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¿Qué libros han leído en un aeropuerto o durante un vuelo?

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Andrés Boersner

Recuerdo un viaje, una docena de años atrás, a Madrid. Hubo mucha turbulencia en la mitad del Atlántico. Lo único que tenía a mano era un libro de Cioran y una mujer a mi lado que rezaba. El silencio en la cabina era agobiante. El semblante de las aeromozas no invitaba a la tranquilidad. Para colmo, al piloto se le salió un gallo. Pero yo me adentré en los cuadernos del filósofo rumano. Y a medida que avanzaba me inundó una gran paz. Su pesimismo era tan descomunal que el resto del trayecto me sentí la persona más afortunada del mundo. Agarré de la mano a la señora, le acaricié un cachete y le dije que no se preocupara. Ella miró el libro y me preguntó acerca del autor. Me sorprendí a mí mismo diciéndole en tono distraído: Cioran soy yo. “¿Y de qué va el libro?”, preguntó. La respuesta vale tanto como la trama de una historia de Paulo Coelho. Pero a ella le sirvió.

Rodrigo Blanco

La velocidad de la luz, de Javier Cercas. Lo leí en un vuelo de Madrid a Caracas completo. Cuando lo terminé, aún me quedaban dos horas de vuelo y leí la mitad de La soledad de los números primos, de Paolo Giordano. Muy recomendables ambos.

Federico Vegas

Una vez, en un vuelo más bien corto, logré leer una media página de un libro que sostenía mi compañera de asiento. La lectura me estremeció, pero no puedo decir que era un texto inolvidable, porque sólo recuerdo dos frases: “Tan serio como un disparo”. Y otra más larga: “La viuda se mostró serena en el acto. Ninguna de las oposiciones a su matrimonio prosperaron. Ninguno de sus hijos ni otros familiares concurrieron a la ceremonia, que duró quince minutos”. La mujer que sostenía el libro se parecía a la “bella durmiente” del cuento de García Márquez, luego es posible que el libro no fuera mucho más que su entorno: un marco de melena, antebrazo y regazo.

Jesús Nieves Montero

Realmente, la lectura no es mi primera opción en un vuelo, a no ser que se trate de una ruta particularmente larga. Más bien prefiero escuchar música y, de un tiempo a esta parte, adelantar trabajo en el blackberry. Por eso mi lista es concisa y, al menos para mí, afortunada.

a) Aeropuerto John  F. Kennedy, Nueva York: Tonto, muerto, bastardo e invisible de Juan José Millás. Compré el libro en una de las librerías hispanas de la calle 14, que supe que recientemente cerraron sus puertas, y fue simpático porque buena parte de la anécdota se desarrolla en la propia ciudad de Nueva York. Además, es una novela que reivindica las herramientas del humor y deja en evidencia a los cómicos “a juro” que de vez en cuando aparecen en el panorama literario.

b) Aeropuerto Louis Armstrong de Nueva Orleans: The moviegoer, de Walker Percy. Antes de viajar a Nueva Orleans en 1999 tenía mucha curiosidad por ver los escenarios donde transcurría la farsa de vida de Ignatius Reilly, de La conjura de los necios, pero ya estando en la ciudad descubrí un libro que en todas las librerías tenía un espacio especial, The moviegoer, una novela entrañable que cuenta la topografía de Nueva Orleans desde la perspectiva de un cinéfilo inseguro y melancólico. Así que, mientras esperaba el vuelo de salida, fui devorando el libro de Percy y lamentando no haber podido quedarme más tiempo a recorrer las rutas que sugería la historia.

c) Aeropuerto Tocumén, Ciudad de Panamá: Por motivos de trabajo en los últimos dos años he tenido que viajar algunas veces a Panamá y de vez en cuando me topo con alguna novedad que comienzo en el aeropuerto. La más resaltante ha sido El infinito viajar, de Claudio Magris, perfecto compañero de viaje porque, precisamente, muchas de sus reflexiones son sobre el desplazamiento y la sensación de desubicación temporal que el mismo provoca.

d) Aeropuerto Internacional Jorge Chávez, Lima: De regreso de un congreso literario en el que participé como ponente en Buenos Aires en 2007, en medio de un retraso de la conexión hacia Caracas, comencé en el aeropuerto Chávez uno de mis libros preferidos sobre el arte de la escritura: Ser escritor de Abelardo Castillo. Arranqué por la última parte del libro llena de textos muy breves que me dio tiempo de leer, subrayar y releer, mientras Taca solucionaba un problema burocrático para traerme de regreso a Caracas.

Adriana Villanueva

Ya he escrito sobre el tema. En mi blog Evitando Intensidades recién publiqué una crónica que se titula “El del aeropuerto”, donde cuento que me gusta leer literatura ligera en los aviones porque les tengo miedo. Suelo leer muchas revistas, o bestsellers que me quepan en la cartera y que no me duela dejarlos por el camino. Para relectura recuerdo la más inolvidable de mis lecturas en un avión: El maestro de esgrima, de Arturo Pérez Reverte, esta noveleta la compré en el aeropuerto de Barajas en Madrid y aterrizando en Maiquetía ya la había terminado, perfecta lectura de vuelo: es una novela corta, de aventuras, bien escrita, divertida, lo que los gringos llaman un pageturner, no puedes soltarlo porque necesitas saber qué pasa en la página siguiente. El vuelo de nueve horas se me hizo corto, no quería llegar sin antes terminar la novela.

Juan Carlos Méndez Guédez

Te hablaré de mi último vuelo: allí leí de una sentada (más bien de una volada) El asombroso viaje de Pomponio Flato de Eduardo Mendoza. Una novela excelente, de una potencia absoluta, de un humor muy bien medido, estridente y delicioso. Los vuelos de avión y de aeropuerto son indispensables. Sólo así olvidas el miedo de realizar ese antinatural acto de volar a miles y miles de metros.

Antonieta Madrid

Son muchos los libros que he leído mientras viajo, pero pienso que toda lectura nos deja algo bueno. Siempre se aprende.

Armando José Sequera

Durante cinco o seis años, busqué infructuosamente el libro Crímenes ejemplares, de Max Aub, una de las primeras obras de narrativa compuesta exclusivamente por minificciones. Un día en que me hallaba en Maiquetía, lo hallé no en una librería sino en un kiosco de periódicos, pues venía con un diario español. Gracias a que me dirigía a San Cristóbal, Táchira, pude leerlo completo en el vuelo y saldar esa cuenta con mi curiosidad.

 
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