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Lecturas peligrosas

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“Cuando por fin las llamas lo alcanzaron, se echó a reír a carcajadas
como jamás en su vida había reído”

Palabras de Peter Kien en Auto de fe, de Elías Canetti

 

A Andreína Franceschi

 

I

Disculpen, pero voy a empezar por el final. Y el final es la imagen de dos jóvenes chinos alrededor de una hoguera donde se consumen las páginas de Eugenia Grandet, Papa Goriot, El primo Pons, Las ilusiones perdidas, Úrsula Miroüet, El coronel Chabert, entre otras novelas de Balzac. También arden en ese auto de fe volúmenes de Flaubert, Baudelaire, Víctor Hugo, Dumas, Stendhal, Romain Rolland, Rousseau, Dostoievski, Gógol, Emily Brontë, Dickens, Tolstoi, Kipling... La lista es larga y sustancial y no se salva ni uno.

Luo, el incendiario, el hijo del gran dentista, el amante romántico… aquel gran admirador de Balzac, estaba ahora ebrio, agachado, con los ojos clavados en el fuego, fascinado, hipnotizado incluso por las llamas en las que palabras y seres que antaño anidaban en nuestros corazones danzaban antes de quedar reducidos a cenizas. Unas veces lloraba, otras se reía a carcajadas.

La imagen no es real, pero no deja de ser verdadera. Ocurre con frecuencia: la historia de la humanidad ofrece una numerosa y chamuscada lista de ejemplos parecidos. Incluso ahora, en algún lugar del mundo, o en varios a la vez, un libro está siendo destruido. La escena que acabo de citar pertenece a la novela de Dai Sijie: Balzac y la joven costurera china, publicada en el año 2000. Pero no quisiera caer en moralismos, tan sospechosamente simplistas a la hora de defender la condición impoluta de los libros o las bondades irrefutables de la lectura. Tampoco es mi intención hacer una reseña, sino más bien comentar ciertos pasajes de esta novela –y señalar alguna sintonía con otras obras–, que acaso esclarezcan ese final incendiario del que creo es posible extraer más de una conjetura, no tan grata a la buena conciencia lectora.

Admito que de ese escenario en llamas lo que más me perturba es la carcajada y el llanto de Luo. Como si ambas reacciones, opuestas en apariencia, fueran igual de transparentes y sinceras: terribles en su exactitud. Luo es un lector puro y su gesto se encuentra en los límites de una situación que lo sobrepasa. Su mente y también su cuerpo no se hallan lejos de la locura, tampoco del crimen. Están al borde y lo presienten. Luo, como todo amante desesperado –Wilde dixit–, ha destruido lo que ama. Es comprensible que todo él se estremezca entre dos emociones que expresan, en su evidente contradicción, lo que todo lector genuino termina por aprender algún día: que los libros pueden desencadenar los más elevados pensamientos, las más sublimes acciones y sentimientos, pero también las más calculadas crueldades. Que pueden despertar emociones, multiplicar miradas, encender ideas, pero no hay razones para pensar que éstas siempre sean nobles, ya no digamos bellas.

Regreso a las primeras páginas de la novela, a las razones del bibliocausto. A finales de los años 60 del siglo pasado, Luo y su mejor amigo –el narrador de la novela– son separados de sus padres –intelectuales acusados de traición al Estado– y enviados por decreto gubernamental a una aldea fronteriza cercana al Tíbet, para ser “reeducados” por la “sabiduría” del pueblo campesino. Son los años de Mao Zedong, época en la que los libros no identificados con la Revolución Cultural China se encuentran fatalmente prohibidos. Los adolescentes –voraces lectores, gracias a la formación paterna– sobreviven en condiciones deplorables y soportan humillantes trabajos físicos que los reducen a una suerte de prisioneros más cercanos a la esclavitud que a la rehabilitación pedagógica. Las posibilidades de huir de esa vejación disfrazada de “labor educativa” son prácticamente nulas, y ambos lo saben.

Pero un día aparece una fisura en su resignación. Los dos jóvenes descubren una maleta repleta de novelas de Víctor Hugo, Balzac, Stendhal, Flaubert, Rousseau… –las mismas que arderán en las últimas páginas– oculta bajo la cama de Cuatrojos, un compañero cuya pedantería unas veces les resulta antipática y casi siempre deleznable. De modo que ese hallazgo les procura una revancha y un escape. El diálogo entre Luo y su amigo, absortos ante el contenido de esa inesperada biblioteca de cuero, resulta clave para entender las connotaciones de la fogata postrera:

–Esto me recuerda la escena de una película –me dijo Luo–, cuando los bandidos abren una maleta llena de billetes…

–¿Qué sientes? ¿Ganas de llorar de alegría?

–No. Sólo siento odio.

–También yo. Odio a todos los que nos han prohibido estos libros. 

La última frase que pronuncié me asustó, como si algún oyente pudiera estar oculto en algún lugar de la estancia. Semejante frase, dicha por descuido, podía costar varios años de cárcel.

Luego de algunos remordimientos de conciencia, terminan llevándose la maleta. Unas palabras de Luo los convencen de su acción: “Con estos libros voy a transformar a la sastrecilla. Ya no será más una simple montañesa”.

ImageAsí empieza el romance clandestino entre el joven lector y la hija del sastre del pueblo. Pero también, la tragedia. Luo cumple al pie de la letra su deseo, sin prever las eficaces consecuencias. Sin percatarse de que procede, aunque en un registro inocente, de modo similar a los que pretenden “reformarlo”. No sólo la enamora y la conquista con novelas. También consigue transformarla. Él, que ha sido enviado a ese pueblo para reeducarse, termina reeducando, a partir de su amor a los libros, a una muchacha que hasta ese encuentro con la literatura no concebía otro mundo –real o ficticio– que el de su estrecha aldea. En estos casos no hay que olvidar la lapidaria frase que Roberto Bolaño incluye en Los detectives salvajes, a modo de advertencia: “Se puede conquistar a una muchacha con un poema, pero no se la puede retener con un poema”. La sastrecilla, luego de esa inmersión en la narrativa decimonónica, siente que su entorno rural ya no le basta para vivir. Se descubre joven, hermosa, inteligente. Se compara con los personajes de los libros que Luo le ha leído al calor de una pasión que, pasado el asombro inicial, ahora sabe pasajera. Empieza a modificar sus gestos, su forma de vestir, de comer y hasta de hablar. Se tiñe las uñas de rojo vivo, se corta el cabello a la moda francesa… va reconociendo en ella a la otra mujer –a las muchas mujeres– que puede llegar a ser, que ya está siendo. Su mirada del mundo ha sido transformada. Se ha expandido. Una noche abandona el pueblo y parte hacia la ciudad: el territorio de la aventura individual, de su renacimiento. La joven ha decidido vivir –y ya no leer– las historias que la literatura, a través de su enamorado lector, le ha ido descubriendo. Al enterarse de su partida, Luo sale a perseguirla. Logra darle alcance en un recodo del camino e intenta disuadirla, pero es inútil. Ya no puede impedir lo que él mismo ha desencadenado. La última frase que ella le dice a modo de despedida y gratitud es que “Balzac le había hecho comprender algo: la belleza de una mujer es un tesoro inapreciable”. Luego Luo regresará a su covacha y arrojará los libros al fuego.

Dicho esto, el arrebato destructivo del personaje puede parecer aún injustificado, pero no incomprensible. Aunque su reacción es desesperada, Luo procede con lucidez. No desconoce el valor de los libros que incinera. Por el contrario, los quema porque ese valor se le torna intolerable. Ha contemplado los impredecibles efectos liberadores de la lectura. Pretendía transformar a la sastrecilla con el fin de retenerla para sí. Ese afán enamorado y egoísta le hizo ignorar una premisa universal: que el amor por los libros y por las personas son formas de ejercer la libertad propia sin limitar la ajena. Acaso por esa razón leer y amar sean verbos que se resisten al imperativo. Luo jugó a ser el “profesor” de la campesina, pero olvidó que todo profesor –como todo padre– educa para que el otro adquiera independencia. El maestro instruye para que el discípulo deje de serlo, para que pueda pensar por sí mismo, irse por su cuenta y vivir su propia vida. Que Luo no resista el abandono de la mujer que ama no le impide comprender que esa mujer ya no existe, que es ahora distinta e inalcanzable. Que renunciar al otro es la lección más difícil en ese largo y doloroso aprendizaje del que enseña.

 

II.

ImageLeí la novela de Dai Sijie poco antes de ver El lector, la película de Stephen Daldry. Las afinidades se agolparon con nitidez. También el personaje Hanna Schmitz, interpretado por Kate Winslet, pasa por un doloroso aprendizaje literario que la conduce a revelaciones extremas. Es conmovedora la escena en que Michael Berg (Ralph Fiennes) le graba a Hanna sus lecturas en casetes y se las envía a la cárcel. No sólo recupera, desde la distancia, aquellas sesiones con las que se enamoraron al inicio de la historia, sino que además, los libros empiezan a resonar en Hanna ya no como instrumentos de seducción, sino de introspección. El erotismo cede su lugar a esa otra forma de poder que es el conocimiento. También Michael, como Luo, ama y odia a la mujer a la que los libros condujeron. No puede librarse de su presencia, y en un acto de amor, y acaso de inconsciente venganza, le ofrenda la posibilidad de verse a sí misma en el azogue implacable de la literatura. Hasta esos días de presidio, Hanna no se siente culpable. Su ignorancia le sirve de argumento porque es sincera. Haber sido cómplice de las matanzas nazis no le quita el sueño ni le provoca remordimientos pues en su limitada conciencia ella se repite, con convicción, que sólo hacía su trabajo. Pero la literatura va expandiendo e inquietando su pensamiento. Aprende a escribir. A leer. Ella misma empieza a pedir libros. Y en la etapa más alta de su aprendizaje, logra contemplar y entender al fin su culpa: la atrocidad de la que formó parte. Anna se prepara entonces para su última lección: aprender a morir. La imagen de la ruma de volúmenes bajo sus pies colgantes es dura y memorable. Son los peldaños de una escalera que Anna aprendió a subir hasta llegar a esa certeza que todo lector arriesgado desea preservar: la libertad que desata la escritura en la conciencia.

 

III.

También he recordado otro montículo de libros al pie de un suicida imaginario. Se trata además de una imagen más cercana a nuestra manera de comportarnos, y muchas veces, de engañarnos. Pertenece a una de las escenas de El día que me quieras, de José Ignacio Cabrujas. Esa en la que Pío Miranda le confiesa a Elvira por qué se hizo comunista:

ImageAhora, hazme el favor de escucharme, porque voy a hablar de este asunto por última vez. En 38 años de mi vida he sido maestro de escuela, cajero de imprenta, secretario de un comprador de esmeraldas en el río Magdalena, espiritista, seminarista, rosacruz, masón, ateo, librepensador y comunista. ¡Y ahora, te voy a explicar por qué soy comunista! Cuando era niño, en Valencia, mi santa madre, Ernestina, viuda de Miranda, enfermera jubilada del Hospital de Leprosos, lectora perpetua de El Conde de Montecristo, se ahorcó en su habitación. ¿Sabes cómo mierda se ahorcó? Amontonó en el suelo Los Miserables, de Víctor Hugo; El Coche Número 13, de Xavier de Montepin; La Dama de las Camelias, de Alejandro Dumas, hijo; El crimen del Padre Amaro, de Eça de Quiroz y una edición ilustrada de la Biblia. Se subió a la pila de libros, y ni siquiera, maldito sea, me dejó una carta explicativa. Se limitó a saltar sobre la narrativa romántica, con una fiereza inexplicable. Ahora parece un chiste y, a veces, me he sorprendido a mí mismo, ¡riéndome al contarlo! ¡Pero desde ese día tuve miedo! ¡Me orinaba en la cama de puro miedo! ¡No me atrevía a cruzar el patio después de las once, por temor a encontrarla bajo el limonero, o en el comedor, o en la cocina! Tú me preguntarás, ¿miedo a qué mierda? Y yo te diré, miedo a que me explicara por qué lo había hecho. Miedo a no inventarla. Miedo a terminar en la misma viga y bajo el mismo techo. ¡Leí los libros de aquel patíbulo que mamá había hecho en su dormitorio, buscando una clave, una respuesta, una explicación cualquiera…! ¡Y no encontré nada! ¡Páginas y páginas… y nada!

(…) ¡Yo te podría decir que soy comunista por la cojonudez del Manifiesto, por el hígado de Marx y la cabeza de Federico Engels! ¡Pero soy comunista, por la declaración de Aura Celina Sarabia, cocinera de la pensión Bolívar donde murió mamá! ¿Y sabes por qué se ahorcó mamá? ¡Porque redujeron el presupuesto del Ministerio de Sanidad, y hubo un error en la lista de pensionados! Aura Celina me lo dijo… ¡Un error en la lista de pensionados y tres quincenas sin el dinero! ¡Murió de vergüenza…! Y entonces, yo me pregunté, ¿dónde están los incendiarios de esta sagrada mierda? Y me dijeron: ¡Lee!... Y aquí estoy, hablándote de mi clandestinidad.

El equívoco, nuevamente, como una mueca macabra que mueve a la carcajada y al llanto. Pero también aparece aquí esa peligrosa variante del lector formado en la escuela de los rencores. Aquel que se inclina sobre los libros no tanto por avidez de conocimiento como por espíritu de venganza. El que lee no para descubrir sino para encubrir las costuras de sus frustraciones. Un hombre que busca en la escritura justificaciones para reforzar su resentimiento. Un lector apasionado, sí, y justamente por eso, consciente de que la vitalidad emocional que suscitan los libros, llegado el momento, puede servir para reforzar la libertad o la sumisión. Pío Miranda no es un ingenuo: juega a representar la ingenuidad porque no ignora que vive en el engaño. En la farsa de una ideología en la que no se reconoce, que acaso no entiende, pero que le sirve para compensar sus desilusiones: para enmascarar sus complejos. Pío Miranda es un signo del fracaso que en algún extravío se juró progreso y se lo creyó. Pío leyó el patíbulo de su madre llevado por el dolor y la rabia. Intuyó quizá que los sueños de la lectura, como los de la razón, pueden producir monstruos; que la letra impresa puede ser aplastante o liberadora: tránsito iluminado hacia la vida o atormentado pasadizo hacia la muerte. Todo lector atravesará en algún momento esa certidumbre y le tocará elegir. Porque el amor y el odio a los libros son pasiones que tarde o temprano se mezclan en el corazón de aquellos que entreven en la literatura la fascinante tentación de reemplazar la vida por la ficción, o acaso de manipular la realidad con imaginarias vilezas. De allí que la idolatría al libro resulte tan perniciosa como su destrucción, y que ambos excesos se confundan y nos confundan.

  

 

Por Luis Yslas Prado
10 de mayo de 2009
 

comentarios (2) >> feed
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escrito por M.Inès, mayo 10, 2009

Conozco las tres referencias. Pero desconozco como alejarme de esta perniciosa pasión por los libros. Còmo no caer en la tentaciòn de reemplazar la vida por la ficciòn. ¿Tù sabes còmo?



?
escrito por marianina, junio 04, 2009

Aqui todo gira en torno a un drama que supone aficionarse a leer.
En mi casa bromeaban diciendo que los libros acabarian por aplastarme. Hasta recortaron para mi la noticia de una anciana que murio aplastada por sus libros al caer sobre ella cuando dormia la estanteria donde estaban colocados.
Tal vez por eso he destruido en tres ocasiones mi pequeña biblioteca. Ahora solo hay ruinas.


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