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Las prosas apátridas, Gustavo Valle Las prosas apátridas de Alejandro Rossi
Texto de Gustavo Valle escrito originalmente para la Revista Ñ del diario Clarín de Buenos Aires
Filósofo, narrador, ensayista, cronista, pero sobre todo el autor de ese clásico escurridizo que es el Manual del distraído. Me temo que la obra de Alejandro Rossi (Florencia, 1932 México, 2009) es poco conocida en Argentina. Fue amigo de Héctor Libertella y vivió su adolescencia en Buenos Aires donde, según Juan Villoro, Rossi aprendió entre otras cosas, a descifrar las claves teológicas del periodismo deportivo.
Se tiende a otorgar importancia a su origen mundano: nacido en Florencia, de padre italiano, madre venezolana, y mexicano por elección. Rossi vivió en Alemania, Francia e Inglaterra. Fue uno de esos escritores cosmopolitas hispanoamericanos, y habría que incluirlo dentro de esa tribu que comienza con Rubén Darío y llega hasta Fabio Morábito. Una tribu cultivada en el buen gusto, los viajes, los idiomas y cierta coquetería aristocrática. Su destartalada ontología, como el mismo la llamó, sin duda marcó su literatura y su mirada distraída. Una mirada que supo servirse de una prosa tan apátrida como exacta.
Comenzó siendo filósofo, investigador del Instituto de Investigaciones Filosóficas de
El volumen, como dice el mismo Rossi, tiene una unidad más estilística que temática y huye de los rigores didácticos, pero no de la crítica. Si alguien piensa que un libro conformado por la colección de artículos diversos no puede ser, en esencia, un libro, tendrá con el Manual del distraído un desengaño, pues Rossi consigue hacer unidad de lo diverso y al mismo tiempo ofrece un volumen que puede ser leído como originalmente fue escrito: por entregas.
La diversidad del Manual no es acumulación sino abundancia. Desde un ensayo sobre Borges, hasta el relato de un viaje en barco de Roma a Venezuela; desde el aforismo de raíz Lichtengberguiano, hasta una divertida crónica sobre la visita a las reliquias de san Ignacio de Loyola. Incluso se anima a escribir sobre Alexander Solzhenitsyn (principios de los 70) y fustiga a quienes critican la disidencia del escritor ruso como una expresión de señoritismo moral. O reflexiona acerca del arte de la docencia en el más puro estilo de Juan de Mairena, ese apócrifo maestro de gimnasia que en sus ratos libres enseña retórica y sofística.
Todo esto en forma breve, compacta, no más de cuatro o cinco páginas por texto, porque la brevedad para Rossi es una rara especie de exhuberancia: economiza al máximo, y lo poco que elige lo llena todo. Y no es que con pocas palabras diga mucho, que sería una manera pobre de reducir su etilo, sino que la administración verbal de su prosa busca siempre una precisión. Y la precisión es hija bastarda de la exhuberancia.
El Manual del distraído está en la órbita de los ensayos de Stevenson y de Hazlitt, y también de cierto Schopenhauer, sobre todo el más fragmentario. Borges y Alfonso Reyes también sobrevuelan sus páginas. En todos ellos la lectura es un ejercicio asistemático, una propuesta hedonista y también espasmódica, sólo orientada por la intuición (lucidísima) que es el mismo camino que nos proponen los textos de Rossi.
Porque como dice Stevenson, en literatura la dificultad no está en impresionar al lector, sino en impresionarlo precisamente como deseamos. Por ello Rossi no sólo nos entrega un texto sino una manera de leerlo, construye su propia teoría de los géneros (sin teorías) y convoca y mezcla voces sin revelar su mecanismo. Es, digámoslo así, un experimental que esconde su experimento.
Cuando narra, a menudo nos coloca en los límites mismos de la narración: es difícil ser ameno y verídico a la vez, o ¿debo decir esto aunque en realidad ignore lo que afirmo? Y al final se resigna con ironía: reconozco con lealtad el fracaso de los cronistas.
No presume de autor culto, a pesar de serlo, y prefiere el comentario conversado, casi como al descuido, antes que la página rotunda. Tampoco presume de dubitativo o de informal, sino que su escritura privilegia la afinidad con el lector y no su persuasión: No quiero proponer generalizaciones sociológicas ni explicaciones políticas: eso es más fácil, y entre nosotros menos saludable, que la narración de una experiencia personal. Sus páginas están llenas de esas experiencias personales, pues sabe que la mejor forma de decir algo es a través de un ejemplo. Y si este es ficticio, mejor.
El estilo de Rossi es ese en el que no queda ningún rastro de su esfuerzo. Ahora que solemos confundir estilo con marca o huella, Rossi nos devuelve a ese lugar en que el estilo no es la exhibición de algo, sino su ocultamiento. En sus textos no hay un yo residual; no está el Rossi escritor metido hasta las narices. Todo lo contrario. A pesar de que se impone la experiencia personal en todo lo que cuenta, su estilo parece un atributo del texto, nunca del autor.
Durante los últimos años acarreaba con una botella de oxígeno. Las mangueritas transparentes ayudaban a sus fosas nasales a inhalar con dificultad. Hablaba con voz cascada y lenta, y era evidente el deterioro de su salud física. Sin embargo, mantenía la lucidez y también la elocuencia: dos virtudes del gran conversador que era. Porque Rossi escribía como si conversara, y conversaba como si escribiera. Era un charlista de lujo. Al hablar, cuenta Villoro: ensaya metáforas, corrige adjetivos, inventa apodos.
Una vez lo vi en el auditorio de
Guillermo Cabrera Infante decía que él escribía libros, y que luego los editores se encargaban de etiquetarlos: novelas, cuentos, ensayos, etc. Pues bien, el Manual del distraído se inscribe en esta raza de libros escurridizos. Es simplemente eso: un libro. Y no es poco. Léelo si es posible nos invita su autor en el prólogo-- como yo lo escribí: sin planes, sin pretensiones cósmicas, con amor al detalle.
Por Gustavo Valle
| comentarios (1) >> |
escrito por Olegario, julio 13, 2009
excelente Análisis , pristina crónica d e un autor aún no suficientemente valorado
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