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Federico, el flaneur   

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Tener amigos implica, entre otras cosas, aceptar la existencia de manías y costumbres que nos resultan ajenas o incomprensibles. En el caso de mi amistad con Federico Vegas, puedo señalar su inquebrantable pasión por Caracas como un buen ejemplo de esos extraños gustos que uno no entiende pero respeta. Caracas es una enigmática mujer que le sigue atrayendo con el paso de los años.

A contracorriente del pesimismo imperante, Federico insiste en que Caracas es una ciudad que se puede recuperar completamente. También afirma (y esto a muchos parecerá un desatino, una franca negación de la realidad) que nuestra capital sí ofrece múltiples posibilidades para caminarla y conocerla y aprender a amarla pateando sus calles. Como prueba de sus convicciones están sus habituales caminatas por diversos municipios, avenidas, mercados, restaurantes, discotiendas y bazares que existen entre Propatria y Palo verde. Con el mapa previo de algunas espontáneas anotaciones y la brújula prístina de una mirada dispuesta nuevamente a la sorpresa, Federico emprende sus paseos por la ciudad, como un flaneur a destiempo, con la calma que brinda la familiaridad y la convivencia, y también con la premura de una primera cita largamente esperada.

De estas caminatas, a veces en solitario y otras en compañía de un premeditado interlocutor, han surgido dos libros: La ciudad sin lengua y La ciudad y el deseo. El tono y los temas de estos textos los acercan indistintamente al ensayo, la crónica y la autobiografía. Se sustenta ahí una relación sinecdóquica con la ciudad: cualquiera de sus elementos, por nimio que sea, es la excusa perfecta para hablar de ella en su totalidad. El primer párrafo del primer ensayo de La ciudad y el deseo, titulado “Deseos incurables”, refleja muy bien el mecanismo vegasiano para leer y escribir la ciudad. Allí dice lo siguiente: “Recuerdo haber comenzado este ensayo durante un largo paseo por Chacao. Pensaba reflexionar sobre su plaza y sus calles. Llevaba varias ideas anotadas cuando, de pronto, al final de la tarde, una imagen pasó frente a mí y me hizo suspirar como Vinicius de Moraes: ¡Ah! La belleza que existe; y al verla alejarse: ¡Ay! ¿Por qué todo es tan triste? A partir de ese momento mis calibradas reflexiones se convirtieron en deseos incurables”.    

A partir de este suceso, Federico sublima el episodio elaborando una erótica de la ciudad. El deseo experimentado al ver a aquella mujer que pasa se transforma en un anhelo por el espacio que acuna a esa y a otras bellezas, de orden humano, natural y cultural. El verbo desear se decanta por su interpretación más altruista y colectiva, el deseo se vuelve aspiración al bienestar común. Tres referencias van a ser fundamentales para sostener la reflexión a lo largo del ensayo: Vinicius de Moraes, José de Ortega y Gasset, y San Agustín. Cuerpo, mente y alma como los tres términos indispensables para ser un ciudadano completo y para poder brindar una visión igualmente completa (compleja) de la vida urbana.

Es sintomático que la que debería ser la referencia más importante del texto, sea mencionada de forma tangencial. Me refiero a Walter Benjamin y su libro Poesía y capitalismo, específicamente el capítulo sobre “El flaneur”, el cual Federico cita brevemente y sólo con el objetivo de caracterizar su propia presencia en el texto y en la ciudad como paseante. Caracterización que a su vez salpica al fugaz objeto del deseo pues si algo definió al flaneur del siglo XIX, como figura mediadora entre los espacios íntimos y públicos, fue su vocación de caminar por la ciudad para ver y dejarse ver. A pesar de retomar esta conceptualización del paseante, mi amigo deja de lado los apuntes que, pocas páginas más adelante, Benjamin suscribe sobre la sensualidad pasajera que define a la vida entre la multitud urbana. A partir de un poema  de Baudelaire, Benjamin afirma: “El soneto A une passante no presenta a la multitud como asilo del criminal, sino como el del amor que se le escapa al poeta (…) La aparición que le fascina, lejos, muy lejos de hurtarse al erótico en la multitud, es en la multitud donde únicamente se le entrega. El encanto del habitante urbano es un amor no tanto a primera como a última vista. El jamais es el punto culminante del encuentro en el cual la pasión, en apariencia frustrada, brota en realidad del poeta como una llama. Y en ella se consume”.

Dos razones me asisten para justificar lo que me parecería, si no fuera demasiado dramático decirlo así, esta ominosa omisión: que el paseante Vegas no necesita agregar, a la propia experiencia vivida, una confirmación tan rotunda como la que brinda Benjamin en su lectura de Baudelaire. La segunda razón, sin embargo, es la que más me convence: la chica de Ipanema que ve pasar importa sólo en la medida en que permite una lectura fresca de la ciudad. Lo femenino, más que un anhelo concreto, es un crisol acogedor desde el cual se debe refundar la interpretación de una ciudad tan malograda como la Caracas del siglo XXI. Cada mujer hermosa de Caracas es un recuerdo de la antigua belleza de la ciudad y una promesa de su posible restitución. Quizás este sea el mayor aprendizaje que se desprende del ensayo que abre el citado libro de Federico Vegas.

No obstante, si queremos seguirle la pista a la garota de Chacao debemos salir del espacio de la realidad y caer en el de la ficción y ver cómo se invierten las relaciones y el todo pasa a ser una excusa para hallar esa pequeña parte que no necesitamos y que, a pesar de todo, siempre nos hace falta. El registro de esta búsqueda está en el relato titulado “De Beirut a Macondo (travesía del viernes 19 de marzo de 2004)”, contenido en el libro La carpa y otros cuentos publicado por Alfaguara en 2008. Allí Federico nos cuenta la historia de un personaje que se ve acosado por unos sueños recurrentes sobre una novia de la juventud a la que no ha vuelto a ver. Los sueños se repiten con una frecuencia tal que empiezan a perturbar su rutina hasta el punto de que se tropieza con la mujer de sus sueños el día mismo en que está celebrando su aniversario de bodas. A partir de este hecho, el personaje narrador emprende una caminata por Caracas en compañía de un amigo para descifrar el laberinto de sus emociones encontradas en el recorrido por ese otro laberinto que es la propia ciudad. 

Si en el ensayo citado anteriormente, la mujer paseante es una excusa para reflexionar sobre el deseo de los habitantes por la ciudad en la que viven, en este caso la ciudad se transforma en una excusa o plataforma para dilucidar el problema individual de un personaje que se ve atrapado en la maraña nostálgica de un amor del pasado. De este modo describe el narrador sus caminatas: “Nuestras travesías son sencillas. Recorremos a paso de poeta bien comido las aceras del centro y empezamos a conversar de lo primero que se nos ocurre: sobre agresividad e indefensión, brillos y estridencias, música y cine, sobre los árboles que van quedando y los detalles de algunas fachadas entrañables, sobre nalgas cuyas ufanas protuberancias recuerdan lo mejor de Barlovento. Es así, por libre asociación y albedrío, como deducimos qué le está sucediendo a Caracas y a nosotros. Nada más contagioso que la decadencia, y nada trae más lecciones que fundir los futuros inciertos con los escenarios donde una vez construimos nuestras primeras verdades felices”. Así, la decadencia de la ciudad se yergue como traducción arquitectónica de la declinación de los cuerpos y del posible desfallecimiento del amor conyugal. 

La travesía que emprenden los personajes se inicia en Beirut, un restaurante de comida libanesa ubicado en la Avenida Fuerzas Armadas y culmina en la extinta librería Macondo, que hacía vida en el Centro Comercial Chacaíto. Entre estos dos ejes foráneos o imaginarios, Caracas se revela como un lugar no menos extraño y exótico. La decadencia, la desidia, la inseguridad, la violencia y la suciedad transforman a sus caminantes en extranjeros en la propia urbe. Un sentimiento de desapego más que de desconocimiento, de distancia sentimental más que de incomprensión intelectual. Es en instantes como estos en los que el cuento de Federico, y con él, su inquebrantable optimismo caraqueño, parecen fracturarse ante el peso evidente de las circunstancias. Por ejemplo, la visión del bulevar de Sabana Grande de ese entonces (recordemos que el relato se sitúa en marzo de 2004), no es edulcorada ni complaciente: “En el bulevar de Sabana Grande arrecian los buhoneros. Avanzamos a través de un bosque de tenaces pantaletas, polvos contra cucarachas, multi vitamínicos y cremas humectantes, ganchos tornasol y cintillos de princesas. El Nuevo Circo se ha ido extendiendo a la ciudad entera, hundiéndola en las leyes del bazar y la refriega. Ya pronto Caracas toda será musulmana y sus ciudadanos, convertidos en sumisos creyentes, tendrán la paz de un purgatorio merecido. Será el final de las urgencias. La confirmación de la fealdad nos traerá el descanso luego de una redundante agonía sumida en fatuos discursos y trepidantes vallenatos”.

Sin embargo, cuando todas las esperanzas personales y colectivas parecen perdidas, en el relato vuelve a aparecer la Chica de Ipanema. Cuando los dos personajes cruzan la frontera que separa la civilización de la barbarie, es decir, cuando abandonan el bulevar de Sabana Grande y llegan a la plaza Brión de Chacaíto, una belleza femenina pasa y les roba el aliento. Nuevamente, como en el ensayo de La ciudad y el deseo, los versos de Vinicius de Moraes en su ya legendaria canción asiste al inválido narrador que se queda suspirando, sin palabras, ante aquella orquídea de pantano, ante aquella mujer que con su belleza acentúa la fealdad del entorno.

La reaparición de lo femenino en el contexto de una misma interpretación (los versos de Vinicius de Moraes), refuerzan la propuesta de Federico Vegas sobre Caracas como un espacio eternamente renovable. La belleza como único medio de salvación entre una fealdad y una malquerencia imperantes. Pues el sentido de la belleza en los textos de Federico que versan sobre Caracas y otras ciudades es helénico: apunta a la belleza como un correlato de factores externos e internos, visibles y secretos, superficiales y morales. Uno de los pasajes más conmovedores del relato de Federico es elocuente en este aspecto. Es una declaración de principios éticos y estéticos que nos llevan a una reconciliación con los amores de toda la vida, con aquellas personas y aquellos lugares que nos han acompañado de forma incondicional, a pesar de sus y de nuestras transformaciones, a lo largo del tiempo. El pasaje a que me refiero gira en torno a lo que, sin remilgos, yo llamaría la esencia del amor. Trata de responder a la pregunta de cómo puede persistir el amor cuando sus formas exteriores han caducado, cuando la imagen que lo representa es más un sueño o un recuerdo que una realidad presente. “En las últimas noches, las cercanas al final, cuando el más estrecho de los abrazos ya no pueda mentir sobre nuestros cuerpos maltrechos, cuando los ojos no logren mirarse porque no enfocan de cercan –ni les conviene hacerlo–, sólo nos quedará el arte de hablar para reconocer lo que fuimos una vez. Y, con una sola de sus frases casuales, todo será como siempre. Porque la voz es lo último que envejece”. 

Tendré que hacerle caso, entonces, a mi amigo Federico y escuchar la voz de la propia Caracas que me ha tocado vivir y de aquella que también he encontrado en autores como Enrique Bernardo Núñez, Aquiles Nazoa, Salvador Garmendia, Adriano González León, Francisco Massiani, Oscar Marcano, Israel Centeno, entre otros. Esa que, como un buen recuerdo o un buen amor, nunca envejece        
    

Por Rodrigo Blanco Calderón 

 

comentarios (1) >> feed
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escrito por ana lucia, junio 24, 2009

Que belleza este texto. Ojalá a través de él todos podamos ver la Caracas que una vez fue y que alguna vez será. Y que así tomemos fuerzas para luchar por terminar estos momentos tan dificles y desalentadores.


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