El luchador, una poética del fracaso Darren Aronofsky plantea un problema metafísico: la lucha libre. El misántropo Frederick, interpretado por Max Von Sydow en Hannah y sus hermanas (Allen, 1986), hace mofa sobre el coeficiente intelectual de los aficionados a la lucha libre. Woody Allen, a través de este recalcitrante personaje, elabora una serie de insultos sofisticados con el fin de degradar una disciplina que, a todas luces, le resulta vulgar. Será, curiosamente, un neoyorkino el encargado de problematizar e indagar en el universo de la lucha. Con The wrestler (2008), Darren Aronofsky ha creado una de las atmósferas más patéticas que el cine comercial ha mostrado en los últimos años. El luchador tiene la forma breve, desgarrada e hiriente de un aforismo de Cioran. La película es un silogismo de la amargura. El marco ético y estético del film es profundamente miserable. El personaje principal es un pobre diablo; un sobreviviente con un pasado, discutiblemente, legendario. Aronofsky, con talante documental −voyeaur−, entra a los camerinos de los combatientes. La complicidad entre los guerreros resulta tan conmovedora como infame. Uno de los méritos de este film es, sin duda, el desmontaje del espectáculo. El contraste entre el campo de batalla y la realidad es la metáfora más valiosa de este triste performance. Todos los sentimientos que despierta el film se asimilan al lado oscuro, no hay lugar al optimismo. Randy The Ram Robinson conversa con sus compañeros y establecen acuerdos sobre cómo golpearse, cómo esquivar las zonas blandas y cómo simular agresiones teatrales. «¿Qué te parece si uso una engrapadora?, sólo duele al principio», es una de las tantas sentencias lacerantes insertas en estos diálogos hostiles y, paradójicamente, amistosos. La película, en conjunto, parece ser una apología de la derrota. El rumor es cierto: la actuación de Mickey Rourke es inmensa. Personaje y actor ostentan una empatía preestablecida. Randy Robinson está anclado en los años ochenta; su look, sus aficiones, sus chistes y su profesión muestran una manifiesta estética ochentera. «Los noventa apestan», afirma, sardónico, en una tertulia de taberna. The Ram no tiene amigos; si bien existe una relación respetuosa y admirativa con sus compañeros de profesión, el personaje carece de vínculos. Sólo los niños que rodean su casa de alquiler le ofrecen algo parecido a la amistad. En este tratado del hundimiento resulta, particularmente, patética la escena en la que el protagonista juega Nintendo con un pequeño vecino. El niño se aburre ante los gráficos VGA y el anacrónico juego de lucha libre. Randy usa su propio carácter animado para entretenerse, es el paroxismo de la tristeza.
Marisa Tomei, nuevamente, destaca. Últimamente, parece sentirse más cómoda en la interpretación del desnudo que con cualquier tipo de vestuario. En Antes de que el diablo sepa que has muerto (2007), última película de Sidney Lumet, la mayoría de las escenas en las que aparece tienen cualidades nudistas. En El luchador interpreta a una prostituta que, intempestivamente, inicia una relación afectiva con el solitario Randy. La tensión entre los caracteres funciona. El personaje, consecuente con la estética del film, es frágil y melancólico. Las secuencias en las que ofrece sus servicios a posibles clientes y, sucesivamente, es rechazada con desdén es uno de tantos argumentos que respaldan la idea de que la vida oscila en biliar disyuntiva: la renuncia o la derrota. La caracterización de Stephanie, la hija de Randy, es la más frágil entre el grupo de intérpretes. La actriz, Evan Rachel Wood, en ocasiones luce sobreactuada. Los parlamentos, por demás, no la ayudan. En ellos, el desengaño es tragado por el melodrama. Algunos diálogos parecen tomados de libretos de telenovelas criollas o mexicanas. El personaje, sin embargo, es interesante. La vida privada de Stephanie, sobre la que se ofrecen indicios sugerentes, es una de las curiosidades con las que se queda el espectador. La mejor línea de El luchador sirve de preludio al desenlace. «El verdadero campo de batalla está ahí afuera», dice el perdedor. Sólo en el ring, rodeado de autómatas, consumidores de violencia, alienados y aficionados entusiastas − que al decir de Woody Allen carecen de coeficiente intelectual, el otrora guerrero puede palpar su condición humana. El director ilustra con pericia el contraste entre el oficio del luchador y la vida cotidiana. The Ram trabaja los fines de semana en una especie de charcutería. El desdén y la antipatía de los clientes choca, de manera violenta, con la amabilidad de los combatientes. La vieja insoportable que, una y otra vez, pide un pote de ensalada para llevar es más agresiva que el peligroso Ayatollah a quien Randy se enfrenta en su última batalla. El conjunto de escenas de El luchador modela una única moraleja: vivir apesta. Esta sensación hace que el protagonista decida renunciar a lo real y confrontar al destino haciendo lo único que sabe hacer, que disfruta y que, extrañamente, le hace sentirse feliz. Película de formato clásico: caída y ascensión del héroe; estructura ave fénix. Es un film que pasa a formar parte del catálogo de la podredumbre humana que integran títulos como Leaving Las Vegas (Figgis, 1995) o In the bedroom (Field, 2001). No recomendaría esta película a personas de temperamento depresivo o que padezcan algún tipo de crisis. Esta es una película de mal gusto; no un mal gusto estético a la manera de Chalbaud; es el mal gusto por la existencia, por la rutina, por la inutilidad de los sueños y el carácter efímero de la gloria. Por Eduardo J. Sánchez Rugeles


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