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El hombre sin maestros

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Calificar de indiferente la actitud de Osip Mandelstam frente a la revolución bolchevique ha sido uno de los más frecuentes errores de quienes leen su obra al vuelo, buscando “efectos” que la poesía (y especialmente la rusa) tienden a rehuir. La conseja surge, a mi parecer, de las vicisitudes de pertenecer a una cultura que se debate entre occidente y oriente, de ser un hombre capaz de vislumbrar los demonios del poder ocultos en las filosofías políticas, y finalmente por el carácter sobrio y a la vez brutal que cubre las historias que de él sobreviven. El primer argumento para excluir la palabra “indiferente”, es que es totalmente contraria al oficio poético. “La poesía es conciencia de tener razón” escribió al final de su vida en el Coloquio sobre Dante, y una aseveración de este género no se desarrolla en un ser aislado.

Encontraremos en sus poemas una curiosa manifestación de imágenes antiguas que no se estancan en la nostalgia, sino que hacen tiempo presente, a veces bajo el rumor del erebo griego, otras en la clave parsimoniosa de Ovidio. En su primera publicación, Piedra, se distinguen las formas antiguas expresando algo más que “nostalgia de la cultura universal”, que es como defendería años más tarde al movimiento acmeísta de los críticos oficiales bajo el cual se prefiguraron estos versos.

Un cuerpo me fue dado: ¿qué haré con él,
tan único y tan mío?
 
Decidme: ¿a quién he de agradecer
la callada dicha de respirar y vivir?
 
Soy el jardinero y soy la flor.
En la cárcel del mundo no estoy solo.
 
En la vidriera de la eternidad reposa ya
mi calor y mi aliento.
 
En ella se graba mi arabesco,
recién reconocido.
 
¡Ojalá que el limo deje caer el instante
y no borre mi arabesco querido!
1909 (Traducción de Jesús García Gabaldón)       

En este poema surge la voz de la juventud que escribe desde el anhelo frente al mundo. Aun así, no deja de estar atenuada por una sabiduría mística sobre el conocimiento personal del hombre que se prepara para vivir, ahora en un mundo moderno cuyos confines responden a los muros de una cárcel. Dentro de él, es el arabesco personal, la marca o dibujo lo que sale a los espacios ilimitados de la eternidad, y al mismo tiempo es el júbilo producido del génesis de esa “conciencia de la razón”. Este es el primer Mandelstam, que a los dieciséis años ya posee una visión poética que distingue las marcas esenciales de la vida y el tiempo.

ImageAños después, tras el estallido de la guerra civil rusa, se publica su segundo poemario, Tristia. Este volumen comprende los poemas escritos entre 1915 y 1920. Su nombre lo recibe de un poema en el que se renueva la experiencia de Ovidio. La poesía de despedida que hallamos en la tercera parte del libro I del homónimo romano revive en las imágenes del poema de Mandelstam. En su contexto, todavía no se refleja el ostracismo que le provocaría la dictadura soviética años más tarde, sino el andar errante de los hombres y mujeres como él que se desplazaban atentos al desenlace de la guerra civil rusa. Escritos en el mismo año del asesinato del zar (1918), los versos no se aposentan sólo en el caos de la guerra. No transmiten la desgracia del poeta romano que sabe que va a adentrarse para siempre en la oscuridad. La aparición de estas imágenes antiguas no corresponde a un plagio que calca un dolor sobre la vida de ese pueblo que no tiene mayor semejanza que la noche y el vagar. En este momento, Rusia camina de ciudad en ciudad en busca de alimento y refugio de los horrores, pero a diferencia de los eternos desplazados, posee en ella misma el canto del gallo, y en el llanto de sus mujeres, el canto de las musas. La certeza de la conclusión del viaje alza su voz en esos versos, que a su vez se desprenden de un presente despojado de toda dicha, tan ajado como el infierno, y donde para ser fieles a esa conclusión, el destino debe perseguirse en las tradiciones y en la propia guerra.

Tristia - Osip Mandelstam
Aprendí la ciencia de las despedidas
en las quejas
desgreñadas y nocturnas.
Rumian los bueyes, la espera se prolonga,
en la última hora de vigilia ciudadana.
Y honro el rito del canto de los gallos en la noche,
cuando, aligerando su carga de aflicción para el camino, los ojos que miran a lo lejos se ponen a llorar,
y el llanto de las mujeres se mezcla con el canto de las musas.
 
¿Quién puede saber lo que supone la palabra adiós?
¿qué clase de separación nos aguarda,
qué clase de promesa lleva el canto del gallo,
cuando una llama arde en la Acrópolis?
Y cuando en la aurora de una vida nueva
el buey masca lentamente su pesebre,
¿por qué el gallo, heraldo de una nueva vida,
bate sus alas contra los muros de la ciudad?
 
Amo la costumbre de las tejedoras:
La lanzadera va y viene, el huso zumba,
¡Mira: como pluma de cisne, hacia nosotros,
descalza, Delia vuela!
¡Oh, en la raída urdimbre de nuestra vida,
qué pobre es el lenguaje de nuestra dicha!
Todo lo que fue, volverá a repetirse
Y sólo es dulce el instante del reconocimiento.
 
Que así sea: una figura transparente
yace sobre el inmaculado plato de barro
como la tirante piel de una ardilla.
Sobre la cera una muchacha se inclina y la contempla.
No nos corresponde saber nada del Erebo Griego,
cera para las mujeres, bronce para los hombres.
Nosotros, sólo en las batallas sabemos nuestra suerte,
Pero a ellas la muerte les llega en el oráculo.
(Traducción de María Fernanda Palacios)                         1918
Tristia, Libro I, III - Ovidio
Cuando se me representa la imagen de aquella
tristísima noche que fue la última de mi permanencia
en Roma, cuando de nuevo recuerdo la noche en
que hube de abandonar tantas prendas queridas, aun
ahora mis ojos se deshacen en raudales de llanto. Ya
estaba a punto de amanecer el día en que César me
ordenaba traspasar las fronteras de Ausonia; ni la
disposición del espíritu ni el tiempo consentían los
preparativos del viaje, y un profundo estupor paralizaba
mis energías…
…Ya cesaban de oírse las
voces de los hombres y los ladridos de los perros, y
la luna regía en lo alto del cielo los nocturnos caballos;
yo, contemplándola, y distinguiendo a su luz el
Capitolio, cuya proximidad de nada aprovechó a
mis Lares, exclamé: «Númenes habitadores de estas
mansiones vecinas, templos que ya nunca volverán
a ver mis ojos, dioses que abandono y que residís en
la noble ciudad de Quirmo, recibid para siempre mi
postrer salutación.
 

Entre los fragmentos de Ovidio y Mandelstam surge la apreciación que hace Anna Ajmátova en el prólogo de los cuadernos de Voronezh: “Mandelstam no tiene maestro. Sobre eso vale pensar”. Estas palabras, dejadas al final de sus recuerdos sobre el poeta, encierran un peso enigmático que transforman su lectura, no sólo por su particular manera de abordar los clásicos, despojando a Dante de la mirada taciturna que le atribuyó Europa a lo largo de los siglos, sino por la conciencia de la relación entre la poesía y el tiempo, que deja en cada fragmento de su obra, considerando la poesía como una continuidad salvaje que brota sin avisos de la tierra, marcada por el tiempo hecho imagen. 

A quién encontró una herradura (fragmento)
Lo que estoy diciendo ahora no lo digo yo,
sino que está sacado de la tierra, como granos de trigo fósil.
Unos
       representan a un león sobre las monedas
otros
       una cabeza;
diferentes rodajas de cobre, oro o bronce
con un honor igual reposan en la tierra.
El siglo, tratando de atravesarlas, dejó impresos sus dientes en ellas.
El tiempo me corta como a una moneda,
y ya no me alcanzo a mi mismo.
                                                                                                      
1923 (Versión de Tatiana Bubnova).

Esto también atiende al planteamiento propuesto por Brodsky en su ensayo El hijo de la civilización, donde revela lo influyente que fuera la desmesurada expansión de las estructuras de poder soviético en Mandelstam. Cuenta una historia que durante el tiempo en el que estuvo trabajando en el Kremlin, Mandelstam corrió fuera de su oficina hasta salir del palacio, al oír sobre la sorpresiva llegada de Trotsky. Luego se excusó con sus colegas tratando de explicar su temor al poder. Este fantasma, que se tragaría a Rusia entera encarnado en la figura de José Stalin fue quizá lo que motivara a Mandelstam a adentrarse más en los clásicos hasta hacerse extraño y único entre los demás poetas de su época. Así, su inclinación por los clásicos desembocaría, parafraseando a Brodsky, en el modelo “arquetípico del poeta contra el imperio”.

Para el final de su vida, no sólo su decrépito rostro refleja los maltratos de la revolución. En los Cuadernos de Voronezh (1937) persiste la oscuridad que se presenta en los poemas dedicados a San Petersburgo, pero ahora el tinte arcaico ha sido cubierto por la propia experiencia del infierno. Ya no hay anhelos ni promesas en sus versos, pues en muy poco tiempo la poesía de Mandelstam envejeció a la par del poeta, o del pueblo ruso entero, que se erosionaba bajo los abusos del totalitarismo.

En Petersburgo nos veremos de nuevo.

Enterraremos el sol en la ciudad
y, por vez primera, pronunciaremos
una absurda palabra beata.
En el negro terciopelo de la noche soviética,
en el terciopelo del vacío universal
cantan siempre los dichosos ojos de los beatos
y florecen las flores inmortales.
 
La capital se eriza como una gata salvaje,
una patrulla vigila el puente
y sólo un maligno y rugiente motor,
como un reloj de cuco, en la niebla, pasa.
No necesito el salvoconducto,
no temo al centinela:
por una absurda palabra beata
rezaré en la noche soviética.
 
Oigo un leve susurro teatral:
y el «ah» de una doncella
y una pila enorme de rosas inmortales
y cipreses en los brazos.
 
En la hoguera nos calentamos de aburrimiento.
Tal vez el siglo pase
y las amadas manos de las mujeres felices
recojan la suave ceniza.
 
En cualquier lugar están los dulces coros de Orfeo,
y las sombras queridas de las endrinas,
y sobre las sillas de la orquesta,
caen del balcón carteles-tórtolas.
 
Apaga, te pido, nuestra vela.
En el terciopelo negro del vacío universal,
cantan felices las mujeres de los fugitivos.
Pero el sol de medianoche tú no lo ves.
  
(Traducción de Jesús García Gabaldón)   1920
 I
Hacia la tierra vacía, cojeando sin querer,
con desigual y dulce paso
ella camina, adelantándose apenas
a su rápida amiga y al joven que le lleva un año.
La arrastra la libertad oprimida
del defecto que la anima.
Y parece que una clara sospecha
no quiere detenerse a su paso.
Esta temprana primavera
es para nosotros madre
de un cuerpo muerto.
Y todo va a comenzar eternamente.
              II
Hay mujeres que nacieron en una húmeda tierra.
Cada uno de sus pasos es un sollozo sonoro,
y su vocación, acompañar a los muertos
y ser las primeras en saludar a los que resucitan.
Pedirles caricias es un crimen
y separarse de ellas, imposible.
Hoy ángel y mañana gusano en una tumba
y pasado mañana sólo un contorno difuso.
Lo que fue un paso se hace inaccesible.
Las flores son inmortales. El cielo, denso.
Y el futuro, sólo una promesa.
(Traducción de Jesús García Gabaldón)   1937
 

El poema de la izquierda pertenece al ciclo de Tristia, el de la derecha fue escrito diecisiete años después para los Cuadernos de Voronezh. En ese tiempo, la decepción que sufrió el poeta por su época trasciende hasta arrebatar las imágenes clásicas que podían convertir la ciudad de San Petersburgo en ese Hades idílico cubierto de cipreses, rosas inmortales y cantos órficos. Entonces, los versos de Mandelstam se concentran todavía más en la oscuridad del presente, abandonando el carácter celebratorio de los antiguos. En el poema de los Cuadernos, se rememora la costumbre Rusa de las mujeres que acompañan a sus maridos a los campos de trabajo para asistirlos hasta su muerte. Este es uno de los poemas de amor más puros y absolutos de Mandelstam. En él, la unión entre el hombre y la mujer se hace necesaria para caminar a hacia el destino. Esta imagen de sacrifico nos devuelve a la esencia hebrea del amor entre el hombre y la mujer: la compañía. Estas mujeres velaron por sus hombres mientras estos desaparecían en la nieve, así fuera guardando su obra en la memoria como lo hiciera Nadezhda, esposa de Mandelstam, para preservarla de los lobos. Mandelstam llamaba lobos a los comunistas.

Osip Mandelstam

Gran poeta de la tradición rusa, nacido en Varsovia. Llegó a San Petersburgo a los cinco años. Es autor de los poemarios “Piedra”, “Tristia”, “Cuadernos de Voronezh” entre otros y de los libros de ensayo “El rumor del tiempo”, “La palabra y la cultura” y “Coloquio sobre Dante”. Sufrió cárcel y ostracismo por no plegarse al modelo soviético. Murió en los campos de trabajo de Vladivostok. Según unas versiones, había pasado sus últimos días leyendo a Petrarca, otras sostienen que estuvo desvariando como un loco de un lado a otro hasta perder el conocimiento.

 

Por Rodrigo Marcano

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