Fronteras
Los Desterrados
Informe sobre Stieg Larsson Informe sobre Stieg Larsson
«Aquí no vendemos libros de autoayuda», dijo con senda prepotencia un reconocido librero. Como señora que pregunta por tijeras o sacapuntas me mandaron a Tecniciencias o, en su defecto, a Nacho. Fue, curiosamente, en Locatel donde, empotrado entre Érika de la Vega e Iván Loscher, conseguí un ejemplar de la primera entrega del Millenium: Los hombres que no amaban a las mujeres. Mi amiga Andrea, lectora sagaz a quien hice la recomendación, no había oído hablar de esta novela.
En la edición anterior de Los Desterrados prometí a mis contados lectores y jefes de ReLectura que relataría los avatares de la vuelta a la patria. Sin embargo, reservaré esa crónica para los días de exilio. En esta oportunidad, quiero hablar de la novela negra sueca, en particular, de la llamada saga del milenio.
La primera vez que oí hablar de Stieg Larsson fue en el Metro de Milán. Un viejo amigo de colegio, quien se hacía llamar gerente cultural, me habló del fenómeno sueco. Los prejuicios, sin embargo, entorpecieron la referencia. Años atrás, en otro tropiezo urbano, este personaje me había recomendado con igual devoción esperpentos narrativos como El Club Dante de Matthew Pearl (Seix Barral, 2004) o La historiadora de Elizabeth Kostova (Mondadori, 2004). Además, su fachada de gerencia cultural no resultaba convincente. Cuando, en el chat del Facebook, comenté el encuentro con amigos comunes me informaron que dicha gerencia consistía, únicamente, en conseguirle algunos toques a dos panas DJs los fines de semana. Sin conflicto, olvidé la recomendación del desterrado y el título ridículo de aquella novela.
Stieg Larsson reapareció ante mis ojos en una reseña del diario El País. Vigo, diciembre de 2008. La hermana de un amigo, ingeniero de profesión, montó una arepera en el paseo de Alfonso XII. Algunos días después de navidad ella me contó que el queso de mano, telita, Upata e, incluso, paisa, era exportado desde Asturias. Los venezolanos, según me informó, poco a poco colonizaban Galicia. El invierno me obligó a permanecer en el local durante horas intransitivas. En beneficio del ocio decidí revisar periódicos viejos. El suplemento cultural Babelia había publicado una lista de las diez mejores novelas del año 2008. A la cabeza, en amarillo Anagrama, aparecía Ian McEwan con la intimista Chesil Beach. El segundo lugar pertenecía al francés Patrick Modiano. La obra, El café de la juventud perdida (Anagrama, 2008), particularmente, me resultó aburrida, una especie de Náusea sartreana feminista y new age. El tercer título hizo ruido: Los hombres que no amaban a las mujeres. El autor era un sueco quien, recientemente, había fallecido de un infarto. Esta novela citaba el artículo formaba parte de una trilogía que, en los círculos editoriales, era conocida como la saga del milenio. Recordé, entonces, al gerente de DJs en Milán. Desde ese momento y de manera creciente he tenido múltiples noticias sobre esta obra. Los libros de Larsson, paulatinamente, se apropiaron de las vidrieras europeas. La pieza negra, por el legendario y eficaz sistema boca a boca, se convirtió en bestseller.
Ya se ha debatido en foros de ReLectura la legitimidad del bestseller. Para el egresado de Letras, por lo general, esta palabra actúa como una especie de criptonita. El intelectual diestro o siniestro se ha acostumbrado a desdeñar este tipo de producto literario de consumo masivo. Esa condición, en parte, motivó mi reticencia. Había, sin embargo, otro elemento que me resultaba odioso: el título. Algo que se llamase Los hombres que no amaban a las mujeres no podía tener el más mínimo mérito. En tertulias imaginarias concebía a un tímido Larsson comentándole a Carlos Sandoval el título tentativo para el borrador de su trilogía. El crítico, ante esta sugerencia, sufría un ataque de epilepsia. Todos los caminos me llevaron a Stieg Larsson. Incluso el librero de Nicosia (Ver. Desterrados, entrega previa) me habló de la serie. «Yo conocí a la familia Vagner. Usted sabrá de ellos por una novelita sueca muy buena que anda rodando por ahí».
Un argumento motivó mi lectura: Suecia. Suecia es un enigma. No conozco Suecia. En 2006, en el Congreso de Literatura Nórdica organizado por el Centro de Artes, Literatura y Teatro de la Universidad de Copenhague, tuve la oportunidad de visitar Malmo. Sin embargo, intimidado por fantasmas de juventud, permanecí varado en el puente de Oresund. No tuve el coraje de abandonar Dinamarca. Suecia, sencillamente, me intimida. Ese país proyecta un imaginario de intensidad y tragedia con el que me cuesta lidiar. El responsable de este complejo es Ingmar Bergman. Siempre imaginé que los suecos tendrían el temperamento melancólico de los personajes de Cara a cara (1976) o Las fresas salvajes (1957). Percibía la vida cotidiana de estas gentes modelada por la intensidad y la filosofía existencialista. No podía imaginar a un sueco hablando paja o, sencillamente, interesado por el velorio de Michael o el fichaje de Cristiano Ronaldo. Las obras de Bergman, Strindberg, Lagerloff y Lagerkvist, entre otros, me hacían concebir a los suecos como individuos superiores, inadaptados para la juerga, la tertulia inútil, el bochinche intelectual o las reflexiones de taberna. Sólo a través de la novela negra, paulatinamente, he podido humanizar a Suecia. Henning Mankell, en este sentido, ha sido una especie de Virgilio.
Las novelas de Henning Mankell hablan de un país normal. Los personajes, estereotipos en su mayoría, son individuos mortificados con traumas domésticos, ansiedades, sueños rotos y dificultades de convivencia. El inspector Kurt Wallander, protagonista de una larga serie de relatos criminales, es un viejo encantador. La Suecia de Mankell, en gran medida, dista del drama existencial de Bergman. El sufrimiento se naturaliza; el desgarro se disipa; la invitación al suicidio pierde formalidad y se transforma en arenga de barra. La saga del milenio, sin duda, se alimenta de Mankell. Creo, sin embargo, que tanto en el planteamiento del conflicto como en la resolución de la intriga, Larsson utiliza con mayor pericia los recursos de su predecesor.
Los hombres que no amaban a las mujeres, por demás, tiene otro estigma: el género. La novela negra, en muchos contextos, arrastra un tufo informal y tremendista. Más allá de las citas eruditas a Borges y Bioy Casares, no es habitual, por ejemplo, leer novela negra en muchas universidades. El género, para fascinación y disgusto de los aficionados, sigue siendo outsider, marginal y raro.
Si el título resulta repelente/llamativo es interesante consultar los nombres de la segunda y la tercera entrega. Estos son, respectivamente, La chica que jugaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire. En Venezuela, en andanzas espontáneas por librerías, sólo he tropezado con la primera parte. La vi en la Alejandría del Paseo y en un par de Tecniciencias. Un desterrado que reside en Madrid me contó que, hace menos de un mes, cuando La Casa del Libro sacó a la venta la tercera entrega, se produjo una estampida parecida a la que, el día de las madres, ocurrió en algún centro comercial urbano tras el lanzamiento del Vergatario. Un dato morboso que complementa el fenómeno Millenium es el fallecimiento del autor. Estas novelas, hace algunos años, eran itinerantes borradores. Larsson sufrió un infarto y, como es habitual, el éxito literario ocurrió post morten.
Sin más preámbulos ni digresiones recomiendo, plenamente, Los hombres que no amaban a las mujeres, primera entrega de la serie Millenium, escrita por Stieg Larsson que, para información del engreído librero, no es una novela de autoayuda. Seiscientas y tantas páginas transcurren sin desgaste visual ni bostezos. La intriga está bien montada. Los personajes principales, el femenino sobre todo Lisbeth Salander, son poco habituales en el género. Los hombres que no amaban a las mujeres, curiosamente, es una novela policial con muy pocos policías. Quien sienta desdén por este tipo de relato no encontrará el más mínimo interés en la saga, sin embargo, los lectores de Hammett, Simenon, Camilleri, Connolly o Márkaris se sentirán a gusto con esta trama familiar articulada por desapariciones, asesinatos, sociópatas, fanáticos religiosos, hackers y estafadores de la bolsa. Mikael Blomqvist es el director de la revista Millenium, especializada en economía. Una denuncia por difamación lo aleja de su oficio. Un magnate retirado lo contrata, entonces, para que investigue un asunto familiar. Comienza la novela.
El próximo mes, en ReLectura, contaré algunos infortunios que he padecido en la vuelta a la patria. Amistades, espacios y atmósferas conservan el encanto de los años viejos. Sólo puedo decir, como preludio a mi relato, que Juan Antonio Pérez Bonalde no entró por Maiquetía. «¡Tierra!», no es precisamente la primera palabra que se dice al confrontar el Santo Tribunal de la Inquisición criolla, presidido por la Guardia Nacional, la DIEX, y el SENIAT.
Lautaro Sanz
| comentarios (8) >> |
escrito por Lector 1, julio 13, 2009
La historiadora es de Elizabeth Kustova. Costello pertenece al mundo de Coetzee.
escrito por Lautaro Sanz, julio 13, 2009
Cierto. Transmutación de títulos, autores y personajes. Demasiada junta con el librero de Nicosia. Gracias por precisar el dato: Kostova. Saludos.
escrito por luisyslas, julio 13, 2009
La errata ya ha sido enmendada en el texto, pero que quede constancia del dato oportuno de Lector 1.
escrito por Lector2, julio 30, 2009
Bueno, aunque uno sabe de prejuicios de licenciados de Letras, que bien aclaras y de los prejuicios de los Libreros, que bien expones) sin duda, de haber ido a una Nacho o una Tecniciencias, seguramente, también, te hubiera sorprendido encontrarte los libros de Larsson, porque allí están. Siempre resulta interesante como se crítica automáticamente la diversidad de productos en una librería mientras se aplaude (o hace silencio) que en una farmacia expongan libros a manera de ganchos comerciales. Seguramente esos mismos prejuicios harán que muchos renieguen de leerse los Best-Seller de Larsson, lastima por ellos.
escrito por Lector2, agosto 07, 2009
Lautaro por cierto, olvidé acotar algo que llama poderosamente la atención y que resulta bastante común: no hay recato alguno para divulgar opiniones peyorativas de las cadenas de librerias (y no tiene porque haberlo, uan opinión, es una opinión y se respeta) pero qué bien has mantenido en el perfecto anonimato el nombre del librero de oficio que no tenía idea de lo que le estabas hablando, en mi opinión, me permito suponer que te dirigiste a una librería de la que esperabas salir satisfecho con tu libro en la mano y mira lo que resultó, ¿por qué cuando en una cadena la experiencia es mala -o simplemente no se ajusta a su ideal- lo dicen con nombre y apellido y cuando sucede en otras no se atreven a mencionar el sitio en cuestión?
escrito por Magdalena Herrera de Boersner, agosto 09, 2009
De acuerdo con la crìtica hecha al libro de Larsson, yo los he disfrutado muchìsimo y a quien he podido se los recomiendo. Personajes sòlidos, bien escrito, una trama muy bien tejida y dentro del gènero me parece que està entre las mejores.
escrito por Lautaro Sanz, agosto 10, 2009
Estimado Lector 2:
Nunca fue mi intención ganarme la enemistad del reconocido librero, por esa razón apelé al anonimato.
Por otro lado, comparto la inquietud que sugieres. Es verdad: Existe un prejuicio contra las cadenas de librerías Tecniciencias y Nacho. Estos lugares, en muchos contextos, se interpretan como parodias de librerías.
¿Las razones de este prejuicio? No lo sé, puede que haya cierto "snobismo" al despreciar estos espacios; puede que a un estudiante de Letras o Filosofía le disguste que, en el mismo lugar en el que consiga la "Crítica de la Razón Pura" o "En busca del tiempo perdido" se vendan sacapuntas, reglas, rompecabezas y libros de autoayuda. Lo que podría ser la fortaleza del sitio, por lo general, se percibe como algo negativo. Tu observación, a este respecto, es muy acertada.
Debo reconocer que Tecniciencias del CCCT es una de las librerías mejor dotadas de Caracas. Las secciones de Historia, Psicología y Artes están muy bien abastecidas. Hay, sin embargo, algo que nunca toleré de Tecniciencias. Esto es, la política del código de barras. Lo que Tecniciencias hace con los códigos de barra es algo perverso. Debes haber tenido la oportunidad de encontrarte un código de barra en medio de tus lecturas o, peor aún, en medio de una imagen de, por ejemplo, un libro de Taschen. Tengo un Cátedra de Kafka en el que el número del capítulo no puede leerse por el pegoste. Considero que, por respeto al lector y al libro, esos códigos pueden colocarse en lugares más discretos.
Esa es una apreciación muy personal. Más allá de eso, considero que Tecniciencias es una excelente alternativa.
El prejuicio, probablemente, esté ligado a las academias.
Saludos. Lautaro.
escrito por Rey Pérez, julio 07, 2010
Y no sólo pasa con las librerías, sino también con los libros. Una vez en la facultad de letras de UCV estaba le leyendo Entrevista con el Vampiro, escondido, por supuesto, antes de que llegara alguien y me insultara por leer un Best Seller. Y por qué tenía que leer escondido ese libro... Yo pienso que porque sea un Best Seller no quiere decir que es como la saga Crepúsculo o como un libro de Coelho. Es más, a mi me parece que Entrevista con el vampiro es un libro muy bueno.
No he leído Los Hombres que no Amaban a las Mujeres porque no me siento verdaderamente atraído por ese libro. Pero ya mucha gente me lo ha recomendado, claro, gente que sólo ha leído Once Minutos y Veronika decide Morir, pero también me lo ha recomendado gente que estudia letras, y por eso estoy que flaqueo.

