La ciudad y los libros
Crónicas
El viajero del siglo El viajero del siglo Con esta novela Andrés Neuman se hizo acreedor del prestigioso Premio Alfaguara de Novela, dotado con 175 mil dólares.
Palabras de presentación de El viajero del siglo, de Andrés Neuman, novela ganadora del Premio Alfaguara 2009.
Entre el 23 y el 26 de agosto de 2007 se realizó en Bogotá un encuentro literario muy particular. El Hay Festival decidió reunir a 39 escritores menores de 39 años en la que para ese momento era la Capital Mundial del Libro, con el objetivo de contribuir al conocimiento e intercambio de las diversas propuestas narrativas de autores latinoamericanos, casi siempre obstaculizados por las barreras editoriales que existen entre los países de la región. Tuve la fortuna de participar en este encuentro que se conoció bajo el nombre de Bogotá 39.
La mayoría de los convocados tenían un cierto reconocimiento en sus países de origen y una poca, por no decir nula, presencia a nivel internacional. De esta situación escapaban, sin embargo, dos escritores: Jorge Volpi y Andrés Neuman. Al menos, ellos eran los únicos que yo había leído y a los que admiraba y deseaba conocer. En el caso de Neuman, que es el que hoy nos interesa, comencé a seguirle la pista desde su deslumbrante debut narrativo. Me refiero a su novela Bariloche, finalista del prestigioso premio Herralde en 1999. Dos circunstancias revestían esta mención con un especial interés. La primera es que Roberto Bolaño, quien había ganado el premio el año anterior con Los detectives salvajes, encabezaba el jurado y el sólo hecho de contar con ese aval de lectura ya decía mucho. Y lo segundo es que Neuman, Andrés Neuman, nuestro querido Neu, había nacido en 1977. Es decir que el finalista del premio Herralde 1999 sólo tenía 22 años.
En el curso de los años siguientes, leí la novela Bariloche y su libro de narraciones breves titulado El que espera. La juventud, ya se sabe, es un divino tesoro. Es en sí misma un encanto y un enigma. Y si a ese tesoro le agregamos el impacto que produce toda verdadera obra de arte y, más aún, la capacidad de producir esas obras de arte, la fascinación y el misterio parecen redoblarse e iluminarse mutuamente. Algo de esta sorpresa la recuperó Bolaño en un artículo que tituló Neuman, tocado por la gracia. Allí, Bolaño, al referirse a Bariloche, afirma lo siguiente: Ningún buen lector dejará de percibir en sus páginas algo que sólo es dable encontrar en la alta literatura, aquella que escriben los poetas verdaderos, la que osa adentrarse en la oscuridad con los ojos abiertos y que mantiene los ojos abiertos pase lo que pase. Esta definición, como bien lo saben los seguidores de Bolaño, es fundamental al momento de comprender la propia narrativa de Bolaño y la literatura que abre brechas en el siglo XXI. El hecho de que Bolaño haya acuñado semejante visión de la literatura de esos próximos años que no alcanzaría ver, al referirse a Bariloche, también nos dice bastante de su autor, Andrés Neuman. Bolaño finaliza la nota de la siguiente manera: Cuando me encuentro a estos jóvenes escritores me dan ganas de ponerme a llorar. Ignoro el futuro que les espera. No sé si un conductor borracho los atropellará una noche o si de improviso dejarán de escribir. Si nada de esto ocurre, la literatura del siglo XXI les pertenecerá a Neuman y a unos pocos hermanos de su sangre.
Afortunadamente, ni la fatalidad ni el silencio temidos por Bolaño se han manifestado. O, si se han manifestado, han sido vencidos o transformados por Andrés Neuman en escritura. Poemarios, cuentos, novelas, ensayos, aforismos, haikus, traducciones se han sumado a su obra colocándolo en ese lugar privilegiado y peligroso del avance, de la libertad y de lo desconocido. Hechos que ahora convergen en el Premio Alfaguara que le fue otorgado este año por su novela El viajero del siglo.
Cuando supe que Andrés había pedido a la editorial que yo presentara su libro, no pude evitar el recuerdo de las conversas que sostuvimos esa semana de agosto de 2007. Luego vi por Internet que Andrés ha tenido ese mismo gesto de amistad con otros bogotanos treintanueveros en su gira por Latinoamérica. De modo que me remonto a una conversación en particular para retribuir así, con memoria fiel y gustosa, esta deferencia de hoy.
Volvíamos, si no me equivoco, de una visita-almuerzo al parque o al cerro Monserrat. De regreso hacia el hotel, en el autobús, Andrés y yo compartimos asientos. Allí me preguntó si me gustaba la música clásica. Yo le dije, orondo, que por supuesto. Luego aclaró que si me gustaba de verdad. Entonces comprendí que se refería a tener, más allá del eventual placer de escucharla, un conocimiento profundo o al menos concreto de piezas, períodos y compositores. Entonces le confesé que no me gustaba tanto. Andrés tenía en sus manos un ejemplar de Viaje de invierno, de Wilhelm Müller, autor de las letras en las que se basan, no sabría decir si todas, las canciones de Franz Schubert. Se trataba de una edición bilingüe, alemán-español y la traducción pertenecía a Neuman. Andrés estaba buscando a la persona ideal, que de verdad pudiera disfrutar el libro, para regalárselo. El libro, cabe acotar, está editado por Acantilado, de manera que entenderán mi ambición por obtenerlo. Entonces le dije a Neuman que, aunque no conociera mucho de música clásica, podía aprovechar el libro y ponerme al día. Neuman no cayó en la trampa y se quedó con el libro. Cuando llegamos al hotel, me compensó con un ejemplar de Alumbramientos, otro de sus volúmenes de cuentos.
De esta anécdota recuerdo, sobre todo, un momento de la conversación en el autobús, cuando yo ya había desistido de obtener el ejemplar de Viaje de invierno. Recuerdo que le pregunté a Andrés si estaba trabajando en algún proyecto. Andrés hizo una pausa de segundos y, con la mirada en cualquier parte, me respondió que sí. Una novela larga en la que llevaba inmerso bastante tiempo. Ahora entiendo que en esa pausa de segundos, en esa mirada en apariencia distraída pero absolutamente concentrada, se filtró la totalidad de la historia en la que estaba trabajando desde 2003, la totalidad de ese siglo XIX alemán y postnapoleónico que Andrés ha sabido construir de forma magistral en El viajero del siglo.
Ahora, casi dos años después de esa conversa y habiendo leído eso que en aquel instante no estaba concluido, he comprendido dos cosas. Primero, lo peligroso o fastidioso o incómodo que es preguntarle a un escritor qué está escribiendo en ese momento. Más aún si eso que está escribiendo, como se intuye en el caso de la nueva novela de Neuman, se trata de un proyecto total, de una novela que aspira a concentrar la vida de unos personajes y una época en sus páginas, y del cual el escritor no sale indemne, sino lastimado, placenteramente lastimado, pero herido al fin, por la marca de la propia escritura. Hacer esa pregunta es suspender el presente del escritor y llevarlo al territorio difícil de lo inconcluso, de lo que está en proceso, de la obsesión. Lo segundo que entendí es que, al hablarme de su traducción de Müller, de aquel ejemplar escamoteado de Viaje de invierno, Andrés estaba hablando, de forma secreta, de ese vasto proyecto narrativo al que se había entregado en los últimos años. Sin saberlo, Andrés me había respondido antes de yo plantearle la pregunta. Y esa es una marca distintiva de todo gran escritor: proponer respuestas a preguntas que aún no se han formulado.
El viajero el siglo, aunque el narrador no lo haga explícito, transcurre en el año 1827 en un pueblo llamado Wandernburgo. Un lugar ficticio que bordea al norte con Berlín y al sur con Leipzig. El dato de 1827 lo sé por el discurso que dio Neuman al recibir el premio Alfaguara. Allí afirma lo siguiente: Algún tiempo después, tras convertirme en alguien no mucho más alto y fracasar gloriosamente en mis estudios de violín, descubrí qué contaban las canciones de Schubert. Supe que las letras pertenecían al poeta Wilhelm Müller, que a su vez pertenece al olvido. Y conocí al misterioso personaje del Viaje de invierno, que abandona su casa y empieza a caminar para saber adónde va. Un viajero con vocación extranjera, sin ganas de norte, que sólo se detiene frente a un viejo organillero. Al contemplarlo moviendo la manivela bajo la nieve, tan solitario y tan acompañado por su propia melodía, tan seguro de estar donde quiere, el viajero se pregunta si debería quedarse a cantar con el viejo. Pero la música de Schubert termina justo entonces.
Donde termina la música de Schubert empieza la melodía narrativa de Neuman. En El viajero del siglo aparece no sólo Hans, el protagonista, y el organillero, sino que se suman nuevos personajes, cada uno con su historia individual recortada sobre el fondo provinciano de Wandernburgo. Entre ellos destaca, por supuesto, la dulce Sophie, motivo real de la estadía de Hans. Pues aunque El viajero del siglo pacta con la novela histórica, la novela futurista, la novela epistolar, la novela ensayística y la novela policial (todo con un sentido exquisito del desparpajo y el rigor), no es menos cierto que, toda ella, es una historia que habla sobre (y que está construida con) el amor. Esa relación clandestina (en la medida en que los secretos puedan guardarse en un pueblo pequeño), adúltera, visceral, intelectual entre Hans y Sophie.
El organillo, Wikipedia dixit, es un instrumento que no requiere saber de música para tocarlo. Para producir música solo hace falta girar un manubrio que hace mover sobre su eje a un cilindro que contiene unas púas de diferentes formas y tamaños que mueven a su vez a unos macillos que repercuten en las cuerdas de piano que se sitúan en el interior de un cajón haciéndolas sonar. Contraviniendo a esta definición, el organillero de la novela de Neuman afirma que aunque la música de estos aparatos parece prefijada y mecánica, no suena igual en manos de cualquier organillero. Así son las cosas, ¿no?, cuanto menos amor les pongas más parecidas se vuelven. Es como las historias, aunque todos las conozcan, si las cuentas con amor, no sé, parecen nuevas.
Este mecanismo del organillo y esta convicción del organillero, aplican perfectamente para la novela de Neuman. El viajero del siglo es un organillo narrativo que pone a percutir los rodillos de antiguas formas y temas novelísticos, específicamente los que conformaron al género en el siglo xix, transformándolos por el amor puesto en el lenguaje y en la confección de las tramas y los personajes, en algo nuevo, en lo que siempre ha estado allí. Esta sensación de actualidad en lo pretérito, no es un hecho puramente estético o anímico. Se verifica en la pertinencia que los debates filosóficos, religiosos y políticos que sostienen los asistentes al Salón literario de Sophie Gottlieb, tienen para los lectores y los contertulios del siglo xxi. Nada más el balance que hacen los personajes sobre las virtudes y los costos de la consecución y el desplome de la Revolución Francesa, dan material suficiente para sopesar las necesidades históricas de las revoluciones, la trampa totalitaria que se esconde en todo deseo natural de cambio y las siempre desoladoras respuestas conservadoras a estos sismos sociales.
En el mismo discurso de aceptación ya citado, Neuman retoma, con ciertas torsiones, la célebre pregunta de Santiago Zavala en Conversación en la catedral, de Mario Vargas Llosa, ¿En qué momento se jodió el Perú?, para enunciar una pregunta similar que se planteó durante la escritura de El viajero del siglo: ¿en qué momento se jodió Europa? En el siglo XIX, nos dice Neuman.
Estas dos jodeduras, la europea y la americana, nos revelan o reiteran su esencial conexión cuando un lector venezolano, argentino, colombiano o (para estar a la moda) hondureño encuentra ecos reconocibles de esas conversaciones provenientes de un salón literario en una ciudad alemana de la primera mitad del siglo xix. Una reverberación de ultramar que nos lleva a pensar que fenómenos como la globalización y la identidad cultural tienen una primera existencia concreta y a la vez variable en la desdicha.
Más que por una decisión deliberada, me parece que Andrés Neuman ha llegado a la idea de una literatura universal (postulada y defendida por Hans en una de las sesiones del salón de Sophie Gottlieb) como consecuencia de su propia experiencia de vida. Nacido en Buenos Aires pero con la mayor parte de su vida radicada en Granada, argentino y español a un mismo tiempo, Neuman ha confeccionado un idioma personal, con base en el español y con derivaciones como barcos que tocan las múltiples costas de las lejanas lenguas que maneja. Esto ha llevado a que algunos lectores argentinos lo critiquen por ser demasiado español y a que algunos lectores españoles lo critiquen por ser demasiado argentino. Impávido ante esta visión anacrónica del lenguaje literario (pues el lenguaje, en literatura, también es un mundo posible), Neuman ha fraguado una nueva fuga. Neuman ha escrito ahora una novela franco-alemana del siglo XIX, pero con perspectiva del siglo XXI, dejando a los defensores del patriotismo literario encerrados en la engañosa cárcel de lo autóctono y de la pureza.
En este sentido, la defensa que hace Hans ante el infame profesor Mietter de la traducción como un ejercicio de reescritura, de inventiva, más que de simple trasposición de un texto original e inmodificable, es una nueva vindicación de lo heterogéneo, lo plural, que toca, en este caso, a la figura del lector. Ninguna buena traducción podrá pervertir nunca la obra traducida: simplemente exagera los mecanismos de la lectura.
Y es esto lo que ha hecho Andrés Neuman con los versos de Wilhelm Müller en su traducción de Viaje de invierno. Primero para un grupo selecto de conocedores de la música clásica. Y después, con la escritura exagerada e inolvidable de El viajero del siglo, para todos los lectores.
Por Rodrigo Blanco Calderón
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