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  • La bicicleta de Bruno y otros cuentos
  • Juan Carlos Méndez Guédez
  • Ediciones B. (Bruguera)
  • 2009
  • Para leer la presentación de Luis Yslas sobre este libro pulse aquí.

La bicicleta de Bruno y otros cuentos (antología 1990-2008)

 

Juan Carlos Méndez Guédez –dos apellidos que para él mucho significan– está de nuevo con nosotros y tras su aspecto de beisbolista actual hay mucho que celebrar. Por ejemplo, esta antología de sus cuentos.

Aunque parezca curioso decirlo, pocos autores llegan a saber a lo largo de sus vidas qué es la literatura y por lo tanto cómo es su literatura. Publican libro tras libro y hasta tienen gran éxito de ventas, cosa muy fácil de lograr desde hace décadas con los soportes comerciales y publicitarios, aunque pasados los años, nadie (excepto el escribidor) recordará esas ediciones.

Lo dicho confirma el caso contrario, el de quienes con una rara lucidez viven para explorar y recrear las fronteras de ese inestable reino que es lo literario. Y pueden pasar sus vidas sin que sean considerados, en verdad, escritores. Pensemos  en Kafka y en Proust; en nuestros Julio Garmendia y Ramos Sucre. El misterio del arte los convierte en sus hacedores.

Felizmente hay quien vislumbra desde sus inicios la lucha única, original, con su materia (la escritura como vida, la vida como escritura) y de ella se enamora, con ella combate, en ella se convierte. Así descubre sus herramientas, vislumbra el poder de quienes fueron o son grandes autores, recibe la herencia magnífica y maldita de crear con palabras a su manera. Y puede obtener resonancia adecuada en el circuito intelectual y en los medios. Tal es el caso de Méndez Guédez.

Lo conocí al final de su adolescencia. Con sus amigos hablamos en la universidad y en los bares. Leía tanto como escribía. Y sus preguntas, tan juveniles, venían de un impulso obsesivo, aunque no pudiera formularlas con precisión: qué ataba a una anécdota con la expresión, cómo reconocer, dónde comienza y termina el interés de una historia, desde que ángulo afrontar los detalles; quería saber cómo y por qué alguien necesita imaginar una novela; comentaba acerca de un autor, de un procedimiento; sabía escuchar y responder.

Yo notaba que dentro de él la cacería acerca de todo aquello era urgente: cómo encontrar certeza para algo tan elusivo; pero él sabía sin necesidad de enseñarlo, a medida que se preguntaba hallaba respuestas en los libros amados y en su propio trabajo.

Si le inquietaba con hondura la forma, la expresión, era porque, como en todo buen escritor, ya intuía, vislumbraba o reconocía la sustancia sobre la cual quería aplicarla o de donde debía extraerla: su experiencia fresca, su entorno físico, el barrio, la ciudad, familiares, amigos, novias, pequeños dolores, injusticia, muerte.

Me hablaba, sí, pero escribía con pasión, con rigor, con una mente abierta a los presentidos problemas de la orquestación, del ritmo fáctico y del ritmo verbal; quería resolver el milagro de que la vida fuese igual en su inmediatez exterior y en su prosa. De algún modo, en plena juventud, estaba alcanzándolo.

No hablo en el vacío: aquí están sus primeras narraciones publicadas, las historias del edificio. Ellas, al contrario de lo que ocurre con mucho libro primerizo, han madurado en sí mismas: tanto por las audacias expositivas que utilizaba el joven escritor como por su fidelidad a personajes y ambientes, y sobre todo, por la coherencia que iniciaban y que se enlazaría de manera fluida con su obra posterior.

Si leyéramos al azar el relato del apartamento 5-A y vemos el mensaje de la anciana al policía que tortura prisioneros en la otra ventana y sentimos cómo las uñas de éstos son arrancadas y caen sobre la anciana; si leyéramos cómo un vecino del 7- C debe pasar dinero inútilmente al empleado de la morgue para que retire un cadáver que los atormenta con su hedor en el patio; o cómo muere, ahito de Seven Up un encapuchado en su cama del apartamento 8-A, podríamos asombrarnos de varios aspectos: ¿qué edad tiene ese escritor que los crea, con su estilo conciso, de sugerencias amplias e implacable mirada? ¿Vemos allí a la Caracas de fines de los ochentas o estamos ante páginas extraviadas de José Rafael Pocaterra antes de los años veintes? Cualquier respuesta nos conduce al Méndez Guédez casi adolescente que tratáramos de mostrar líneas atrás. 

Después vendría el viaje de Juan Carlos a España, donde permanece, con frecuentes visitas a Venezuela, desde entonces. No le interesaba convertirse en espectáculo (cosa normal, ahora) y ha logrado integrar allí un estrato de escritores ajenos a la frivolidad, a la falsificación de la literatura. Esta tarea ha sido tan ardua, tan larga y por lo tanto tan firme y profunda que sólo podemos advertirla si notamos la avalancha de libros imbéciles que cubre hoy a la península (y a nosotros).

Desde el comienzo, y sus relatos esconden ese ángulo, nuestro autor, aunque se dice ajeno a especulaciones teóricas, tal como se puede comprobar en uno de sus textos breves e irónicos aquí incluidos, (Apto 8-B) acostumbra a matizar su vasto impulso anecdótico con recónditas reflexiones, fulminantes y certeras. Ésas de las que no puede escapar ningún escritor sensibilizado hacia su materia primordial y a las que sólo se arriba después de haber penetrado mucho en las obras de otros, de haberse comparado, humillado y elevado.  Reflexiones que también  aparecen en sus ensayos y en sus aforismos.

España le otorgará dos nuevas riquezas, quizá dolorosas. El ingreso a la forma novelesca, que se inicia con una de sus obras ejemplares: Retrato de Abel con isla volcánica al fondo, en que uno de los temas fuertes de la sociedad venezolana y latinoamericana emerge con hiriente, novedoso tratamiento. El tema del padre ausente en la familia,  que se expande en la obra de Juan Carlos con distintos acordes, como también puede ser observado en este libro. Sus novelas van a abarcar la picaresca criolla, que nos hace reír con amargura; los amores, en su diversidad caleidoscópica; la debacle política de antes y de ahora.

Y España lo conduce, como tiene que ser, hacia la comprensión de una realidad sólo intuida: la del emigrante. La del adulto, y la del niño nacido de emigrantes. Así podemos discernir la generosidad de quienes reciben allá; o su crueldad; la miseria del propio emigrante, con los suyos y con los otros. La viveza trasplantada, la readaptación trágica y cómica. Al ojo del escritor nada escapa y nos lo muestra. 

Con su permiso acabo de leer los originales de la novela Tal vez la lluvia, recién premiada. No hay duda de que Juan Carlos, como los grandes cantantes, está en la plenitud de su instrumento. Un vertiginoso retrato de la Caracas actual, con su desastre político, sus heridas visibles, da cabida a la hilarante historia de un señor casado y con hijos que quiere casarse con otro para huir del país. La anécdota, quizá más ambiciosa y compasiva de lo que parece, desencadena un apasionante suspenso de frustraciones, mujeres buenazas, con y sin minifaldas, de muslos siempre dorados; de violencia y amenaza, en medio de todo lo cual el país parece irremediable, aunque terminemos riendo, como ahora, aquí.

ImageParalelamente ha ido creando sus libros de cuentos y esta antología rescata algunos de sus más importantes trabajos en el género. Aquí está ese policial cortazariano, de suspendido final que releeremos con gusto; la Ciudad de Arena, suerte de poética personal y de abismal asomo a las potencias creadoras del mal; la reaparición de un personaje de Cervantes, el hombre de vidrio, que incomoda a una pareja en la noche de Salamanca; la azarística y experimental secuencia de los emigrantes canarios que huyen de la dictadura fascista en débiles y peligrosos veleros, desde sus islas a la Venezuela posgomecista; la simbólica imposibilidad de concebir el rojo múltiple de una cayena por parte de un ministro del gobierno actual; la incontrolable búsqueda de cierta escalera frente a lo que fue un hospital derruido; y, desde luego, el despertar febril  de un chico que padece la culpa de haber hecho daño a pobres y emprendedores emigrantes italianos que hicieron el viaje inverso al de tantos personajes de Juan Carlos, desde sus países mortificados a nuestra Caracas de hace años.

No exagero si aceptamos que muchas de estas piezas ya constituyen un legado para la literatura, venezolana o no.

Con frecuencia en ellas se evoca la infancia y los años de liceo. Pero esto no conduce a esa nueva superstición de creernos un país siempre joven (que debe escribir con superficialidad casi televisiva), que nos define como eternamente adolescentes, incapaces de pensar, de analizar con hondura, porque si lo hacemos el lector tonto puede aburrirse; superstición  con la cual fue sustituida la visión rural y enérgica de llanuras y civilizadores.  

Y Méndez Guédez ha sabido o ha querido sortear tales simplezas con tramas y personajes individualizados, de percepciones abiertas al humor, al erotismo versátil, a la tragedia, el abandono y la celebración. Un mundo en que la sociedad existe porque es reflejada en los seres, y no a la inversa solamente. Estos liceístas y estos niños nos recorren como un nervio en tensión; van más allá de su aparente inocencia para tocar fondo, incertidumbres. Al revés, sus adultos, aún los más lúcidos, no logran reconocer exactamente lo qué viven. El hombre de la Ciudad de Arena, ante el momento culminante de su obra confiesa “No sé”. Como un consuelo contra el nuevo (aunque viejo) culto a nuestra incesante niñez (literaria, pero también  filosófica); a la irresponsable modernidad o actualidad, Méndez Guédez sabe que es imprescindible hablar con el pasado, con los muertos, con la experiencia de los otros (en el fondo: con el país escrito y pensado) según ocurre, de manera oblicua, en su impresionante texto Ven ca ver bailar meu coraçao.

Antes mencionábamos a Pocaterra el cuentista, maestro de la ternura y el horror cotidianos: con la misma intensidad maneja Juan Carlos esas emociones y muchas otras, para envolvernos en su prosa. Pero también en esto va más allá: por ejemplo, con la dulzura insistente de los muslos de miel que tienen sus muchachas, una de las cuales se nos cruza en minifalda para desatar lo que, estoy seguro, constituye una terrible khatarsis, de la que podemos formar parte todos, cuando recorremos su relato Historia de amor en Santiago de León de Caracas o la minifalda color miel: el deseo, la acción de machacar la cabeza de quienes nos asaltan –con disparos, con discursos, con engaños– hasta volverla nada sobre el piso.

 

Por José Balza

Caracas, 30 de junio, 2009

El Buscón. C. C. Trasnocho. Las Mercedes

 

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