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Retratos y sombreros

Relato de Juan Carlos Méndez Guédez incluido en La bicicleta de Bruno y otros cuentos, que será presentado en julio de 2009 en Caracas

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…y surgieron  tantas formas, tantos colores...

Empédocles

 

Compró el primer libro una lluviosa tarde en la que dudaba entre huir de la ciudad o asesinar a su padre. Se detuvo cerca del río y al sentir las primeras gotas tomó aquel volumen de cuentos y le dio al vendedor siete monedas. Luego se refugió bajo el pretil de un edificio. Suspiró con la convicción de quien aguarda una tragedia. Sacó cuentas, restó, sumó, dividió entre dos, dividió entre cuatro. Abrió el libro, una edición económica de Bestiario cuyas hojas oxidadas impregnaban los dedos con un olor de algas secas. Leyó algunas frases y la ciudad le pareció un tigre lleno de colmillos. 

Pensó en llamar de nuevo a su padre. Insistirle en la necesidad de que le prestase ese dinero; comentarle que en esta ocasión tenía deudas con gente peligrosa; prometer que ahora sí le devolvería cada billete. Miró hacia la esquina. Vagas siluetas que la lluvia difuminaba como manchas oleosas.

Abrió de nuevo el libro. Movió sus páginas como a la caza de alguna palabra, de alguna frase. Algo se clavó en su estómago cuando encontró una pequeña fotografía en la página 121. Cerró el libro como quien tropieza con una escena que no le pertenece.

Vio un autobús llegando a la parada y se colocó el libro sobre la cabeza. Corrió. Justo antes de pagarle al conductor se sintió disgustado por haber utilizado el volumen como un inútil paraguas. Lo secó sobre sus pantalones.

Años atrás habría podido hablar durante semanas sobre las historias de Cortázar. En esos mismos tiempos, sin tener ningún motivo aparente, pintarrajeaba en las esquinas de la ciudad ideogramas con los que pretendía condensar el temblor, la emoción, la perplejidad de muchos de esos relatos.  

Ahora recordó una vez más la fotografía. La buscó. Una mujer sonríe y al fondo resplandece un puerto marino de aguas transparentes. Permaneció el viaje entero contemplando esa imagen. La mujer es hermosa y lleva un pequeño sombrero con cuadros escoceses. Utiliza una franelilla y un colgante que parece moverse imperceptiblemente con cada arrancada del autobús.

“Parece feliz”, murmuró él y guardó la fotografía dentro del libro.

La belleza es un azar, pensó. Y sintió un agradecimiento remoto por ese mensaje fortuito que le había regalado la tarde.  

Al llegar a casa revisó sus correos electrónicos y pudo leer la firmeza con que su padre le negaba dinero. Se asomó a la ventana. La lluvia amainaba; un olor vegetal y putrefacto ascendía como humo invisible sobre las calles. Tres hombres de rostro pétreo lo miraron con fijeza desde una esquina. “Ya están aquí”, murmuró con desconsuelo.  “Si espero demasiado son capaces de tocar la puerta antes de entrar”.

Le repugnó la posibilidad de ese sonido, de esa última, inútil cortesía. Guardó una navaja en sus pantalones sintiendo que era un peso inocuo, un absurdo trozo de metal. 

 

Semanas después volvió a pasear por el río. 

Sintió el aroma ferroso de las aguas al cruzar una esquina. Cruzó un puente desde el que arrojó su navaja y luego caminó hacia el lugar donde remataban libros viejos. Rebuscó en un mesón que olía a orines de gato. Arrojó con asco un manual para jugar al póker. Después dudó entre un par de volúmenes de Svevo; los microgramas de Robert Walser, las cartas de Pedro Abelardo. Apretó entre sus manos el volumen del filósofo y cuando alzó la barbilla vio el ejemplar de Un tal Lucas. Saltó sobre él. Con curiosidad lo contempló un rato y lo pagó sin regatear.

Caminó hasta una terraza y antes de sentarse exploró página a página. Un golpe frío retumbó en su estómago cuando confirmó su deseo: en la página 103 encontró una nueva fotografía. Una mujer con un sombrero y una pared al fondo en la que se adivinan paisajes volcánicos, resplandores, figuras llameantes. Recordó unos fragmentos de una novela de Sándor Márai que había leído tiempo atrás: “No podrá pasarme nada malo –pensé– da igual lo que me suceda en esta nueva dimensión en que ha entrado mi vida... una simple mirada al sombrero rojo y sabré dónde estoy”.

Miró el reloj y se levantó inquieto. Corrió hasta un café en la otra margen del río y casi ahogado por la carrera buscó puesto en la barra. Pidió una cerveza que apenas probó, giró la mirada, jugó con un encendedor de plata que llevaba en el bolsillo y al ver a un señor de bigotes grises se acercó a él.

–¿Podría decirme la hora, por favor?

El hombre respondió con un gruñido y él se marchó.

Cuando iba en la esquina oyó cinco sonidos secos.

Apuró el paso y tomó un taxi. Miró de nuevo la fotografía. Es la misma mujer. El cabello ensortijado, un colgante latiendo en su pecho, pero ahora los ojos parecen interrogar a la cámara: ¿verde, gris, verde gris, quizás incluso un amarillo mineral? ¿De qué color son esos ojos?

 

Durante un par de semanas no regresó a la ribera. Colocó junto a su escritorio los libros de Cortázar. Algunas noches miraba las dos fotos. Descartó la obviedad de unas lentillas que cambiasen el color de aquellas pupilas. Quizás se trataba de la dureza de la luz: ojos lunares que cambiaban de tono según variase la intensidad del sol. 

Una tarde de viernes caminó hasta el bulevar, luego tomó por una calle estrecha salpicada de bares olorosos a salchichas con mostaza, una calle repleta de basura, de oxidadas lavadoras, de lavabos inservibles. En una esquina se detuvo a fumar. De un edificio pequeño salieron dos hombres conversando con animación y gestos preocupados. Él los miró de reojo, luego se colocó tras ellos y le tocó el hombro al que caminaba más despacio.

–Perdone –le dijo– Lo confundí con otra persona.

Antes de que el hombre pudiera responderle, él cruzó la calle con grandes zancadas. Después se escuchó el frenazo de una moto, un par de voces y una ráfaga cortante. Alguna de las balas destrozaron una vidriera. Un sonido como el de un roedor vibró en el aire.

No giró la cabeza para mirar. Con pasos seguros caminó hasta el río y en el mismo puesto de libros buscó títulos de Cortázar. Tardó unos minutos en descubrir un ejemplar antiguo de Todos los fuegos el fuego. Lo acarició con la yema de los dedos, como si tuviese una tela muy delgada cubriendo la portada.  Pagó con prisa y se marchó a una plaza rodeada de árboles raquíticos, crujientes.

Buscó mucho rato, revisó página a página, volteó el libro y, en el instante en que estaba a punto de resignarse, desde la solapa cayó una nueva fotografía.

La mujer, con un sombrero estilo cow-girl, mira distraídamente hacia un lado. En sus cabellos resplandece una arena rojiza que luego se esparce sobre el rostro, los brazos, el cuello y las manos, como cuando alguien trabaja con arcilla y se toma un descanso.

 

Ahora él se deslizaba entre la serenidad de estos nuevos días: horas de siesta; tardes oyendo a Pink Floyd, a Supertramp; montañas de libros que apenas abría pues le recordaban juveniles, remotos tiempos con esperanzas que ahora no podría precisar. Luego fumaba en su terraza y contemplaba el cielo. ¿Para quién se olvida un libro? ¿para quién se olvida una fotografía en un libro? pensaba una y otra vez. Años atrás, en un bar cerca de la zona de los hoteles, llegó a encontrar tres libros escritos en indescifrables idiomas. Los ojeó y aburrido los dejó a un lado; luego una mujer los revisó con el mismo aire perplejo que él, y los guardó presurosa en un bolso, como si ese azar para ella significase una señal secreta, un indescifrable mensaje.

Una mañana pensó en volver al río; buscar otro volumen; saber si la sorpresa sería una continuidad, si todavía podía seguir soñando con que esas fotos seguirían apareciendo como un silencioso regalo.

Se vistió.

Pensó en un tranquilo paseo pero recibió una llamada urgente.

Malhumorado tomó un taxi que lo llevó a la zona industrial de la ciudad. Esperó media hora y cuando vio a una mujer con melena plateada avanzar hacia un BMW, se acercó a ella y con delicadeza rozó la punta de sus cabellos.

Se retiró antes de que ella reclamase por su actitud o lo reconociese.

Pensó en cómo se verían la señora y sus cabellos brillantes en las páginas de sucesos del periódico.

Un poderoso sonido, como el de una granada que estalla, crujió a lo lejos.

 

Su padre lo llamó una mañana. Hablaron poco. Noticias sobre el clima, historias de olvidados parientes, alguna receta para los dolores de espalda. Se movieron siempre en ese terreno blando, sin relieves, en los que las palabras parecen un soplo de aire.

–Yo estoy muy bien, padre, no te preocupes por mí– remató él  antes de colgar.

Luego se dio una ducha. Recordó los tiempos en los que vivió con sus padres: una casa de olores cerrados, una habitación en la que su papá se dedicaba a desarmar artefactos eléctricos para reciclar piezas. Mesas y mesas llenas de trozos, cables perdidos, formas irreconocibles. Montañas y montañas de repuestos metálicos. Esa sensación nauseabunda de ver un mundo desde sus tripas, esa asfixia  que lo obligaba a leer durante horas, a buscar pinturas con las que inventar hermosos signos para colocar en paredes miserables.

Bebió un poco de café y miró un rato la televisión. Al principio creyó que su nuevo trabajo le produciría miedo, le despertaría culpas, dudas. Pero hasta ahora sólo había experimentado cierta perplejidad. Fue muy simple resolver sus deudas con quienes lo amenazaban. Le pidieron que a cambio del dinero se ocupase de informar sobre ciertas personas que él conocía lejanamente. El resto era apenas un gesto sencillo, un dejarse estar, un momento en que él se convertía en una señal última para algunos, y en una indicación para otros.

Cuando esa mañana terminó de hablar con su padre tomó un autobús y paseó un rato por la ciudad. Sabía que sus pasos lo llevarían al río pero quiso posponer ese momento. Bebió un refresco en un restaurante de turistas; luego fue a un museo y contempló retratos impávidos, secos, de personas habitadas por un opaco aire de ausencia. Pensó en ese aire cerrado, crudo, de los garitos donde había compartido madrugadas enteras con esos rostros que ahora debía ubicar y señalar.

Al llegar al puesto de libros decidió actuar con lentitud. Miró mucho rato antes de hurgar entre crujientes volúmenes. Como siempre, sólo había un libro de Cortázar en el montón. Un ejemplar manoseado y amarillento de Octaedro. Lo tomó con seguridad entre sus manos y apenas lo abrió en la página 88 encontró la fotografía. La mujer, con sombrero de copa y un vestido oscuro se recuesta de una biblioteca y realiza un mohín con los labios.

Él la miró mucho rato: detalló su piel blanca, sus cejas pobladas, el modo en que su cabello ensortijado parece concentrarse en uno de sus hombros.

Pero sobre todo contempló esa boca: un gesto desconocido en las fotos anteriores: algo que puede ser ironía, enfado, una actitud dulcemente malévola, una risa contenida. Una boca que es vértigo donde la mirada se extravía.

Caminó hasta su casa. Un trayecto largo, cansino, que él atenuó deteniéndose en cada esquina a mirar de reojo ese retrato con sombrero de copa. Debió pasar entonces por el centro de la ciudad: un paisaje de charcos de aceite; mujeres de encías rotas; chaperos de cabellos casposos; mendigos con cicatrices; ancianas sin brazos. Él pensó que la fealdad y el horror tendían a concentrarse, a imbricarse en un tejido cada vez más espeso e inmediato.

En cambio la belleza es una larga lucha, reflexionó, una dispersión, una escasez que sólo vive en destellos mínimos. Como los fogonazos de esas fotos con sombrero. 

Al subir a su apartamento escuchó el teléfono. Una voz de lija, una voz borboteante y áspera le facilitó la descripción de un hombre al que debía ubicar y marcar en pocos minutos.

Miró las fotos y pidió un taxi para que lo buscase en la puerta de su edificio. Cuando bajó a la calle y se limpió el sudor que caía por su frente pensó: ¿Y si alguna vez busco a la mujer de las fotografías?      

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El siguiente fin de semana debió señalar a tres personas. Trabajos rápidos, higiénicos. Cuando la tarde de domingo apretó con un aire tibio y vaporoso, él descansó al fin en una terraza cercana a los puestos de libros. Comprendió que en un cuento de Cortázar la historia de las fotos de la mujer terminaría estableciendo una conexión inesperada con su existencia. Pero en la vida, al menos en su vida, unas fotos hermosas sólo significaban unas fotos hermosas. 

Se sintió repentinamente enfermo. Náuseas, sudor frío, dolor de cabeza. Al caminar hacia la ribera le pareció que su cuerpo esparcía un sonido pastoso como el de esos barriles en los que apenas queda el rastro de un vino agrio, un fondo ácido y violeta.

Compró Alguien que anda por ahí y lo revisó a conciencia. Buscaba una pista, una clave, un teléfono, una dirección, un nombre. No consiguió nada, excepto una foto espléndida en la que entre  remolinos de aire color estaño puede adivinarse un sombrero, unos ojos de un color gaseoso, mareante. 

Respiró hondo durante unos minutos y la sensación de agobio pareció disiparse. Intentó pedirle información a la vendedora sobre los libros de Cortázar pero ella no comprendió su pregunta. Volvió a insistirle y la señora se quedó pensativa un rato. Dijo que por una cierta cantidad ella podría reservarle muchos libros que le llegaban desde un país de nombre arenoso y remotas comunicaciones. Él la miró un rato, preguntó detalles y ella sólo pudo contestarle que cada quince días una persona enviaba desde ese lugar pequeñas cajas.

“Allí siempre vienen esos libros que usted compra”, murmuró la mujer.

“Probablemente los envía ella misma”, pensó él jugando con su mechero de plata, “me susurra algo sin saberlo; porque los actos son a veces sólo su intuición”.

Caminó hasta el puerto. Estuvo un rato contemplando la consistencia jabonosa del agua; las manchas de petróleo en las que flotaban restos de pájaros envenenados por el mar; las grúas que atravesaban el cielo como cuellos de jirafas. Tomó varias piedras: intentó acertar en algunas de esas islas aceitosas en las que restos de picos y de alas se convertían en una materia negruzca. Quería hundir por entero alguno de esos esqueletos putrefactos. Permaneció mucho rato intentándolo, pero sus pedradas apenas se elevaban en el aire; rebotaban a pocos metros.

Llegó vencido a su casa. Le dolían los pies, las manos, el cuello.  

Se durmió soñando que contemplaba a lo lejos un puente inmenso, estrecho, que nunca se atrevía a cruzar. 

 

Al mirar el cielo esa mañana pensó en periódicos húmedos.

Después de desayunar en un bar lleno de papeles y olores a vinagre volvió a su casa y se dio una larga ducha. Sintió que desde la calle brotaba un punzante hedor: acidez de pescado; agua empozada. Al recibir la llamada anotó los datos en una libreta. Era la primera vez que lo hacía. Normalmente lograba memorizar cada detalle, pero sentía la cabeza congestionada.

Pidió un taxi y le indicó que lo llevase al puesto de libros. Apenas al verlo la vendedora alzó en sus manos un ejemplar de Queremos tanto a Glenda. Él tomó el libro y al cruzar la calle lo revisó página a página. Esta vez consiguió una fotografía más grande, pero lo sorprendió que detrás de la foto resplandeciesen un montón de frases. Allí la muchacha, con letra minúscula, en una caligrafía que semejaba el trazo de los ideogramas relataba para sí misma viajes, lecturas, impresiones al escuchar ciertas piezas de música, estampas de ciudades. Él quedo fascinado por ese mundo tan lejano, inaccesible. Pensó en la mano leve que había escrito esas palabras. Luego recordó a Walser: esos textos escritos con caligrafía microscópica en la que un universo quedaba resumido en un pequeño trozo de papel. Sintió un ahogo al leer la frase con la que se cerraban aquellas anotaciones: “A mí también me duele”.

Volteó la hoja para mirar la foto.

La mujer permanece en cuclillas. Su cabello suelto se derrama en los hombros y las pupilas esquivan la mirada de la cámara.

Él acercó la fotografía a su rostro y respiró hondo; como si desde ella brotase un olor transparente.

Cuando el reloj marcó la hora prevista miró los datos que llevaba en la libreta. Llegó a un bar decorado con pieles de vaca. Pidió un vodka.  Los asientos eran de un plástico que rechinaba al contacto: una textura pegajosa, color malva. Pidió otro vodka y encendió un cigarrillo.

En una esquina vio a la señora. Era ella. La que le habían solicitado en la llamada. Mujer pelirroja de sesenta años, boca delgada, ojos oscuros, hoyuelo en la barbilla, cabello muy corto, cuerpo grueso. Él observó su reloj. Sintió un pinchazo en el pecho. La señora llevaba un pequeño sombrero color violeta. Un detalle que nadie podía prever; un detalle que tampoco resultaba interesante.

Él se levantó con gesto seguro. Caminaría justo detrás de ella y le rozaría la espalda con la mano. Después de esa confirmación sucedería lo de siempre; unos ruidosos segundos y luego la señora miraría al techo con ojos ausentes, las piernas y los brazos derramados sobre el suelo, la sangre impregnando su vestido, mientras él se encontraría a muchos metros de distancia, olfateando el olor grasoso de los restaurantes, escuchando músicos torpes que aporrearían acordeones con manos de carnicero.

Se colocó detrás de la mujer. Vio su nuca, el nacimiento de su cráneo, la forma de ese sombrero que apretaba un grupo de cabellos ralos, quebradizos. Elevó su mano para tocar la espalda de la anciana y quedó paralizado: su cuerpo pareció llenarse de sonidos silbantes, de esos colores untuosos que brotaban de las piezas de Charlie Parker.

Cuando detuvo un taxi, comprendió que en las próximas horas la señora seguiría paseando tranquila por la ciudad, acariciándose el hoyuelo de la barbilla, caminando con sus pasos lentos, relajados. 

Al entrar a su apartamento le temblaban las manos y las piernas: supo con precisión lo que sucedería. Su omisión tendría un castigo. Ellos vendrían pronto. Quizás en unos minutos, en unas horas o un par de días. Ahora no habría negociación; no habría un perdón posible. Pensó en llamar a su padre para despedirse, pero le pareció que los momentos finales deberían siempre huir de la obviedad.

Se acostó sobre su cama y colocó las fotografías de la muchacha sobre su rostro. Sintió esa quietud que abraza el cuerpo después de una tarde entera haciendo el amor o nadando en el mar. Imaginó que escribía a la muchacha una carta feliz; una carta repleta de letras minúsculas, flotantes como breves dibujos.

Escuchó ruidos en la escalera.

Se mantuvo inmóvil sobre su cama, la cara cubierta por aquellas fotografías llenas de sombreros.

“Quizás ni siquiera intenten tocar la puerta”, pensó. Luego cerró los ojos; esperando.

 

Por Juan Carlos Méndez Guédez

 

comentarios (1) >> feed
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escrito por Tronopio, junio 12, 2009

Este relato está de concurso. Aunque al ver la foto que corona el cuento, pensé en un título más comercial para el mismo:
Mortal Pick your five.





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