. En el camino al centro escuchamos un CD de Alfredo Sadel. El amorfo elevado de La Bandera, en tráfico impotente, pulsó los acordes de Desesperanza. Mi guía, entonces, narró la historia de la pieza compuesta por María Luisa Escobar y grabada por Sadel en los años cincuenta. La autopista, poblada de charcos y antenas de Direct TV que como monte nacían de barrios subterráneos, escuchó con atención Aquel cantor. José contó la historia de un festival barquisimetano en el que un jurado sospechoso otorgó el premio mayor a Héctor Cabrera en detrimento de Sadel. «Muchos venezolanos nunca le perdonaron a Alfredo que se pusiera a cantar ópera», dijo el Virgilio local. La avenida Bolívar, el pasaje Zing y un estacionamiento sin nombre dejaron pasar Dominó, Humanidad, Vuélveme a querer y la despiadada El hombre de hierro.
La banda sonora, poco a poco, ofreció nuevos referentes. La Iglesia de San Francisco, Tarde gris de Néstor Zavarce. El Museo Sacro, Como cosa tuya de Gualberto; la catedral, oscura y polvorienta, Aquiles Báez/Machado, Mi mujer es caña dulce. También visitamos la sastrería del italiano Gennaro en la que, en hilo musical, escuchamos el Vagabondo de Nicola di Bari. Santa Capilla pulsó play sobre Norma de Cherry Navarro. La Casa de los Mendoza, la Fundación Boulton y el Panteón fueron amenizados por Cheo, Memo, Felipe y demás intérpretes de la Billo. La Urdaneta, en pleno mediodía, transformó el tranvía de Isidoro en desvencijada camionetica. Sueño caraqueño enumeró lugares que no existen y la Caracas Vieja, la de rejas discretas, mostró Multilocks rotas sobre las que reposaban materos llenos de colillas. Las pinturas de Tito Salas, en la casa del guerrero, cautivaron mi temperamento apátrida. A pesar de mi desprecio visceral por el héroe disfruté enormemente la contemplación de los lienzos. A lo largo de la cuadra empedrada, enumerando mosaicos, hablamos del maestro Billo Frómeta. Almorzamos en La Candelaria y, antes de las tres, agarré un taxi piloteado por un individuo muy parecido a Carlos Moreán.
Las noches transcurrieron entre fiestas, licores, damas (Silvio dixit) y canciones viejas. Fue, entonces, cuando ReLectura patrocinó el concierto imaginario de Guillermo Dávila. Un evento literario en el Trasnocho me permitió reencontrar a los amigos Yslas, Blanco Calderón, Fleján, Núñez y García Arreaza. La reunión dio lugar a una parrilla. Tragos de alto vuelo, carnes rojas y guasacaca plantearon la cuestión davileana. La joven Enza García concebía a Dávila como un galán geriátrico que, alguna vez, había popularizado dos o tres temas y que, en los últimos años, aparecía en telenovelas de Venevisión como personaje de comparsa. Muchos nos ofendimos ante esta apreciación generacional. Aparecieron, entonces, LPs y CDs piratas que permitieron sostener una justa defensa. Fleján fue el primero en golpear la mesa, alzar la voz y pedir un track llamado Juego abierto. Comenzó el recital. Escuchamos, aproximadamente, dos horas de Dávila. No hubo críticas ni desgaste. Al contrario, la olla entusiasta alrededor del CD Player crecía, recitaba versos de memoria y exigía, con euforia ochentera, nuevas canciones. Tiempo libre fue el arranque funk. Siguieron, alternativamente, Llevo perfume a ti, Le pondré un candado, Toda la luz, No voy a mover un dedo y Por amarte tanto. Uno de los grandes momentos de la jornada tuvo lugar cuando Kiara, interpretada por Eulimar Núñez, presentó el magistral dueto Tesoro Mío. Algunos foristas tuvieron que ser atendidos por unidades de Salud Chacao. El Maestro Yslas, por su parte, interpretó Me fascina, composición original de Rudy La Scala, con dominio absoluto de la letra. Enza García, como Harry Haller en el Lobo Estepario, asistía al Teatro Mágico Rodven con expresión absorta. El público de libreros pidió Barco a la deriva y, de común acuerdo, se criticó la versión tropicalosa de Marc Anthony. La noche cerró con Sólo quiero cocos y, con paneos de yesqueros de kiosco, Sólo pienso en ti. El Dávila imaginario se retiró y el auditorio pidió más. Los bonus tracks fueron Mamita, ábreme la puerta, con presentación de Gilberto Correa en youtube, y la controversial Sin pensarlo dos veces, pieza poética condenada por la censura adeca. Cerrado el episodio davileano fue necesario hacer una pausa. Tras muchos vasos de agua, Nestea y/o Gatorade, Blanco Calderón consideró que era el momento de pasar a la Fania o, en su defecto, a Salserín.
Y así pasaron las tardes, quince tardes... El olor de la derrota, a través de la música, se disipa. Creo que uno de los que mejor supo apalabrar el entorno allá por el año 90 fue Yordano Di Marzo en la magistral y poco conocida Finales de siglo. Y, junto a él, otros grandes cronistas de los sellos editoriales Sonográfica, Rodven (Sono, Veltet, Emi) y Tucán. La mejor descripción que conozco de la Plaza Candelaria la da Franco de Vita el Franco costumbrista en su Plaza del Centro. Es, igualmente, inevitable atravesar la Cota Mil, desde Petare rumbo a La Pastora o viceversa sin recordar una melodía pegajosa. Mis Obras Completas de Ilan, sin embargo, abren con la balada Vivir contigo y sin ti. También tomaron la palabra, en una Altamira nocturna poblada de emos, bandas fantasmagóricas como Feed Back, Témpano y Pentágono. Una desterrada, de vuelta a la patria por imposiciones de CADIVI, me contó que Alexis Peña, lobo hombre en Caracas, otrora vocalista de Témpano desde hacía mucho tiempo mataba tigres cantando en fiestas de quince años, bautizos y matrimonios. Al fondo, tras gigantes helicópteros de lego fabricados en Europa del Este, pude ver el aeropuerto abandonado. Desde la terraza del CCCT escuché, entre coros de Guaco, los gritos desaforados de Karina. La cantante afirmaba que en el Metro, en carrito, en patineta o a pie, encontraría al gordo Aguado con quien, a comienzos de los noventa, mantuvo un ficcional affaire. La ciudad, imaginariamente, adopta la lógica del random.
Lo tradicional, sin devaneos patrioteros, también forma parte de Caracas. Aldemaro Romero, en este contexto, es el cronista más virtuoso. Si, efectivamente, las esquinas Conde y Principal inspiraron la melodía del maestro, entonces, más allá de los olores piches, los buhoneros y los malandros, ese lugar debe tener cierto misticismo. Ensamble Gurrufío, acompañado de la Orquesta Sinfónica Gran Mariscal, interpreta Ojos Color de Pozos en la autopista Valle-Coche. La tonada del Cabestrero, poética de Simón Díaz, sugiere que más allá de Tazón persisten variadas y volubles listas de reproducción. Serenata Guayanesa, entre otros, también ha escrito tiradas de versos inmunes a la pintura roja.
Con Cesescore, visitando al popular DJ Torkins en un antiguo centro hípico convertido en plaza cultural underground, recordé la trayectoria del Puma. César enumeró grandes temas de su etapa con la Orquesta de Billo; igualmente exploramos su periodo como baladista respaldado por el Premio Nóbel Manuel Alejandro. Torkins, por su parte, en un minuto de descanso, me comentó que había conseguido la versión chill out de un tema de Colina. Caracas, además de la música y a pesar del desastre, conserva la fortuna de los buenos amigos.
Apagaré la rockola y la laptop citando el nombre de un amigo ausente que, por coincidencias tristes, falleció durante mi viaje. Un amplio repertorio evoca las imágenes de Don Enrique Vivas. Podré conversar con el buen Enrique cuando la nostalgia del exilio me invite a escuchar las Blancas azucenas de Panchito Riset o las letras mortificadas de Vitín Avilés. La columna musical de la memoria hace imposible suprimir algunos cuadros de costumbre. Sé que cuando con melancolía temeraria me arriesgue a escuchar el popular dueto de Celia Cruz con Carlos Argentino, Mi amor, buenas noches, con arreglos de la Sonora Matancera, será inevitable recrear una pista de baile en la que el viejo Vivas aparezca bailando, a ritmo de bolero, con su leal compañera María Cristina. Enumeraba estas andanzas mi última tarde en Caracas en compañía del bardo Dimas Luna quien, tras brindar por el ausente, me pidió que buscara alguna antología de Altemar Dutra.
No hablaré de Maiquetía. La brutalidad militar del aeropuerto, en clave musical, sólo puedo asimilarla a los versos del poeta/rockero argentino León Gieco cuando en El ángel de la bicicleta se pregunta por la educación de las bestias. Al margen de la tragedia, procuraré recordar el soundtrack.
Han pasado, al menos dos semanas, desde que tomé el vuelo Caracas-Lisboa. No me gusta el verano mediterráneo por lo que no creo que permanezca mucho tiempo en Lusitania. En mi mal portugués interpreto una noticia sobre Georgia. Evoco El viaje de Pitol (Anagrama, 2001) y, sin oficio ni planes, formulo hipótesis para una nueva aventura. Sería interesante poder escribir mi próxima columna desde un hostal de Tbilisi. Internet Explorer. Google. Buscar: Tbilisi Georgia pasajes. La máquina es lenta. I-pod. >Música> Artista> Guaco> Equus> Pídeme.
Lautaro Sanz
| comentarios (3) >> |
escrito por Tito Guisa, agosto 11, 2009
Don Lautaro, al soundtrack de su peregrinación caraqueña, sólo le falto el conocido jingle de una emisora de radio: ¡Co-lec-ción de oro!
escrito por Otto Moreno, septiembre 01, 2009
estimado amigo que escribio el presente artículo porque no averigua bien lo de "el jurado sospechoso" que le dió el triunfo a Hector Cabrera en La Voz de Oro de Venezuela. Le digo esto porque despues Cabrera ganó un Festival en Buenos Aires que fué todo un suceso igual ganó otro en Polonia, documentese bien y averigue si tambien fueron "sospechosos" los jurados que le otorgaron esos premios a Cabrera. Por cierto, se decía que "sospechoso" era Alfredo Sadel. Gracias.
escrito por Lautaro Sanz, septiembre 09, 2009
Estimado Otto:
No creo haber cuestionado el talento o la calidad artística de Cabrera. La trayectoria del intérprete –respaldada por los reconocimientos nacionales e internacionales que usted cita- se defiende por sí sola.
Más que "la verdad" me interesa el rumor, la anécdota y, efectivamente, he tenido noticia por distintas fuentes de que en ese tiempo se creó una especie de rivalidad popular entre Sadel y Cabrera; había Cabreristas y Sadelistas. Esa tensión histórico-musical es lo que me llama la atención.
Creo que todos los jurados –de alguna forma- son sospechosos. Esta impresión personal no resta méritos a ninguno de los cantantes.
Supongo que el debate Sadel-Cabrera puede dar lugar a discusiones eternas formato “Pele o Maradona”; “De Niro o Pacino”; “Saramago o Lobo Antunes”, etc.
Debo reconocer, sin embargo, mi vena sadelista, es una cuestión de afición, de simpatía al oído. No creo ofender a nadie afirmando que “El hombre de hierro” me gusta más que “Rosario”. En Venezuela –todavía, y a lo mejor por poco tiempo- el gusto es libre.
Saludos.
Lautaro Sanz
P.D: Si puede recomendarme alguna bibliografía sobre la obra de Cabrera o sobre esa época lo agradecería. Puede que, en estos días, me hagan llegar el libro sobre Sadel de Carlos Alarico Gómez.
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