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El librero de Nicosia

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Conocí al librero de Nicosia en el club venezolano chipriota del barrio Laika Yitonia. Tenía más de dos horas vagando por los arrabales griegos cuando una pizarra negra, con una inscripción de tiza y en español, llamó mi atención: «Esta noche, eliminatoria suramericana: Bolivia-Venezuela». El lugar parecía un mesón mediterráneo cualquiera. Menú del día: almejas, pulpo y ensaladas verdes. El lugar era distante y solitario. La curiosidad impuso argumentos irrefutables. Abrí la puerta. Supe, entonces, que se trataba de una especie de taguara culta o bar-biblioteca.

El antro de Nicosia en el que transmitirían el partido de la vinotinto era un lugar de borrachos lectores. Las paredes —empotradas con antiquísimas estanterías de madera— estaban repletas de libros. Casi todas las obras expuestas en el primer salón eran ediciones griegas o turcas. Cerca de la barra pude ver el busto de un escritor chipriota llamado Nicos Nicolaides al que varios aficionados habían llevado peticiones y ofrendas. Había, por lo menos, seis personas leyendo y tomando. Un anciano amarillo, muy amarillo, sostenía un ejemplar de El cementerio marino de Paul Valery. Aunque leía en silencio, sus labios entreabiertos articulaban palabras que no llegaban a decirse; entre verso y verso vaciaba, fondo blanco, una copa de vino blanco. Un borracho joven, con aires arios e insolados, leía La Isla del Tesoro y contrastaba la lectura con un mapa antiguo que extendía sobre sus rodillas. Otros lectores ebrios hojeaban textos de poetas griegos de los que nunca había oído hablar.

Image«Hola», me dijo el dispensario en inglés. Era un hombre fofo, sin cuello, el mentón y el pecho parecían ensamblados por el tradicional sistema tornillo-tuerca. «¿Qué se le ofrece?», su inglés era artificial, de curso de Internet. Pedí una cerveza y caminé por un pasillo estrecho. Encontré, sin proponérmelo, un amplio salón en el que, entre las inmensas librerías, podía verse un televisor pantalla plana acompañado de un sistema home-theater. La sala estaba vacía; había por lo menos ocho mesas sobre las que reposaban sillas colocadas al revés. Hice un paneo pausado y tenebroso por el cuarto. En una de las paredes vi algo desconcertante. Allí, en Chipre, en un bar de Nicosia —en la Nicosia griega—, había un retrato de Rómulo Gallegos. Era un calco del retrato de siempre: aquella foto en la que Gallegos, en blanco y negro, aparece con cara de estreñimiento con los ojos perdidos en el cielo. Debajo del cuadro había una mesa pequeña —un simulacro de altar—. Allí pude ver un banderín de los Leones del Caracas y un Adiós al siglo XX de Montejo abierto en el poema Oración por el tacto. «¿Venezuela?», me preguntó con gracia el librero barman quien, repentinamente, apareció con mi cerveza. Asentí a disgusto. «Regrese en la madrugada —me dijo—, a diez para las tres comenzará la retransmisión del partido. Podrá conocer a los demás miembros del club de venezolanos de Chipre».

Vine a Nicosia invitado por el Cyprus Research Center; en realidad, «invitado» por una amiga becaria del Cyprus Research Center. Ella —quien me pidió que no la citara— escribe, actualmente, una tesis sobre no sé qué cancionero chipriota y sus relaciones con la cultura mediterránea. La conocí en el noventa y tanto en un congreso literario que inventó la Escuela de Letras de la UCAB. Fuimos «noviecitos» un par de meses hasta que el affaire del Banco Latino desfalcó a su familia y tuvo que abandonar los estudios. Un año más tarde, gracias a un abuelo o bisabuelo griego, pudo repatriarse. Hace unos meses, durante mi convalecencia en Kingston, solicitó mi «amistad» por Facebook y en un alarde de falsa cortesía me dijo que cuando quisiera fuera a visitarla a Nicosia. Llegué al aeropuerto de Larnaka un 22 de mayo con la convicción de que era el único venezolano en Chipre —eso sin contar a mi amiga quien, para entonces, había obtenido la nacionalidad griega—. Recorrí la ciudad en caminatas eternas y solitarias. No tenía mucho tiempo para compartir con mi casera ya que el horario del Centro de Investigación era muy estricto. Además, el refrán popular que cita «al tercer día la visita hiede» comenzaba a hacer efecto. Nuestro romance universitario pasó a ser un recuerdo incómodo. Ella era otra persona, había dejado de interesarse por la literatura latinoamericana. Tampoco le gustaba hablar en castellano. Traté de citar anécdotas o amigos en común pero ella decía no recordar nada ni a nadie. En una de tantas historias se puso histérica. Me dijo que si quería dormir en su casa le hiciera el favor de no hablarle de Caracas. Esa noche se acercó a mi sofá —en realidad, su sofá— y me besó en la frente. Estaba más calmada. «Perdóname, Lauty. Lo que pasa es que tengo más de diez años tratando de olvidar ese país de mierda».           

La Nicosia profunda se parece a Caracas. Una línea verde, casi invisible, —también conocida como la línea de Atila—, la pica en dos: turcos a un lado, griegos al otro. Se supone que Naciones Unidas decretó, hace más de dos años, la unificación de Chipre y la supresión del simbólico muro. Sin embargo, hay diferencias significativas entre el norte otomano y el sur helénico. La noción de belleza, por ejemplo, es diferente. La zona turca es terracota, icónica y bizantina. La zona griega es más europea —se parece más a Occidente—, ha recibido un mayor impulso económico y ha explotado el formato turístico. Son encantos disímiles y complementarios. Hay zonas en las que la frontera verde está casi borrada. Huellas de zapatos, lluvias y pintas de grafiteros furiosos la han hecho disolverse en el concreto. La línea verde me recordó las líneas invisibles de Caracas, las fronteras imaginarias. En Venezuela, sin embargo, el conflicto no es religioso, lingüístico, cultural ni étnico; aquello, simplemente, parece ser un desacuerdo sobre el programa de un circo: el alzamiento de los payasos, la rebelión de los malabaristas, el resentimiento de los domadores de tigres, la frustración de las mujeres barbudas... Caracas, a diferencia de Nicosia, no tuvo Edad Media.

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Aquella madrugada, cuando regresé al barrio Laika Yitonia el bar biblioteca parecía estar cerrado. Toqué la puerta varias veces pero nadie respondió. Permanecí en la oscuridad matando el frío de la madrugada con cigarros. Luego, di algunas vueltas por callejones aledaños. Al regresar pude ver que se acercaban dos sombras bajas, una de ellas mentaba la madre y comentaba que, desde hacía más de tres meses, había sido bloqueada su tarjeta de CADIVI. Supe, entonces, que estaba en el sitio correcto. Las sombras bordearon el edificio y tocaron una puerta lateral. El hombre tuerca abrió. Cuando entré a la sala estaba sonando Manantial de corazón de Yordano.       

Comenzó el partido. En una mesa había antifariístas recalcitrantes que denunciaban la alineación inexperta y juvenil que había sido convocada a La Paz. «¡Los bolivianos nos meterán ocho!», escuché entre varias groserías y críticas destructivas. «Richard Páez era malo pero no tan malo», citó otro desengañado espectador. No me gusta mucho el fútbol. Soy un observador imparcial y poco comprometido. La última vez que vi un partido completo Luis Figo y Zinedine Zidane jugaban en el Real Madrid.

La jerga del local era, totalmente, criolla. En aquella caverna chipriota estaban todos los estereotipos caraqueños. Estaba, por supuesto, —inevitable— el patriota, aquel que se levantó y se puso la mano en el pecho cuando una banda boliviana tocó algo parecido al himno. Pude ver en la pantalla a un mamarracho llamado Juan García —delantero, según escuché— que sostenía una hoja de cuaderno con un mensaje de amor para alguna admiradora que estaba en la grada. «Impresentable —comentó un intolerante desde la barra—, deberían meterlo preso, la FIFA debería multar al lagarto», completó. Pude ver, también, en la mesa más cercana al televisor, a un grupo de entusiastas con franelas vinotinto y bandanas de Brasil. Había pocos lectores. El escándalo futbolero hacía difícil cualquier amago de concentración, sin embargo, había tres o cuatro personas dispersas que se tapaban las orejas con los puños e intentaban centrarse. Uno de los lectores sostenía una edición vieja de Nadie encendía las lámparas de Felisberto Hernández. Parecía nervioso, sudaba, sus manos temblaban y cada cierto tiempo hacía notas en los márgenes. Otro leía un libro de cuentos de Haroldo Conti mientras que una mujer de edad imprecisa estaba inmersa en la Intriga en el Car Wash de Salvador Fleján. El librero de Nicosia estaba sentado al fondo; bebía un licor claro que no logré identificar. Era un hombre muy viejo. Un gato ocre-naranja estaba echado a sus pies. No parecía venezolano, su fisonomía era mediterránea, europea; pensé, en principio, que se había equivocado al adentrarse en aquel escenario de folklore surrealista. Me sorprendí cuando, al pasar a su lado, con timbre oriental y burlesco comentó: «Estos pendejos todavía creen que Venezuela va a ir a un Mundial». Exhaló el humo de su pipa y tuvo dos ataques, el primero de risa y el segundo de tos.

El librero de Nicosia había vivido muchos años en Venezuela. Cuando le conté que, alguna vez, estudié Letras me invitó a su mesa y ordenó al hombre tuerca que nos trajese una botella de whisky. «Fui, soy y seré adeco hasta que me muera —me dijo— y los adecos fuimos los que le enseñamos a esa tribu a beber whisky». El mesonero nos trajo una botella de Buchanan’s y el librero brindó a la salud de Rómulo Betancourt. Luego me contó que, durante muchos años, trabajó en el Instituto Pedagógico; había dictado, también, algunos cursos en la Escuela de Letras de la UCV y de la mano del padre Fernando Arellano pudo dictar tres o cuatro seminarios en la UCAB. Su relato tenía algunas anomalías. Tardé en caer en cuenta de que el librero de Nicosia estaba enfermo. «¡Coño e’ la madre!», gritó un aficionado desde la mesa de falsos brasileros: el árbitro había pitado un penalti a favor de Bolivia.

El librero de Nicosia padecía una esquizofrenia literaria. Decía haber conocido y tener lazos de amistad con personajes de ficción. «Compartí muchos años —dijo— con la familia Barazarte, los protagonistas de País Portátil. Alguna vez —comentó—, le pregunté a Funes, el memorioso, la letra de un tango que Gardel cantaba en la película Cuesta abajo y el borgeano no supo responderme, se hizo el loco». El librero dijo haber sido buen amigo de Maqroll el Gaviero; siempre que sus tribulaciones lo llevaron al Mediterráneo el héroe de Mutis había hecho, al menos, una parada en Chipre. «Hace algunos años me tomé unos tragos con un muchacho chileno muy simpático llamado Arturo Belano». El viejo hablaba sólo. Sus monólogos entraban y salían del espectro literario de manera espontánea. Dijo que le había hecho el amor a la Maga de Cortázar pero que, sin duda, su mejor amante había sido Violeta, la hermana mayor de Blanca Nieves —la famosa Mamá Blanca de Teresa de la Parra—. «Cuando esa niña creció se convirtió en una ociosa». Nombró muchas historias. Citó autores y referencias librescas que desconozco. Quiso saber algunas cosas de Venezuela, me preguntó por su amigo el librero Sergio Alves Moreira de Divulgación. «Falleció», le dije con desgano. «Sergio era mayor que todos nosotros», fue lo único que dijo. También quiso tener noticias de su amigo Raúl Bethencourt, el librero de Suma. Le conté que lo atropelló un carro. «¡Gol!». Escándalo en el bar. Tardé en darme cuenta de que los bolivianos se marcaron un gol a sí mismos. El librero de Nicosia permaneció en silencio y dijo algo en una lengua extraña, luego se persignó. 

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Me contó las historias de los venezolanos exiliados en Chipre. «No sólo Chipre, están en todas partes; los venezolanos, actualmente, hacemos metástasis. Llega, sobre todo, gente joven. Hay de todo: ingenieros, artistas, putas, contables, médicos, escritores, caza talentos, mata tigres. Uno de mis hijos, que nació en Venezuela, vive en Bakú, Azerbaiyan. Él es sociólogo de la UCV. Me cuenta que toda el Asia menor está plagada de venezolanos. Vea, por ejemplo, a Mario. Hizo un gesto con sus labios y señaló al lector de Felisberto Hernández. Su historia, como la mayoría de las historias, es triste. Mario tenía un local en el Centro Comercial El Recreo. Vendía celulares, cámaras y otras pendejadas tecnológicas. Mario tenía la desgracia de ser hermanastro de un carajo que trabajaba en Súmate, era uno de los abogados de Súmate. Un día cualquiera, sin previo aviso, le cayó el Seniat, le decomisaron los equipos y le pusieron una multa impagable. Mario, por demás, cometió la estupidez de firmar contra el presidente en uno de esos inútiles referendums que cada quince días hacen en Venezuela. Esa firma le valió el bloqueo de otros negocios y contratos que estaban apalabrados. Su mujer lo abandonó, se murió su vieja, su hermanastro lo dejó limpio y en la calle y el pobre Mario se volvió loco; fue cuando comenzó a ver en la oscuridad y a conversar con los objetos. No sé cómo llegó a Chipre, me pareció escuchar que, por el lado paterno, tiene familiares en Sicilia; sé que pasó por Siracusa y, más tarde, entró a Nicosia desde la zona turca. Cuando me contó su padecimiento le dije que en los cuentos de Felisberto Hernández se narraban patologías parecidas. Desde entonces lee esos relatos con ansiedad en busca de respuestas».

El lector de Haroldo Conti tenía una historia parecida. Era un ingeniero argentino expatriado por los militares a Venezuela en los setenta y, posteriormente, botado de PDVSA al aire en un Aló Presidente. «La historia de la lectora de Fleján también es triste —me contó el librero—. Dice que su hijo murió porque su marido estaba empeñado en que el muchacho jugara béisbol. El muchacho era malo y terminó fichado por un equipo mediocre de la liga taiwanesa. Allá, supuestamente, lo mató una mafia. Ella, desde entonces, vaga por el Mediterráneo. Llegó a Nicosia hace más de un año. Nadie sabe dónde vive ni qué hace. Todas las noches viene a este bar y se sienta a leer Intriga en el car wash. Una y otra vez lee el relato Grandeliga y dice que ese hombre, Salvador Fleján, le robó su experiencia y la convirtió en cuento».

Eran las cinco de la mañana, más o menos, cuando terminó el partido: ganó Venezuela. Los antifariístas pasaron a ser admiradores del gran César Farías e injuriaban con mala saña a Richard Páez. «Menos mal que no jugó el tal Arango ni el caimán de José Manuel Rey, estos muchachos son mejores», dijeron los amanecidos. Incluso el intolerante de la barra reconoció que el lagarto, Juan García, había hecho un partido decente.

Dos días más tarde salí de Chipre. Nicosia no tiene aeropuerto por lo que tuve que ir en autobús a la localidad sureña de Larnaka. Me despedí de mi amiga con una nota escueta. Pasé mi última tarde en compañía del librero de Nicosia, fuimos a caminar a las orillas del Pedieos. Recorrimos la zona turística llena de japoneses, Mc Donalds y pizzerías bilingües. Al despedirse, como si leyera mis pensamientos amargos, me dijo en voz baja: «No se preocupe, joven, las balas pasan pero las palabras quedan. Eso de que los vencedores escriben la historia es falso, la verdadera historia la hace el perdedor. Busque testimonios, escriba, cuente las historias de los desterrados y hará honor a su oficio. Literatura mata ejércitos. Ahora vaya, lo dejará el autobús».

Las turbulencias hicieron que el avión aterrizara en alguna isla de Grecia. No podía dejar de pensar en el librero. Al mediodía, un airbus A330 hizo un vuelo rasante sobre la costa. Recordé un cuento de Cortázar y me imaginé a un hombre viendo por la ventana del avión soñando con una existencia alternativa en aquel paraíso. En beneficio de mi salud mental decidí renunciar, temporalmente, a la literatura. Al llegar a Atenas entré a un cyber-café y compré un pasaje a Caracas. No sé qué dirán los jefes de ReLectura cuando les anuncie que mi próxima columna será escrita desde tierra caliente.

Lautaro Sanz

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comentarios (4) >> feed
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escrito por elcapo, julio 02, 2009

Tremenda crónica, señor Lautaro, alucinada, pero tremenda jaja. La leí durante la madrugada y la disfruté mucho.

Un abrazo

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escrito por Andrea Devis, julio 10, 2009

Espero que esta tierra caliente no se convierta en tierra de desgracia ahora que la viene a visitar. No sé por qué me sentí afectivamente atada a esta crónica... Espero con ansias el mes de agosto.
Saludos.

G.
escrito por Lautaro Sanz, julio 10, 2009

Muchas gracias por su comentario amigo Capo.
Estimada DeAvis. La mantendré informada sobre futuras actualizaciones. Gracias por su lealtad y su lectura.

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escrito por Inés, diciembre 06, 2009

La isla a mediodía...

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