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  • Norte es sur
  • Jorge Carrión
  • Debate
  • 2009

Los dedos empantanados de Jorge Carrión

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Carrión no es como aparece en la fotografía de la solapa de Norte es sur, la edición de Debate sobre sus crónicas en Latinoamérica publicada este año. Tengo el defecto de desconfiar de la verosimilitud de la fotografía, y la expresión de ese rostro no se parecía a la que vi en él cuando le estreché la mano a la entrada de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad Central de Venezuela, el jueves 11 de junio de este año. Carrión tenía ese día una conferencia sobre el viaje literario en el siglo XX, en donde giraría, entre otras cosas, sobre la literatura de Benjamin, Chatwin, Goytisolo y Sebald. Estaba con su novia, una hermosa italiana especialista en el teatro de Beckett, con estudios en Yale, quien daría otra conferencia en el mismo recinto la semana siguiente. Agradables ambos, llegados recientemente de Morrocoy y Margarita, con esa pátina que el sol y el mar pueden dar en las personas, y más cuando es el mar del Caribe. Carrión es curioso, pregunta, indaga, no tiene inconvenientes en contarte sus traslados, cómo prefiere Morrocoy a Margarita, cómo nunca deja de preguntar con la mirada encantada por estar en la Ciudad Universitaria. Subimos a la conferencia en el Aula 201 de la Escuela de Letras, entramos, esperamos, comienza. Rodrigo Blanco da las palabras iniciales y Carrión aclara que le gusta dictar sus conferencias como clases normales, con tiza, pizarrón, y cierta informalidad.

Carrión es consecuente con lo que dice y escribe: es fiel a sus obsesiones. Es un road writer. No es un escritor que necesite viajar para escribir, ni tampoco alguien que escribe de sus viajes. Para Carrión, la escritura es eso: viaje. Para ser más específicos, viaje literario. La literatura que Carrión busca hacer no es la del testigo-contador. Él no es Herodoto, ni Marco Polo, ni un Cruzado, ni alguien que escribe memorias de sus aventuras por la Ruta de la Seda. Carrión tampoco es Ulises, ni Eneas, Ni Jasón, ni Robinson Crusoe, ni Ismael en Moby Dick. Creo que se asemeja a un hombre anterior al neolítico, dándose una vuelta por las ciudades del hombre después del neolítico. Leo en Carrión la escritura del nómada, la del hombre en perpetuo tránsito:

Entonces salí a la calle y me di cuenta de que nunca había tenido una casa. Que los dos hogares-infancia y adolescencia-que me habían dado mis padres habían sido eso, mis hogares, pero no mis casas. Que ninguno de los tres pisos que había alquilado en Barcelona había sido mi casa. Por eso, precisamente, había pensado hasta entonces que era libre, porque la desposesión, a mis ojos, pasaba por el alquiler, lo provisional, lo nunca tuyo aún. No sé (no sabía, no sé) si la libertad tiene que ver con eso.

Estas palabras las escribe Carrión en En territorio Neruda, uno de los textos incluidos en Norte es Sur, edición de Debate en donde reúne sus textos sobre América Latina. Digo textos, no crónicas. Me parece que el autor trasciende el género: participa del diálogo, de él como protagonista-testigo, del escritor como gestador de realidad vista y vivida en sus tránsitos: En qué momento, cómo y por qué decirles que ese material-esa historia, es vivencia-será novela o relato o crónica de viaje. Cuál es el hilo invisible que une el material con la extensión y con el género.

Considero que de los textos del libro, los mejores son Brasilia es nombre de gata ciega, en donde retrata como nadie la particularidad de esa ciudad inventada en la selva, llena de salvadores de la humanidad, profética, apocalíptica y moderna y La piel de la boca, en donde realiza un trabajo cercano a la antropología (me pregunto que tan cercano estará Carrión a los escritos del etnólogo francés Marc Augé) en el barrio porteño de La Boca. Es el mayor de sus textos en el libro. Aborda, desde la visión de alguien que ha vivido temporadas varias en la zona, las mitologías de Buenos Aires y sus afueras, los desvaríos de sus gobernantes, la avanzada del crimen, las experiencias directas de habitantes del barrio, la llegada de sus habitantes desde los barcos. Es conmovedor el trabajo, uno se siente cerca de esa gente. Carrión se siente, además, parte de ellos. Lo que escribe, lo dice en la conferencia: acercarse a los escritos de Benjamin, de Chatwin, de Goytisolo y Sebald es acercarse a un hijo de ellos. El es un escritor viajero, no un escritor de libros de viaje. Uno conoce lo que el autor escribe en espacios determinados, en tiempos determinados: México, Australia, Chicago. La literatura trabajada por él desdice de los afines a los viajes masivos, al turismo. Trabaja desde el collage, el aura, la dificultad del narrador; la belleza de lo que se desvanece, no el agotamiento. Escribe desde los silencios de la escritura: qué no cuentas, como clave del viaje contado posmoderno: la desconfianza del narrador a partir de la traducción del espacio en palabras. La reescritura, la visión no-impresionista de la polis, de la ciudad.  Carrión además apela a una relectura política de la ciudad, le interesan los inmigrantes, los cambios topográficos. Aborda el espacio como una relectura política del espacio, una reescritura del mismo.

Debo irme, no podré quedarme para las preguntas luego de su exposición, ni para las cervezas luego. Lo lamento. Me quedan preguntas: ¿qué opina de Cees Nooteboom?, ¿qué piensa de Cartas de Islandia, de Auden y MacNeice?, ¿qué es, para un road writer, lo crepuscular?. Me quedan unas últimas palabras, en su conferencia y de su libro: De la teoría en el tiempo a la práctica en el espacio. Es decir: Las yemas de los dedos empantanadas en el teclado.

Carrión no es como la foto en el libro: de sobra se ve que tiene un rostro que muta con cada destino, como todo nómada, como todo verdadero escritor.

 

Por Ricardo Ramírez

 

 

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