Equipos
Entrelíneas
Credo lector Credo lector
A Reiko
I.
Cuando C. llegó a ese pasaje de la novela, se le rompió la voz. Puso la mano en su boca e hizo un gesto como de disculpa. Pronunció un ya va entrecortado, pero no pudo aguantarse y lloró. Los que estábamos alrededor del mesón no supimos cómo reaccionar. Nos habíamos reunido en ese café para continuar nuestra clase y esa tarde yo quise que nos repartiéramos por turnos la lectura en voz alta. Pero al detenerse en las líneas en que el personaje habla de la amistad traicionada, las palabras no hallaron cómo salir de sus labios. La página se le volvió espejo. Todos levantamos los ojos de los libros. Ella nos vio mirarla, y quiso sonreír, susurró algo. Su mano levantada contra su pena. La palma abierta de su mano como otro libro que pide tiempo. Y sus lágrimas. Supuse que el silencio era lo único que cabía en ese instante y callé. Todos callamos. Luego alguien dijo algo sobre los libros que nos rompen. Sobre el reflejo y la reflexión. El fuerte aroma a café lo envolvía todo, poniendo de relieve la espesura del momento. Le sugerí a otra alumna que continuara leyendo, que la relevara, y las palabras fueron regresando poco a poco a la clase sobre El último encuentro de Sándor Márai.
Sin embargo, me quedó la sensación de que la verdadera lectura ya había ocurrido. Que ese quiebre en su voz y su llanto eran la prueba de que la novela se había alojado en ella con toda la fuerza de una dolorosa iluminación. Quizás sea verdad que todo gran libro termina leyéndonos: descifrándonos. Creo que esa tarde algo así sucedió. De manera que sus lágrimas no merecían disculpa, sino respeto. El cuerpo responde cuando las palabras callan ante una emoción que nos toma por descuido. Porque llorar ante una página que nos estalla dentro es el reconocimiento de que hemos sido raptados por la literatura hacia esa zona callada y frágil que nos pertenece. Esos íntimos secretos que un día algún libro saca a la superficie sin anestesia y sin permiso. Como un cruce de caminos en el que la ficción y lo que acordamos en llamar realidad se reconocen en esa extraña patria donde el lenguaje ajeno se hace nuestro. Esas entrelíneas en cuyo azogue el lector no sólo se ve a sí mismo, sino que se abandona: acusa el golpe y lo recibe de rodillas, pero no como quien es vencido, sino como quien se prosterna ante esa palabra sagrada que lo traspasa, y que acaso lo salva de su miedo a mostrarse conmovido, a la intemperie.
Al terminar la clase, hubiera querido recordarle unas palabras de Albert Camus, pertenecientes a ese magnífico ensayo que es El destierro de Helena. Esas lágrimas homéricas que el escritor francés recupera para mostrarnos la belleza que nos toca salir a defender: Los caballos de Patroclo lloran a su amo muerto en la batalla. Todo está perdido. Pero el combate vuelve a comenzar por obra de Aquiles y al final está la victoria, porque la amistad acaba de ser asesinada: la amistad es una virtud.
Pero no se lo dije. Por eso lo escribo.
II.
Léeme Sólo para fumadores, me pidió J. mientras me entregaba el libro de Ribeyro y encendía el cuarto cigarrillo de la noche. Es largo, le advertí, pero ella me respondió que no importaba, que tenía mucha curiosidad. Me han hablado de ese cuento con entusiasmo parejo. Un tributo a los fumadores, dicen todos emocionados. Divertido y conmovedor, me has dicho tú a cada rato. Ya basta: es hora de que yo, fumona irremediable, lo conozca. Apagó la música que estábamos oyendo, se recostó en el sofá, soltó una bocanada de humo y exclamó, picándome un ojo: Ya está. Ahora sólo te escucho a ti. Empieza. Y empecé.
Se veía hermosa. Su habitual estado de angustia había desaparecido. Ahora parecía ajena a los hundimientos. Sus reacciones ante mi lectura fueron pasando de las sonrisas a las risas a medida que el relato ganaba terreno y adicción. Así soy yo, gritaba al escucharme narrar el atribulado relato del protagonista, trasunto de Ribeyro, cuyos vaivenes existenciales, altibajos económicos y mudanzas geográficas, correspondían siempre a una marca de cigarrillos. El personaje pasaba de los Chesterfield a los Incas, de los Lucky a los Gauloises, de los Gitanes a los Marlboro, a la vez que contaba su periplo de Lima a Madrid, de París a Amsterdam, de Amberes a Munich, y de vuelta a París, en una serie de atropellados episodios en los que el cigarrillo iba apoderándose peligrosamente de su existencia. Ella asentía. Lo asentía todo con la reverencia de quien escucha no un cuento sino un catecismo. En un giro repentino de euforia, se levantó del sofá y empezó a ir de la cocina al comedor, del comedor a la sala, de la sala al balcón. Era una locomotora humeante que reía. Como si tuviera que caminar y fumar el relato mientras lo escuchaba, dejando una estela de humo y carcajadas por toda la casa. Se veía feliz, o acaso yo quería sentirla feliz.
Pero llegué a la parte en que el personaje es operado de emergencia y todo se malogró. Ella me miró de reojo. Entendió lo que yo había pensado. La imagen de su enfermedad se incrustó como una sombra incómoda e inevitable entre nosotros. De pronto el relato se le volvió espejo. Y me detuve. Ella se sentó a mi lado, trató de reanimarse y exclamó: Sigue. Y así lo hice, pero ya a esa altura sabía que no habría remedio. Me desperté siete horas más tarde cortado como una res y cosido como una muñeca de trapo. Tubos, sondas y agujas me salían por todos los orificios del cuerpo. Me habían sacado parte del duodeno, casi todo el estómago y buen pedazo del esófago, leí mal y apurado, como tratando de pasar rápidamente por ese momento. Es horrible. Ya va, es horrible, gritó, levantando su mano y poniéndola sobre el libro. El cigarrillo entre sus dedos. El desamparo. Dejé el libro a un lado y la abracé. Estaba fría. Pásame el yesquero, me dijo y se soltó de mis brazos. Intentó encender otro cigarrillo pero no pudo. Arrojó el yesquero contra el suelo. Maldijo. Busqué unos fósforos en la cocina. La ayudé a encender su cigarro. Pensé en decirle que ya faltaba poco, que el cuento no terminaba tan mal, que no había llegado a las cucharitas. Esas cucharitas de metal que el personaje se metía en los bolsillos de su bata sin que nadie lo viera cada vez que lo llevaban a pesarse en la balanza de la clínica. Eso lo sacaría del pabellón de desahuciados. Eso lo libraría del encierro. Eso y la imagen de los obreros fumando tras la ventana de su habitación. Las cucharitas. Los obreros. La salvación. Faltaba poco... Pero no le dije nada porque ella estaba temblando y no dejaba de fumar. Así estuvo unos minutos. Hasta que se paró bruscamente y se fue corriendo al baño.
Se encerró para que no la viera llorar. Y no vi sus lágrimas. Sólo las oí. Durante media hora la oí llorar detrás de la puerta. No supe qué más hacer mientras tanto. Me sentía culpable. Intenté fumar, pero me pareció estúpido. Cuando por fin salió me dijo que quería irse. Su cara amarilla, desencajada. Sus ojos enrojecidos. Ojos que no quisieron mirarme cuando se despidió con un murmullo que no entendí. Abrió la puerta y se marchó. Ni siquiera quiso que la acompañara al ascensor.
Antes de acostarme me senté un buen rato en el sofá. Sin fuerzas ni siquiera para llorar o para leer. El libro de Ribeyro seguía abierto donde lo dejamos. Entonces vi el cenicero sobre la mesita de la sala y empecé a contar las colillas que poco antes habían estado en sus labios, como si eso tuviera algún sentido.
III.
En 1904, Franz Kafka le escribió a su amigo Oskar Pollak estas palabras que yo he adoptado como un temerario credo de lectura: En general, creo que sólo debemos leer libros que nos muerdan y nos arañen. Si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un mazazo en el cráneo, ¿para qué molestarnos en leerlo? ¿Para que nos haga felices, como dices tú? Cielo santo, ¡seríamos igualmente felices si no tuviéramos ningún libro! Los libros que nos hacen felices podríamos escribirlos nosotros si no nos quedara otro remedio. Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a las junglas más remotas, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Un libro debe ser el hacha que quiebre el mar helado dentro de nosotros. Eso es lo que creo.
| comentarios (2) >> |
escrito por Reiko, noviembre 15, 2009
Más que tratar de leer, evito profundamente no derramarme ante el trance que se descubre a lo largo de este texto. He sido afortunada al escuchar una y mil veces a la misma persona leer para mí... Nunca me olvidaré, por ejemplo, de la lectura de" Final del juego" de Cortázar, pero con "Sólo para fumadores" de Ribeyro mi agonía y el humo estallaron dentro del cenicero. Hoy, después de este "Credo", me veo llorando de nuevo, callada en mi inconforme sospecha de que volverán a leer para mí. Mi lector ha sido el traductor de la mueca más invisible de lo que está en los libros, mi lector le ha dado naturaleza a los trances más insospechados de mi inconsciente... y todo va del allegro al adagio en vibratos sin fin. Amén.
escrito por joselo, diciembre 01, 2009
Simón Diaz estaría fascinado por este intercambio de "chinas". Yo también.

